La suegra empezó a trasladar los manjares de mi nevera a su propio bolso antes de marcharse.
¿Estás segura de que necesitamos tanta charcutería? Esto es lomo ibérico, Ángela, cuesta como si fuera oro comentó Samuel, revolviendo en sus manos el paquete al vacío de un apetitoso corte de carne, mirando la etiqueta del precio como si hubiera leído ahí la sentencia de su vida.
Ángela seguía descargando las bolsas de la compra sobre la encimera. Los pimientos rojos brillaban bajo la luz, el frasco de caviar con tapa dorada, el pesado trozo de queso manchego, varias botellas de vino. La cocina se llenaba del aroma de pan recién hecho y embutidos.
Samuel, que es tu cumpleañosrespondió ella con calma, guardando la leche en la nevera. Treinta y cinco años. Vendrán tus amigos, tu madre se acercará desde Salamanca. ¿Quieres que sólo haya patatas cocidas y ensalada rusa? Me han dado una buena prima este mes. ¿Puedo una vez al año poner una mesa digna, para poder estar orgullosa siquiera por un día?
A mí hasta las patatas me gustan, y nunca me han dado vergüenzamurmuró Samuel, pero sin devolver el lomo al mostrador; lo puso cuidadosamente en el estante del fondo del frigorífico. Pero mamá se va a poner a lamentarse… Que estamos tirando el dinero, mejor ahorrar, mejor saldar la hipoteca antes. Ya la conoces.
Tu madre se queja siempre, sin importar lo que pongamossuspiró Ángela, cogiendo la ensaladera. Si es caro, somos derrochadores. Si es barato, dice que somos unos muertos de hambre y que te alimento mal. Hace mucho que dejé de tener en cuenta lo que opine Dolores Sánchez. Lo más importante es que tú y los invitados disfrutéis. Y mira, este jamón lo he buscado por todo Madrid, es exactamente el que probaste en Andalucía hace cinco años. ¿Recuerdas?
Samuel sonrió suavemente, recordando aquel viaje; su rostro se relajó.
Me acuerdo. Estaba buenísimo. Si vamos a celebrar, celebremos bien. Arráncame mejor las etiquetas para evitar el infarto a mamá.
La preparación de la fiesta avanzó a toda velocidad. Ángela adoraba cocinar, pero sólo cuando nadie vigilaba. Sobre todo hoy, porque Dolores Sánchez había avisado que llegaría antes para echar una mano a la niña. Esa frase siempre le provocaba a Ángela un leve tic. La ayuda de la suegra, en realidad, consistía en sentarse en la mejor silla, justo en medio de la cocina, impidiendo el paso y lanzando consejos y críticas sobre todo: desde cómo cortar la cebolla hasta el color de las cortinas.
El timbre sonó puntual, a las dos de la tarde. Samuel fue a abrir, mientras Ángela cerró los ojos un instante, respiró hondo y se colocó una sonrisa protocolaria.
¡Aquí está el cumpleañero! retumbó la voz de Dolores Sánchez en el vestíbulo¡Dame un beso, hijo! Estás en los huesos… Con esos platos preparados sabes que nunca vas a engordar.
Mamá, no digas eso, Ángela cocina de maravillatrataba de defenderla Samuel, ayudando a su madre a quitarse el pesado abrigo de paño.
No me discutas, que te veo los ojos hundidos… Buenas tardes, Ángela.
Entró la suegra, cruzando la cocina como el Juan Sebastián Elcano entre mareas. Llevaba su inseparable bolsa de la compra, la grande con estampado de cuadros.
Buenas tardes, Doloresdijo Ángela, fingiendo cordialidad. Acabamos de poner el agua a hervir para el té.
El té luego rechazó Dolores, poniendo la bolsa sobre una banqueta. Os he traído unas cosillas. Ya os conozco, los jóvenes, nunca tenéis nada en la nevera.
Comenzó a colocar sus ofrendas en la mesa: un tarro de tres litros de pepinillos caseros, unos manzanas magulladas del pueblo y una bolsa de caramelos Sugus, con envoltorios descoloridos que parecían reliquias de los años ochenta.
Estos pepinillos son de mi huerto, sin químicadijo con orgullo. Las manzanas, sólo hay que quitarles lo feo y para compota van de maravilla. No se vaya a tirar nada.
Gracias, Doloresrespondió Ángela, luchando por disimular su inquietud ante el aspecto del líquido turbio. Les daremos buen uso.
A todo esto, Dolores ya había abierto la puerta de la nevera. Era su rito. Decía ver si hay sitio, pero todos sabían que era inspección.
¡Madre mía! se asombró al ver la colección de manjares. ¿Caviar? ¿Rojo? ¿Dos frascos? Samuel, ¿os ha tocado la lotería? Ángela, ¿o has atracado el Banco de España?
Es la prima, mamágruñó Samuel, robando un trozo de queso de la tabla.
La prima…Dolores frunció los labios con desdén. Claro, mejor gastar en caviar que ayudarme con la valla de la casa, que se cae. Pero esto es vuestro asunto, yo soy una mujer sencilla, no necesito tanto.
Cerró la nevera y se sentó en su sitio favorito, bloqueando el fregadero.
Anda, Ángela, enséñame lo que has cocinado. Me siento un rato, que me duelen las piernas. Se me ha subido la tensión, pero he venido de todas formas. ¿Cómo no iba a felicitar a mi hijo? Esto sí es sacrificio.
Las siguientes tres horas fueron rutina pura. Ángela iba y venía de la vitro a la mesa, cortando, mezclando, horneando, mientras Dolores comentaba cada movimiento:
Demasiada mayonesa, eso no es sano.
¿Para qué ese pan caro? En el supermercado el pan de barra de toda la vida cuesta uno veinte y es igual.
Tenías que haber macerado más la carne, va a quedar dura.
Ángela no contestaba. Había aprendido a silenciar su mente y dejar pasar el chaparrón de críticas. Lo importante era resistir hasta la noche.
A las seis llegaron los invitados. Los amigos de Samuel llenaron la casa con sus risas y el olor de colonia masculina. La mesa rebosaba de platos: asado de cerdo, rollitos de berenjena y nueces, tartaletas con caviar, embutidos y quesos, ensaladas y platos calientes.
Cuando todos se sentaron y brindaron por el homenajeado, Dolores cogió la palabra:
Samuelito, hijo míosollozó, secándose los ojos. Recuerdo cuando naciste… ¡Cuánto sufrí, dos días de dolores!
Los invitados escucharon educadamente la historia del parto por decimoquinta vez. Ángela aprovechó para servirse ensalada.
Y ahora has crecido. Te has casado. Bueno, no como yo quería, pero está bien… Lo principal es tu felicidad. La comida… la comida no es importante. Ángela se ha esmerado, comprando de todo lo caro, yo hubiera puesto una mesa más sencilla, más de corazón. Pero claro, ahora todo es fachada.
Cogió con el tenedor un trozo enorme de anguila ahumada, que Ángela había comprado en una tienda de delicatesen, y se lo metió en la boca.
Bahmascó ruidosamente. Pescado normal, demasiado salado y graso. En mi época la sardina estaba mejor.
A pesar de las quejas, Dolores comía con apetito. Atraía a su plato los bocados más refinados. La charcutería desaparecía a velocidad supersónica. Las tartaletas con caviar las engullía como si fueran pipas:
El caviar, ni que fuera de verdad, parecen huevas falsas. Ahora lo bueno es imposible de encontrar. Ángela, luego déjame ver el bote, para leer la composición. No quiero que nos intoxiquemos.
Ángela sólo sonreía y servía más vino. Notó cómo Samuel se sonrojaba pero guardaba silencio. Él jamás contradecía a su madre en público. Tampoco en privado.
La noche discurría; los amigos elogiaban los platos, reían recordando historias de juventud. Dolores ocasionalmente insertaba sus lamentos de pensionista y reproches de madre abnegada, pero eran ahogados por el bullicio.
A eso de las diez, los invitados empezaron a salir. Mañana era día de trabajo y la reunión había ido bien.
¡Ángela, eres una artista!dijo Sergio, el mejor amigo de Samuel, estrechándola en el recibidor. ¡La anguila, brutal! ¡Gracias!
Me alegro de que os gustararespondió con una sonrisa sincera.
Cuando la puerta del último invitado se cerró, llegó la calma, rota sólo por el tintineo de platos que Dolores empezó a acumular de la mesa.
Venga, os ayudo a recoger, que si no os dan las milanunció. Samuel, tira la basura, que hay bolsas llenas. Ángela, guarda la comida caliente en los tapers.
Ángela sintió el peso del cansancio sobre los hombros. La cabeza le latía.
Dolores, déjalo, lo recojo yo. ¿Quiere que le pida un taxi?
¿Taxi? se indignó su suegra. ¿Pensáis que tiro el dinero? Iré en autobús; aún pasan. No discutas, ayudo, que tú estás demacrada. Ve al baño, lávate la cara, tómate algo. Yo apañaré esto rápido.
Ángela se retiró, buscó analgésicos en el dormitorio, se lavó la cara con agua fría. El zumbido en sus oídos menguó. Tengo que volver. No puedo dejarla sola en la cocina; seguro que lava los platos con mi gel facial o mueve todas las ollas.
Salió en silencio, con pasos suaves. Al acercarse a la puerta de la cocina, se detuvo.
Dolores estaba de espaldas, frente a la nevera abierta. La bolsa seguía sobre la banqueta. La suegra se movía con rapidez, como una ladrona experta.
Sacó la bandeja con los restos de charcutería: lomo, asado, chorizo ibérico. Lo barrió hábilmente en una bolsa de plástico, hizo un nudo y lo metió en el bolso.
Ángela parpadeó. ¿Se lo estaba imaginando? No.
Dolores abrió la nevera y sacó el tapper con salmón que Ángela había apartado para el desayuno. Un buen trozo. Al bolso.
Luego, la mitad del pastel de milhojas, que Ángela había preparado hasta la madrugada. Dolores lo envolvió apresuradamente en papel de aluminio, aplastándolo sin piedad.
¿Qué más hay…?murmuró la suegra. El queso… manchego. Total, se secará y lo tirarán.
El trozo de queso, valioso como un puente de hierro, también acabó en el bolso, junto con la lata de aceitunas y, para rematar, casi toda la botella de brandy caro que los compañeros habían regalado a Samuel y que aún nadie había abierto.
Ángela permaneció pegada al marco de la puerta, sin saber qué hacer. ¿Gritar? ¿Montar un escándalo? ¿Llamarla ladrona? Le costaba.
En ese momento sonó la puerta de entrada; Samuel regresó.
¡Uf, hace un frío que corta!se oyó. ¿Mamá, lista? No me quito la cazadora que te llevo hasta la parada.
Dolores se sobresaltó, cerró el bolso bruscamente y se giró. Vio a Ángela petrificada en el umbral y se turbó un instante, pero pronto se recompuso.
¡Ay, Ángela, ya sales? Aquí andaba recogiendo, ayudando. ¿Samuel ha llegado? Perfecto. Ya estoy lista.
Levantó la bolsa, que crujió bajo el peso. Se le escapó una mueca de esfuerzo.
¿Mamá, ayudo? ¿O llevas ladrillos ahí? Samuel se asomó.
¡No hace falta!chilló Dolores, apretando la bolsa contra su pecho. Es… sólo frascos vacíos. He cambiado los pepinillos a vuestra cazuela y me llevo mis frascos. Y cosas mías. No toques.
Ángela miró a su marido. Samuel miró a su madre, perplejo.
¿Frascos? Sólo trajiste uno, y está entero en la ventana.
¡Otros frascos!Dolores se alteró. ¡Déjame en paz! Que tengo ganas de marchar. Ya he hecho bastante por vosotros.
Ángela avanzó. La cabeza dejó de dolerle, reemplazada por una fría determinación.
Doloresdijo despacio, clara. Deje la bolsa sobre la mesa.
¿Qué? la suegra la fulminó con la mirada¿Qué te crees? ¿Me vas a registrar? ¿Samuel, oyes lo que te dice tu mujer? ¡Me acusa de ladrona!
Ángela, qué dices…Samuel miraba de una a otra.
Samuelinterrumpió Ángela, sin apartar la vista de Dolores. En esa bolsa está nuestro desayuno. Y la comida de dos días. Salmon, lomo, el brandy, la tarta.
¡Estás loca!gritó Dolores, retrocediendo. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Que soy maestra jubilada, mujer honrada! ¡Nunca he cogido ni una migaja ajena! ¡Quedaos con vuestra comida!
Intentó salir por el pasillo, pero la bolsa tropezó con la esquina de la mesa. Las asas, superadas por los frascos vacíos, se rompieron. El bolso cayó al suelo, desparramando el contenido.
El espectáculo era dantesco.
La charcutería rodó por el suelo. El paquete de salmón se abrió, el filete acabó sobre la zapatilla de Samuel. El papel de aluminio con el milhojas se rompió, mostrando la crema chafada. La botella de brandy tintineó, por suerte no se rompió. Todo rematado con el trozo de manchego y una puñado de caramelos.
El silencio era total. Sonaba sólo el zumbido de la nevera y la respiración agitada de Dolores.
Samuel contemplaba los manjares desperdigados. Miró su pie manchado de salmón, después a su madre, roja de vergüenza. Su cara cambiaba: primero sorpresa, luego reconocimiento, después una vergüenza espesa inundó la estancia.
¿Mamá?susurró¿Esto qué es?
Dolores se irguió. El mejor ataque es la defensa.
¿Y qué pasa?soltó, mirándole a los ojos. Sí, lo he cogido. ¡De sobra tenéis! ¡Lo ibais a tirar! ¡Vivís como marqueses, y yo con mil euros de pensión! ¡Ese lomo lo he visto sólo en la televisión! ¿No puedo probarlo una vez en mi vida? ¡Yo te crié! ¡Noches en vela! ¿Y me niegas un trozo de jamón?
Ángela guardó silencio. Esperaba la reacción de Samuel: el momento de la verdad. Lo habitual era que él cediera: Bueno, mamá, qué más da, llévatelo; sólo para evitar el conflicto.
Samuel se agachó con lentitud, recogió el filete de salmón. Lo puso en la mesa. Luego la botella.
Mamádijo muy bajo. No es por la comida. Si lo hubieses pedido, te lo hubiéramos preparado. Siempre te ponemos un paquete cuando te marchas.
¿Qué voy a hacer, pedir limosna? ¡Rogar!chillaba Dolores, viendo el terreno perderse bajo sus pies. ¡A una madre se le ofrece! ¡No espera a que pida! ¡Sois egoístas!
No lo pedisteSamuel negó con la cabeza. Lo robaste. Esperaste a que Ángela saliera y lo sacaste todo al bolso. Como… como una rata.
¡¿Cómo me llamas?!se llevó la mano al pecho. ¡Ay, el corazón! ¡La pastilla! ¡Me vais a enterrar!
Dolores, no haga teatrointervino Ángela con frialdad. La pastilla la lleva en el bolsillo izquierdo; lo vi cuando se quitó el abrigo.
La suegra se paralizó. El drama se cayó de golpe.
Samuelañadió Ángela. ¿Puedes recoger todo del suelo y meterlo en una bolsa?
¿Para qué?preguntó él.
Regálaselo a tu madre. Que se lo lleve.
¿Ángela?Samuel se sorprendió.
Que se lo lleve todorepitió ella, firme. El salmón ya está para tirar. El pastel aplastado. El jamón igual. Que se lo lleve. Será su regalo de cumpleaños. Y el precio por no verla aquí en un mes.
Dolores se quedó boqueando aire como un pez fuera del agua.
Samuel recogió sin palabras los restos: el pescado, el queso, el pastel destrozado. La botella la dejó sobre la mesa.
El brandy lo dejodijo sin mirarla. Lo necesito ahora mismo.
Alargó la bolsa a su madre.
Tómalo, mamá. Y vete. Te he pedido un taxi mientras gritabas. Llega en dos minutos.
¿Me echáis? ¿A una madre? ¿Por comida?
Por mentir, mamá. Por faltar al respeto al hogar y a mi mujer.
Dolores agarró la bolsa. Tenía los ojos llenos de odio y lágrimas.
¡No vuelvo aquí jamás!escupió. ¡Vivid como marqueses! ¡Que se os atragante el jamón!
Se fue corriendo al recibidor, la puerta se golpeó y cayó yeso del marco.
Ángela se dejó caer sobre la silla y se cubrió la cara con las manos, temblando.
Samuel sacó dos vasos y el brandy, sirvió ambos. Puso uno delante de Ángela y tomó el otro.
Bebedijo. Lo necesitas.
Ángela alzó el rostro. Samuel parecía mayor, como si hubiera envejecido de repente. Se sentó frente a ella y le cogió la mano.
Perdóname, Ángela.
¿Por qué? No sabías nada.
Por no darme cuenta antes. Por permitirle tanto. Siempre pensé es mi madre, es rara pero es buena. Ahora Me da tanta vergüenza. Como si fuera yo el ladrón del jamón.
Ángela apuró el brandy. Quemaba la garganta pero trajo alivio.
¿Sabes?sonrió amargamente. Lo irónico es que compré un chorizo extra y un queso, para dárselos después. Están en el cajón de abajo. No llegó a ellos.
Samuel soltó una carcajada nerviosa.
¿En serio?
Sí. Sabía que se quejaría de que no tiene. Pensaba hacerlo de corazón.
Con ella no se puedebebió de un trago. Mañana cambio las cerraduras. Los juegos de llaves que le di hace medio año por si acaso mejor los quito. No quiero llegar un día y encontrar que se ha llevado hasta el televisor porque la vecina tiene uno más grande.
Ángela lo miró entre sorprendida y admirada. Por primera vez en siete años, hablaba de su madre sin disculpas ni justificaciones. Aquella bolsa de charcutería había sido la gota que colmó el vaso incluso para el tranquilo Samuel.
¿Y qué desayunamos mañana?preguntó Ángela mirando la mesa vacía. Se llevó casi todo.
Samuel fue a la nevera y abrió la puerta.
Queda un frasco de caviar. El segundo, que no lo vio. Y huevos. Y leche. Hoy nos toca tortilla con caviar, desayuno de reyes.
Ángela rió. La tensión comenzaba a disiparse.
También tenemos esas manzanas feasle recordó. Podemos hacer una compota.
No, eso sí lo llevamos al contenedor mañana. Junto con sus pepinillos. Ya está bien de ayuda humanitaria.
Se quedaron charlando un rato, acabando el brandy. Hablaron de todo lo que habían callado durante años. De límites, de que amar a los padres no implica dejarse pisotear. De que su familia eran ante todo ellos dos.
Por la mañana, Ángela despertó entre aromas de café. Samuel ya cocinaba.
Buenos díasle besó la coronilla. He pensado ¿Queda dinero de la prima?
Un poco. ¿Por qué?
¿Y si el fin de semana nos escapamos? A Toledo, o a la Sierra, donde sea. Desconectar. Y los móviles apagados.
¿Y tu madre? Llamará a toda la familia diciendo que la hemos dejado de lado.
Que llame. Es su problema. Yo tengo el mío. El desayuno con caviar. Ven, siéntate.
Ángela miró el plato, la esponjosa tortilla decorada con hueva brillante. Y pensó que era el mejor desayuno que había tomado jamás. No por la calidad de los ingredientes, sino por estar libre de culpa y exigencias ajenas.
Dolores llamó dos días después. Samuel vio la pantalla, suspiró y puso el móvil boca abajo.
¿No contestas?preguntó Ángela.
No. Que disfrute de la charcutería, a ver si se calma. Quizá hablemos el mes que viene. Ahora tengo algo más importante: llevar a mi mujer al cine.
Ángela sonrió y fue a vestirse. La nevera estaba casi vacía, pero su alma se sentía ligera; y esa paz valía más que todos los manjares del mundo.







