Mi suegra me regaló sus trastos viejos por mi treinta cumpleaños y no oculté mi decepción: una montaña de ropa pasada de moda, olor a naftalina y una humillación delante de todos los invitados en un aniversario que acabó en escándalo familiar

¿Y por qué has puesto esa mahonesa barata en la ensaladilla rusa? Ya te dije que compraras Musa, que es más sabrosa y le da otro gusto. Esta de marca blanca es agua y almidón, solo has estropeado los ingredientes.

Carmen se quedó quieta con la cuchara en el aire, sintiendo cómo se le subía el malhumor desde el estómago hasta el pecho. Inspiró hondo intentando no saltar, y miró de reojo a su suegra. Doña Marisa Pérez estaba plantada en medio de la cocina, brazos en jarras, examinando el recipiente como si fuera una inspectora sanitaria. Llevaba su vestido de fiesta con lentejuelas, ese que solo se ponía en las fechas grandes, y su cara irradiaba una solemnidad casi fúnebre.

Hoy no era un día cualquiera. Era el trigésimo cumpleaños de Carmen. Su aniversario redondo. Un día que ella había imaginado en un restaurante elegante, música, baile, vestido de noche. Pero un mes atrás, su coche con Enrique se averió y la reparación les dejó sin ahorros. El consejo familiar, representado por su marido, fue tajante: Lo celebramos en casa. Carmiño, tú cocinas de lujo, ningun restaurante lo supera, le dijo Enrique besándola en la frente. Y Carmen, con cierta desgana pero resignada, aceptó.

Doña Marisa, la mahonesa es la de siempre, solo han cambiado el envase, contestó Carmen con calma, removiendo las verduras. ¿Si me ayudas a acabar los canapés de salmón? Los invitados llegarán enseguida.

El salmón seguro que también lo cogiste de oferta, ¿verdad? siguió la suegra, rebuscando en la nevera. ¡Si es que se nota! Demasiado fino, correoso… Ay, Carmencita, ahorras demasiado, así no se agasaja a la familia. En mi época, en los cumpleaños el menú parecía de boda, lleno de manjares, no estas cosas insulsas.

Entró Enrique, ya arreglado, con camisa blanca y pantalón de vestir, oliendo a agua de colonia buena.

Pero bueno, chicas, ¿siguen a la greña? bromeó, llevándose un trozo de queso a la boca. ¡Qué buena pinta tiene todo, Carmen! Mamá, tan quisquillosa como siempre… Vamos a disfrutar de la fiesta, ¿no?

Yo solo doy consejos, chasqueó la lengua doña Marisa. Si no se los doy yo, ¿quién se los va a dar? Su madre está en Valladolid, y me toca ejercer por dos. Anda, dame un cuchillo, que te ayudo con la barra de pan.

Carmen se giró hacia la encimera para que no se le vieran las lágrimas. Consejos, claro… Tras cinco años de matrimonio, esos consejos se le atragantaban. Doña Marisa era de la vieja guardia: ahorradora hasta la exageración, segura de tener la razón sobre cualquier otro mortal. Tenía bolsas de supermercado guardadas por el qué dirán y reutilizaba platos desechables. Opinaba que su nuera dilapidaba el sueldo de Enrique en tonterías como la peluquería o zapatos buenos.

El ambiente típico de los preparativos llenaba la casa: el aroma a pollo asado, ajo y bollos recién horneados. Carmen corría entre cocina y salón intentando que todo quedase perfecto: la vajilla buena, las servilletas almidonadas, las copas alineadas. Aunque agotada y herida por las críticas, aún conservaba la esperanza de tener una velada especial. Cumplir treinta era algo grande.

Sobre las cinco, empezaron a llegar los invitados: amigas con pareja, los colegas de trabajo, el primo de Enrique con su mujer. La casa bullía de risas, murmullo, papel de regalo. Carmen recibió ramos de flores, sobres con euros, vales de tiendas de cosmética. Todo muy cálido y cercano.

Doña Marisa, sentada al extremo de la mesa como una duquesa, fiscalizaba el ritmo de platos y copas. De vez en cuando lanzaba pullas: El pepinillo muy fuerte, Te ha faltado rallarle manzana a la ensaladilla de arenques, El vino está muy verde, mi licor casero le da mil vueltas. Los invitados, corteses, asentían y seguían disfrutando, fingiendo no oír tanto resoplido.

Llegó la hora de los brindis. Enrique se levantó y dedicó a Carmen unas palabras preciosas sobre lo buena que era en todos los sentidos. Carmen se emocionó, como si le desinfectaran de repente el cansancio, y se sintió feliz de haberle puesto tanto empeño al día.

Ahora me toca a mí anunció doña Marisa, alzando la voz entre el barullo y golpeando la copa con el tenedor. Trae, Enrique, mi regalo, el grande que está en el pasillo.

Enrique salió disparado y regresó con un paquete enorme, atado con un lazo rojos y plateados, que crujía y pesaba más que un saco de naranjas. Los invitados se callaron expectantes. Carmen se puso tensa. Con su suegra nunca estaba claro. La anterior vez le había regalado un juego de toallas; sencillo, pero práctico. ¿Qué sería ahora? ¿Un edredón? ¿Aparato de cocina? ¿La batidora, acaso, que mencionó una vez de pasada?

Doña Marisa, solemne, colocó el paquete en la silla junto a Carmen y declaró:

Carmencita, los treinta son la edad de florecer y de asumir la seriedad. Deja ya esas minifaldas y vaqueros rotos. Eres esposa, madre en potencia. Me ha costado mucho decidir el regalo. El dinero vuela y se olvida, los electrodomésticos se estropean, pero la ropa bien hecha dura siglos. He decidido entregarte lo más preciado de mi ajuar, los vestidos que he guardado toda mi vida. Es un tesoro de familia, para que los disfrutes y te acuerdes de tu suegra con cariño.

Con un gesto teatral, desató el lazo y volcó el contenido sobre el regazo de Carmen… y parte al suelo.

El silencio se apoderó del salón. Hasta la música quedó amortiguada. Carmen, atónita, se vio sepultada bajo una montaña de ropa viejísima, con penetrante olor a naftalina y polvo añejo, que tapaba el perfume de la gente y el aroma del asado.

Sobre sus rodillas, un abrigo de paño gris parduzco, con un cuello de peluche falso mordisqueado por las polillas, y encima una pila de vestidos de crimplén años setenta: verdes fosforito, naranjas sucios, con lunares dispares. En la cima, blusas con jabot amarillentas y una falda escocesa tan rígida que picaba con solo mirarla.

Carmen cogió una blusa. Tenía un cerco amarillo en el sobaco que ni el paso del tiempo había conseguido limpiar. Los botones apenas aguantaban.

¿Esto qué es? logró preguntar Carmen, alzando la voz con esfuerzo.

¡Mis mejores prendas! proclamó doña Marisa, brillante en generosidad. Este abrigo lo compré en Galerías Preciados en el 82, con cola y todo, ¡duradero como una armadura! Un poco de plancha y cambiarle los botones y ya está. Los vestidos son yugoslavos, puro importado, nada que ver con tanta tela china de ahora. ¡Si con ellos conquisté al padre de Enrique! Ahora es tu turno.

Los invitados se miraban incómodos. Su amiga Paqui se tapaba la cara, aguantándose la risa o la pena. El primo de Enrique se metía en el plato, rojo hasta las orejas. Solo Enrique, al lado de su madre, sonreía sin saber a qué atenerse.

Mamá, qué estilazo… ¿Es tendencia vintage o qué? intentó mediar.

Carmen sintió cómo la sangre se le subía a la cara; no era decepción, era una humillación terrible, pública. Su suegra, para su aniversario, le había descargado un saco de trapos desechos, soltando el lastre de los armarios y exigiendo gratitud.

Se levantó y el abrigo rodó por el suelo levantando polvo.

Lo vintage es ropa valiosa, artística dijo Carmen con frialdad. Esto es trapo viejo y usado, con olor a naftalina y ajeno. Esto es basura.

¿Pero qué dices? exclamó la suegra, llevándose una mano al corazón. ¡Te lo entrego desde el alma! ¡Tantas décadas guardado! ¡Cómo osas llamar así a mis recuerdos!

¿De verdad cree que, en mi treintavo cumpleaños, debo vestirme con estas sobras de hace cuarenta años? ¿Cree realmente que lo voy a ponerme?

¡Eres una desagradecida! chilló doña Marisa, perdiendo la compostura. ¡Fijaos en la señorita! ¡Por no lavar un poco! Yo con toda la intención, para que parezcas una señora, y tú reniegas. ¡Enrique! ¿Ves cómo te sale la esposa?

Enrique se puso en medio.

Por favor, mamá, Carmen, dejadlo ya… Mamá quiso regalarte algo que a ella le importa mucho, no lo ha hecho a malas…

¿Que si te lo doy o no? ¡Un abrigo así vale tres sueldos si lo compras nuevo! Ingenua. Tiro todo y me voy. ¡Ni una vez más me veis el pelo!

Será el mejor regalo murmuró Carmen, audible aunque suave.

Se podía oír el tic-tac del reloj.

¿Cómo dices? susurró la suegra, empalideciendo.

Que no voy a dejar que convierta mi cumpleaños en un vertedero. Lléveselo, doña Marisa. No lo quiero ni hoy ni nunca. Hay que tener dignidad.

La suegra, ahogada por la rabia, empezó a meter el abrigo y los vestidos como pudo en el saco, partiéndose las uñas.

¡Vámonos, Enrique! ¡Ven conmigo y déjala! Si eres mi hijo, vente ahora mismo.

Enrique miró indeciso a su mujer y luego a su madre.

Mamá, ¿a dónde voy? Carmen celebra su cumpleaños, hay invitados… Te llamo un taxi.

¡Así que eres un vendido! ¡Un pelele! ¡Prefieres a una grosera antes que a tu madre!

Doña Marisa alzó su fardo y se marchó por el pasillo, la cabeza bien alta. La puerta del portal sonó como una sentencia.

Los invitados se quedaron como estatuas. La fiesta estaba arruinada. La casa olía a una mezcla de naftalina y bronca.

Bueno… brindamos por Carmen, balbuceó un amigo.

Intentaron animar el ambiente, pero era imposible. Todas las miradas recaían de reojo en Carmen, que seguía sentada, con las mejillas coloradas. Al poco, la gente se fue despidiendo.

Cuando cerró la puerta a la última pareja, Carmen empezó a recoger la mesa con furia contenida. Enrique, en el sofá, se tapaba la cara.

Carmen, ¿era necesario montar ese numerito? Podíamos haber dejado la bolsa en el trastero, tirarla después, sin lío… Ahora mi madre lo pasará fatal.

Carmen apretó un montón de platos hasta que tintinearon.

¿No lo ves, Enrique? Si lo hubiera hecho a solas, me lo habría callado. Pero lo hizo delante de todos. Quiso dejarme en evidencia, restregarme que ni merezco ropa nueva. Eso no es cariño, es soberbia y desprecio.

¡Es que no entiende otro modo! Vivió las estrecheces de los setenta…

Todos tuvimos estrecheces, Enrique. Mi madre también. Y ella me regaló un colgante de oro ahorrando meses. Tu madre, con sus ahorros en el banco, vino a darme ropa podrida. Y tú, sin decir ni mu. ¿Te parece bien que a tu mujer la vistan de espantapájaros delante de los amigos?

Solo quería evitar una bronca más…

Pues yo no quiero vivir humillada. ¿Lo peor? Ni viste la mancha de sudor en la blusa. Tú lo llamas vintage. Yo lo llamo una bofetada.

Se encerró en el dormitorio. Enrique, bajo la luz mortecina de la cocina, se quedó mirando el hueco de la bolsa. Por primera vez en años se esforzó en mirar la escena con otros ojos. Vio la cara de Paqui, desencajada, y la expresión de repulsión de Carmen al tocar la ropa. Sintió vergüenza. Una vergüenza rotunda y dolorosa.

Al día siguiente Carmen madrugó. No le dirigió la palabra. Se bebió un café, cogió el abrigo de lana olvidado y fue al recibidor.

Voy a ver a tu madre le dijo al salir Enrique de la habitación.

¿A disculparte? preguntó, esperanzado.

No. Llevándole esto y dejando las cosas claras. No quiero más malos entendidos.

¿Quieres que te acompañe?

Es mi asunto.

La suegra tardó en abrir. Tenía cara de haber llorado, con un pañuelo anudado y olor a valeriana.

¿Vienes a rematarme? murmuró dramática. Pasa, mira a la madre enferma por tu culpa.

Carmen dejó el abrigo en la mesa de la cocina.

Doña Marisa, vamos a hablar claro. La respeto, como madre de mi marido, pero también exijo respeto para mí.

¿Respeto? Ayer me humillaste ante todos.

No, usted me humilló a mí y a sí misma. Sabe perfectamente que esa ropa no sirve más que de trapo. Eso, en un cumpleaños, es insultante.

¡Pero cómo te…!

Escúcheme. No necesito su ajuar. Enrique y yo nos apañamos bien solos. Si quiere regalar, pregunte qué hace falta. Si no quiere gastar, venga con flores y una sonrisa. Pero no vuelva a endosarme nada que ni usted se pondría. No soy un cubo de basura. Soy la mujer que su hijo ha elegido. Y si quiere vernos, o a sus nietos en el futuro, tendrá que aceptarlo.

Doña Marisa quedó pasmada. No sabía cómo encajar la rebeldía de quien siempre callaba.

¿Y si no me da la gana? replicó, encogiendo los ojos.

Pues entonces solo nos verá en fiestas, por teléfono. Usted elige.

Carmen se dirigió a la puerta. Se detuvo:

Y que sepa que la ensaladilla triunfó. Incluso con esa mahonesa. Porque la hice con cariño, no con rencor.

Salió a la calle. El aire frío le entró en los pulmones y, por primera vez, se sintió ligera y libre.

Aquella tarde, Enrique llegó con un ramo de rosas.

Ha llamado mamá, dijo, agachando la cabeza.

¿Y?

Ha dicho que tienes mucho carácter. Que igual se le fue la mano. Que va a llevar el abrigo a un mercadillo, ya que tú eres tan orgullosa.

Carmen soltó una carcajada. Una pequeña, pero reconfortante victoria.

Perfecto. Quizá alguien lo aproveche. Nosotros este fin de semana iremos a cenar fuera. A celebrar mi cumpleaños como yo quería. Con un vestido que me compraré yo.

Así será sonrió Enrique, abrazándola. Y no se habla más de ahorrar. Te lo mereces.

Desde entonces, en nuestra casa hubo otra armonía. Doña Marisa seguía con sus consejos, pero regalaba solo sobres con euros. Y Carmen, feliz, en su armario ya solo tenía espacio para su propio presente.

De todo esto saqué una lección fundamental: nunca debemos dejar que el pasado ajeno invada nuestro propio espacio, ni permitir que la dignidad de quienes amamos se vea pisoteada. Porque solo cuando defendemos lo nuestro, crecemos de verdad.

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MagistrUm
Mi suegra me regaló sus trastos viejos por mi treinta cumpleaños y no oculté mi decepción: una montaña de ropa pasada de moda, olor a naftalina y una humillación delante de todos los invitados en un aniversario que acabó en escándalo familiar