Pero a ver, Clara, ¿por qué le has puesto esta mayonesa barata a la ensaladilla rusa? Te lo dije mil veces, compra la Provenzal de verdad, que es más espesa y con más sabor. Esta es pura agua y almidón, sólo has desperdiciado los ingredientes.
Pausa dramática. Yo, Martina, me quedé congelada, cuchara en mano, notando cómo me subía un ardor sordo por el estómago. Solté el aire despacio, mordiéndome la lengua para no saltar. Miré a mi suegra. Carmen Solís estaba de pie en medio de mi cocina, con las manos en las caderas, mirando la fuente como si fuera la inspectora de sanidad revisando un comedor universitario. Llevaba su vestido bueno, el de lentejuelas plateadas, ese que sólo saca en Nochevieja, y una cara de emperatriz doliente.
Y no era una noche cualquiera. Era mi cumpleaños, los treinta. Un número redondo. Yo había soñado con celebrarlo en un buen restaurante, bailando y riendo, con un vestido de esos elegantes. Pero el mes pasado se nos había roto el coche a Diego y a mí, y entre la grúa y el mecánico nos fundimos los ahorros. Consejo familiar, o sea Diego: Nada de restaurantes, amor, tú montas unas cenas estupendas, verás, como en casa en ningún lado. ¿Y qué iba a hacer? Pues acepté, aunque me rechinara por dentro.
Carmen, la mayonesa es la misma de siempre, sólo que en envase nuevo respondí todo lo serena que pude, mientras seguía mezclando las verduras picadas. ¿Por qué no me ayudas mejor con los canapés? Que los invitados llegan en media hora.
Seguro que el caviar también lo compraste rebajado, ¿no? siguió a la suya, llevándose el tarro a la nariz. ¡Lo sabía! Mira qué huevas, todo aplastadas De verdad, hija, no se puede ahorrar así con las visitas; en mis tiempos esto era impensable. Una mesa de cumple tenía que rebosar de exquisiteces, y no de sucedáneos.
Apareció Diego, todo arreglado con su camisa blanca y esos pantalones que sólo se pone para bodas y fiestas. Olía a colonia y buenas intenciones.
Venga chicas, no os peleéis ahora, ¿eh? ¡Qué bien huele todo! Mamá, ¿no ves que hoy es el día de Martina? Hoy nada de críticas, ¿vale?
No critico, hijo, transmito sabiduría soltó Carmen estirando los labios. Su madre vive lejos, alguien tendrá que enseñarle. Venga, ¿dónde está el pan? Que yo unto el caviar.
Ahí me giré rápido para que no vieran cómo se me humedecían los ojos de rabia. Transmitir sabiduría, menuda excusa. Tras cinco años de casada, esa sabiduría me tenía saturada. Carmen, antigua funcionaria, obsesionada con el ahorro hasta el extremo y convencida de que sólo ella sabe cómo se debe vivir. Guarda las bolsas del súper, friega los vasitos de usar y tirar y está convencida de que me gasto el dinero de Diego en frivolidades tipo manicura y zapatos decentes.
La casa era un ir y venir de aromas: pollo asado, ajo, bollería. Yo iba de la cocina al salón preparando la mesa como si viniera el alcalde. Saqué la vajilla buena, planché servilletas, copas alineadas. Cansada y un poco harta, pero me hacía ilusión, tenía la esperanza de que saliera todo bien. Al fin y al cabo, cumplir treinta no es cualquier cosa.
A las cinco ya iban llegando. Mis amigas con sus parejas, alguna compañera del trabajo, un primo lejano de Diego con mujer incluida. Voces, risas, el tintineo de vasos y el ruido de los regalos. Flores, sobres con euros, tarjetas para tiendas de perfumería. Un ambiente muy cálido, la verdad.
Carmen ocupaba la cabecera de la mesa cual matriarca, vigilando quién comía y quién repetía. Soltando comentarios tipo: Los pepinillos están salados, en la ensaladilla, falta un toque de manzana, el vino es muy ácido, yo hago un licor casero mejor. Por suerte, la gente sonreía en plan amable, intentando no hacerle mucho caso.
Llegó el momento de los brindis, Diego se levantó y soltó un discurso precioso sobre lo buena persona, esposa y amiga que soy. Casi me emociono, por un rato hasta se me pasó el cansancio. Me miraba y pensaba que igual sí había merecido la pena.
Y ahora Carmen se puso seria y tocó su copa hasta que todos callaron. Me toca a mí felicitar a la cumpleañera. Diego, trae mi regalo, está en el pasillo, en la bolsa grande.
Diego fue raudo y volvió cargado con un bolsón enorme envuelto en cinta roja. Pesaba, crujía y parecía un misterio. Todos callaron. Yo, sinceramente, me tensé un poco. Las relaciones con Carmen siempre han tenido sus tiranteces, pero ella nunca falla en la tradición. El año pasado me regaló unas toallas básicas, útiles, sí. ¿Y este año? ¿Un edredón? ¿Un robot de cocina, que yo había medio insinuado?
Carmen recibió el paquete, lo plantó en una silla junto a mí y entonó solemne:
Martina, treinta años son el esplendor de una mujer, pero también edad de ser responsable. Ya basta de esos vaqueros rotos y minifaldas. Eres esposa, y pronto madre, seguro. He pensado mucho el regalo El dinero se gasta, los electrodomésticos se estropean. Pero lo que es bueno, aguanta toda la vida. He decidido darte lo que más aprecio: mi ajuar, mis vestidos, esos que he guardado toda la vida. Son la herencia de la familia. Llévalos con salud y acuérdate de tu suegra con cariño.
Y sin más, desanudó la cinta y volcó todo sobre mi regazo y parte al suelo, claro.
Silencio de funeral en el salón. Ni la música sonaba. Yo, inmóvil, mirando esa montaña de ropa que me caía encima mientras me mareaba un olor viejo, a polilla, a rancio y a polvo. Se me cortó hasta la fragancia del perfume y el pollo.
Encima de mí cayó un abrigo de paño marrón sin color definido, con un cuello de peluche sintético tan roído que parecía haber sobrevivido a una plaga de polillas. Detrás, una pila de vestidos de crepé, ese tejido ochentero tirando a churrigueresco. Colores de los que duelen a la vista: verde chillón, naranja oxidado, lunares casi fosforitos. Un par de blusas con volantes, amarillentas, una falda escocesa tan basta y pincha que con sólo mirarla daban ganas de picarte.
Cogí una blusa y vi la mancha amarilla bajo el sobaco, antigua, imposible de quitar. Botones colgando de milagro.
Carmen ¿qué es esto?
¿Cómo que qué? soltó con cara de orgullo. ¡Mi ropa! Ese abrigo, ¡lo compré en El Corte Inglés en el 84! Estuve cinco horas de cola Está nuevo, sólo hay que limpiar y cambiar botones. Y los vestidos, son yugoslavos, de importación, ahora eso ni lo huelen Yo los llevaba a bailes y así conquisté a tu suegro. Ahora te toca lucirte a ti.
Las miradas cruzándose. Mi amiga Lourdes casi se muere de la risa, el primo Diego ni se atrevía a levantar cabeza de la vergüenza. Mi marido, el pobre, sonriendo como un tonto sin saber si aplaudir.
¡Mamá vaya regalo retro! intentó arreglarlo Diego. La ropa vintage está de moda
A mí se me subió la sangre al rostro. No era sólo decepción, era humillación. Pura y dura. Mi suegra me endosaba, por mi gran día, un saco de ropa pasada, apestosa, como el gran regalo familiar y esperando que la aplaudiera.
Me levanté y dejé caer el abrigo. Hizo un sonido sordo y soltó una nube de polvo.
Lo vintage, Diego, son prendas con valor artístico. Esto es un trapo viejo. Roto y apestando a alcanfor.
¡Martina! gimió Carmen llevándose la mano al pecho. ¡Pero cómo dices eso! ¡Es de corazón! ¡Toda una vida guardado! ¿Cómo tienes valor para llamarlo trapo?
¿Ve usted la mancha en la blusa? ¿La polilla en el abrigo? ¿Cree de verdad que yo, el día que cumplo treinta, me voy a poner estos harapos? ¿De verdad piensa eso?
¡Te has vuelto una pija malcriada! chilló. ¡Mira cómo se pone! ¡Por un manchoncito! ¡Ni que te costara lavarlo! Yo lo hago con todo mi cariño, para que vistas como una señora y no como esas chiquillas de la tele. Diego, ¿oyes cómo me habla tu mujer?
Diego, de acá para allá, intentando poner paz.
Por favor, mamá, Martina ya Mamá sólo quería tener un detalle, para ella la ropa es preciosa Pero igual podías haber preguntado antes
¿Preguntar para regalar un abrigo que cuesta un dineral? ¡Desagradecida! Ahora lo recojo todo y me voy. ¡Y que ni se me ocurra volver!
Ese sería el mejor regalo susurré.
Silencio. Podías oír el tictac del reloj.
¿Perdona? dijo ella, helada.
No voy a permitir que convierta mi cumpleaños en un vertedero. Llévese sus cosas, Carmen. Gracias, pero no las quiero. Ni ahora ni nunca. Mi dignidad, por favor.
Carmen boqueó, recogió a trompicones su paquete, atizando con furia el abrigo para meterlo. Rompió una uña del ímpetu.
Diego, ¡vámonos! ¡Aquí no me quedo un minuto! Y tú, si me quieres, vente conmigo ya.
Diego la miró y luego a mí, perplejo.
Mamá, ¿a dónde quieres ir? Es el cumpleaños de Martina Espera, te pido un taxi.
¡Eso! ¡Traidor! ¡Calzonazos! ¡Cambiaste a tu madre por esa esa!
Carmen se largó con su bolsa, tirando de dignidad dolida, y un portazo tremendo.
Los invitados se quedaron petrificados. El ambiente ya era irrecuperable. El olor a polilla seguía flotando por encima de las risas muertas.
Bueno brindemos por Martina, ¿no? balbuceó alguien.
Intentamos retomar la fiesta pero fue imposible. Conversaciones forzadas, miradas de reojo a mi cara encarnada de enfado y desilusión. Una hora después la casa estaba vacía.
Me puse a recoger la mesa, furiosa. Diego me miraba desde el sofá, la cabeza entre las manos.
Cariño, ¿hacía falta ese numerito? Podrías haberlo tirado después, o mandarlo al trastero ¿Debía ser delante de todos? Mi madre se va a poner mala.
Golpeé los platos sobre la encimera.
¿De verdad no lo entiendes, Diego? Si me lo hubiera dado aparte, hubiera callado. Pero lo hizo delante de todos. Para que se viera mi lugar. No es cariño, es humillación.
¡Pero es que no ve las cosas como nosotros! Viene de otra época
Todas las madres han pasado penurias, Diego. La mía también. Y me regaló un colgante de oro, ahorrando medio año. Tu madre, con dinero en el banco, me planta una bolsa de trapos y tú no dijiste nada. ¿De verdad te parece bien verme vestida así?
No quería discutir
Y yo no quiero vivir sintiéndome poca cosa. ¿Sabes lo peor? Que para ti era sólo vintage. Para mí es una falta de respeto.
Me fui a la habitación, cerrando la puerta de golpe. Diego se quedó solo, en la cocina llena de platos sucios y restos de comida. Esa noche, por primera vez, se le cayó la cara de vergüenza.
Por la mañana madrugué. Ni una palabra. Café, bolso, y en el pasillo, el viejo pañuelo olvidado de Carmen.
Voy a ver a tu madre le dije a Diego cuando salió medio dormido.
¿A disculparte? preguntó esperanzado.
No. A devolverle esto. Y a poner las cosas claras.
Te acompaño.
No. Esto es entre ella y yo.
Una hora después estaba llamando al timbre de Carmen. Tardó en abrir, cara de mártir, olor a valeriana.
¿Vienes a rematar? susurró. Pasa, mira cómo me tienes.
Dejé el pañuelo en la cocina.
Carmen, nada de melodramas. Sólo vengo a decirle algo claro. Yo la respeto por ser la madre de Diego. Pero exijo respeto para mí.
¡¿Respeto?! ¡Me humillaste delante de todos!
No. Usted lo hizo. Sabe perfectamente que esa ropa no sirve ni para trapos. Eso, regalar eso, es una ofensa.
¡Pero si
Escúcheme le corté. No quiero ni ropa suya ni herencias. Diego y yo nos apañamos solos. Si quiere regalar, pregúnteme primero. Si no, venga con un ramo de flores y palabras. Pero jamás vuelva a darme sus desechos disfrazados de regalo. No soy una basura. Soy la mujer de su hijo, y si quiere vernos y ver nietos, tendrá que aceptarlo.
Carmen se quedó muda. Yo sé que pensaba que siempre bajaría la cabeza, pero esta vez fue diferente.
¿Y si no quiero?
Sólo hablaremos en fiestas, por teléfono. Usted decide.
Me fui a la puerta y antes de salir:
Ah, y la ensaladilla gustó mucho, incluso con esa mayonesa. Porque tenía cariño.
Salí, respiré hondo. Y sentí, por primera vez en cinco años, que no era la tonta de la familia.
Por la noche, Diego llegó con un ramo de rosas.
Ha llamado mamá me dijo, sin mirarme. Ha dicho que eres de armas tomar. Que igual se pasó. Que el abrigo lo va a llevar a un mercadillo, ver si lo compra alguien.
Solté la carcajada. Una pequeña gran victoria.
Que lo venda, tal vez le hace más ilusión a alguien. Y este sábado tú y yo, a cenar bien. En un restaurante. Y yo misma elegiré mi vestido.
Claro me abrazó Diego. Nada de ahorrar. Te lo mereces.
A partir de ahí, Carmen siguió en su línea, pero desde lejos, y si regalaba algo, era dinero en un sobre, resoplando porque los jóvenes tenéis unos gustos rarísimos. Pero a mí me daba igual. Mi armario estaba, por fin, libre del pasado de otra. Por fin yo decidía lo que entraba en mi vida.







