¿Y por qué tienes fundas de almohada de diferentes juegos en la cama? Eso queda fatal, hija, y seguro que dormir así es incómodo, una es de algodón y la otra de satén. Esa mezcla de texturas es de lo peor para la piel la voz de Consuelo Torres sonaba suave, con esa falsa ternura que ya le ponía el ojo izquierdo del revés a Lucía cada vez que la oía.
Lucía, que andaba removiendo el pisto en la cocina, respiró hondo para calmar el corazón, que ya empezaba a golpearle en el pecho. El almuerzo de los domingos se había convertido en una tortura semanal. Consuelo, sentada en la mesa, derecha como un palo, barría la cocina con sus ojos de rayos X. Ni el polvo ni la más mínima marca en la encimera escapaban jamás a su examen.
Consuelo, de verdad que a Hugo y a mí no nos preocupa intentó contestar Lucía con voz firme. Lo importante es que esté limpio y huela bien.
Las tonterías suspiró la suegra, partiendo delicadamente un trozo de pan. Toda la vida es una suma de detalles. Hoy mezclas las fundas, mañana dejas un vaso sin fregar y pasado el matrimonio se va al garete. El día a día es como el cemento que une a la familia. O la rompe si la dueña de la casa no se fija en esos detalles
Hugo, que estaba enfrente de su madre, hacía como que su plato de zanahorias era la cosa más interesante del mundo. Era buen chaval, un cielo, pero cuando su madre empezaba se volvía invisible. Lucía lo sabía: de él no iba a salir ninguna ayuda. Las quería a las dos y lo que más temía era el conflicto.
Por cierto siguió Consuelo, dando un sorbo a su té, he visto antes, al ir al baño, que en el armario de arriba está todo manga por hombro. Cremas, botes, un desorden monumental. Deberías comprarte unos organizadores en el bazar, hija, están de oferta. Orden en los armarios, orden en la cabeza.
Lucía se quedó petrificada, aún con el cucharón en la mano. El armario del baño. La balda de arriba. Sin una banqueta era imposible asomarse ahí; solo podía significar que Consuelo había hecho una inspección casual de todos sus rincones.
¿Has mirado dentro del armario cerrado? preguntó Lucía, girándose hacia su suegra.
Hija, no seas así. Solo buscaba unos algodones para retocarme el maquillaje. Además, la puertecita estaba entreabierta Yo solo quiero ayudarte. Es por tu bien, Lucía, que luego te será mucho más fácil encontrar lo que busques.
La comida terminó con una tensión cortante. Cuando la puerta se cerró por fin tras Consuelo, Lucía se dejó caer molida en el sofá. Llevaba meses sufriendo esa sensación de invasión, desde el día en que le dieron a Consuelo una copia de las llaves del piso, por si acaso: por si se rompía una tubería o había que darle de comer al gato. Pero desde entonces, cosas raras pasaban en casa.
A veces se encontraba los vestidos en el vestidor ordenados por colores, en vez de por largo, como a ella le gustaba. La caja del café cambiaba misteriosamente de estantería. Al abrir el cajón de la ropa interior, todo estaba enrollado y apretado, nada que ver con las pilas que siempre hacía Lucía.
Hugo, tu madre ha vuelto a hurgar le dijo a su marido, que recogía los platos.
Lucy, no empieces, por favor respondió él, resoplando. Igual solo miró, intentó arreglar algo Para ella el orden es sagrado. Se aburre sola y solo quiere ayudar No lo hace a mala fe.
Ayudar es preguntar si algo se necesita, no revolver mi ropa interior sin permiso replicó ella. Esto es pasarse. Me siento como una invitada en mi propia casa.
Voy a hablar con ella dijo Hugo, aunque Lucía ya sabía que sería una conversación a medias, que la madre se haría la ofendida, lloraría diciendo que la echan de la familia, y él acabaría por tranquilizarla.
Una semana después, tras unos días de mucho trabajo, Lucía volvió temprano una tarde por la cancelación de una reunión y notó en la alfombra del recibidor unas huellas. Muy difusas, pero ahí estaban. El aire olía a un perfume pesado y dulzón, esa colonia antigua Maderas de Oriente que solo usaba Consuelo.
Fue directa al dormitorio. El cajón de arriba de la cómoda, donde guardaban papeles importantes y algo de dinero, no estaba bien cerrado del todo. Apenas un milímetro, pero Lucía era de cerrar todo hasta el clac. Abrió: los papeles del préstamo por encima de los pasaportes, cuando siempre iban debajo. El sobre de los ahorros para las vacaciones, claramente sobado, como si se hubiesen contado los billetes.
Sintió un calor rabioso y sofocante. Ya no era cuestión de ordenar el baño. Ahora era un registro a cara descubierta. Consuelo aprovechaba las llaves para entrar a su antojo y revisar sus cosas.
Lucía decidió no montar un escándalo sin pruebas. Sabía que Consuelo se escurriría con cualquier excusa: que olía a gas, que regó las plantas y sin querer rozó el cajón Hugo volvería a dudar. Hacían falta pruebas.
Al día siguiente, en la pausa del café, se citó con su amiga Sonsoles. Era de las de armas tomar; tras dos divorcios sabía bien de líos domésticos.
Vamos, hija, tu suegra no tiene límites soltó Sonsoles, removiendo el café. ¿Te cuenta el dinero? Es de manual. Quiere controlar si gastas mucho de la nómina del niño. ¿Estás segura de que solo busca dinero? A veces buscan algo de munición, no sé, pruebas de que eres la peor nuera.
¿Munición? Ni que fuera agente doble, Sonsoles, si mi vida es casa-trabajo.
Tú ríete. Igual busca diarios donde pongas verde a la suegra o tickets del Zara. Hay muchas así, que reúnen pruebas para luego decir “ves, tu mujer se gasta el sueldo en caprichos”.
Lucía pensó y se encendió la bombilla: necesitaba pillarla in fraganti.
Cámaras, sí, sí le dijo Sonsoles. Te compras una mini cámara wifi y la escondes en el dormitorio. Y déjale un cebo.
¿Cebo?
Lo que más la tiente. Una caja misteriosa, bien visible.
Esa tarde, a escondidas de Hugo, Lucía instaló una microcámara en la librería, apuntando a la cómoda y al armario. Mandaría aviso al móvil si detectaba movimiento.
La trampa sería una caja de zapatos decorada con papel rojo chillón y, con un rotulador negro, le escribió claramente: PRIVADO. NO ABRIR. SECRETO.
Dentro puso cosas sospechosas pero inocentes: un ticket falso de una tienda de bromas con importe de diez mil euros, una máscara rara y una hoja A4:
Querida Consuelo: Si lees esto, otra vez te has metido donde nadie te llama. ¡Sonríe! Te graba la cámara. El vídeo irá a Hugo en cinco minutos. Que lo disfrutes.
Para dar el golpe final, puso una de esas petardetas de confeti que saltan al abrir la tapa. Nada peligroso, pero sí para dar un sustillo guapo y buen lío de purpurina.
Solo faltaba preparar la escena.
El jueves por la mañana, mientras cogían las cosas para ir al trabajo, Lucía dejó caer bien alto (sabía que Hugo siempre retransmitía a su madre sus planes):
Uff, hoy volvemos tardísimo. Entre la reunión y demás, seguro que son las diez cuando lleguemos.
Claro, mi madre pregunta si hace falta regar las plantas dijo Hugo, distraído. Le dije que podíamos, pero bueno capaz de pasar, la conozco.
Que pase si quiere, total, no se le puede parar contestó Lucía, oculta en su satisfacción. Quédate tranquila, pensaba.
Marcharon y Lucía comprobó la cámara por la app del móvil. Todo listo. El cebo a la vista, reluciendo tentador.
Pasaron las horas y nada. Ni una sola alerta. Dos, tres horas ¿No vendrá? ¿Se la habría quitado la vena espía?
Las 14:30. El móvil vibró. “Movimiento en dormitorio”.
Salió del despacho, conectó los cascos, y casi ni le temblaban las manos de los nervios.
La imagen en blanco y negro (las cortinas estaban echadas) mostraba a su suegra, con bata de estar por casa (que tenía allí guardada, ¡otra sorpresa!), mirando todo como una inspectora.
Comenzó por la mesilla de Hugo. Miró, rebuscó, no encontró nada. A la cómoda de Lucía. Sacó la ropa interior, la revisó, negó con la cabeza, la volvió a meter pero a su modo, desde luego.
Lucía notó esa mezcla de rabia y victoria amarga. Pulsó grabar.
Tras el cajón, fue al armario, revisó vestidos, tocó telas, miró etiquetas, olió mangas
Y vio la caja.
Se quedó quieta. Miró la puerta, por si alguien venía. Dudó pero la curiosidad pudo más.
Cogió la caja, la puso en la cama y con lentitud la abrió.
¡PUM!
Hasta sin sonido la reacción era visible. Se estremeció, el confeti voló por su pelo, bata y colcha. Se agarró el pecho del susto.
Levantó el papel y lo leyó. Se quedó congelada. Después, a toda prisa, empezó a mirar por todos lados, buscando la cámara, con el rostro descompuesto de susto y vergüenza.
Dejó la nota a toda prisa, se intentó quitar el confeti que seguía pegado a la tela y al pelo, y corrió fuera del plano. Al minuto, saltó otra alerta de movimiento: la puerta de salida.
Lucía guardó el vídeo y marcó el número de Hugo:
¿Puedes hablar, Hugo? Es urgente.
Sí, Lucy, ¿qué pasa? sonaba preocupado.
Nada grave, pero quiero que llegues antes y que vayamos a casa de tu madre hoy mismo, mejor cuanto antes.
¿A casa de mi madre? ¿Por qué? Dijiste que estarías cansada
Ha cambiado la cosa. Te he mandado un vídeo. Míralo y te espero al teléfono.
El silencio, solo el murmullo de la oficina. Luego, ruidos y el sonido de un archivo de vídeo.
Un minuto que se hizo eterno.
¿Esto esto ha sido hoy? preguntó Hugo, confuso.
Hace veinte minutos.
¿Ha estado rebuscando en nuestra habitación? ¿Supiste lo de la caja?
Lo sospechaba, Hugo. No quería creérmelo, pero no tenía más remedio que asegurarme. Me tenías que creer, necesitaba protegerme.
Silencio. Lucía percibía el golpe que supuso para él ver a su madre metida hasta la cocina en su vida íntima Duele, darse cuenta de que quien más quieres cruza todos los límites.
Me escapo del curro dijo por fin. Te espero en el coche en media hora.
Cuando llegaron al piso de Consuelo, él estaba hecho polvo; ni una palabra en el camino salvo los nudillos blancos por apretar el volante. Lucía le dejó su tiempo.
Abrió Consuelo, aún con restos de confeti pegados en el pelo húmedo, la bata torcida. Fingió alegría:
¡Ay, Hugo, Lucía! Qué pronto, no avisasteis
Mamá, tenemos que hablar dijo Hugo, avanzando él primero.
Se sentaron en la cocina. Consuelo removió tazas, fingía rutina, pero no miraba a la cara.
Siéntate, mamá dijo él, serio. No hace falta té.
Ella se sentó en la punta de la silla como una colegiala pillada en falta.
Hemos visto la grabación dijo Hugo.
¿Qué grabación? intentó hacer teatro, pero la voz le temblaba.
La cámara del dormitorio. Te vimos hurgar en la cómoda, el armario, abrir la caja.
Consuelo se puso roja como un tomate.
¡¿Pero qué hacéis espiando a vuestra madre?! ¡Como si fuera una ladrona! ¿No tenéis vergüenza?
¿Y usted rebuscando en mi ropa y papeles, Consuelo? le preguntó Lucía, suave pero dura. Viene, entra, revisa, busca ¿Qué esperaba encontrar? ¿Pruebas de infidelidad? ¿Tu dinero?
¡Solo quería poner orden! estalló Consuelo, con lágrimas en los ojos. ¡Eres una mala ama de casa, Lucía! ¡Hugo va con las camisas arrugadas! ¡Me desvelo por mi hijo y vosotros me ponéis trampas! ¡Me podía haber dado algo con el susto!
Ya está bien, mamá Hugo levantó la voz, firme. Mis camisas las plancha Lucía, y están perfectas. Aunque no lo estuvieran, eso es cosa nuestra. No tienes derecho a entrar en casa sin permiso y menos a tocar nada.
Sacó la mano y abrió la palma.
Las llaves.
¿Cómo? musitó ella.
Dame las llaves del piso. Ahora mismo.
¿Le quitas las llaves a tu madre? ¿Por esta por unas simples cosas? ¡Hijo, recapacita! ¡Te he dado la vida entera!
Has cruzado la raya, mamá. Has humillado a mi mujer y destrozado mi confianza. No quiero volver a casa pensando que alguien ha rebuscado en mis cosas. Las llaves, por favor.
Consuelo lloró de verdad, ya no eran esos lloriqueos teatrales de otras veces. Le temblaban las manos mientras dejaba las llaves, con el llavero de osito regalo de Hugo, en la mesa.
¡Lleváoslas! lloraba. ¡Haceos cargo de vuestra vida, a ver lo que tardáis en darme la razón! ¡Ya no vuelvo, no esperéis nada de mí!
Gracias, Consuelo dijo Lucía, recogiendo las llaves. Justo eso es lo que buscábamos. Que venga cuando la invitemos, no cuando le dé el antojo.
Bajaron a la calle en silencio. El aire, fresco de la tarde, les supo a gloria. Lucía aspiró hondo, como si por fin pudiese respirar después de meses de angustia.
Perdóname le dijo Hugo en el coche, cabizbajo. Tenía que haberte creído.
La quieres contestó Lucía, posando la mano sobre la suya. Es difícil aceptar que alguien propio puede pasarse así. Ya ha pasado. Ahora empieza lo nuestro.
Eres inteligente y valiente la miró con una mezcla de orgullo y ternura. Lo de la caja chapó.
Había que improvisar sonrió ella. Tranquilo, que la purpurina la paso luego con el aspirador.
En casa cambiaron las sábanas, para quitar de raíz cualquier recuerdo de la intrusa. Pidieron pizza y abrieron vino.
Consuelo no llamó en un mes, enfadada, luego empezó a mandar mensajes secos por cumpleaños y esas cosas. Hugo contestaba cortés, pero justo. De invitaciones nada.
Al medio año, en el cumpleaños de la tía de Hugo, volvieron a coincidir. Consuelo, distante, puso morros cuando Lucía se sentó cerca, pero no montó escena.
En la mesa, la tía presumía de vajilla nueva:
Es preciosa, pero delicada. La tengo guardada bajo llave, que los críos son muy curiosos y se cuelan por todos lados
Lucía miró de reojo a Consuelo, que se sonrojó y se atrincheró tras la ensaladilla.
Lucía se sonrió apenas y guiñó a Hugo. Su hogar era suyo de verdad. Las llaves, solo de ellos dos. Ya nada ni nadie les estropearía la paz.
A veces, para tener la casa en orden, hay que hacer limpieza de verdad. Aunque toque usar una petardeta de confeti, el resultado lo merece.
Te lo cuento y hasta me sale reír. Si la historia te ha sacado una sonrisa, acuérdate de compartirla y darle un me gusta, que me hace ilusión.







