Mi suegra me llamó mala ama de casa, así que le propuse que fuera ella quien gestionara el hogar de su hijo

¿Pero esto qué es, Lucía? Mira, pasa el dedo. Esto no es polvo, ¡es como fieltro ya! Aquí podría uno plantar patatas, te lo juro.

La voz de mujer rasgó el aire del piso, aguda y exigente, como un cuchillo corta una sandía pasada de madura.

Lucía soltó un suspiro tan largo como la Gran Vía en hora punta, cerró el portátil y se levantó, sintiendo cómo el cansancio le recorría la espalda como si fuera una procesión de Semana Santa. Eran las ocho de la tarde. Apenas hacía media hora que había vuelto del despacho donde se había dejado la cabeza peleando con el balance trimestral, y lo último que deseaba era una cátedra sobre limpieza doméstica. Pero Purificación, su suegra, era como una jota: imposible de ignorar. Plantada en medio del salón, empuñaba un elefante de porcelana con cara de haber descubierto la traición del siglo.

Puri, limpié el sábado. Vivimos con las ventanas abiertas, la M-30 ahí mismo… El polvo entra como los turistas a la Puerta del Sol intentó justificarse Lucía, aunque sabía que era batalla perdida.

Las ventanas las abre todo el mundo, bonita, pero solo algunos tienen la casa así replicó Purificación, limpiándose el dedo con una servilleta que había sacado, previsora, del bolso. Miguel llega cansado del trabajo, hambriento, y esto parece una posguerra. A un hombre hay que darle hogar, orden, paz. Y tú, en la cocina, tienes dos tazas sucias en el fregadero. ¿Desde por la mañana, no?

Es que salimos con prisas musitó Lucía, yendo a poner agua para el té. Miguel se hizo el café, podría haberlas enjuagado…

Puri la siguió, arrastrando sus zapatillas siempre traía las propias, detestaba las “de invitado”, como quien persigue las promesas electorales.

¡Un hombre no debe lavar la loza! clamó Purificación, levantando los brazos como para espantar palomas. Es cosa de mujeres. Guardiana del hogar, ¿te suena esa expresión? Pero tú, con lo de los números, todo el día de oficina… Y el pobre Miguel, con las camisas arrugadas. Ayer vino a por unos botes y la tela que daba pena mirarla. ¡Una vergüenza, Lucía! La gente pensará que mi hijo vive como un huérfano, teniendo mujer.

Lucía sacó unas galletas del armario, intentando no azotar la puerta. Por dentro hervía como un cocido madrileño. Cinco años casada y siempre la misma copla. Al principio intentó ganar el diploma de la buena nuera: almidonar, fregar, cocido y natillas. Pero como jefa de contabilidad, el tiempo se le escurría entre los dedos. A Miguel, sinceramente, le daba igual: los viernes cenaban croquetas de supermercado y si el polvo no se veía, para qué pensar en ello. Pero su madre pensaba distinto.

De pronto se oyó la puerta de entrada.

¡Ya estoy en casa! gritó Miguel, la voz alegre como el pregón de los helados.

¡Hijo mío! Puri, con una transformación digna de un chotis, forzó una sonrisa y corrió al recibidor, recolocándose el peinado. He pasado a traeros unas empanadillas de atún, que sé que a ti te gustan y Lucía estará muy liada en la oficina, la pobre…

Miguel entró en la cocina, besó a su madre, le estampó un beso a Lucía y se dejó caer en la silla.

Ay, mamá, tus empanadillas son gloria. Estoy muerto de hambre. Lucía, ¿hay cena?

Lucía se quedó clavada, tetera en mano.

Acabo de llegar, Miguel. Iba a hacer unos macarrones rápidos. Está la carne picada descongelada.

Purificación llevó la mano al pecho, simulando un ataque.

¿Macarrones otra vez, Miguel? Eso no alimenta, es solo harina. Tú necesitas caldito, potaje, un buen cocido madrileño. Yo a tu padre, en paz descanse, le hacía sopa fresca cada día y llegó al cielo sin una úlcera. Pero ya ves…

Se irguió, mirando los fogones vacíos.

Vale, mamá, no empieces gruñó Miguel, atacando una empanadilla. Todo bien. Lucía los hace enseguida.

¿Cómo que no empiece? Puri arrancó de nuevo, encendida como una falla. ¡Si hablo por vuestro bien! Mírate, pálido y consumido. Eso es por no tener hogar, por mala alimentación. La mujer debe hacer que el hombre desee volver a casa. ¿Pero qué tienes aquí? Polvo, platos y macarrones. Lucía, hija, no eres buena ama de casa, no lo eres. Yo te lo advertí antes de la boda…

¡Purificación! La voz de Lucía tronó de repente; la tetera cayó con estrépito sobre la mesa.

Todo el mundo se calló. Purificación, sorprendida, la miró como si se hubiera caído del árbol genealógico.

¿Qué, Purificación? ¿No se puede decir la verdad? resopló la suegra. He vivido más que tú, sé cómo se lleva una familia.

Lucía miró la cocina, el marido cansado fingiendo desvanecerse, la suegra celebrando su victoria moral, la carne picada rezumando en el bol. Algo hizo clic en su cabeza. Calma. Cristalino.

Tiene razón dijo Lucía, su voz tan lisa como la Ría de Vigo en verano. Soy una pésima ama de casa, terrible. No almidono, no hago cocido diario y ni sueño con limpiar el mueble bar los miércoles. Trabajo, gano euros para ahorrar en el coche nuevo con el que Miguel le llevará al pueblo. Pero ni así cuento con justificación.

¡Ya ves! Lo reconoces se alegró Purificación, sin notar la trampa. La autocrítica es el primer paso para corregirse.

No pienso corregirme negó Lucía, sonriendo tranquila. No tengo fuerzas. Pero he encontrado solución. Purificación, como tanto le preocupa el mundo de Miguel y tanto saber tiene, además de tiempo libre con la jubilación… Le propongo que lo tome usted. El mando doméstico. De todo.

¿Cómo que tome… qué? balbuceó la suegra.

La casa. Completa. Yo me retiro. Desde hoy, aquí solo duermo y pago la parte de la hipoteca y luz. Usted, como referente de hogar, dé clase magistral. Cocine a Miguel guisos, planche camisas, friegue suelos. Vive usted a dos paradas, tiene copia de llaves.

Miguel dejó la empanadilla a medio camino.

Lucía, ¿te pasa algo?

¿Qué? respondió muy dulce. Mamá tiene razón. Tú mereces más. Yo no llego. Así que que sea ella. Un mes. Experimento. Si en un mes dices que así te va mejor, iré a cursos de hogar o dejo el trabajo.

Purificación parpadeó, incapaz de huir: su supuesta perfección puesta a prueba pública.

¡Pues lo haré! se irguió, sacando pecho. Que Miguel coma como Dios manda. Pero aquí mando yo, ¿eh? Ni un dedo pongáis.

Totalmente suyo Lucía hizo un gesto teatral. Ni acercarme a la cocina pienso. Comeré fuera o en el trabajo.

¡Hecho! cortó la suegra. Mañana a primera luz aquí estaré. Que esto hay que limpiarlo, que da lástima.

El resto de la velada fue así, como de película muda. Miguel intentó hablar en la cama, pero Lucía se volvió hacia la pared.

Duerme. Mañana empieza tu vida estrella, con cuellos almidonados.

Al día siguiente, Lucía huyó al trabajo. Purificación irrumpió en la casa como si fuera la comandante en Trafalgar. Empezó la limpieza general: cristales, cortinas a la lavadora (eso está gris, no beige), vació armarios y ordenó las legumbres según el santoral.

Por la noche Lucía volvió y no reconoció su hogar. Olía a lejía y cebolla frita. En la cocina, Purificación atronaba con las ollas, colorada y en delantal. Miguel estaba ya ante un bol de cocido con garbanzos, croquetas, ensalada rusa y un plato de chorizo.

Vaya, la trabajadora murmuró la suegra. Lava las manos y siéntate. Te sirvo, aunque seguro que ya has comido en la oficina. Los garbanzos llevan tres horas.

Gracias, ya he cenado contestó Lucía y se fue al dormitorio.

Allí la esperaba una pesadilla de pesadillas. La ropa doblada por colores, la ropa interior apilada como en farmacia y los objetos personales desaparecidos. El libro de la mesilla, volatilizado.

Lucía volvió al salón.

Purificación, ¿dónde está mi libro? Estaba en la mesilla.

¿Eso? la suegra apareció secándose las manos. Lo guardé en el armario. Aquí nada por medio, ¡que así se limpia mejor! Y el cajón un desastre, hija. Ya lo he arreglado. Una mujer ordenada, una vida ordenada.

Lucía apretó los dientes. Invasión total. Pero recordó: El experimento.

Gracias por el interés masculló y fue a cambiarse.

La primera semana, puro banquete. Miguel estaba extasiado. Al mediodía llegaba y le esperaba un festín de puchero, pescado, postre y hasta natillas. Purificación iba a casa antes de comer, cocinaba, limpiaba, preguntaba por el trabajo y solo se iba a las nueve.

Lucía, sin embargo, descubríó un nuevo ocio: tres horas libres cada noche. Ya no iba al súper, ni cocinaba, ni cargaba el lavavajillas (que Purificación despreciaba: Eso no limpia). Empezó a nadar en la piscina, leer novelas, pasear por el Retiro.

Pero a la segunda semana el entusiasmo de Miguel comenzó a resquebrajarse.

Lucía susurró una noche. ¿Le queda mucho a mamá?

Un mes. Era el trato. ¿No te gusta? Camisas crujientes, puchero… Tu sueño.

Buenísimo. Pero… es como que hay demasiada mamá. Quiero tumbarme a ver El Hormiguero sin hablar. Y ella, a mi lado, contándome de la vecina, de sus dolores, de los precios. Me siento de cinco años.

El precio del hogar, rey Lucía se rió en la oscuridad. Pero nada de pasta seca.

Y encima, mueve mis cosas. Perdiste mis calcetines favoritos, los tiró por mancha. ¡Mis calcetines!

Díselo. Todo lo hace por ti.

¡Se lo digo! Y se enfada: Aquí partiéndome el lomo y tú, desagradecido.

La tercera semana fue Purificación quien tiró la toalla. La edad y el trajín no perdonan. Limpiar todo el piso, cargar bolsas del mercado (la verdura en la frutería, no en el súper) y cocinar suculentos platos cada día, con sesenta y cinco años, es otra historia.

Una noche, Lucía entró y la encontró tendida en el sofá, fría la frente con la toalla, la casa oliendo a colonia de vieja y amoniaco. Miguel estaba junto a ella, culpable.

¿Qué ocurre? preguntó Lucía.

La tensión dijo Miguel. Mamá ha querido hacer callos, ha estado con las patas medio día, y ha fregado todo a mano porque la fregona no limpia. Y mira…

Ay, Lucía… se quejó Purificación, sin abrir los ojos. La espalda… el corazón, que me late.

Lucía fue al botiquín, tomó el tensiómetro. Alto, pero no dramático; agotamiento, sin más.

Debería descansar en casa, Purificación. No hace falta matarse.

¿Quién dará de comer a Miguel? intentó incorporarse. ¡Tú no lo harás, claro!

No, respondió Lucía. Así lo pactamos.

¡Mamá, déjalo! suplicó Miguel. Pedimos pizza. O hago yo un arroz. ¡Descansa!

¿Pizza…? bufó la suegra, pero ya no tenía ganas de protestar. Bueno. Hoy sí. Pero mañana vengo: tengo la masa en la nevera.

Pero al día siguiente no vino. Llamó temprano: un ataque de lumbago.

Miguel soltó un suspiro de alivio tan largo como la Castellana. Aquella noche, Lucía y él pidieron sushi, abrieron un Ribera y saborearon el silencio, solo interrumpido por el crujir del vinilo.

Lucía, podemos dejar el experimento dijo Miguel, mojando un maki en la salsa. En serio. No aguanto más. Quiero a mamá, pero en fin de semana. Prefiero macarrones cada día antes que una invasión en mi cajón y lecciones diarias.

¿Y el hogar? bromeó Lucía. ¿Las camisas perfectas?

Qué le den. Me compro de las que no se planchan. Lucía, tenías razón. Esto es inhumano si además trabajas fuera. No sé cómo lo hacías antes.

Lucía sonrió. Justo lo que necesitaba oír.

Pero la conclusión vino cuando, recuperada, Purificación vino a chequear. Vio las cajas de pizza en la basura (Miguel olvidó tirarlas), tazas en el fregadero… y se calló.

Sentada en la cocina, la cara pensativa, miró a Lucía cuando entró.

He estado pensando, Lucía, dijo, bajando la voz. Qué duro es esto.

¿El qué, Purificación? preguntó Lucía, sirviéndole té.

El piso, tan grande. Fregar… la espalda ya no me da. Y Miguel… tú sabes qué descuidado es, ¿verdad? Yo no lo notaba antes. Tira los calcetines, deja migas. Le digo algo y me contesta mal.

Es hombre replicó Lucía, irónica. Necesita hogar.

Hogar, sí, pero también un poco de vergüenza estalló Purificación. Le hago canelones y ni los prueba porque la bechamel grumosa. Le digo: hazlos tú. Y va y me suelta: “Mamá, no seas plasta.” ¡Vamos, lo nunca visto!

Lucía casi suelta la risa. El mito del hijo perfecto, destrozado por la realidad y la servidumbre.

Purificación, usted es una gran ama de casa, de verdad. Yo nunca podré, ni lo intento. Pero Miguel y yo tenemos nuestro ritmo. Trabajamos, llegamos tarde, y a veces se nos desborda la casa. Cuando querramos cocido y orden supremo, iremos a su casa, si nos invita.

Purificación miró sus manos, curtidas de detergente.

Bueno… avisadme entonces. Que ahora tengo los botes, novelas y quiero irme de balneario. Se lo dices a Miguel: le he planchado las camisas. Pero las siguientes, que arregle él. O tú. O que vaya arrugado, me da igual. La salud vale más.

Se acabó el té, se levantó, ajustó la chaqueta.

Y… esa novela tuya rara. Te la he puesto en la mesilla. Fantasías, pero bueno, cosas tuyas.

Cuando Miguel volvió, la casa tenía el silencio de la siesta en agosto. Olía a fresco y un poco a colonia de Lucía. Había salchichas cociendo en la olla y una lata de aceitunas sobre la mesa.

¿Mamá se fue? preguntó con esperanza.

Se fue respondió Lucía. Se ha jubilado oficialmente de ama de casa suplente. Fin del experimento.

Miguel abrazó a Lucía con fuerza, hundiendo la nariz en su pelo.

Gracias susurró.

¿Por las salchichas?

Por ser tan lista. Y devolverme la tranquilidad. Te quiero. Incluso como mala ama de casa.

No lo soy. Solo moderna. Y estas salchichas, por cierto, son ibéricas, de primera.

Desde entonces, Purificación no dejó de dar indirectas el carácter es el carácter. Pero cuando pasaba el dedo por el mueble del comedor y veía el polvo, solo suspiraba. Si amagaba algo sobre las labores de mujer, Lucía soltaba: Purificación, ¿quiere quedarse una semanita mientras estoy de viaje de empresa…? y enseguida a la suegra le entraban prisas, recordando la leche al fuego, la gata sin cenar o que empieza Amar es para siempre.

La paz volvió a la familia. Y el polvo… el polvo ahí sigue, tan español y tan democrático como siempre. Nadie lo aparta, y nadie se mete en la vida de nadie.

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MagistrUm
Mi suegra me llamó mala ama de casa, así que le propuse que fuera ella quien gestionara el hogar de su hijo