Mi suegra intenta destrozar mi matrimonio. Lo más triste es que mi marido no me cree.

Diario de Álvaro, 14 de marzo

Recuerdo perfectamente el día en que me casé con Carmen. Me sentía el hombre más afortunado del mundo. Ella era comprensiva, bondadosa y siempre estaba dispuesta a apoyarme en cualquier cosa. Mis días junto a ella eran una bendición; la felicidad llenaba cada rincón de nuestro pequeño piso de Salamanca. Sin embargo, desde el principio, mi suegra, Doña Pilar, trajo consigo una sombra incómoda. Al conocerla, me di cuenta de que le gustaba tenerlo todo bajo control y que, con sus ideas tradicionales y cierta testarudez, la convivencia bajo el mismo techo sería poco menos que imposible.

Carmen y yo acordamos desde el principio buscar nuestra independencia, así que alquilamos un piso modesto en el centro, muy cerca de la Plaza Mayor, donde ella podía caminar por el casco antiguo y yo podía leer tranquilamente mis periódicos en las terrazas.

No obstante, la vida nos dio un vuelco cuando falleció el padre de Carmen tras una larga enfermedad. La herencia inesperada de una casa con huerta en un pueblo de la provincia cambió todos nuestros planes. Carmen, siempre entusiasta de la vida rural y amante de las labores del campo, me animó y la verdad, a mí también me entusiasmaba el aire limpio y la tranquilidad a instalarnos allí.

Fueron unos meses de verdadera calma hasta que, entre pucheros y plegarias, llegó Doña Pilar. Sin rodeos, nos dijo que quería el caserón para ella, que era más propio que viviéramos en un piso pequeño en Valladolid, cerca de su hermana y de la familia. No podía creer lo que oía. Nos ofreció, incluso, cambiarnos la casa por un cuarto pequeño en la ciudad, pero me negué con firmeza. Aquello no le gustó nada y se marchó dando un portazo, diciendo palabras que preferiría no recordar.

Al poco, noté el ambiente raro. Me llamó Carmen, muy disgustada. Al parecer, su madre la había acusado delante de todos de gritarle y hacerla sentir mal. Me dijo que yo era el culpable de todo, que habíamos sido groseros. Y lo que más daño me hizo fue que Carmen comenzara a dudar de mi versión, por los comentarios de su madre.

Hoy, cansado de todo esto, me siento ante este diario. No sé bien cómo explicarle a Carmen que nunca tuve malas intenciones ni levanté la voz a su madre. Me duele que no confíe en mí como lo hacía antes.

Si he aprendido algo de esta situación es que a veces la familia puede poner a prueba incluso los lazos más fuertes. Pero también tengo claro que la confianza y el diálogo son los cimientos de cualquier relación; sin ellos, ni la mejor casa en el campo puede ser un hogar.

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Mi suegra intenta destrozar mi matrimonio. Lo más triste es que mi marido no me cree.