Mi segundo marido resultó ser un hombre maravilloso, que nunca reparaba en gastos cuando se trataba de comprar cosas para mí y para mi hijo.
En otro tiempo, se pensaba que uno debía casarse una vez y permanecer juntos hasta el final de los días, como si la vida fuese una cinta de seda extendida sobre la mesa de una antigua cafetería de Salamanca. Sin embargo, hoy parece claro que desperdiciar los años por un hombre que no muestra ni cuidados ni atenciones es, como poco, insensato. ¿Por qué aferrarse con uñas y dientes y forzar los últimos hilos para salvar un matrimonio del que ha huido la dicha? Resulta amargo aceptar que, a veces, separarse en paz y evitar que los niños sufran seas un sueño imposible, el eco de una jota en una plaza desierta.
A mí me dejó mi marido por otra. Me quedé sola con un niño pequeño, casi aprendiendo a caminar. Me soltó, con ese aire bronco y distante, que ya no le interesaba mi vida. Estuvimos juntos seis años, y la convivencia era templada, de vez en cuando saltaba alguna discusión, como una chispa en la lumbre. Pero tras el nacimiento de nuestro hijo, él cambió: cualquier excusa le bastaba para enfadarse y salir por las calles de Madrid al caer la tarde. Empecé a sospechar que alguien más anidaba en sus pensamientos, pero rehusaba creerlo. Al final, aquel hombre hizo la maleta una mañana y me dejó enfrascada en un silencio que pesaba como la niebla de otoño en Castilla.
Hace medio año, en un sueño denso y vibrante, apareció mi segundo marido. Le llamaban Nicolás, y de entrada supe algo distinto en su forma de mirar. Nicolás era de esos hombres que entienden el cansancio de criar sola a un niño, con el eco de los pasos retumbando en el piso alquilado. Tras nuestra segunda cita, en una cafetería donde el chocolate olía a infancia, me propuso, casi susurrando, ir juntos de compras. Luego fue él quien llenó la cesta con cosas para mi hijo, sin pensar dos veces en los euros que gastaba.
Me sentí torpe, desubicada, mi reflejo difuminado en los escaparates. Pero algo en mí se alegró, agradeció esa ayuda tan franca. Más tarde le pedí a Nicolás que comprase carne, pues sólo podía permitírmela de vez en cuando, como un capricho exótico. Todo mi sueldo se evaporaba entre la hipoteca del piso que firmé en mi primer matrimonio y la compra semanal en el mercado de La Latina. Antes, no me asustaba la idea de endeudarme para un hogar en común; sólo que nunca resultó como lo planeé.
La primera vez que Nicolás me dijo que podía coger en el supermercado lo que quisiera, rompí a llorar frente a una estantería de galletas. Era la primera vez que alguien me tendía la mano así, sin condiciones ocultas. Solo escogí lo imprescindible y ni siquiera me acerqué a los dulces ni a la fruta. Pero Nicolás añadió caramelos y naranjas, y luego apareció en mi casa con dos bolsas llenas a rebosar.
Durante varios meses nos veíamos bajo la luz dorada del atardecer, y fui comprobando que Nicolás era realmente un hombre bueno. Comprendí que a quien ama de verdad, nada le parece suficiente, y su generosidad fue derritiendo mis miedos. Me ganó con gestos, no con promesas, y no tardamos en casarnos. Nicolás resultó ser un marido espléndido y un padre maravilloso.
Ahora sé, como si se me hubiera revelado en una extraña peregrinación onírica, que prometer es fácil y las falsas ilusiones apenas cuestan nada, ni una moneda de cobre. Lo esencial es el cuidado auténtico, la presencia apacible de quien encabeza la familia. Cuando alguien se preocupa por ti, naces de nuevo al sentirte segura, y el amor aflora como los almendros en febrero. Ahora soy dichosa con Nicolás. Siento que he encontrado a una persona digna de mi confianza, con quien puedo vadear los ríos turbios de la vida sin temor. Eso es, en definitiva, la felicidad.
Clara tuvo, de veras, mucha suerte al cruzarse con Nicolás. No todas las mujeres sueñan con diamantes o áticos en la Gran Vía para ser felices. La mayoría encuentra la dicha cuando la tratan con ternura y respeto, cuando sienten el abrigo de alguien que cuida de ellas.
Quiérete y elige con atención a tu otra mitad, pues en los sueños y en la vida, a veces, la dicha se esconde donde menos lo esperabas.







