Mi matrimonio parecía normal. No era perfecto como los que se ven en las redes sociales, pero era sólido. No había grandes discusiones, ni celos, ni señales extrañas. Él no ocultaba su móvil, no llegaba tarde, no cambiaba de planes de repente. Jamás sospeché de nada.
La mujer por la que me dejó trabajaba con él. Era más joven que yo, sin pareja ni hijos. La había visto un par de veces. Incluso, en una ocasión estuvo en mi casa durante una reunión de trabajo de la empresa. Me saludó con normalidad, hablamos de lo habitual. Nunca intuí nada raro.
La conversación ocurrió un viernes por la noche. Volvió del trabajo, dejó las llaves sobre la mesa y me dijo que teníamos que hablar. Se sentó enfrente y me lo soltó sin rodeos: que ya no me amaba, que estaba confundido, que había conocido a otra persona y que se iría con ella. Me repitió que no era culpa mía, que yo era una buena mujer, pero que con ella se sentía vivo.
Le pregunté desde cuándo lo sentía. Me contestó que llevaba meses así. Le pregunté cómo no me había dado cuenta. Me dijo que precisamente porque había sido muy cuidadoso. Aquella misma noche metió algo de ropa en una bolsa y se fue. No hubo discusión. Ni intento de arreglar nada.
Los meses siguientes fueron los peores de mi vida. No tenía un sueldo fijo. Las facturas empezaron a llegar una tras otra: alquiler, luz, gas, comida. Empecé a vender algunas cosas de casa. Hubo días en los que comía una sola vez al día para ahorrar. A veces, apagaba la calefacción para no gastar tanto. Lloraba mucho, pero tenía que levantarme y buscar cómo seguir adelante.
Busqué trabajo y nadie me contrataba. Pedían experiencia reciente o una formación que no tenía. Un día, por necesidad, preparé un postre y se lo vendí a mi vecina. Después hice más. Empecé a ofrecerlos por WhatsApp. Salía andando para repartirlos y venderlos. A veces volvía con casi todo sin vender; otras veces, vendía hasta el último.
Poco a poco la gente empezó a buscarme. Hacía dulces por las noches y los entregaba por las mañanas. Con eso pagaba la compra. Luego las facturas. Luego el alquiler. No fue rápido ni fácil. Fueron meses llenos de cansancio, de poco sueño, de vivir “al límite”.
Hasta hoy sigo igual. No me he hecho rica. Pero me mantengo en pie. No dependo de nadie. Mi casa ya no es la misma, pero es mía. Él sigue con la mujer por la que me dejó. No he vuelto a hablar con él.
Si algo aprendí, es que se puede sobrevivir aún cuando parece que no hay salida. No porque quisiera ser fuerte sino porque no había nadie más que lo hiciera por mí. Siempre pensamos que no seríamos capaces, hasta que no nos queda más remedio.







