Mi esposa y yo llevamos diez años viviendo juntos. Tenemos una familia estupenda, que muchos envidian. Sin embargo, últimamente han empezado a surgir conflictos. Cuando llegaron los niños, tuvimos que aprender a convivir de otra manera.
Un día me di cuenta de que faltaban juguetes de los niños. Y no cualquier juguete, sino algunos bastante caros. Primero pregunté a los niños, busqué por todo el piso, pero los juguetes seguían sin aparecer. ¿Sería cosa de brujería? Hasta mi esposa se puso a buscar, pero nada.
Mi suegra suele venir a casa con frecuencia. Le encanta jugar con sus nietos. Normalmente tomamos café juntos y después ella se queda en la habitación de los niños jugando. Pero esa vez sólo entró en el cuarto de los peques un momento y se marchó enseguida.
Fue entonces cuando noté la desaparición de otro juguete. Interrogué a todos, pero me aseguraron que habían jugado con otras cosas. Finalmente, mi hijo recordó que la abuela cogió el juguete y lo metió en una bolsa antes de irse. Mi esposa decidió hablar con su madre.
Un par de días después tuvimos visita y nos olvidamos del asunto. Solo volvimos a pensar en ello cuando la madre de mi esposa se fue antes de tiempo y vimos cómo otro de los juguetes de los niños sobresalía de su bolso.
Exigí una explicación. “¡Los quiero lavar!” respondió ella.
Me di cuenta de que era mentira. Conseguí que me confesara la verdad. Admitió que estaba llevando los juguetes al hijo de su cuñada, porque ella no tiene dinero para regalos y así le hace feliz al pequeño.
Hablamos con ella y prometió no volver a hacerlo. Pero los juguetes siguen desapareciendo. Mi esposa ya ha tenido una discusión seria con su madre, acusándola de robar y regalar cosas.
La situación ha llegado a tal punto que los niños se han dado cuenta. Han pedido a la abuela que no venga, porque temen que se lleve sus juguetes. Ahora, cuando mi suegra quiere hacer una visita, buscamos mil y una excusas para evitarlo.
No puedo evitar pensar ¡se lo ha buscado ella misma!







