Mi suegra me regaló sus viejas pertenencias por mi 30 cumpleaños y no oculté mi desilusión – ¿Y para qué le echaste esa mayonesa tan barata a la ensaladilla rusa? Te dije que cogieras la “Provenzal”, que es más cremosa y tiene más sabor. Esta es pura agua y almidón, has estropeado los ingredientes. Irina se quedó quieta, cuchara en mano, sintiendo cómo comenzaba a hervirle una irritación sorda, justo en el estómago. Respiró hondo, intentando no explotar, y miró a su suegra. Tamara Ígorievna estaba en medio de la cocina, con las manos en las caderas, inspeccionando la ensaladilla como si fuera una inspectora sanitaria del mercado de El Rastro. Llevaba su vestido de gala con hilos dorados, que sacaba solo en fiestas importantes, y una expresión de solemne grandiosidad. Hoy no era una fiesta cualquiera. Hoy Irina cumplía treinta años. Su trigésimo cumpleaños. Un día que quería celebrar en un restaurante, con música y baile, vestida de largo, no en bata frente a los fogones. Pero el mes pasado se les estropeó el coche, y la reparación salió carísima. El consejo familiar, con voz de su marido Sergio, decretó: se celebra en casa. “Iri, tú eres la mejor anfitriona, vas a poner una mesa que ni el Ritz”, le dijo muy tierno Sergio, besándola en la coronilla. Y ella aceptó a regañadientes. – Tamara Ígorievna, la mayonesa es la de siempre, solo han cambiado el envase –respondió Irina, conteniéndose mientras mezclaba los ingredientes. – Mejor ayúdeme con los canapés de caviar, que los invitados llegan en una hora. – ¿El caviar también lo compraste de oferta, no? –insistió la suegra–. Si es que se nota. El grano, pequeño y apachurrado. Irina, hija, así se ahorra, pero no es de ley con los invitados. Antes, para un cumple de verdad, la mesa rebosaba de manjares de los buenos, no de sucedáneos. En ese momento entró Sergio, ya vestido para la ocasión: camisa blanca, pantalones bien planchados y oloroso a colonia. – Chicas, ¿y ese ambiente? No peleéis, que huele todo riquísimo –dijo cogiendo un trozo de embutido. – Mamá, suelta la crítica, que Iri está de fiesta. – ¡No critico, enseño! –protestó Tamara Ígorievna, frunciendo los labios. – Si no le digo yo la verdad, ¿quién se la va a decir? Su madre está lejos y estas cosas hay que enseñarlas. Bueno, dame el pan, que unto los canapés. Irina dio media vuelta para que no se le vieran las lágrimas. “Enseña”, decía. Tras cinco años casados, Irina ya tenía este “aprendizaje” hasta en el alma. Tamara Ígorievna era de otra generación, ahorradora al extremo, y convencida de que su palabra era la única válida. Guardaba bolsas de leche, reutilizaba platos desechables, y pensaba que Irina gastaba el dinero de su hijo en frivolidades, como manicuras o buenos zapatos. Mientras, el piso olía a pollo asado, ajo y bollería. Irina iba y venía sin parar, queriendo que todo quedara perfecto. Sacó la mejor vajilla, almidonó las servilletas, dispuso las copas. Pese a su cansancio y a las críticas de la suegra, en su interior aún guardaba esperanza de disfrutar la velada. Al fin y al cabo, treinta años no se cumplen todos los días. A las cinco empezaron a llegar los invitados: amigas con sus parejas, compañeros de trabajo, el primo de Sergio con mujer. El piso se llenó de risas, brindis y papel de regalo. Irina recibió flores, sobres con dinero, tarjetas regalo de perfumería. Había calidez y cariño. Tamara Ígorievna presidía la mesa como una reina madre, controlando quién comía y bebía más. Iba soltando sus perlas: “El pepinillo, demasiado salado”, “A la ensaladilla le falta manzana rallada”, “El vino es muy ácido, tengo en casa licor casero que es mucho mejor”. Los invitados sonreían educadamente y seguían la fiesta, evitando los comentarios de la señora. Llegado el momento de los brindis, Sergio se levantó y le dedicó a Irina un discurso precioso sobre lo admirable que era como esposa, anfitriona y amiga. Irina estaba emocionada, de golpe se le fue el cansancio: sentía que todo valía la pena. – Ahora, –anunció Tamara Ígorievna, golpeando la copa con el tenedor–, me toca felicitar a la cumpleañera. Sergio, tráeme mi regalo, está en el pasillo, el paquetón grande. Sergio lo trajo enseguida: era una bolsa enorme, atada con lazo de color. Los presentes miraban expectantes. Irina también sospechaba, sabedora de que su suegra valoraba mucho la tradición: el año anterior le regaló un lote de toallas sencillo, pero útil. ¿Qué sería ahora? ¿Un edredón, acaso? ¿La batidora que Irina había comentado querer? Tamara Ígorievna alzó la bolsa y la colocó junto a Irina, anunciando: – Irina, treinta años es una edad maravillosa, pero toca madurar de verdad. Nada de minifaldas y vaqueros rotos. Ya eres esposa y madre futura. He pensado mucho qué regalarte. El dinero se va, la tecnología se estropea. Pero las cosas de calidad duran toda la vida. Por eso te doy lo más valioso que tengo: mi ajuar, mis mejores vestidos guardados toda la vida. Una reliquia familiar, para que los lleves con salud y te acuerdes de tu suegra con cariño. Y abrió la bolsa de par en par, volcando su contenido en el regazo de Irina (y parte al suelo). Se hizo un silencio de campanario. Hasta la música cesó de fondo. Irina, boquiabierta, observó el montón de ropa desparramada sobre ella. El olor intenso a naftalina, humedad y polvo desplazó al del perfume y al del asado. Sobre sus piernas descansaba un abrigo de paño gris parduzo con un gran cuello de piel sintética raída, apolillado por donde se mirase. Al lado, una pila de vestidos de crimplén, un tejido popularísimo en los setenta: verde chillón, naranja sucio y estampado de lunares enormes. Encima, varias blusas con volantes, amarillentas. Una falda escocesa de lana áspera y espesa como un estropajo. Irina cogió una blusa: tenía una mancha amarilla en la axila imposible de quitar, y los botones apenas estaban sujetos. – Tamara Ígorievna… –balbuceó Irina en alto, haciendo un esfuerzo por controlarse, para que todos escucharan– ¿Esto qué es? – ¿Cómo que qué es? –saltó su suegra, henchida de orgullo–. ¡Mis prendas de toda la vida! Ese abrigo me costó cinco horas de cola en “El Corte Inglés” en el 82. Es eterno. Un repaso, unos botones, y va estupendo. ¿Y los vestidos? Son yugoslavos, importación. Ahora todo es “made in China”, pero esto… esto es auténtico. En uno así conquisté al padre de Sergio. Ahora te toca lucir a ti. Algunos invitados se miraban boquiabiertos. La amiga de Irina, Silvia, se tapó la boca para no soltar una carcajada o un grito. El primo de Sergio se escondió tras el plato, rojo como un tomate. Solo Sergio intentaba poner buena cara. – Mamá, menuda colección retro… Ahora se lleva el vintage, ¿no? –dijo buscando calmar las aguas. Irina sintió arderle la cara: no era solo decepción, era humillación. Humillación pública y deliberada. Su suegra había vaciado el armario en desuso y pretendía que Irina lo luciera y agradeciera como un tesoro. Se levantó y dejó resbalar el pesado abrigo; cayó al suelo levantando polvo. – Vintage, Sergio, son piezas con valor artístico –dijo Irina, helada.– Esto es ropa vieja, sucia y apestando a naftalina y sudor ajeno. – ¡Irina! –gimió Tamara Ígorievna llevándose la mano al corazón.– ¡Eso lo guardé toda la vida! ¡Son recuerdos! ¿Cómo te atreves a llamarlo trapo? – ¿Ve esa mancha en la blusa? ¿Ve cómo el abrigo está apolillado? ¿Cree de verdad que en mi 30 cumpleaños tengo que disfrazarme con ropa de hace 40 años? ¿De verdad piensa que lo voy a poner? – ¡Qué desagradecida! –chilló la suegra, torciendo el tono a chillido de mercadillo–. ¡Una manchita de nada! ¿Te caería algo por lavar? Quería que fueras una señora, no una pendona, y tú haciendo ascos. ¡Sergio, mira cómo me habla tu mujer! Sergio intentó interceder. – Iri, mamá… ya está. Mamá, seguro que lo hizo con buena intención. Es de otra época, para ella las cosas tienen mucho valor. Mamá, igual podrías haber preguntado… – ¿Preguntar qué? –siguió la suegra encendida–. ¿Si regalo un abrigo que cuesta tres sueldos si lo compras nuevo? ¡Ingrata! ¿Sabes qué? Me voy ahora mismo y ¡no pienso volver! – Eso sería el mejor regalo –dijo Irina, clara y bajito. Se hizo un silencio que se podía cortar. – ¿Cómo que has dicho? –susurró la suegra, lívida. – Que no voy a permitir que mi fiesta se convierta en un vertedero –replicó Irina, firme–. Llévese sus cosas. No las quiero. Ni ahora ni nunca. Tengo dignidad. La suegra jadeaba de rabia, recogió el paquete y fue metiendo la ropa a empujones, tirándose del abrigo y partiendo alguna uña en el intento. – ¡Sergio, nos vamos! ¡Acompáñame, como buen hijo! ¡Aquí no me quedo ni un segundo más! Sergio miró desconcertado a su mujer y luego a su madre. – Mamá, ¿a dónde voy a ir? Es el cumpleaños de Irina, están los invitados… Te pido un taxi. – ¿Así? ¡Traidor! ¡Calzonazos! ¡Has cambiado a tu madre por esta grosera! La suegra, con su fardo a cuestas, salió del salón, la barbilla bien alta, y dio un portazo. Todos los invitados se quedaron congelados. El ambiente era irremediable. El olor a naftalina y a bronca se mezclaban en el aire. – Bueno… por Irina –propuso tímida una amiga. Intentaron salvar la velada, pero fue en vano. Poco a poco, los invitados se despidieron, disculpándose. Cuando cerró la puerta la última pareja, Irina empezó a recoger la mesa, furiosa. Sergio estaba hundido en el sofá. – Iri, ¿era necesario ese numerito? –preguntó después de un rato–. Lo podías haber tirado en privado o llevarlo a la casa de campo, no hacía falta el numerito delante de todos. Ahora mi madre seguro se va a poner enferma de los nervios. Irina apiló los platos con brusquedad. – ¿Sabes distinguir el matiz, Sergio? Si me lo da en privado, lo disimulo. Pero lo hizo delante de todos, para dejarme por debajo. No fue cariño ni cuidado. Fue postureo y desprecio. – ¡Simplemente no lo entiende! ¡En su época todo era escaso! – Todos vivieron en esa época, Sergio. Mi madre también. Pero ahorró medio año para regalarme un colgante de oro. La tuya, con dinero en el banco, me trae trapos inmundos y apestosos. Y tú, quieto. Para ti es “vintage” y para mí una bofetada. Irina se encerró en el dormitorio. Sergio permaneció en la cocina, mirando el hueco donde antes estuvo la dichosa bolsa. Por primera vez en años intentó verlo desde fuera: recordó la cara horrorizada de la amiga de Irina, la aversión de su mujer al tocar la ropa. Sintió una vergüenza insoportable. Por la mañana Irina no habló con él. Salió, café en mano, y en la entrada se topó con la bufanda vieja de su suegra. – Voy a casa de tu madre –le dijo secamente cuando Sergio salió al pasillo. – ¿Para disculparte? –preguntó él, esperanzado. – No. A devolverle su bufanda. Y a dejar claras las cosas. No quiero que quede entredicho. – Voy contigo –dijo él. – No hace falta. Es cosa mía. Llegó a casa de la suegra una hora después. Tamara Ígorievna estaba compungida, con tolita en la cabeza y olor a valeriana. – ¿Vienes a rematarme? –dijo dolida–. Adelante, mira qué angustias. Irina dejó la bufanda en la mesa. – Tamara Ígorievna, sin dramas. Le respeto. Pero le exijo respeto a mí. – ¡Respeto! ¡Tú que me dejaste en ridículo delante de todos! – ¡No! Se puso en ridículo usted sola. Sabía que esa ropa no vale para nadie. Regalar eso es ofensa. – Pero yo… – Escúcheme –alzó la voz Irina, cortando–. No necesito su ajuar. Sergio y yo nos sostenemos solos. Si quiere hacerme un regalo, pregunte qué necesito. Si no quiere gastar, venga con flores y buena palabra. Pero no intente nunca más colarme su trastero como regalo. Yo no soy un cubo de basura. Soy la persona que su hijo eligió. Si quiere vernos en su casa o ver futuros nietos, vaya acostúmbrandose. La suegra se quedó muda. Solía tener una nuera sumisa, esta rebelión la sobresaltaba. – ¿Y si no quiero? –murmuró, fría. – Pues entonces, solo habrá llamadas de cortesía en fiestas. Usted decide. Irina fue a la puerta. Al salir, añadió: – Por cierto: la ensaladilla le gustó a todos, incluso con esa mayonesa. Porque la hice con cariño. No con resquemor. Al salir a la calle, respiró hondo el aire fresco. Era libre. Por primera vez en cinco años, no era la víctima. Por la tarde, Sergio llegó con rosas. – Ha llamado mamá –dijo, sin mirar. – ¿Y? – Que tienes carácter. Y que igual se pasó. Que el abrigo, si tú no lo quieres, lo lleva al ropero. Irina sonrió. Era una pequeña pero gran victoria. – Que lo lleve. A lo mejor alguien le saca provecho. Y este fin de semana nos vamos al restaurante. Quiero celebrar mi cumpleaños como Dios manda, y con vestido nuevo, elegido por mí. – ¡Por supuesto! –dijo Sergio abrazándola–. Sin hablar de ahorro ni nada. Te lo mereces. Desde entonces, en su familia había nuevas normas: la suegra no se volvió un ángel, seguía criticando pero más suave, y los regalos… mejor en un sobre cerrado, aunque se quejara de los gustos de la juventud. Pero Irina estaba feliz: su armario ya no era refugio del pasado ajeno.

Pero a ver, Clara, ¿por qué le has puesto esta mayonesa barata a la ensaladilla rusa? Te lo dije mil veces, compra la Provenzal de verdad, que es más espesa y con más sabor. Esta es pura agua y almidón, sólo has desperdiciado los ingredientes.

Pausa dramática. Yo, Martina, me quedé congelada, cuchara en mano, notando cómo me subía un ardor sordo por el estómago. Solté el aire despacio, mordiéndome la lengua para no saltar. Miré a mi suegra. Carmen Solís estaba de pie en medio de mi cocina, con las manos en las caderas, mirando la fuente como si fuera la inspectora de sanidad revisando un comedor universitario. Llevaba su vestido bueno, el de lentejuelas plateadas, ese que sólo saca en Nochevieja, y una cara de emperatriz doliente.

Y no era una noche cualquiera. Era mi cumpleaños, los treinta. Un número redondo. Yo había soñado con celebrarlo en un buen restaurante, bailando y riendo, con un vestido de esos elegantes. Pero el mes pasado se nos había roto el coche a Diego y a mí, y entre la grúa y el mecánico nos fundimos los ahorros. Consejo familiar, o sea Diego: Nada de restaurantes, amor, tú montas unas cenas estupendas, verás, como en casa en ningún lado. ¿Y qué iba a hacer? Pues acepté, aunque me rechinara por dentro.

Carmen, la mayonesa es la misma de siempre, sólo que en envase nuevo respondí todo lo serena que pude, mientras seguía mezclando las verduras picadas. ¿Por qué no me ayudas mejor con los canapés? Que los invitados llegan en media hora.

Seguro que el caviar también lo compraste rebajado, ¿no? siguió a la suya, llevándose el tarro a la nariz. ¡Lo sabía! Mira qué huevas, todo aplastadas De verdad, hija, no se puede ahorrar así con las visitas; en mis tiempos esto era impensable. Una mesa de cumple tenía que rebosar de exquisiteces, y no de sucedáneos.

Apareció Diego, todo arreglado con su camisa blanca y esos pantalones que sólo se pone para bodas y fiestas. Olía a colonia y buenas intenciones.

Venga chicas, no os peleéis ahora, ¿eh? ¡Qué bien huele todo! Mamá, ¿no ves que hoy es el día de Martina? Hoy nada de críticas, ¿vale?

No critico, hijo, transmito sabiduría soltó Carmen estirando los labios. Su madre vive lejos, alguien tendrá que enseñarle. Venga, ¿dónde está el pan? Que yo unto el caviar.

Ahí me giré rápido para que no vieran cómo se me humedecían los ojos de rabia. Transmitir sabiduría, menuda excusa. Tras cinco años de casada, esa sabiduría me tenía saturada. Carmen, antigua funcionaria, obsesionada con el ahorro hasta el extremo y convencida de que sólo ella sabe cómo se debe vivir. Guarda las bolsas del súper, friega los vasitos de usar y tirar y está convencida de que me gasto el dinero de Diego en frivolidades tipo manicura y zapatos decentes.

La casa era un ir y venir de aromas: pollo asado, ajo, bollería. Yo iba de la cocina al salón preparando la mesa como si viniera el alcalde. Saqué la vajilla buena, planché servilletas, copas alineadas. Cansada y un poco harta, pero me hacía ilusión, tenía la esperanza de que saliera todo bien. Al fin y al cabo, cumplir treinta no es cualquier cosa.

A las cinco ya iban llegando. Mis amigas con sus parejas, alguna compañera del trabajo, un primo lejano de Diego con mujer incluida. Voces, risas, el tintineo de vasos y el ruido de los regalos. Flores, sobres con euros, tarjetas para tiendas de perfumería. Un ambiente muy cálido, la verdad.

Carmen ocupaba la cabecera de la mesa cual matriarca, vigilando quién comía y quién repetía. Soltando comentarios tipo: Los pepinillos están salados, en la ensaladilla, falta un toque de manzana, el vino es muy ácido, yo hago un licor casero mejor. Por suerte, la gente sonreía en plan amable, intentando no hacerle mucho caso.

Llegó el momento de los brindis, Diego se levantó y soltó un discurso precioso sobre lo buena persona, esposa y amiga que soy. Casi me emociono, por un rato hasta se me pasó el cansancio. Me miraba y pensaba que igual sí había merecido la pena.

Y ahora Carmen se puso seria y tocó su copa hasta que todos callaron. Me toca a mí felicitar a la cumpleañera. Diego, trae mi regalo, está en el pasillo, en la bolsa grande.

Diego fue raudo y volvió cargado con un bolsón enorme envuelto en cinta roja. Pesaba, crujía y parecía un misterio. Todos callaron. Yo, sinceramente, me tensé un poco. Las relaciones con Carmen siempre han tenido sus tiranteces, pero ella nunca falla en la tradición. El año pasado me regaló unas toallas básicas, útiles, sí. ¿Y este año? ¿Un edredón? ¿Un robot de cocina, que yo había medio insinuado?

Carmen recibió el paquete, lo plantó en una silla junto a mí y entonó solemne:

Martina, treinta años son el esplendor de una mujer, pero también edad de ser responsable. Ya basta de esos vaqueros rotos y minifaldas. Eres esposa, y pronto madre, seguro. He pensado mucho el regalo El dinero se gasta, los electrodomésticos se estropean. Pero lo que es bueno, aguanta toda la vida. He decidido darte lo que más aprecio: mi ajuar, mis vestidos, esos que he guardado toda la vida. Son la herencia de la familia. Llévalos con salud y acuérdate de tu suegra con cariño.

Y sin más, desanudó la cinta y volcó todo sobre mi regazo y parte al suelo, claro.

Silencio de funeral en el salón. Ni la música sonaba. Yo, inmóvil, mirando esa montaña de ropa que me caía encima mientras me mareaba un olor viejo, a polilla, a rancio y a polvo. Se me cortó hasta la fragancia del perfume y el pollo.

Encima de mí cayó un abrigo de paño marrón sin color definido, con un cuello de peluche sintético tan roído que parecía haber sobrevivido a una plaga de polillas. Detrás, una pila de vestidos de crepé, ese tejido ochentero tirando a churrigueresco. Colores de los que duelen a la vista: verde chillón, naranja oxidado, lunares casi fosforitos. Un par de blusas con volantes, amarillentas, una falda escocesa tan basta y pincha que con sólo mirarla daban ganas de picarte.

Cogí una blusa y vi la mancha amarilla bajo el sobaco, antigua, imposible de quitar. Botones colgando de milagro.

Carmen ¿qué es esto?

¿Cómo que qué? soltó con cara de orgullo. ¡Mi ropa! Ese abrigo, ¡lo compré en El Corte Inglés en el 84! Estuve cinco horas de cola Está nuevo, sólo hay que limpiar y cambiar botones. Y los vestidos, son yugoslavos, de importación, ahora eso ni lo huelen Yo los llevaba a bailes y así conquisté a tu suegro. Ahora te toca lucirte a ti.

Las miradas cruzándose. Mi amiga Lourdes casi se muere de la risa, el primo Diego ni se atrevía a levantar cabeza de la vergüenza. Mi marido, el pobre, sonriendo como un tonto sin saber si aplaudir.

¡Mamá vaya regalo retro! intentó arreglarlo Diego. La ropa vintage está de moda

A mí se me subió la sangre al rostro. No era sólo decepción, era humillación. Pura y dura. Mi suegra me endosaba, por mi gran día, un saco de ropa pasada, apestosa, como el gran regalo familiar y esperando que la aplaudiera.

Me levanté y dejé caer el abrigo. Hizo un sonido sordo y soltó una nube de polvo.

Lo vintage, Diego, son prendas con valor artístico. Esto es un trapo viejo. Roto y apestando a alcanfor.

¡Martina! gimió Carmen llevándose la mano al pecho. ¡Pero cómo dices eso! ¡Es de corazón! ¡Toda una vida guardado! ¿Cómo tienes valor para llamarlo trapo?

¿Ve usted la mancha en la blusa? ¿La polilla en el abrigo? ¿Cree de verdad que yo, el día que cumplo treinta, me voy a poner estos harapos? ¿De verdad piensa eso?

¡Te has vuelto una pija malcriada! chilló. ¡Mira cómo se pone! ¡Por un manchoncito! ¡Ni que te costara lavarlo! Yo lo hago con todo mi cariño, para que vistas como una señora y no como esas chiquillas de la tele. Diego, ¿oyes cómo me habla tu mujer?

Diego, de acá para allá, intentando poner paz.

Por favor, mamá, Martina ya Mamá sólo quería tener un detalle, para ella la ropa es preciosa Pero igual podías haber preguntado antes

¿Preguntar para regalar un abrigo que cuesta un dineral? ¡Desagradecida! Ahora lo recojo todo y me voy. ¡Y que ni se me ocurra volver!

Ese sería el mejor regalo susurré.

Silencio. Podías oír el tictac del reloj.

¿Perdona? dijo ella, helada.

No voy a permitir que convierta mi cumpleaños en un vertedero. Llévese sus cosas, Carmen. Gracias, pero no las quiero. Ni ahora ni nunca. Mi dignidad, por favor.

Carmen boqueó, recogió a trompicones su paquete, atizando con furia el abrigo para meterlo. Rompió una uña del ímpetu.

Diego, ¡vámonos! ¡Aquí no me quedo un minuto! Y tú, si me quieres, vente conmigo ya.

Diego la miró y luego a mí, perplejo.

Mamá, ¿a dónde quieres ir? Es el cumpleaños de Martina Espera, te pido un taxi.

¡Eso! ¡Traidor! ¡Calzonazos! ¡Cambiaste a tu madre por esa esa!

Carmen se largó con su bolsa, tirando de dignidad dolida, y un portazo tremendo.

Los invitados se quedaron petrificados. El ambiente ya era irrecuperable. El olor a polilla seguía flotando por encima de las risas muertas.

Bueno brindemos por Martina, ¿no? balbuceó alguien.

Intentamos retomar la fiesta pero fue imposible. Conversaciones forzadas, miradas de reojo a mi cara encarnada de enfado y desilusión. Una hora después la casa estaba vacía.

Me puse a recoger la mesa, furiosa. Diego me miraba desde el sofá, la cabeza entre las manos.

Cariño, ¿hacía falta ese numerito? Podrías haberlo tirado después, o mandarlo al trastero ¿Debía ser delante de todos? Mi madre se va a poner mala.

Golpeé los platos sobre la encimera.

¿De verdad no lo entiendes, Diego? Si me lo hubiera dado aparte, hubiera callado. Pero lo hizo delante de todos. Para que se viera mi lugar. No es cariño, es humillación.

¡Pero es que no ve las cosas como nosotros! Viene de otra época

Todas las madres han pasado penurias, Diego. La mía también. Y me regaló un colgante de oro, ahorrando medio año. Tu madre, con dinero en el banco, me planta una bolsa de trapos y tú no dijiste nada. ¿De verdad te parece bien verme vestida así?

No quería discutir

Y yo no quiero vivir sintiéndome poca cosa. ¿Sabes lo peor? Que para ti era sólo vintage. Para mí es una falta de respeto.

Me fui a la habitación, cerrando la puerta de golpe. Diego se quedó solo, en la cocina llena de platos sucios y restos de comida. Esa noche, por primera vez, se le cayó la cara de vergüenza.

Por la mañana madrugué. Ni una palabra. Café, bolso, y en el pasillo, el viejo pañuelo olvidado de Carmen.

Voy a ver a tu madre le dije a Diego cuando salió medio dormido.

¿A disculparte? preguntó esperanzado.

No. A devolverle esto. Y a poner las cosas claras.

Te acompaño.

No. Esto es entre ella y yo.

Una hora después estaba llamando al timbre de Carmen. Tardó en abrir, cara de mártir, olor a valeriana.

¿Vienes a rematar? susurró. Pasa, mira cómo me tienes.

Dejé el pañuelo en la cocina.

Carmen, nada de melodramas. Sólo vengo a decirle algo claro. Yo la respeto por ser la madre de Diego. Pero exijo respeto para mí.

¡¿Respeto?! ¡Me humillaste delante de todos!

No. Usted lo hizo. Sabe perfectamente que esa ropa no sirve ni para trapos. Eso, regalar eso, es una ofensa.

¡Pero si

Escúcheme le corté. No quiero ni ropa suya ni herencias. Diego y yo nos apañamos solos. Si quiere regalar, pregúnteme primero. Si no, venga con un ramo de flores y palabras. Pero jamás vuelva a darme sus desechos disfrazados de regalo. No soy una basura. Soy la mujer de su hijo, y si quiere vernos y ver nietos, tendrá que aceptarlo.

Carmen se quedó muda. Yo sé que pensaba que siempre bajaría la cabeza, pero esta vez fue diferente.

¿Y si no quiero?

Sólo hablaremos en fiestas, por teléfono. Usted decide.

Me fui a la puerta y antes de salir:

Ah, y la ensaladilla gustó mucho, incluso con esa mayonesa. Porque tenía cariño.

Salí, respiré hondo. Y sentí, por primera vez en cinco años, que no era la tonta de la familia.

Por la noche, Diego llegó con un ramo de rosas.

Ha llamado mamá me dijo, sin mirarme. Ha dicho que eres de armas tomar. Que igual se pasó. Que el abrigo lo va a llevar a un mercadillo, ver si lo compra alguien.

Solté la carcajada. Una pequeña gran victoria.

Que lo venda, tal vez le hace más ilusión a alguien. Y este sábado tú y yo, a cenar bien. En un restaurante. Y yo misma elegiré mi vestido.

Claro me abrazó Diego. Nada de ahorrar. Te lo mereces.

A partir de ahí, Carmen siguió en su línea, pero desde lejos, y si regalaba algo, era dinero en un sobre, resoplando porque los jóvenes tenéis unos gustos rarísimos. Pero a mí me daba igual. Mi armario estaba, por fin, libre del pasado de otra. Por fin yo decidía lo que entraba en mi vida.

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MagistrUm
Mi suegra me regaló sus viejas pertenencias por mi 30 cumpleaños y no oculté mi desilusión – ¿Y para qué le echaste esa mayonesa tan barata a la ensaladilla rusa? Te dije que cogieras la “Provenzal”, que es más cremosa y tiene más sabor. Esta es pura agua y almidón, has estropeado los ingredientes. Irina se quedó quieta, cuchara en mano, sintiendo cómo comenzaba a hervirle una irritación sorda, justo en el estómago. Respiró hondo, intentando no explotar, y miró a su suegra. Tamara Ígorievna estaba en medio de la cocina, con las manos en las caderas, inspeccionando la ensaladilla como si fuera una inspectora sanitaria del mercado de El Rastro. Llevaba su vestido de gala con hilos dorados, que sacaba solo en fiestas importantes, y una expresión de solemne grandiosidad. Hoy no era una fiesta cualquiera. Hoy Irina cumplía treinta años. Su trigésimo cumpleaños. Un día que quería celebrar en un restaurante, con música y baile, vestida de largo, no en bata frente a los fogones. Pero el mes pasado se les estropeó el coche, y la reparación salió carísima. El consejo familiar, con voz de su marido Sergio, decretó: se celebra en casa. “Iri, tú eres la mejor anfitriona, vas a poner una mesa que ni el Ritz”, le dijo muy tierno Sergio, besándola en la coronilla. Y ella aceptó a regañadientes. – Tamara Ígorievna, la mayonesa es la de siempre, solo han cambiado el envase –respondió Irina, conteniéndose mientras mezclaba los ingredientes. – Mejor ayúdeme con los canapés de caviar, que los invitados llegan en una hora. – ¿El caviar también lo compraste de oferta, no? –insistió la suegra–. Si es que se nota. El grano, pequeño y apachurrado. Irina, hija, así se ahorra, pero no es de ley con los invitados. Antes, para un cumple de verdad, la mesa rebosaba de manjares de los buenos, no de sucedáneos. En ese momento entró Sergio, ya vestido para la ocasión: camisa blanca, pantalones bien planchados y oloroso a colonia. – Chicas, ¿y ese ambiente? No peleéis, que huele todo riquísimo –dijo cogiendo un trozo de embutido. – Mamá, suelta la crítica, que Iri está de fiesta. – ¡No critico, enseño! –protestó Tamara Ígorievna, frunciendo los labios. – Si no le digo yo la verdad, ¿quién se la va a decir? Su madre está lejos y estas cosas hay que enseñarlas. Bueno, dame el pan, que unto los canapés. Irina dio media vuelta para que no se le vieran las lágrimas. “Enseña”, decía. Tras cinco años casados, Irina ya tenía este “aprendizaje” hasta en el alma. Tamara Ígorievna era de otra generación, ahorradora al extremo, y convencida de que su palabra era la única válida. Guardaba bolsas de leche, reutilizaba platos desechables, y pensaba que Irina gastaba el dinero de su hijo en frivolidades, como manicuras o buenos zapatos. Mientras, el piso olía a pollo asado, ajo y bollería. Irina iba y venía sin parar, queriendo que todo quedara perfecto. Sacó la mejor vajilla, almidonó las servilletas, dispuso las copas. Pese a su cansancio y a las críticas de la suegra, en su interior aún guardaba esperanza de disfrutar la velada. Al fin y al cabo, treinta años no se cumplen todos los días. A las cinco empezaron a llegar los invitados: amigas con sus parejas, compañeros de trabajo, el primo de Sergio con mujer. El piso se llenó de risas, brindis y papel de regalo. Irina recibió flores, sobres con dinero, tarjetas regalo de perfumería. Había calidez y cariño. Tamara Ígorievna presidía la mesa como una reina madre, controlando quién comía y bebía más. Iba soltando sus perlas: “El pepinillo, demasiado salado”, “A la ensaladilla le falta manzana rallada”, “El vino es muy ácido, tengo en casa licor casero que es mucho mejor”. Los invitados sonreían educadamente y seguían la fiesta, evitando los comentarios de la señora. Llegado el momento de los brindis, Sergio se levantó y le dedicó a Irina un discurso precioso sobre lo admirable que era como esposa, anfitriona y amiga. Irina estaba emocionada, de golpe se le fue el cansancio: sentía que todo valía la pena. – Ahora, –anunció Tamara Ígorievna, golpeando la copa con el tenedor–, me toca felicitar a la cumpleañera. Sergio, tráeme mi regalo, está en el pasillo, el paquetón grande. Sergio lo trajo enseguida: era una bolsa enorme, atada con lazo de color. Los presentes miraban expectantes. Irina también sospechaba, sabedora de que su suegra valoraba mucho la tradición: el año anterior le regaló un lote de toallas sencillo, pero útil. ¿Qué sería ahora? ¿Un edredón, acaso? ¿La batidora que Irina había comentado querer? Tamara Ígorievna alzó la bolsa y la colocó junto a Irina, anunciando: – Irina, treinta años es una edad maravillosa, pero toca madurar de verdad. Nada de minifaldas y vaqueros rotos. Ya eres esposa y madre futura. He pensado mucho qué regalarte. El dinero se va, la tecnología se estropea. Pero las cosas de calidad duran toda la vida. Por eso te doy lo más valioso que tengo: mi ajuar, mis mejores vestidos guardados toda la vida. Una reliquia familiar, para que los lleves con salud y te acuerdes de tu suegra con cariño. Y abrió la bolsa de par en par, volcando su contenido en el regazo de Irina (y parte al suelo). Se hizo un silencio de campanario. Hasta la música cesó de fondo. Irina, boquiabierta, observó el montón de ropa desparramada sobre ella. El olor intenso a naftalina, humedad y polvo desplazó al del perfume y al del asado. Sobre sus piernas descansaba un abrigo de paño gris parduzo con un gran cuello de piel sintética raída, apolillado por donde se mirase. Al lado, una pila de vestidos de crimplén, un tejido popularísimo en los setenta: verde chillón, naranja sucio y estampado de lunares enormes. Encima, varias blusas con volantes, amarillentas. Una falda escocesa de lana áspera y espesa como un estropajo. Irina cogió una blusa: tenía una mancha amarilla en la axila imposible de quitar, y los botones apenas estaban sujetos. – Tamara Ígorievna… –balbuceó Irina en alto, haciendo un esfuerzo por controlarse, para que todos escucharan– ¿Esto qué es? – ¿Cómo que qué es? –saltó su suegra, henchida de orgullo–. ¡Mis prendas de toda la vida! Ese abrigo me costó cinco horas de cola en “El Corte Inglés” en el 82. Es eterno. Un repaso, unos botones, y va estupendo. ¿Y los vestidos? Son yugoslavos, importación. Ahora todo es “made in China”, pero esto… esto es auténtico. En uno así conquisté al padre de Sergio. Ahora te toca lucir a ti. Algunos invitados se miraban boquiabiertos. La amiga de Irina, Silvia, se tapó la boca para no soltar una carcajada o un grito. El primo de Sergio se escondió tras el plato, rojo como un tomate. Solo Sergio intentaba poner buena cara. – Mamá, menuda colección retro… Ahora se lleva el vintage, ¿no? –dijo buscando calmar las aguas. Irina sintió arderle la cara: no era solo decepción, era humillación. Humillación pública y deliberada. Su suegra había vaciado el armario en desuso y pretendía que Irina lo luciera y agradeciera como un tesoro. Se levantó y dejó resbalar el pesado abrigo; cayó al suelo levantando polvo. – Vintage, Sergio, son piezas con valor artístico –dijo Irina, helada.– Esto es ropa vieja, sucia y apestando a naftalina y sudor ajeno. – ¡Irina! –gimió Tamara Ígorievna llevándose la mano al corazón.– ¡Eso lo guardé toda la vida! ¡Son recuerdos! ¿Cómo te atreves a llamarlo trapo? – ¿Ve esa mancha en la blusa? ¿Ve cómo el abrigo está apolillado? ¿Cree de verdad que en mi 30 cumpleaños tengo que disfrazarme con ropa de hace 40 años? ¿De verdad piensa que lo voy a poner? – ¡Qué desagradecida! –chilló la suegra, torciendo el tono a chillido de mercadillo–. ¡Una manchita de nada! ¿Te caería algo por lavar? Quería que fueras una señora, no una pendona, y tú haciendo ascos. ¡Sergio, mira cómo me habla tu mujer! Sergio intentó interceder. – Iri, mamá… ya está. Mamá, seguro que lo hizo con buena intención. Es de otra época, para ella las cosas tienen mucho valor. Mamá, igual podrías haber preguntado… – ¿Preguntar qué? –siguió la suegra encendida–. ¿Si regalo un abrigo que cuesta tres sueldos si lo compras nuevo? ¡Ingrata! ¿Sabes qué? Me voy ahora mismo y ¡no pienso volver! – Eso sería el mejor regalo –dijo Irina, clara y bajito. Se hizo un silencio que se podía cortar. – ¿Cómo que has dicho? –susurró la suegra, lívida. – Que no voy a permitir que mi fiesta se convierta en un vertedero –replicó Irina, firme–. Llévese sus cosas. No las quiero. Ni ahora ni nunca. Tengo dignidad. La suegra jadeaba de rabia, recogió el paquete y fue metiendo la ropa a empujones, tirándose del abrigo y partiendo alguna uña en el intento. – ¡Sergio, nos vamos! ¡Acompáñame, como buen hijo! ¡Aquí no me quedo ni un segundo más! Sergio miró desconcertado a su mujer y luego a su madre. – Mamá, ¿a dónde voy a ir? Es el cumpleaños de Irina, están los invitados… Te pido un taxi. – ¿Así? ¡Traidor! ¡Calzonazos! ¡Has cambiado a tu madre por esta grosera! La suegra, con su fardo a cuestas, salió del salón, la barbilla bien alta, y dio un portazo. Todos los invitados se quedaron congelados. El ambiente era irremediable. El olor a naftalina y a bronca se mezclaban en el aire. – Bueno… por Irina –propuso tímida una amiga. Intentaron salvar la velada, pero fue en vano. Poco a poco, los invitados se despidieron, disculpándose. Cuando cerró la puerta la última pareja, Irina empezó a recoger la mesa, furiosa. Sergio estaba hundido en el sofá. – Iri, ¿era necesario ese numerito? –preguntó después de un rato–. Lo podías haber tirado en privado o llevarlo a la casa de campo, no hacía falta el numerito delante de todos. Ahora mi madre seguro se va a poner enferma de los nervios. Irina apiló los platos con brusquedad. – ¿Sabes distinguir el matiz, Sergio? Si me lo da en privado, lo disimulo. Pero lo hizo delante de todos, para dejarme por debajo. No fue cariño ni cuidado. Fue postureo y desprecio. – ¡Simplemente no lo entiende! ¡En su época todo era escaso! – Todos vivieron en esa época, Sergio. Mi madre también. Pero ahorró medio año para regalarme un colgante de oro. La tuya, con dinero en el banco, me trae trapos inmundos y apestosos. Y tú, quieto. Para ti es “vintage” y para mí una bofetada. Irina se encerró en el dormitorio. Sergio permaneció en la cocina, mirando el hueco donde antes estuvo la dichosa bolsa. Por primera vez en años intentó verlo desde fuera: recordó la cara horrorizada de la amiga de Irina, la aversión de su mujer al tocar la ropa. Sintió una vergüenza insoportable. Por la mañana Irina no habló con él. Salió, café en mano, y en la entrada se topó con la bufanda vieja de su suegra. – Voy a casa de tu madre –le dijo secamente cuando Sergio salió al pasillo. – ¿Para disculparte? –preguntó él, esperanzado. – No. A devolverle su bufanda. Y a dejar claras las cosas. No quiero que quede entredicho. – Voy contigo –dijo él. – No hace falta. Es cosa mía. Llegó a casa de la suegra una hora después. Tamara Ígorievna estaba compungida, con tolita en la cabeza y olor a valeriana. – ¿Vienes a rematarme? –dijo dolida–. Adelante, mira qué angustias. Irina dejó la bufanda en la mesa. – Tamara Ígorievna, sin dramas. Le respeto. Pero le exijo respeto a mí. – ¡Respeto! ¡Tú que me dejaste en ridículo delante de todos! – ¡No! Se puso en ridículo usted sola. Sabía que esa ropa no vale para nadie. Regalar eso es ofensa. – Pero yo… – Escúcheme –alzó la voz Irina, cortando–. No necesito su ajuar. Sergio y yo nos sostenemos solos. Si quiere hacerme un regalo, pregunte qué necesito. Si no quiere gastar, venga con flores y buena palabra. Pero no intente nunca más colarme su trastero como regalo. Yo no soy un cubo de basura. Soy la persona que su hijo eligió. Si quiere vernos en su casa o ver futuros nietos, vaya acostúmbrandose. La suegra se quedó muda. Solía tener una nuera sumisa, esta rebelión la sobresaltaba. – ¿Y si no quiero? –murmuró, fría. – Pues entonces, solo habrá llamadas de cortesía en fiestas. Usted decide. Irina fue a la puerta. Al salir, añadió: – Por cierto: la ensaladilla le gustó a todos, incluso con esa mayonesa. Porque la hice con cariño. No con resquemor. Al salir a la calle, respiró hondo el aire fresco. Era libre. Por primera vez en cinco años, no era la víctima. Por la tarde, Sergio llegó con rosas. – Ha llamado mamá –dijo, sin mirar. – ¿Y? – Que tienes carácter. Y que igual se pasó. Que el abrigo, si tú no lo quieres, lo lleva al ropero. Irina sonrió. Era una pequeña pero gran victoria. – Que lo lleve. A lo mejor alguien le saca provecho. Y este fin de semana nos vamos al restaurante. Quiero celebrar mi cumpleaños como Dios manda, y con vestido nuevo, elegido por mí. – ¡Por supuesto! –dijo Sergio abrazándola–. Sin hablar de ahorro ni nada. Te lo mereces. Desde entonces, en su familia había nuevas normas: la suegra no se volvió un ángel, seguía criticando pero más suave, y los regalos… mejor en un sobre cerrado, aunque se quejara de los gustos de la juventud. Pero Irina estaba feliz: su armario ya no era refugio del pasado ajeno.