Mi nuera se ha enfadado conmigo por el tema del piso y ha empezado a poner a mi hijo en mi contra.
Mi hijo ha acabado con una chica muy lista que lo maneja a su antojo. Últimamente, ha empezado a volverlo en mi contra. Le dice que no me importa su felicidad, que solo pienso en mí. Saca esas conclusiones porque me he negado a intercambiar nuestros pisos.
Mi marido falleció hace algunos años y mi hijo es mi único hijo. Lo he criado con todo el amor y cuidado posibles, le di una buena educación. Antes de casarse, vivía con nosotros. Empezó a trabajar cuando aún estudiaba en la universidad, y en cuanto acabó la carrera encontró un buen empleo.
Mi hijo es mi orgullo. Es un chico estupendo y tiene éxito en su trabajo. Mi marido y yo nunca pudimos comprarle un piso, siempre fuimos humildes. Nosotros conseguimos nuestro propio apartamento cuando ya rondábamos los cuarenta; antes vivíamos de alquiler, así que no podíamos permitirnos un segundo piso para nuestro hijo. Pero al fin y al cabo, él puede ganarse el suyo, como lo hicimos su padre y yo.
Cuando Marcos ese es su nombre me contó que empezaba a salir con una chica, me alegré muchísimo. Puse de mi parte para llevarme bien con mi nuera: nunca la regañé ni la juzgué. No me importaba quién iba a ser mi nuera; lo más importante era que mi hijo fuese feliz. Sandra me cayó muy bien al principio, era educada y discreta. Pero tras la boda, sacó a relucir su verdadero carácter.
Se fueron de viaje de novios y, al regresar, Sandra dejó su trabajo. Dijo que en la oficina sus jefes la trataban fatal y que buscaría algo mejor. Pero no se quedó ahí. Lleva dos años viviendo a costa de mi hijo y no tiene la menor intención de buscar trabajo.
Viven juntos en su pequeño piso de una habitación, a las afueras de Madrid. Como ella no trabaja, Marcos no puede permitirse comprar un piso nuevo, porque Sandra se gasta todo su sueldo en peluquerías y ropa de marca por el centro. No entiendo cómo alguien no encuentra trabajo en dos años, la verdad. Creo que miente cuando dice que va a entrevistas. Seguro que le gusta vivir cómodamente sin hacer nada.
Un día le pregunté si pensaban tener hijos.
¿Cómo vamos a tener niños viviendo en este cuchitril? me respondió Sandra con desdén.
Podríais ahorrar algo para una entrada de hipoteca sugerí.
¿Ahorrar? Si a duras penas llegamos a fin de mes contestó Sandra.
No quise decirle nada, pero si ella trabajase, haría meses que podrían haber empezado a ahorrar. Si de verdad se esforzasen, por supuesto que les ayudaría, ya tengo apartados unos buenos ahorros. Pero sé que si les doy dinero ahora, ella lo malgastará en caprichos.
Últimamente mi nuera ha empezado a insistir con lo del niño, diciendo que los años corren y que hay que pensar en el linaje, pero ¿cómo van a criar un hijo en esas condiciones? Y mi hijo empieza a darle la razón.
Mamá, Sandra y yo pensamos que podríamos intercambiar los pisos. No firmamos nada, simplemente tú vivirías aquí y nosotros ahí. Así no tendrás que preocuparte por una hipoteca, y a ti te bastaría vivir ahí sola.
Lo que me dijo mi hijo me dolió profundamente. Eso nunca habría salido de él; se nota la mano de ella. Le expliqué que yo trabajo cerca de casa y que los árboles viejos, mejor no trasplantarlos.
Mamá, solo te quedan unos años de trabajo, y luego te daremos nietos me soltó Sandra con una sonrisita prepotente.
Rechacé de pleno su “propuesta”, porque me niego a abandonar mi hogar.
Tras esto, mi hijo ha vuelto a sacar el tema, pero cada vez me hiere más lo que dice. Nunca antes mi hijo pensó en aprovecharse de nadie, pero ahora su esposa lo lleva por ese camino.
Vámonos, Marcos. Ya te dije que a tu madre le da igual si tenemos hijos. ¡No va a mover un dedo por nosotros! le soltó Sandra la última vez que vinieron a verme.
Desde entonces, mi hijo no me llama, no me contesta ni a los mensajes. No reconozco a mi hijo. No es tonto, pero cuando está Sandra por medio, parece que se nubla su juicio.







