Mi suegra se ofreció a ayudarnos con el cuidado de nuestros hijos durante el verano: ahora está jubilada y dispone de mucho tiempo libre, así que aceptamos. Ambos trabajamos y tenemos tres hijos, pero en realidad no podemos tomarnos vacaciones normales. Solemos turnarnos en el trabajo cuando alguno de nuestros hijos está enfermo o tiene algún acontecimiento especial. A veces conseguimos escaparnos un fin de semana si no ocurre nada en casa, pero eso es todo. Durante los últimos tres años, hemos estado pagando una hipoteca a 20 años. Estamos cansados de mudarnos continuamente por el alquiler y decidimos que lo mejor era vivir en una casa propia, aunque eso suponga una cuota mensual más alta. Aunque trabajamos todo el verano, no podemos permitirnos vacaciones debido a la cantidad que pagamos de hipoteca cada mes. Además, como en verano no hay colegio, no hay nadie que pueda cuidar de nuestros hijos cuando no estamos en casa. Al menos sabemos que durante los meses de calor están seguros y bien en su hogar. Mi suegra se ofreció a echarnos una mano con los niños en verano. Ahora que está jubilada y tiene más tiempo, nos pareció una buena idea. Cuando se acerca el verano y vamos a casa de la madre de mi marido, siempre llevamos la compra y le damos dinero para algún capricho especial a los niños. Su madre nunca gasta su propio dinero en los nietos; dice que su pensión no le da para mucho. Normalmente le damos el dinero en mano, y nos sale más económico que contratar una niñera. Todos parecían contentos con este arreglo. El hermano de mi marido, que también tiene tres hijos, decidió llevar a sus niños a casa de la abuela. Pero sus hijos son más pequeños y traviesos que los nuestros, así que requieren atención constante. El problema es que no trajo nada de comida ni les dejó dinero, así que tuvimos que hacernos cargo nosotros. Sé que es normal sentirse así. Muchas veces le he pedido a mi marido que hable con su hermano, pero nunca hace nada porque no quiere discutir. ¿Por qué tengo que esforzarme yo para que otros puedan criar a sus hijos? ¿Cuál es la mejor manera de hablar con él sin acabar discutiendo?

Recuerdo aquellos veranos de antaño, cuando mi suegra, Doña Mercedes, se ofreció generosamente a echarnos una mano con los niños durante la temporada estival. Ya estaba jubilada entonces y contaba con mucho tiempo libre, así que aceptamos agradecidos su propuesta.

Tanto mi esposo, Santiago, como yo trabajábamos, y con tres hijos pequeños a nuestro cargo no teníamos opción de tomarnos unas vacaciones al uso. Solíamos pedir días libres lo mejor que podíamos, turnándonos cuando alguno de los críos enfermaba o cuando surgía algún evento especial en el colegio. En ocasiones, si la fortuna nos sonreía y todo iba bien en casa, nos escapábamos un fin de semana al campo, pero más allá de eso, la tranquilidad era escasa.

Llevábamos ya tres años cargando con una hipoteca a veinte años sobre nuestra modesta casa en Alcalá de Henares. Después de pasar años mudándonos de piso en piso de alquiler, nos decidimos por comprar nuestro propio hogar, aunque las cuotas mensuales supusieran un desvelo constante. A pesar de trabajar durante todo el verano, las mensualidades del banco nos impedían siquiera soñar con vacaciones familiares. Y al cerrarse los colegios, tampoco había quien se quedase con los niños. Al menos, sabíamos que en casa estaban seguros y tranquilos durante los calurosos días del verano manchego.

Doña Mercedes, como decía, era amable en su ayuda, pero advertía siempre que su pensión no daba para mucho. Por eso, cada vez que llegábamos a su casa antes del verano, le llevábamos una buena compra del mercado y le entregábamos un sobre con euros para algo especial que les gustase a los niños: helados, dulces, paseos al parque Todo lo hacíamos así, en efectivo y de manera sencilla, pues salía muchísimo más barato que contratar a una cuidadora externa. Todos parecíamos conformes con aquel acuerdo.

No obstante, el hermano de Santiago, don Javier, también pensó que era buena idea dejar a sus tres pequeños con la abuela. La diferencia era que sus hijos eran más revoltosos y estaban aún en la edad de necesitar atención constante. Él, sin embargo, nunca traía víveres ni dejaba dinero alguno, y, para colmo, acabábamos alimentando también a sus hijos con lo que nosotros llevábamos.

No era raro sentirse así, cuántas veces le pedí a Santiago que hablara con su hermano pero él rehuía el enfrentamiento y prefería callar. Me preguntaba yo, ¿por qué tengo que esforzarme tanto para que otra persona pueda criar a sus hijos sin preocuparse? ¿Cómo podría abordar una conversación sincera con él, sin acabar en una disputa?

Así eran aquellos tiempos; situaciones que, vistas desde la distancia, son casi entrañables, pero que en su momento nos llenaban de dudas y cansancio, como suelen hacerlo los recuerdos de los veranos pasados bajo el sol castellano.

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MagistrUm
Mi suegra se ofreció a ayudarnos con el cuidado de nuestros hijos durante el verano: ahora está jubilada y dispone de mucho tiempo libre, así que aceptamos. Ambos trabajamos y tenemos tres hijos, pero en realidad no podemos tomarnos vacaciones normales. Solemos turnarnos en el trabajo cuando alguno de nuestros hijos está enfermo o tiene algún acontecimiento especial. A veces conseguimos escaparnos un fin de semana si no ocurre nada en casa, pero eso es todo. Durante los últimos tres años, hemos estado pagando una hipoteca a 20 años. Estamos cansados de mudarnos continuamente por el alquiler y decidimos que lo mejor era vivir en una casa propia, aunque eso suponga una cuota mensual más alta. Aunque trabajamos todo el verano, no podemos permitirnos vacaciones debido a la cantidad que pagamos de hipoteca cada mes. Además, como en verano no hay colegio, no hay nadie que pueda cuidar de nuestros hijos cuando no estamos en casa. Al menos sabemos que durante los meses de calor están seguros y bien en su hogar. Mi suegra se ofreció a echarnos una mano con los niños en verano. Ahora que está jubilada y tiene más tiempo, nos pareció una buena idea. Cuando se acerca el verano y vamos a casa de la madre de mi marido, siempre llevamos la compra y le damos dinero para algún capricho especial a los niños. Su madre nunca gasta su propio dinero en los nietos; dice que su pensión no le da para mucho. Normalmente le damos el dinero en mano, y nos sale más económico que contratar una niñera. Todos parecían contentos con este arreglo. El hermano de mi marido, que también tiene tres hijos, decidió llevar a sus niños a casa de la abuela. Pero sus hijos son más pequeños y traviesos que los nuestros, así que requieren atención constante. El problema es que no trajo nada de comida ni les dejó dinero, así que tuvimos que hacernos cargo nosotros. Sé que es normal sentirse así. Muchas veces le he pedido a mi marido que hable con su hermano, pero nunca hace nada porque no quiere discutir. ¿Por qué tengo que esforzarme yo para que otros puedan criar a sus hijos? ¿Cuál es la mejor manera de hablar con él sin acabar discutiendo?