La madre de Almudena falleció hace ya cinco años. Apenas tenía cuarenta y ocho. El corazón le falló en la cocina, justo cuando regaba sus violetas. Su padre tenía entonces cincuenta y cinco.
Él no lloró ni gritó. Solo se sentó en el sillón de su mujer y se quedó mirando una foto de ella. La miraba como si con la fuerza de su mente pudiera devolverla.
Ese día, Almudena perdió no solo a su madre. En el fondo, también perdió a su padre. Él seguía allí, en el mismo piso, pero ya no era él, sino una sombra, un reflejo atrapado en el capullo de su dolor.
Aquel primer año fue durísimo. Con veintitrés, Almudena tuvo que ser hija, enfermera y psicóloga todo en uno. Le preparaba cocido que él no probaba, lavaba sus camisas que ni tocaba y hablaba, hablaba sin parar, intentando sacarle de ese abismo en el que se había caído.
Pero su padre no decía nada. Como mucho, respondía con monosílabos. Y cada contestación era como un bofetón: ¡No te metas! ¡No toques! ¡Déjame en paz!
Y así, poco a poco, entre ambos fue creciendo un muro denso, gris, impenetrable
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El tiempo fue pasando. Vivían cada uno en su mundo, cruzándose solo lo justo y necesario.
Se veían por la mañana en la cocina antes de irse. Por la tarde, coincidían de nuevo al volver, chocaban de frente en la cocina y vuelta a sus habitaciones. Las conversaciones eran las justas y el trato, ninguno.
Almudena dejó de insistirle con sus cuidados. Él, por su parte, lo agradecía. Y así los dos, cada uno a su manera, aprendieron a acostumbrarse a esa nueva vida.
Sin madre sin esposa
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Con el tiempo, su padre empezó a reanimarse.
Sonreía a la vecina que casi siempre les llevaba empanadillas recién hechas. Retomó la costumbre de salir a pescar con un amigo. Hasta se acordó de cómo se encendía el portátil y se ponía alguna película clásica.
Almudena ya no veía en su espalda la misma desesperanza y quiso creer que lo peor había pasado. Hasta se atrevió a irse aquel verano a trabajar de temporada en un balneario; le habían ofrecido el puesto por sorpresa.
Al volver a casa le esperaba una gran sorpresa.
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Su padre le anunció que iba a casarse.
Se lo soltó según cruzó la puerta. Tranquilo, sin inmutarse. Como si la decisión estuviese ya tomada y aprobada por el Constitucional.
Fueron a la cocina, él se sentó enfrente.
He conocido a una mujer le dijo, sonriendo. Se llama Lucía. Nos vamos a casar.
A Almudena se le heló la sangre. No era porque él hubiera encontrado a otra persona; de hecho le alegraba que hubiese vuelto a sonreír. Lo que le saltó la alarma fue ese aviso rojo: ¡El piso!
¡Su piso! ¡Donde creció! Donde una máquina de coser de su madre aún estaba en la esquina y la taza favorita de ella seguía guardada en el armario. No esa taza fea y sucia de alguna desconocida que lucía ahora en la mesa.
Miró el objeto nuevo con rabia
Papá empezó, buscando la manera de explicarse, ¿no crees que todo esto va un poco rápido? ¿La conoces de verdad? ¿Dónde vais a vivir? Espero que no aquí, ¿no? Que este piso no es solo tuyo, también era de mamá
Él la miró despacio. Y en sus ojos solo había cansancio y una frialdad que cortaba.
Ah ya entiendo susurró él, esto empieza. Qué rápido Y aún sigo vivo, hija Es pronto para repartir la herencia del abuelo que aún respira.
¡No reparto nada! ¡Solo quiero un poco de claridad! estalló Almudena. Es lógico. Vas a tener otra familia, y yo ¿qué hago si pasa algo?
Pues lo piensas cuando pase gruñó él, y se fue dando un portazo a su cuarto.
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A los pocos días, llevó a Lucía a casa. Alta, delgada, con unos ojos tristísimos que lo observaban todo, intentaba ser educada hasta el exceso.
Almudena, comprendo cómo te sientes decía ella. Créeme, no vengo a quedarme con nada. Tengo mi vida, mis cosas, mi piso. Solo quiero a tu padre.
Lucía trataba de ser amable, pero ¡menudas preguntitas!
¿Y la casa del pueblo está lejos de Madrid? preguntaba casi sin querer. ¿Y hace mucho que tienes este piso? Los de la época de Franco son codiciadísimos
Y además, decía que no era correcto hablar de herencias con antelación, que esos temas herían al padre y le hacían sentirse como un mueble viejo.
Vamos, que Almudena terminó más mosqueada todavía. Estaba convencida de que Lucía era lista y calculadora y que el padre, cegado por una pasión tardía, iba a acabar regalando todo a la primera que pasara. Él la veía como una hija ávida y desconfiada, ella como un anciano cegato dispuesto a dejarlo todo en manos de una extraña. Se hacían daño y no lo veían.
Todas las conversaciones acababan en pelea: él defendía su derecho a rehacer su vida, ella el suyo a un futuro seguro. Se pinchaban, se herían y no comprendían que al final, el daño era mutuo.
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Hasta que un día Almudena no pudo más y propuso ir al notario, dejar todo aclarado y firmado.
El padre lo rechazó varias veces. Pero al final, suspirando, aceptó.
Bueno dijo cabizbajo. Haz lo que quieras.
Fueron en silencio hasta la notaría. Almudena apretaba el bolso, lista para la batalla.
Dentro hacía un silencio solemne. El padre se sentó algo apartado, las manos quietas en el regazo, con cara de piedra.
La notaria, una señora seria de pelo plateado, abrió la carpeta.
Estamos hoy aquí para empezó con voz profesional.
Perdone su padre la interrumpió, tan bajo que Alma casi ni le oyó. Mi asunto es otro
Le pasó un papel.
Aquí tiene.
La notaria se colocó las gafas, leyó el documento y alzó una ceja, sorprendida.
¿Está seguro? Pero esto es una escritura de donación. ¿Cede toda su propiedad a su hija? ¿De forma gratuita?
A Almudena se le cortó la respiración. ¿Qué? ¿Todo para ella? ¿Así, sin más? ¿Había trampa? ¿Quería decirle luego que le había obligado?
Le miró intentando pillar el truco.
Pero su padre la miraba de una forma fría, sin ira ni pena. Solo había decepción. Y lástima. Lástima por ella. Por Almudena.
Toma dijo él al fin, poniéndole el documento delante, y se levantó. Ahí tienes lo que tanto ansías. El piso. La casa del pueblo. Todo. Ahora ya puedes saltar de alegría, tranquila de que este carcamal no se va a gastar tu herencia en buscarse una felicidad de mentira.
La palabra felicidad le sonó a veneno. Almudena se estremeció.
Papá yo no quería esto murmuró, con las lágrimas cayéndole del bochorno.
¿No querías? él soltó una sonrisa torva, más dura que cualquier grito. Almudena, en estos últimos meses no me has preguntado ni una sola vez si estoy bien, si paso frío, si necesito una pastilla. Solo papeleo y metros cuadrados. No veías a tu padre, solo un obstáculo para conseguir tus paredes. ¿Te crees que yo no me daba cuenta?
Caminó hacia la puerta. Antes de irse, giró la cabeza.
Soñabas con esta jaula, ¿no? Pues toma. Tuya es.
Él salió y ella se quedó sentada, el papel helado entre los dedos. Había ganado. Lo tenía todo. Y de repente lo entendió: lo había perdido todo.
***
Años después.
El padre y Lucía siguen juntos, los ves a veces por el barrio o el Retiro. Siempre cogidos de la mano. Él está muy mayor, pero al mirarla le brillan los ojos de felicidad.
Almudena vive sola.
En un piso de tres habitaciones, con acabados de lujo y muebles a medida.
Al pueblo va cada fin de semana. Todo está perfecto allí también.
Solo que la felicidad debió perderse por el camino.
Y a veces comprende que su padre no le dio el piso por rencor ni por rabia. Se lo dio porque era justo lo que ella había elegido: paredes, no personas; papeles, no amor.
Cambiando a su propio padre por tres habitaciones y una casa en Segovia. Y ese es el legado más duro que le ha quedado.







