La nieta se desvanece ante mis ojos. Comienza a odiar tanto a su madre como a su hermana menor. Temo que tendré que llevármela conmigo, o todo terminará en tragedia.
Siempre creí que una madre debería amar a sus hijos por igual. Sin favoritos, sin comparaciones, sin condiciones. La infancia no es una competencia por cariño. Cuando escuchaba historias de padres que dividían a sus hijos en «mejores» y «fracasados», pensaba: «A mí nunca me tocará». Ahora vivo dentro de esa misma historia. Solo que no es ajena —es mi familia. Mi hija. Mi nieta. Mi dolor.
Lorena siempre fue ambiciosa, exigente y orgullosa. No le interesaban los hombres sencillos, solo aquellos «con futuro» y «estabilidad». Al final, se casó con Adrián, un exdeportista que abrió un gimnasio en Valencia. Mi marido y yo les regalamos un piso de dos habitaciones para su boda y les ayudamos a conseguir buenos trabajos gracias a unos amigos. Todo parecía perfecto: estabilidad, apoyo, seguridad.
Un año después, Lorena quedó embarazada y toda la familia celebró con alegría. El embarazo transcurrió sin complicaciones y nació una niña sana, Carlota, llamada así en honor a mi madre. Lorena lo hacía todo estupendamente: la amamantaba, la arrullaba, la sacaba a pasear. Carlota era una niña tranquila y obediente, que apenas lloraba, incluso cuando le salían los dientes. Lorena era la madre perfecta. Todos estábamos orgullosos de ella.
Pero seis años después, todo cambió.
Lorena volvió a embarazarse. Desde el principio todo fue difícil: presión alta, diabetes, migrañas, náuseas. Pasó seis de los nueve meses hospitalizada. El parto fue complicado, una cesárea. La recuperación llevó tiempo. Y así nació Natalia, igual de fuerte y saludable que su hermana mayor. Solo que Lorena… parecía otra persona.
Los primeros meses, la abuela de Adrián, Carmen, y yo ayudamos en lo que pudimos. Yo me llevaba a Carlota más seguido para que Lorena pudiera ocuparse del bebé. Carmen se quedaba con ella en casa. Creíamos que no debíamos meternos, que estábamos ayudando. Hasta que un día escuché a Lorena regañar con dureza a Carlota:
—¡Vete de mi vista! ¡Ya estoy harta de ti!
Al principio pensé que eran los nervios, el cansancio. Pero cada día empeoraba. Lorena ya no veía en Carlota a su hija, solo un estorbo. Se irritaba por cualquier cosa: su peinado, su mirada, una simple pregunta. «Déjame», «No molestes», «No tengo tiempo para ti» eran frases que la niña escuchaba a diario. A veces incluso:
—Si no fueras tú, todo sería más fácil.
Y una vez, en un susurro pero claro como el agua:
—Ojalá no hubieras nacido primero…
Carlota solo tiene siete años. A esa edad, un niño es frágil. Pronto empezará primaria y necesita apoyo. En cambio, vive en una casa donde solo una es querida: la más pequeña, Natalia, risueña y regordeta. Mientras que Carlota… Carlota ya no sonríe.
Ha dejado de jugar. De dibujar. Se queda junto a la ventana o se esconde en un rincón con un libro. Pero lo peor son sus palabras, que me hielan la sangre:
—Abuela, ¿por qué nació Natalia? Sin ella todo sería mejor. Si no existiera, mamá me querría otra vez…
Intenté hablar con Lorena. Una y otra vez. Primero con calma, luego con firmeza. Le expliqué que no se puede marcar diferencias entre los hijos, que la mayor también necesita afecto. Pero ella solo se defendía:
—Carlota ya tiene siete, no es un bebé. Tiene de todo. No necesita que la abrace o la mime. La pequeña requiere más atención.
¡Y no es cierto! Carlota no necesita menos, quizá incluso más, porque siente que ahora es «sobrante». Adrián intentó intervenir. Quiere a sus dos hijas, pero algo en Lorena se ha roto. No escucha. Dice que estamos en su contra. Que «Carlota manipula», que «todos la compadecen».
Mientras tanto, la niña adelgaza. Se apaga. Y repite una y otra vez:
—Abuela, ¿puedo vivir contigo?
Y ya casi lo he decidido. Porque no se puede esperar más. Porque no soporto ver cómo mi nieta se consume ante la indiferencia de su propia madre. Si Lorena no reacciona, me llevaré a Carlota. Incluso si tengo que ir a juicio. Porque una infancia con tanto dolor deja heridas que nunca cicatrizan. Y yo quiero que mi nieta recuerde algo más que el desamor. Quiero que en su vida haya amor. De verdad. El de su abuela.
Al final, aprendí que el corazón de una madre no debería tener rincones oscuros, porque los hijos solo florecen donde hay luz.







