Mira, te voy a contar algo como si lo estuviéramos charlando en la cocina tomando un café. Imagínate a Carmen, que estaba sacando del horno una empanada de atún, de esas que te dejan la casa oliendo a mar y a gloria bendita. En la mesa ya tenía preparado un plato de gazpacho y solo le faltaba terminar de hacer el compot de manzana. Todo lo que le gusta a su marido, Víctor.
Carmen vivía en una casa de pueblo, de las de toda la vida, de esas que nunca terminan de estar arregladas y siempre necesitan un par de manos fuertes para poner orden. Mientras la casa se llenaba de aromas, ella se asomó a la ventana, porque justo enfrente estaba la parada del autobús, donde Víctor tenía que bajarse después de pasarse tres meses trabajando de temporero en el norte, en una conservera de Bilbao.
Desde que se casaron, hace cinco años, habían decidido dejar el piso de Víctor en Madrid y mudarse a esa casa más grande en un pueblo de Toledo. Vendieron el piso y con los euros compraron la casa y se lanzaron a montar un pequeño negocio, pero les salió el tiro por la culata y Víctor tuvo que irse a trabajar por temporadas al País Vasco. No ganaba mal, pero menuda paliza era para Carmen comerse tres meses sola cada vez. A veces hasta se le olvidaba que era una mujer casada.
No tenían hijos, porque Víctor siempre decía que primero había que estabilizarse y si él se iba tanto tiempo, cómo iba a dejarla sola criando a un niño. Carmen a veces se mordía la lengua, pero bueno, le aguantaba el razonamiento.
El día que Víctor volvía, Carmen siempre se cogía libre en el trabajo, cocinaba sus platos favoritos y se plantaba delante de la ventana esperando ver el autobús. Pues bien, justo ese día, lo vio llegar con su clásica maleta enorme. Pero no estaba solo… Llevaba a un niño pequeñito en brazos, con una mano la maleta y con la otra al niño. Ni le saludó como siempre, porque claro, no le quedaban manos libres.
Carmen se quedó tiesa, pensando: ¿y este niño?, ¿será hijo de algún compañero y le está haciendo el favor de traerlo? Oye, que no, que sube a casa con el crío. Entra, deja la maleta, coloca al niño en el suelo, y el pequeñajo se le agarra a la pierna como si su vida dependiera de ello.
Bueno, Carmencita, ¿no me vas a dar un beso tras tanto tiempo? dice Víctor, pero ni le salía la sonrisa de siempre.
Carmen lo abrazó, claro, pero le preguntó enseguida de quién era ese niño y qué estaba pasando allí. Víctor hizo un suspiro larguísimo y se lo llevó a la habitación a Tolito, que así se llamaba el niño, y le dio un modelito de avión para que se entretuviera. Carmen lo observaba y ya sabía que algo gordo había pasado, porque nunca dejaba que nadie tocase ese dichoso modelo de avión.
Cuando por fin se quedaron a solas en la cocina, Víctor ni levantó la mirada para empezar a contárselo, mientras ella le servía el gazpacho y la empanada.
Es que ese niño es mi hijo, Carmen. No te imaginas cómo me siento Hubo una historia con una compañera cocinera. Fue un lío pasajero, de esos que no deberían pasar, pero pasó y ella se quedó embarazada. Yo ni lo sabía. Hace poco… falleció, un accidente con un animal y la criatura se ha quedado solo. Soy el único responsable.
Carmen flipó. ¿Así que él le decía que no era momento de tener hijos pero mientras tanto tenía uno por ahí? Se le rompió el alma y hasta la voz. Quería gritar pero solo le salían susurros:
Y lo has traído aquí, ¿qué va a pasar ahora? ¿Y ahora qué hago yo con esto?
Carmen, no sé Si quieres que nos vayamos, nos vamos los dos. Pero si quieres que me quede, tienes que aceptar a Tolo, porque es mi hijo. Sólo te he sido infiel esa vez, te lo juro, y nunca más volverá a pasar si me perdonas.
Ella lo veía ardiendo de vergüenza y arrepentimiento, y también se le derrumbaba el mundo, porque lo quería un montón, pero no sabía qué hacer con ese niño. Salió de casa sola, a andar por el pueblo sin rumbo ni dirección, con una tormenta en la cabeza que no la dejaba respirar. Hasta se le cruzó por la cabeza tirarse al río, pero su instinto fue más fuerte. Sabía que, aunque le costara, iba a tener que aceptar la situación porque lo que de verdad le importaba era estar con Víctor, aunque ahora hubiese un pequeño entre los dos.
Esa noche volvió muy tarde a casa y se asomó a ver al niño dormido, delgadito y con aire enfermo. No pudo evitar sentirse rara, como si el crío fuera una sombra de lo que había sucedido, no sentía ni lástima, solo le daba rabia.
Tolo tenía dos añitos, era callado y siempre iba pegado a Víctor, porque con Carmen sentía que ella lo rechazaba. Víctor lo cuidaba, le daba de comer, lo bañaba, pero tampoco se desvivía por él. Carmen, la primera semana, no dirigió palabra ni al crío ni a su marido, pero el día a día y las tareas de casa la fueron ablandando. Acabó perdonando a Víctor, pero al niño, nada de nada.
A los dos meses Víctor le cuenta a Carmen que tiene que volver a la fábrica en Bilbao y que el niño se va a quedar con ella. Que ya ha conseguido plaza en la guardería, solo faltan unos papeles, que lo lleve por la mañana y lo recoja por la tarde, que Tolo no da guerra. Nada de obligaciones, solo lo básico.
El pobre niño, que escuchó todo desde el pasillo, tras quedarse solo con Carmen empezó a apagarse. Un día, después de recogerlo de la guardería, no quiso ni cenar, se tumbó en su cama y Carmen, al pasar, notó la cara encendida como si tuviera fiebre. Fue a tocarle la frente y casi se quema, el niño estaba ardiendo. Asustada, le puso el termómetro y marcaba 40. Salió disparada a llamar a urgencias y mientras esperaba, pensaba: Este niño ha aguantado que yo ni le hablara, que apenas le mirara y todavía es bueno y callado. ¿Qué me ha hecho él?.
En el hospital, Carmen empezó a mentir diciendo que era su hijo adoptado. De repente sintió que sí, que tenía que ser así. Los días que pasó en el hospital viendo cómo Tolo se agarraba a ella fueron como si se le derritiera el corazón poco a poco. Y ya, cuando salieron y el niño la llamó mamá por primera vez, Carmen lloró como nunca. Finalmente lo adoptó oficialmente y fue su mamá de todo corazón y por ley.
Año y medio después, Tolo era otro, feliz, con una mamá que lo adoraba, pegado siempre a su lado. Hasta casi se olvidó de su padre, cosa que a Víctor ni le molestó. Pero cuando Víctor volvió a irse de temporada, ocurrió algo horrible: hubo un accidente de autobús con varios de sus compañeros y, después de buscar y buscar, dieron a Víctor por desaparecido.
Carmen cayó en una tristeza brutal, pero gracias a Tolo logró salir adelante. Un año después, lo dieron oficialmente por desaparecido, y justo cuando iban a declararlo fallecido, ¡va y aparece!
Una tarde lluviosa, Carmen llegó a casa tras pasear a Tolo, y al entrar en la cocina, lo ve a Víctor sentado tan tranquilo comiéndose otro de sus pasteles. Le dijo sin despeinarse que estaba vivo, que aquel fatídico día se había ido con una amiga a la Costa del Sol y había decidido empezar una vida nueva con ella. Que ahora, como esa señora era mayor y no podía tener hijos y querían casarse, venía a por el divorcio… y a llevarse a Tolo con él.
Carmen se volvió loca. Como una leona. ¡Antes muerta que darte a mi hijo! ¡Es mío, por ley y por amor! ¿Qué te crees, que me lo puedes quitar así como así?. Victor, viendo la furia de Carmen, recogió lo que le quedaba de empanada y salió echando pestes. Tolo, que lo había oído todo desde el pasillo, corrió a los brazos de su madre llorando que no quería irse de allí, que quería quedarse con ella.
Y así fue, Carmen y Tolo se quedaron juntos, más unidos que nunca. Si te soy sincera, ninguno de los dos necesitaba nada más, porque se tenían el uno al otro, y con eso les bastaba.







