Mi padre nos dejó a mi madre y a mí cuando tenía solo doce años, y no porque tuviera una idea brillante esperando a la vuelta de la esquina. Simplemente un día recogió sus cosas, cerró la puerta y desapareció, como quien se va al bar y nunca vuelve. Ni siquiera se molestó en llamar a la policía ni a nadie, como si nos hubiéramos evaporado en el aire madrileño. Era como si de repente olvidara que alguna vez tuvo familia.
A los quince años, como si la cosa pudiera torcerse aún más, aparece una pareja de veinteañeros en nuestro piso en Getafe, exigiendo una habitación porque “su papá” léase, mi padre se la había prometido. Mi madre, encendida como una bombilla de feria, llamó a mi padre para aclarar todo esto, y él muy tranquilo suelta que aquellos chicos eran como sus propios hijos. ¡Como para estudiar psicología!
Mi madre, harta de compartir el suelo y el techo con desconocidos, vendió el piso y le tuvo que dar parte de lo ganado a un fulano a quien mi progenitor consideraba ‘de los suyos’, lo que sea que eso signifique. Con lo que quedó, pudo comprar un modestísimo piso de dos habitaciones en Malasaña, gracias a una agencia de pisos online (sí, esas que te prometen vistas al Retiro y te dan vistas a la lavadería). Para sacar adelante a mi madre y la deuda, tuve que aparcar mis libros durante años y saltar al glorioso mundo laboral, donde, sorpresa, también se paga en euros.
Al final, como ocurre siempre cuando parece que levantas cabeza, mi madre falleció, y me dejó tan solo un año para terminar de pagar el dichoso préstamo. En mitad de este drama digno de Almodóvar, aparece mi padre como salido del polvo de oro de la Puerta del Sol: viejo, enfermo, con una pensión más baja que el salario de un becario. La nueva parienta lo había echado a la calle y ahora, de repente, recordaba que tenía una hija.
Cuando lo vi delante de mí, de pie, oliendo a fracaso y colonia barata, tuve que preguntarle si era un caradura o directamente un despistado profesional. Veinte años sin acordarse de mi cumpleaños, sin una llamada, ni un WhatsApp perdido, pero sí tuvo tiempo de quedarse con el piso que me correspondía, de dejarme sin estudios y de pasarse mi vida por el forro. ¿De verdad esperaba que lo recibiera con los brazos abiertos, como si nada?
Ni una pizca de compasión me quedaba para ese hombre. Quizás alguien le tenga pena, pero desde luego yo no soy esa alguien, pensé. Si tanto quería a esas otras personas a las que consideró sus hijos, que fuesen ellos los que ahora le buscaran un sofá donde dormir. Se lo solté, sin paños calientes: si necesita ayuda, que la pida a quienes eligió antes que a su propia hija. Le dije bien clarito que me borrara de su memoria y de la guía telefónica, que nunca fue un padre para mí, ni lo sería ya jamás.






