Cuando tenía 10 años y mi hermano pequeño solo contaba con 3, mi padre nos abandonó. Había encontrado a otra mujer, más guapa que mi madre, o al menos así la veía él. Mi padre nos dejó el piso, aquel piso sacado a crédito en los lejanos días de la tranquilidad. Mientras mis padres seguían juntos, yo acudía a un buen colegio en el centro de Madrid, iba a concursos extraños, formaba parte de clubes donde se leían libros polvorientos y jugaba al baloncesto los domingos en una pista donde el aire olía a churros y césped mojado.
Pero, tras el divorcio, cada cosa cambió su sentido como en un cuadro que empieza a derretirse en los sueños. Mi madre tuvo que buscarse la vida con dos empleos: limpiaba oficinas por la mañana y por la noche corría, casi volando, a cuidar de una anciana gruñona en un rincón olvidado de nuestra ciudad. Me vi obligado a dejar mi instituto en el barrio de Chamberí, cambiándolo por uno más pequeño y gris, pegado a las tapias de nuestra zona.
El baloncesto quedó atrás, flotando como un globo demasiado alto, porque mi madre me dejaba a cargo de mi hermano siempre que el tiempo se deshacía y ella podía escapar de sus trabajos. Todo era diferente, como si los relojes de mi vida hubieran perdido sus agujas y el tiempo solo fuera un eco. Terminé el bachillerato, entré en la universidad y después me puse a trabajar. La infancia feliz se me escapó, evaporándose como una melancolía de verano en las calles de Madrid, bajo la sombra de una farola que nunca alumbró suficiente.






