Mi marido y yo tuvimos una gran discusión por las fiestas de pijamas.

Llevo diez años junto a mi marido, de los cuales seis hemos estado casados legalmente. Durante todo este tiempo, la vida nos ha bendecido con dos hijos: nuestro hijo mayor tiene ya nueve años, y el pequeño apenas cuenta con cinco meses.

Vivimos en un viejo piso de dos habitaciones, legado de mi abuela. No es nuevo ni lujoso; los suelos crujen como si susurraran secretos antiguos cuando pisas, pero es mío, y en mis sueños siempre lo veo iluminado por lámparas de papel que flotan en el aire.

El cumpleaños de nuestro hijo mayor se acerca, así que hemos decidido hacer la celebración en casa, porque ahora mismo los euros escasean y la luna parece mirarnos de reojo a través de la ventana antigua, recordándonos que los tiempos no son siempre fáciles. Y fue entonces cuando el aire se espesó y un extraño malentendido surgió, como humo bailando entre los muebles. Mi familia no podrá venir están lejos, en otras ciudades con nombres imposibles de recordar al despertar pero la familia de mi marido se apresura a venir en tropel, como si fueran mariposas atraídas por la luz de la farola en la noche de Madrid, y hasta quieren quedarse a dormir.

¿Dónde colocar a tantos? En mi sueño, los sofás se alargan en silencio pero no suficiente, las camas parecen barquitos en un mar de mantas.

No estoy hecha para visitas tan largas. Las visitas aquí son breves, duran apenas el tiempo en que se toma un café acompañado de unas pastas, y se van antes de que el sol se oculte tras las tejas. Si de verdad desean quedarse en nuestra ciudad, hay hoteles abiertos las veinticuatro horas, con colchas que huelen a lejía y recepcionistas que nunca duermen.

Por eso, en nuestra casa flotante en el sueño, discutimos. Al final, tan perdidos entre las nieblas del enfado, hasta pensamos en vivir separados un tiempo; cada uno navegando en su propia barca por el río Manzanares.

¿Y por qué soy tan cabezota? Para empezar, mis suegros no tienen mucha afición al agua y al jabón se bañan una vez a la semana y no quiero imaginar el aroma a humedad antigua que podrían dejar en el aire de nuestro pequeño piso durante la noche. Y mis hijos duermen allí, entre nubes que a veces saben a azúcar y otras a polvo. Además, ¿para qué quedarse si su casa está a un paseo ligero cruzando las calles de Salamanca?

¿Estaré en lo cierto o me equivoco? Mi marido cree que no podré arreglármelas sin él. Pero en el sueño, los relojes giran al revés y los gatos hablan. Así que, quién sabe Veremos qué nos dice la próxima noche, cuando los sueños vuelvan a encontrarnos al otro lado de la almohada.

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Mi marido y yo tuvimos una gran discusión por las fiestas de pijamas.