Mi marido y yo fuimos al pueblo para conocer a sus padres — La madre de Vasili sale al porche con las manos en jarra, como una dama de trapo junto al samovar, y exclama: «¡Ay, Vasinín! ¿Por qué no avisaste? ¡Veo que no has venido solo!» Vasili me estrecha fuerte: «Mamá, te presento a mi esposa, Valentina». La «montaña» con su delantal con volantes avanza hacia mí: «¡Hola, nuerita!» Y, según costumbre, me besa tres veces. El aroma a ajo y pan recién hecho llena el aire. Me abrazo a mi suegra y mi cabeza acaba entre sus «almohadas» bien mullidas. Ella me observa de arriba abajo y pregunta: «¿Dónde has encontrado semejante pizpireta, Vasinín?» Él responde: «¡Pues en la ciudad! En la biblioteca… ¿Y papá está en casa?» — «Está con la vecina, liado con la estufa… Venga, pasad a la casa y quitaos los zapatos: acabo de fregar el suelo». Unos niños nos miran boquiabiertos desde el patio. «Santi, ve a casa de la vecina y di a Vasili que ha llegado su hijo con la novia». «¡Voy!» Y nosotros entramos. Vasili me quita el abrigo moderno que compré rebajado y lo cuelga junto al horno. Luego acerca mis manos frías al costado de la estufa y apoya su mejilla: «¡Tú eres mi nodriza! Todavía está calentita…». En la cocina suenan cazuelas y jarras, tintinean vasos y cucharas de aluminio. Mientras mi suegra pone la mesa, yo observo la casa rural: en la esquina frontal, los santos; en las ventanas, cortinas blancas con flores; en el suelo y en los taburetes, alfombras tejidas a mano. Cerca del horno duerme un gato rojizo. «Nos casamos la semana pasada», comenta Vasili como si hablara desde lejos. Y la mesa se cubre rápido de manjares: al centro, gelatina de carne; alrededor, encurtidos, col fermentada, tomates, leche recién horneada con corteza dorada, empanada de huevo y cebolla… ¡Madre mía, qué hambre me entra! «Mamá, basta ya, esto daría para una semana», masculla Vasili mordiendo pan casero. Mi suegra deja junto al aspic una botella helada y, satisfecha, se limpia las manos en el delantal: «Ahora sí, todo listo». Así conocí a la madre de Vasili, idéntica a su hijo: morena, rubicunda — solo que él, tranquilo y dócil, y ella, tormenta inesperada y ruidosa. ¡Esta mujer ha domado más de un caballo rebelde y apagado alguna que otra casa en llamas! De pronto la puerta golpea fuerte. Entra el padre, un hombrecillo pequeño. «¡Menuda sorpresa, narices!» Sin quitarse la chaqueta ahumada y llena de hollín, abraza al hijo. «¡Hola, papá!» «Lávate las manos antes de saludar», ordena mi suegra. El hombrecillo me coge la mano: «¡Buenas, señorita!» Los ojos azules y pícaros de mi suegro relucen, la barba y cabellos cobrizos también. «Mujer, échame un buen plato de sopa», pide golpeando el lavamanos. Brindamos: «¡Por vosotros, queridos!» Y después de comer, me atrevo a preguntar: «Vasili, ¿por qué todos los hombres de tu familia se llaman igual?» «Muy sencillo, Valentina, todos somos estufistas de varias generaciones. Solo nuestro Vasinín decidió ser tornero». «¡Los torneros también hacen falta, papá!» «¿Y es difícil construir una estufa?» «Eso, muchacha, es un arte», dice mi suegro orgulloso, levantando el dedo. «Que quede bonita, que no eche humo, que hornee panes sabrosos. ¡No creas que soy débil! Los pelirrojos como yo, aguantamos— ¡besados por el sol!» — «¡El mío es un manitas!», salta mi suegra. «Papá, cuéntanos algo, que te escuchamos», pide Vasili. El abuelo suspira, se acaricia la barbilla y guiña un ojo: «¡Pues si queréis, escuchad! Primera historia…» Así, entre historias de siega, sustos con jabalíes y bromas, la tarde se hace noche. El té con miel y hierbas calienta aún más el ambiente. Al final, mi marido me sube cuidadosamente a la estufa para dormir, fuente de calor y centro del hogar, con su aroma de pan, hierbas secas y lana de oveja. Al otro lado alguien respira fuerte: «Puff-puf, puff-puf…». «¡El duende de la casa!», pienso, recordando la rima infantil: «Duende, duende, no queremos molestarte». Al alba descubro la verdad: no era el duende, sino la masa para el pan, olvidada en su rincón cálido. Y estoy segura de que volveremos a visitar a los entrañables padres de Vasili, a escuchar las historias del abuelo, calentarnos junto a la estufa y disfrutar del pan casero. ¡Pero eso, será otra historia!

Fuimos mi marido y yo al pueblo, a conocer a sus padres.
La madre de Juan salió al porche, se puso las manos en las caderas como una marquesa delante de un brasero y exclamó:
¡Ay, Juanito! ¿Por qué no avisaste? ¡Veo que no vienes solo!
Juan, de un abrazo, me apretó fuerte contra él:
Mira, mamá, te presento a mi mujer, Mariana.
Aquella montaña ceñida con un delantal con volantes, extendiendo sus grandes brazos, avanzó hacia mí:
¡Anda, hola nuerita!
Y, siguiendo la costumbre, me plantó tres besos sonoros.
De Consuelo Ramírez, así se llamaba mi suegra, emanaba un fuerte aroma de ajo y pan recién horneado.
Me apretó en sus brazos con tanta fuerza que llegué a asustarme.
Mi cabeza quedó atrapada entre sus dos almohadas bien mullidas los pechos de la suegra y, tras apartarme un momento para examinarme de arriba abajo con una mirada crítica, preguntó:
Juan, ¿de dónde has sacado a esta chiquilla?
Mi marido soltó una carcajada corta:
¡De la ciudad, mamá! ¡En la biblioteca! ¿Y papá?
Está en casa de la vecina, arreglando la cocina Anda, pasad adentro y quitaos los zapatos, acabo de fregar el suelo.
Unos niños curiosos del pueblo nos miraban boquiabiertos desde el patio.
Antonio, ve corriendo a avisar a doña Pilar. Dile que Juan ha llegado con su mujer.
¡Ahora mismo! respondió el crío, saliendo disparado calle abajo.
Entramos en la casa.
Juan me quitó el abrigo de entretiempo, moderno, que habíamos comprado en oferta, y lo colgó junto a la estufa.
Luego, puso mis manos rojas del frío sobre el lateral encalado de la estufa y apoyó su mejilla:
¡Ay, madre mía, qué bien calienta esto todavía!
De repente, comenzaron a sonar cazuelas y cacerolas, vasos tintineando, cucharas de aluminio repiqueteando en la mesa
Mientras mi suegra preparaba la comida con diligencia, yo observaba con curiosidad la casa de pueblo.
En la esquina, un pequeño altar con imágenes; en las ventanas, cortinas blancas de flores; por el suelo y los taburetes, alfombrillas de trapo hechas por ella misma. Junto a la estufa, un gato naranja dormitaba, haciéndose el remolón
Nos casamos la semana pasada me llegó la voz de Juan, como de lejos.
Me sorprendió cómo, en un instante, la mesa se llenó de manjares.
En el centro, sobre una fuente grande, un cocido frío lucía apetitoso. Alrededor, encurtidos: repollo fermentado, tomates en conserva; leche recién ordeñada con su nata dorada; una empanada de huevo picado y cebolla
¡Dios mío, cómo me apetecía comer!
¡Mamá, ya está bien! Aquí hay comida para una semana murmuraba Juan, mientras mordía un gran trozo de pan casero.
La suegra puso junto al cocido una botella de vino entelada de frío y, satisfecha, se secó las manos en el delantal:
¡Ya está, todo listo!
Así conocí a la madre de Juan.
Madre e hijo eran parecidos como dos gotas de agua: ambos de cabello oscuro y mejillas sonrosadas. Solo que Juan era parco y tranquilo, y su madre, como una tormenta de verano: imprevisible y sonora.
Pensé que no habría corcel ni incendio que se le resistiera
De pronto, la puerta del zaguán se abrió de golpe.
Entró en la cocina, envuelto en un soplo de aire helado, un hombrecillo menudito.
Ay, lo que faltaba, exclamó con alegría, aplaudiendo:
¡Vaya, vaya, esto es una sorpresa!
Sin quitarse la chaqueta vieja manchada de ceniza y humo, abrazó a su hijo:
¡Hola, muchacho!
¡Lávate las manos antes de saludar! ordenó mi suegra.
El hombrecillo me cogió la mano:
Encantado, señorita.
Tenía los ojos azules, divertidos y traviesos, una barba pelirroja muy rala, y el pelo rizado color cobre.
Consuelo, sírveme tú también un plato de caldo dijo mientras hacía sonar el barreño.
Alzamos los vasos:
¡Por vosotros, queridos!
Después de comer y beber, me animé y pregunté:
Don Manuel, ¿por qué todos los hombres de tu familia os llamáis Juan?
Muy sencillo, Marianita. Mi abuelo, mi padre y yo fuimos todos fogoneros, albañiles de hornos, por varias generaciones.
Solo mi Juanito y señaló a su hijo quiso ser tornero.
Padre, los torneros también hacen falta en el país.
¿Y es difícil construir un horno?
Eso, hija, ¡es todo un arte! levantó el dedo índice con solemnidad. Que sea bonito, que no eche humo, y que haga el mejor pan del pueblo. No te confíes por estos huesos, que los pelirrojos somos fuertes como el sol, ¡besados por él mismo!
¡Manuel es un manitas! intervino mi suegra.
Padre, cuéntanos alguna historia, anda, que te escuchamos.
Don Manuel suspiró, se acarició la barba y nos miró con picardía:
Bueno, si hay ganas, ¡atentos! Primera anécdota
Una vez, en julio, fuimos juntos a hacer la siega. Teníamos entonces a Blanquita, ¿recuerdas, mujer? Una vaca que daba leche para todo el pueblo.
Nos fuimos al campo todos: mujeres, hombres, y nosotros dos, Consuelo y yo.
El sol aún no asomaba tras el encinar cuando ya segábamos de lo lindo: zas-zas, zas-zas
¡Y qué calor infernal! Y los tábanos, picando sin compasión.
Esa temporada se llenó el monte de jabalíes, que ni en sueños imaginabas tal cantidad.
En pleno mediodía, cuando ya llevábamos litros de sudor y las fuerzas justas, pensé que había que animar el ambiente con una broma.
No sé si fue el calor o qué, pero empecé a correr gritando: ¡Socorro, que vienen los jabalíes!
Salté a un árbol; miré, ¡y todos trepando detrás, dejando hoces y rastrillos!
¡Ja, ja, ja! ¿Y qué pasó luego?
Pues que las mujeres y hombres casi me muelen a palos con los rastrillos. Eso sí, después trabajamos el doble de rápido.
Mi suegra, entre risas, le dio un capón cariñoso:
¡Menudo trasto eres!
Padre, mejor cuenta una de jabalíes de verdad.
Venga, puedo contar una real
Por aquel entonces éramos jóvenes, Consuelo y yo, y todavía no planeábamos tener hijos.
Yo era muy aficionado a la caza, pero desde aquel día no volví al monte. Cayó una nevada y le dije a Consuelo: Voy a cazar. Vete, respondió.
Cogí la escopeta y me fui. Caminé por el bosque, pero nada. Al atardecer, ya casi de vuelta, oí gruñidos: jabalíes cerca. Me acerqué y disparé, pero fallé.
Entonces un jabalí enorme cargó hacia mí. Corrí y trepé a un árbol como pude.
Seguro que estabas muerto de miedo añadió mi suegra.
¡Déjame acabar, mujer! Pues eso, ahí arriba, agarrotado, esperando que el jabalí se largara. Pero nada, se acostó bajo el árbol con toda la piara.
¿De verdad? ¿Y cómo saliste?
Pues, Mariana, pasé casi toda la noche agarrado al árbol. Por suerte no hacía mucho frío
¡Y yo que pensaba que te había pasado algo! En cuanto amaneció, reuní a los hombres del pueblo y fuimos a buscarlo. Lo encontramos y tuve que cargarlo en la espalda hasta casa, del susto que llevaba.
Eres puro nervio, Consuelo.
¡Anda ya, bribón! Mariana, ¿quieres una infusión, con un poco de miel de casa?
Por supuesto, gracias.
Consuelo sirvió té aromático en tazas grandes.
Juan, cuéntale cómo curaste a mi hermana.
Mi suegro casi se atraganta y se echó a reír:
Un día, la hermana de Consuelo nos avisa por telegrama: Voy a visitaros. La recibimos con todos los honores Un mediodía se queja: Me duelen mucho las piernas, no puedo caminar.
¿Has probado la apiterapia? le preguntamos.
¿Pero dónde voy a encontrar abejas en la ciudad?
Ven conmigo, que yo te curo.
¡Si parece el Doctor Dolittle! rió mi suegra.
Nos acercamos a las colmenas y le digo: súbete la falda, un poco solo, por encima de la rodilla Bueno, le puse una abeja en cada pierna.
Al principio me dio las gracias, pero media hora después, ¡menuda bronca me echó! Resultó alérgica al veneno, y se le pusieron las piernas como botas de agua.
¡Si ya te digo, médico de tres al cuarto!
¿Cómo iba a saberlo yo? Ni tú sabías nada. Mariana, toma miel, no tendrás alergia, ¿verdad?
No, don Manuel.
Pues menos mal
Acabamos el té.
Afuera ya era de noche, y yo sentía el cansancio.
Mi suegra cerró las cortinas:
Juanito, ¿dónde vais a dormir?
¿Podemos dormir sobre la estufa? ¿Te parece bien, Marianita?
¡Encantada!
En un momento lo preparo. Tu suegro la construyó con estas manos, ladrillo a ladrillo presumió la suegra.
Don Manuel miró la estufa con orgullo. Y no era para menos: daba calor, acogía, unía a la familia alrededor.
La llama viva ardía dentro, como un corazón.
Agradecimos la velada y nos levantamos. Juan, dándome una palmadita en la cadera, me ayudó a subir a la estufa.
Desde la penumbra, el aroma acumulado durante años me envolvía: ladrillo tostado, hierbas secas, lana de oveja, pan recién hecho
Juan se quedó dormido en seguida, pero yo no pegaba ojo.
¿Y esto qué suena?
A mi derecha, alguien roncaba rítmicamente:
Puf-paf, puf-paf
¡Un duende, seguro que era el duende de la casa! Yo había leído
Recordé una copla de la infancia:
Duende, duende, no te metas con nosotros
Por la mañana supe la verdad: no era ningún duende, sino la masa madre que mi suegra puso a fermentar cerca del calor y que, de puro cansancio, olvidó allí.
No sería la última vez que volveríamos a la acogedora casa de los padres de Juan: a escuchar historias de don Manuel, a arrimarnos al fuego, a comer pan casero.
Pero eso, ya lo contaré otro díaY aunque la vida nos llevó luego por caminos de asfalto, oficinas y relojes rápidos, yo siempre arrastré, guardada como un talismán, aquella primera noche de bienvenida.
De vez en cuando, entre el bullicio de la ciudad, el recuerdo del abrazo de Consuelo, el timbre travieso de don Manuel y el crepitar de la estufa me visitan, trayendo consigo el aroma profundo a hogar y a pan dorado.
Nunca supe bien si fue el calor del horno, el temple de las historias o el cariño de esa familia lo que encendió algo nuevo en mí, pero cada vez que el mundo me resulta demasiado ancho, enciendo el horno pequeño de mi piso, horneo pan con miel y, en la primera hogaza, descubro, crujiente y tibia, la promesa de aquel hogar:
Siempre hay un fuego al que volver y un cuento esperando ser contado.

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MagistrUm
Mi marido y yo fuimos al pueblo para conocer a sus padres — La madre de Vasili sale al porche con las manos en jarra, como una dama de trapo junto al samovar, y exclama: «¡Ay, Vasinín! ¿Por qué no avisaste? ¡Veo que no has venido solo!» Vasili me estrecha fuerte: «Mamá, te presento a mi esposa, Valentina». La «montaña» con su delantal con volantes avanza hacia mí: «¡Hola, nuerita!» Y, según costumbre, me besa tres veces. El aroma a ajo y pan recién hecho llena el aire. Me abrazo a mi suegra y mi cabeza acaba entre sus «almohadas» bien mullidas. Ella me observa de arriba abajo y pregunta: «¿Dónde has encontrado semejante pizpireta, Vasinín?» Él responde: «¡Pues en la ciudad! En la biblioteca… ¿Y papá está en casa?» — «Está con la vecina, liado con la estufa… Venga, pasad a la casa y quitaos los zapatos: acabo de fregar el suelo». Unos niños nos miran boquiabiertos desde el patio. «Santi, ve a casa de la vecina y di a Vasili que ha llegado su hijo con la novia». «¡Voy!» Y nosotros entramos. Vasili me quita el abrigo moderno que compré rebajado y lo cuelga junto al horno. Luego acerca mis manos frías al costado de la estufa y apoya su mejilla: «¡Tú eres mi nodriza! Todavía está calentita…». En la cocina suenan cazuelas y jarras, tintinean vasos y cucharas de aluminio. Mientras mi suegra pone la mesa, yo observo la casa rural: en la esquina frontal, los santos; en las ventanas, cortinas blancas con flores; en el suelo y en los taburetes, alfombras tejidas a mano. Cerca del horno duerme un gato rojizo. «Nos casamos la semana pasada», comenta Vasili como si hablara desde lejos. Y la mesa se cubre rápido de manjares: al centro, gelatina de carne; alrededor, encurtidos, col fermentada, tomates, leche recién horneada con corteza dorada, empanada de huevo y cebolla… ¡Madre mía, qué hambre me entra! «Mamá, basta ya, esto daría para una semana», masculla Vasili mordiendo pan casero. Mi suegra deja junto al aspic una botella helada y, satisfecha, se limpia las manos en el delantal: «Ahora sí, todo listo». Así conocí a la madre de Vasili, idéntica a su hijo: morena, rubicunda — solo que él, tranquilo y dócil, y ella, tormenta inesperada y ruidosa. ¡Esta mujer ha domado más de un caballo rebelde y apagado alguna que otra casa en llamas! De pronto la puerta golpea fuerte. Entra el padre, un hombrecillo pequeño. «¡Menuda sorpresa, narices!» Sin quitarse la chaqueta ahumada y llena de hollín, abraza al hijo. «¡Hola, papá!» «Lávate las manos antes de saludar», ordena mi suegra. El hombrecillo me coge la mano: «¡Buenas, señorita!» Los ojos azules y pícaros de mi suegro relucen, la barba y cabellos cobrizos también. «Mujer, échame un buen plato de sopa», pide golpeando el lavamanos. Brindamos: «¡Por vosotros, queridos!» Y después de comer, me atrevo a preguntar: «Vasili, ¿por qué todos los hombres de tu familia se llaman igual?» «Muy sencillo, Valentina, todos somos estufistas de varias generaciones. Solo nuestro Vasinín decidió ser tornero». «¡Los torneros también hacen falta, papá!» «¿Y es difícil construir una estufa?» «Eso, muchacha, es un arte», dice mi suegro orgulloso, levantando el dedo. «Que quede bonita, que no eche humo, que hornee panes sabrosos. ¡No creas que soy débil! Los pelirrojos como yo, aguantamos— ¡besados por el sol!» — «¡El mío es un manitas!», salta mi suegra. «Papá, cuéntanos algo, que te escuchamos», pide Vasili. El abuelo suspira, se acaricia la barbilla y guiña un ojo: «¡Pues si queréis, escuchad! Primera historia…» Así, entre historias de siega, sustos con jabalíes y bromas, la tarde se hace noche. El té con miel y hierbas calienta aún más el ambiente. Al final, mi marido me sube cuidadosamente a la estufa para dormir, fuente de calor y centro del hogar, con su aroma de pan, hierbas secas y lana de oveja. Al otro lado alguien respira fuerte: «Puff-puf, puff-puf…». «¡El duende de la casa!», pienso, recordando la rima infantil: «Duende, duende, no queremos molestarte». Al alba descubro la verdad: no era el duende, sino la masa para el pan, olvidada en su rincón cálido. Y estoy segura de que volveremos a visitar a los entrañables padres de Vasili, a escuchar las historias del abuelo, calentarnos junto a la estufa y disfrutar del pan casero. ¡Pero eso, será otra historia!