Mi suegra se llevó los manjares de mi nevera en su bolso antes de marcharse

Tía, tienes que escuchar lo que me pasó el sábado, te lo cuento como si estuviéramos tomando café. Resulta que era el cumpleaños de Daniel, ya sabes, mi marido, y justo cumplía treinta y cinco, así que decidí preparar una cena especial para celebrarlo con sus amigos y con su madre, Doña Concha. Aproveché que me dieron una paga extra buena trabajo me costó y me fui al Mercado de San Miguel a comprar jamón de bellota, lomo ibérico, queso manchego curado, alguna lata de caviar, vino de Ribera del Duero… Lo mejor de lo mejor. La cocina olía a pan recién hecho y a embutidos. Daniel estaba ahí, con la típica cara de susto mirando la etiqueta del jamón, ese que parece que te cobran por gramos de oro, y me dice: ¿De verdad hace falta tanto? Esto cuesta más que una hipoteca en Madrid, Lucía.

Yo iba a lo mío, colocando los pimientos rojos brillantes, la taza pequeña de caviar con tapa dorada, y las botellas de vino encima de la mesa. Le respondí, tranquila, guardando la leche en la nevera: Es tu cumpleaños, Daniel, has invitado a tus colegas y viene tu madre. ¿Quieres poner solo patatas cocidas y sardinas en escabeche? Ya solo por esta vez, déjame poner una mesa que merezca la pena. Que no me dé vergüenza, hombre.

Daniel protestaba: Si con patatas yo me apaño. Pero guardó el jamón cuidadosamente en la nevera, eso sí. Solo que mi madre va a empezar a decir que tiramos el dinero. Lo sabes. Mejor hubiéramos pagado la hipoteca.

Tu madre siempre se va a quejar, da igual lo que hagamos, suspiré, sacando la ensaladera. Si compramos caro, que somos unos manirrotos; si barato, que estamos mendigando y malalimentando al hijo. Yo ya hace tiempo que dejé de pensar en lo que opina Doña Concha. Lo importante es que a ti y a los invitados os guste. Además, busqué este jamón por toda la ciudad, es el mismo que probaste en Sevilla hace cinco años, ¿te acuerdas?.

Daniel sonrió como un niño: ¡Lo recuerdo! Estaba buenísimo, joder. Vale, tienes razón, hoy celebramos. Quita las etiquetas, por favor, antes de que mi madre las vea y se desmaye.

Y así, todo dispuesto. A mí me encanta cocinar, pero solo si nadie está encima controlando. Pero claro, ese día, sí o sí, Doña Concha iba a llegar antes que nadie, para echar una mano. Esa frase ya me pone los pelos de punta, porque su ayuda siempre consiste en sentarse en mitad de la cocina, ocupar el mejor sitio y criticar cada cosa: desde cómo corto la cebolla hasta el color de las cortinas.

A las dos en punto llama al timbre, Daniel va corriendo y yo me preparo la sonrisa de batalla.

¡Pero mira al cumpleañero!, retumba la voz de Doña Concha por el pasillo. Déjame que te dé un beso, hijo, que estés tan delgado… Claro, con tanta lasaña congelada, así no engordas.

Mamá, ¡qué dices! Lucía cocina muy bien, intentaba defenderse Daniel, quitándole el abrigo.

Ay, no me discutas. Si yo veo que tienes los ojos hundidos. Hola, Lucía.

Doña Concha entró como si fuera el almirante de la Armada Española, con el típico bolso de mercadillo, el de toda la vida.

Buenas tardes, Doña Concha. Qué alegría verla. Pase, que justo he puesto la tetera.

El té luego, contestó, dejando el bolso en la banqueta. He traído unas cosillas para vosotros. Porque yo sé que con los jóvenes siempre hay telarañas en la nevera.

Y empezó a sacar sus tesoros caseros: una garrafita de pepinillos en vinagre con el líquido más turbio que he visto, manzanas feas del pueblo mordidas por la vida, y un paquetito de caramelos de hierbas que seguro sobrevivieron a la Transición.

Pepinillos sin química, dijo ella orgullosa. Las manzanas, para el compote si les cortáis la parte mala, no las tiréis.

Gracias, le dije, mirando el líquido turbio sin saber dónde ponerlo. Los probaremos seguro.

Pero Doña Concha ya había abierto la nevera, como parte de su ritual de inspección. Vaya, murmuró al ver el arsenal de delicatesen. ¿Caviar? ¿Rojo? ¿Dos botes? Daniel, ¿habéis encontrado el tesoro de sí? ¿O Lucía ha atracado un banco?

Me dieron la paga extra, mamá, contestó Daniel, robando un pedacito de queso.

La paga Claro. En vez de ayudarme con la verja de la finca, os ponéis a comer caviar con la cuchara. Pero bueno, haced lo que queráis. Yo ya soy mayor, no necesito mucho.

Ella cerró la cocina y se sentó justo donde más molestaba.

Enséñame qué vas preparando, Lucía. Me siento un poco, que tengo las piernas fatal. La presión por las nubes, pero vine igual. Porque no iba a dejar de felicitar a mi hijo. Heroísmo, eso.

Las siguientes tres horas pasaron entre ollas y críticas: Eso lleva demasiado mayonesa, así te sube el colesterol; ¿Por qué compras pan caro, con la barra de setenta céntimos de la panadería tienes de sobra?; Hay que golpear el lomo, sino se queda duro.

Yo ni caso. Ya aprendí a poner el piloto automático mental y dejar que las palabras le pasen rozando. Lo importante era chequear la misión hasta el final.

A las seis llegaron los amigos de Daniel, todos con buen humor y colonia fuerte. La mesa llena a reventar solomillo al horno, rollitos de berenjena con nuez, tartaletas con caviar, tablas de jamón y quesos de tres tipos, ensaladas y platos calientes.

Con el primer brindis, Doña Concha tomó el mando como siempre.

Danielito, hijo, empezó, secándose los ojos con la servilleta. Cuando naciste, dos días estuve sufriendo, dos días y dos noches

Todos aguantando, escuchando por quincuagésima vez la historia del parto. Mientras tanto, yo aprovechaba la pausa para servirme ensalada.

Y mira cómo has crecido. Y te has casado. Bueno, las cosas como vienen mirada asesina a mí Lo esencial es que seas feliz. La comida Bah, no lo es todo. Aunque Lucía se ha esmerado y ha comprado de todo, yo lo hubiera hecho más sencillo, más sentido. Las cosas ahora son para aparentar.

Enganchó con el tenedor el trozo más caro de anguila ahumada del mercado de abastos, a precio de oro y se lo zampó.

Sí pescado es pescado, demasiado salado y grasiento. En mi época la sardina tenía más sabor.

Pero ahí la ves comiendo con un apetito insaciable. El jamón desaparecía como por arte de magia. Las tartaletas con caviar las devoraba como pipas, soltando entre bocado: Este caviar parece falso, Polina, muéstrame el bote luego, que quiero leer los ingredientes, que luego nos envenenamos.

Yo sonreía y seguía sirviendo vino. Veía cómo Daniel se ruborizaba en silencio. Jamás le lleva la contraria a su madre delante de gente. Ni en privado, si me apuras.

La noche fue animada, los amigos felicitaron mi comida, bromearon, contaron historias de la universidad. Doña Concha metía su opinión aquí y allá, sobre lo mal que viven los pensionistas y los hijos desagradecidos, pero las risas de los demás la tapaban.

A eso de las diez, los amigos empezaron a irse. Se lo pasaron bien, ya sabes.

Lucía, eres una artista, dijo Pablo, el mejor amigo de Daniel, dándome la mano. La anguila estaba brutal. ¡Gracias!

Cuando cerré la puerta tras el último invitado, la casa se quedó en silencio. Sólo se oían los platos y a Doña Concha recogiendo cosas.

Venga, ayudo a limpiar, que si no os dan las uvas, anunció. Daniel, lleva la basura. Lucía, guarda lo caliente en los táperes.

Yo ya tenía el cerebro colapsado de cansancio. Dolor de cabeza a punto de explotar.

Tranquila, Doña Concha, ya me encargo yo. ¿Le pido un taxi?

¿Qué taxi ni qué taxi? ¿Estamos para tirar el dinero? El bus aún pasa, ya iré. Pero no discutas, que ayudo. Tú estás para el arrastre, ve al baño a lavarte la cara y tómate una pastilla.

Tenía razón: estaba fatal. Fui al dormitorio y busqué un ibuprofeno, me lavé con agua fría y, aunque la presión de la cabeza cedió un poco, volví a la cocina con pies de gato para ver que no liara nada raro.

Me asomé y ahí la tenía, de espaldas, frente a la nevera abierta, bolso en la banqueta, actuando con precisión de ladrona profesional.

Sacó la bandeja de embutidos sobrantes: jamón, lomo, chorizo, todo al bolso, en una bolsa. Hasta el trozo de salmón que había guardado para desayunar al día siguiente, como trescientos gramos, al bolso. La mitad de la tarta de San Marcos casera, que había horneado la noche anterior hasta las dos, la enrolló en papel de plata y la metió también, luego el queso manchego, los pepinillos, y lo que acabó de rematarme casi una botella entera de un buen brandy que habían regalado a Daniel. Todo al bolso.

Me quedé petrificada. Gritar, montar escándalo, acusarla de ladrona de guante blanco? No me salía.

En ese momento entra Daniel por la puerta, medio tiritando por el frío.

Mamá, ¿estás lista? No me quito la chaqueta, que te acompaño.

Concha dio un brinco, cerró el bolso y me vio en la puerta. Se puso nerviosa, pero enseguida cogió el mando.

¡Lucía, estás aquí! Estaba recogiendo, ayudando Daniel ha llegado, ya me marcho.

Agarró el bolso, que casi no podía levantar, resoplando.

Mamá, te ayudo, que ahí tienes adoquines, se asomó Daniel.

¡Déjalo! soltó ella, apretándose el bolso al pecho. Son botes vacíos, me los llevo, que he metido los pepinillos, y mis cosas. No te metas.

Daniel miraba el bolso, confundido. Sólo trajiste un bote, y sigue ahí, entero.

¡Otros botes!, se puso roja Doña Concha. ¡Qué pesados, quiero irme ya!

Me entró la calma de hielo y avancé.

Doña Concha, le dije con voz baja pero firme. Deje el bolso encima de la mesa.

¿Me estás acusando de algo? ¿Vas a registrar a la suegra? chilló. Daniel, mira lo que dice tu mujer, ¡me está llamando ladrona!

Daniel iba como perdido. Lucía, por favor

Daniel, en ese bolso está nuestro desayuno, nuestra comida y nuestra cena de dos días. Está el salmón que costó treinta euros, tu jamón favorito, el brandy que te regalaron y la tarta.

¡Deliras! ¿Cómo puedes gritó Doña Concha, reculando. ¡Yo, maestra jubilada, nunca he cogido nada ni una miga! ¡Qué os aproveche vuestra comida!

Intentó salir corriendo, pero el bolso chocó contra la mesa. Las asas no resistieron el peso y se rompieron. El bolso volcó, el contenido rodó por el suelo.

Espectáculo total.

Embutidos por el suelo. El pescado resbaló y se estampó en la zapatilla de Daniel. La tarta se abrió mostrando su miseria. El brandy rodó pero no se rompió. Todo recubierto por el queso y caramelos.

Silencio absoluto. Sólo el frigorífico zumbaba y Concha resoplaba.

Daniel miró los restos, miró a su madre, y cambió la expresión de la cara. Primero desconcierto, luego vergüenza, de esa que pesa y duele.

Mamá ¿esto qué es?

Concha se erigió, en modo ataque total:

¡Pues sí, lo cogí! ¡Que tenéis de sobra! ¡Lo ibais a tirar! ¡Os sobra todo! ¡Una madre con mil euros de pensión no ha probado ese jamón en su vida! ¿Es que no puedo disfrutar una vez? ¡Yo te he criado, desvelada años! ¿Vas a negarme un trozo de chorizo?

Yo callada, esperando a Daniel. Él siempre suele balbucear pues claro, mamá, llévatelo, por no montar lío.

Pero Daniel se agachó, recogió el pescado y lo puso en la mesa, luego el brandy.

Mamá, dijo bajito. No es por la comida. Si nos hubieses pedido, siempre te preparamos una bolsa siempre.

¿Y tengo que pedir limosna? ¿Una madre pidiendo permiso? Tenéis que ofrecerlo, ¡egoístas!

No pediste, negó Daniel. Lo robaste, esperando que Lucía saliera. Como como una rata.

¿Cómo me llamas? gritaba ella, fingiendo ataque al corazón. ¡El valium! ¡Me vais a matar!

Déjese de teatro, Concha, dije fría. El valium lo tiene en el bolsillo izquierdo, lo vi con el abrigo.

Se congeló. Sin palabras.

Daniel, con mucha calma, recogió todo el desastre en una bolsa.

¿Por qué?, preguntó.

Dáselo, le pedí.

¿Lucía?

Que se lo lleve. El pescado por el suelo ya no lo quiero, la tarta machacada tampoco. Es mi regalo; y el precio de no volverla a ver en casa en un mes.

Concha, llorosa y furiosa, recogió la bolsa.

¡No vuelvo por aquí! ¡Vivid como burgueses! ¡Que os atragantéis con el jamón!

Salió corriendo, portazo tan fuerte que cayó un poco de yeso.

Me senté y me tapé la cara. Temblaba.

Daniel sirvió el brandy en dos copas, me puso una delante.

Tómalo. Te hace falta.

Alzó mi rostro. Parecía diez años más viejo. Se sentó enfrente y me tomó la mano.

Perdóname, Lucía.

¿Por qué?, le pregunté.

Por no verlo antes. Por dejarla actuar así. Siempre pensando: es mamá, rara pero buena. Ahora Me da vergüenza. Como si yo fuese quien robaba todo eso.

Bebí un sorbo, me supo a algo que quema pero alivia.

Lo triste es que tenía preparado un paquete especial, con servilleta y todo, de queso y chorizo para ella. Están abajo, en la nevera. Ni los encontró.

Daniel se rió con un aire entre nervioso y liberado.

¿De verdad?

Sí. Siempre ídem con la pobreza, y pensaba hacerlo bien.

No se puede con ella Mañana cambio las cerraduras. Tiene copia desde hace meses por si acaso. No quiero que la próxima vez, entre y se lleve el televisor porque la vecina tiene uno más grande.

Por primera vez en siete años, Daniel hablaba de su madre sin excusas. La escena del robo fue la gota final.

¿Y qué cenamos mañana?, le dije mirando la mesa vacía.

Daniel fue a la nevera: Queda otro bote de caviar, no lo vio. Y huevos. Ni leche. Hagamos tortilla con caviar. A lo grande.

Reí. La tensión se iba.

Aún tenemos las manzanas podridas, me acordé. Podemos hacer compota.

No, eso va al cubo, junto con esos pepinillos de murky water. Ya está bien de limosnas.

Nos quedamos hablando, por fin, de lo que nunca dijimos: de respeto, de límites, de que querer a los padres no es consentir todo. Que la familia somos nosotros.

Al despertar por la mañana, olía a café. Daniel preparando la tortilla.

¿Aún tienes paga extra?me preguntó.

Un poco. ¿Por?.

¿Y si nos escapamos el finde a Segovia o Salamanca? Unas noches fuera, apagar los móviles…

¿Y tu madre? Va a llamar a toda la familia para quejarse.

Que llame. Esto es decisión nuestra. Omelette con caviar listo, ven.

Miré el plato, tortilla dorada y generosa con caviar por encima, y pensé: este es el desayuno más sabroso de mi vida. No por caro, sino por limpio, sin culpa ni invasiones.

Doña Concha llamó a los dos días. Daniel miró el móvil, suspiró y lo puso boca abajo.

¿No vas a contestar? pregunté.

No. Que coma jamón y se relaje. Quizá en un mes hablamos. Ahora te llevo al cine.

Me puse a arreglarme. La nevera desierta, pero yo me sentía ligera, por fin. Y ese alivio sí que no tiene precio, primo.

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MagistrUm
Mi suegra se llevó los manjares de mi nevera en su bolso antes de marcharse