Mi marido se presentó en casa con un amigo para “estar unos días”, así que recogí la maleta en silencio y me marché a un balneario.
Tú pasa, hombre, no te cortes, haz como en tu casa se oía desde el recibidor la voz entusiasta de mi marido, seguida del ruido sordo de algo pesado cayendo al suelo. Claudia va a poner la mesa, llegamos justo a tiempo.
Claudia se quedó petrificada con el cucharón en la mano. No esperaba a nadie esa noche. De hecho, había planeado una tranquila cena familiar frente a la tele, y el único invitado que aceptaba con los brazos abiertos era el santo descanso, sobre todo tras una semana infernal en la gestoría. Dejó el cucharón, se secó las manos en el paño de cocina y salió al pasillo a investigar el misterio.
La escena obligaba a presagiar lo peor. Su marido, Juan, resplandecía como latón bruñido mientras ayudaba a sacarse la cazadora a un hombre corpulento, de rostro hinchado y la nariz tan colorada que daría envidia a un festival de San Fermín. En el rincón, una bolsa deportiva gigante apretada hasta reventar parecía que de un momento a otro estallaría en chorizos y calzoncillos.
¡Claudia! exclamó Juan con una sonrisa lista para anuncio de dentífrico. Te he traído una sorpresita. ¿Recuerdas a Fermín? ¡El de la universidad! El que tocaba la guitarra como nadie…
A Claudia le sonaba aquel Fermín de la universidad de manera difusa: un tipo ruidoso del fondo del aula, abonado a pedir cigarros y apuntes a tutiplén. Pero de aquel chaval ya sólo quedaba la matrícula: Fermín se había expandido a lo ancho, lucía una panza de campeonato, calva reivindicativa y una mirada que analizaba el salón como quien olfatea la carta de un restaurante.
Buenas noches, señora de la casa gruñó el invitado, quitándose los zapatos y lanzándolos como si fueran boinas a la estantería. Tenéis un piso la mar de majo. Espacioso.
Buenas noches respondió Claudia contenida, derramando sobre Juan esa mirada de ahora mismo me convierto en dragona que le picaba en la espalda.
Juan corrió a abrazarla por los hombros y le susurró en modo conspiración, intentando que Fermín no oyera nada desde el baño:
Claudia, ha pasado una cosa… A Fermín le ha largado la parienta, una arpía. Lo ha echado a la calle sin compasión. El piso era de ella, de hecho de su madre, él ni estaba empadronado. No tiene a dónde ir. Anda mal de pasta. ¿Se puede quedar unos días? Una semanilla hasta que encuentre sitio… O que la esposa le perdone, ya sabes. No podía dejarlo tirado, me conoces…
Sí, Claudia lo conocía demasiado bien. Juan era bueno, pero de esas personas que confunden la bondad con papel higiénico y se dejan usar como tal. No sabía decir que no, sobre todo si le recordaban viejos tiempos y le ponían cara de cordero degollado.
¿Una semana? musitó Claudia. Juan, aquí sólo hay dos habitaciones, ¿dónde va a dormir? ¿En el salón? ¿Y nosotros dónde nos sentamos por las noches?
Bah, mujer resopló Juan con desdén. Una semanilla tomando infusiones en la cocina. Pero hacemos obra buena, hombre. Fermín es muy apañado y tranquilo, ni te vas a enterar.
El “tranquilo y apañado” salió del baño secándose las manos con la toalla de invitados, nuevecita y blanca, la preferida de Claudia.
¿Aquí se cena pronto o cómo va esto? preguntó Fermín, mirando la cocina como un lobo hambriento. No he catado bocado desde el alba. Entre recoger las cosas, venir en Metro, que nervios, oye…
La cena se convirtió en un espectáculo “Fermín contra la despensa”. Comía como si jamás fuera a aparecer otro bocadillo en su vida; el cocido volaba, las albóndigas desaparecían en formación. Todo acompañado de sus comentarios.
El cocido está pasable aunque, le falta un toque de ajo masculló, rebañando el plato con pan. Mi ex, Manoli, lo hacía de esos espesos que quedaba la cuchara de pie. Esto parece dieta, ¿eh?
Claudia reprimió una réplica, Juan sólo sabía sonreír avergonzado mientras colmaba el plato de su amigo.
Come, Fermín, come. Claudia cocina de maravilla.
No me quejo, Juanito, no me quejo alzó el vaso el invitado y lo llenó de un orujo traído de su mochila, para ser de ciudad está bien. Ya sabes, los currantes duros necesitamos alimento del fuerte. ¿No tienes unas cervezas? Que esto no entra ni patrás con albóndigas…
Esa noche, el televisor del salón rugía a tal volumen que temblaban los cristales. Fermín, ocupando el sofá como un sultán, veía películas de tiros y aporreaba cada escena con sus análisis expertos. Juan asentía, correteando a la cocina a por bocatas y tazas de café. Claudia, exiliada de su propio salón, se fue al dormitorio a intentar leer. Pero las explosiones y el jolgorio de la visita llegaban incluso al Amazon Kindle.
La pesadilla matutina arrancó igual o peor. Claudia bajó a la cocina a preparar café y hacerse al mundo laboral cuando se topó con la cordillera del Himalaya en forma de platos sucios. Encima de la mesa había migas, manchas de tomate y una botella vacía tumbada junto al tapete que le bordó su abuela. Fermín roncaba a pierna suelta en el sofá, con tal dedicación a la acústica que el perro del vecino ladraba angustiado. El tufo a resaca y calcetín mutante flotaba en el ambiente.
Juan, con más legañas que dignidad, salió del baño.
Ay, Claudia, perdona, anoche se nos fue de las manos eso de recoger… Luego lo limpio, te lo juro.
¿Luego? Claudia miró el reloj. ¿Y con qué vais a desayunar? No quedan platos limpios.
Ahora enjuago un par yo…
Claudia se bebió el café intentando no convertir al invitado en estatua de sal, se puso la chaqueta y salió disparada. En el trabajo, cada vez que pensaba en volver a SU casa, se le encogía el estómago. Ya ni siquiera era su refugio, ni lo sentía suyo.
La tarde le confirmó sus peores sospechas. Sí, habían fregado, pero regular. Quedaban cercos en todo; la casa olía a fritanga atómica. Fermín, de camiseta interior y la panza al viento, fumaba tan campante en la ventana de la cocina, pese a los millones de veces que Claudia le recordó a Juan que en casa no se fumaba.
¡Hombre, la dueña de la mansión! la saludó Fermín, ahumando la lámpara del techo. Hemos frito patatas, nosotros solitos, ¡en tocino y todo! Siéntate, tía, invita la casa. Eso sí, tuve que bajar al súper porque aquí tocino, ni olerlo. Menos mal que Juan me apañó unas monedas, que me bloquearon la tarjeta…
Claudia ojeó la cocina. La vitrocerámica cubierta de grasa, el suelo salpicado de cáscaras y fritos.
No tengo hambre dijo fría como el hielo. Juan, por favor, ¿te puedo ver un segundo?
Le arrastró al dormitorio y cerró la puerta casi con cerrojo.
Vamos a ver, ¿esto qué es? ¿Por qué fuma en la cocina y me deja el piso como un after? Me prometiste que sería como un fantasma.
Claudia, tranquila mujer intentó rodearla con el brazo, pero la vio más rígida que el microondas. Está estresado, necesita desconectar. Lo recogemos todo, te lo prometo. ¡En una semana ni te acuerdas!
¿Que busca casa? ironizó Claudia. ¿Desde el sofá viendo partidos?
Si ha llamado a gente, sí. No seas cruel, los amigos están para algo.
Las siguientes jornadas fueron una tortura. Fermín colonizó el salón: estaba en casa día y noche con la excusa de estar de vacaciones sin sueldo, vaciaba la nevera en una tarde, vivía en calzoncillos y ocupaba el baño más que una influencer con spa propio. Dejas la pasta de dientes y la encuentras sumergida en agua.
El viernes fue la gota final.
Claudia volvió antes del trabajo deseando meterse bajo el agua caliente y taparse hasta las cejas. Abre la puerta, la recibe un jaleo entre chistes, música y olor a porro. Entre los zapatos antiguos había sandalias de plataforma y unas botas de hombre. Curiosa, va al salón: Fermín, otro tipo desconocido y una mujer pintarrajeada apuran cervezas en su mesa favorita, esa de madera de roble que cuidaba más que a sus geranios. Juan, rojo como un centollo, no sabía dónde meterse.
¡Uy, la dueña! aulló Fermín. Juan, pon otra ronda. Claudia, esta es Ingrid, la reina del karaoke y aquí el gran Mateo. Pásate un viernes en condiciones, mujer.
Claudia miró el circulo de humedad que un vaso había dejado en su mesa; el cigarro de la susodicha Ingrid extinguía la vida en el azucarero de cristal. La mirada de Juan era la de tierra, trágame.
No gritó, ni rompió platos ni echó a nadie. Un interruptor interior cambió furia por hiperclaridad. Ni una lágrima ni un portazo.
Buenas noches dijo con calma glacial. No voy a molestaros.
Se metió en el dormitorio, cerró bien la puerta y, al ver que, tras un murmullo, la fiesta seguía apenas más baja, abrió el armario, sacó la maleta grande y fue empaquetando: bata, zapatillas, bikinis, vestidos, pantalones cómodos, cremitas, libros que nunca tenía tiempo de leer Y agradeció al cosmos acumular dos semanas de vacaciones que su jefa llevaba meses rogando que usara y, aún más, tener ahorros propios a los que Juan jamás puso un dedo.
Abrió el portátil, buscó ese balneario de lujo en Galicia donde siempre soñó darse un homenaje, eligió suite con vistas al jardín, pensión completa, spa, masajes. Reservó. Pago hecho. El check-in, mañana por la mañana.
Maleta lista, a la cama. Tapones en los oídos para amortiguar la bacanal.
Al alba todo era silencio. Claudia se duchó, se vistió y con la dignidad por montera, salió con su maleta. Dejó una nota breve en la mesa, entre latas vacías y restos de tortilla frita: Me he ido al balneario. Vuelvo en una semana. No hay comida en la nevera. Este mes, el alquiler lo pagas tú.
El taxi esperaba abajo. En cuanto el coche arrancó, sintió cómo una tonelada de peso caía al vacío por la ventanilla.
Los dos primeros días en el balneario fueron gloria. Caminó entre bosques, sorbió zumos naturales, flotó en la piscina como una sirenita aburguesada y devoró libros. Apagó el móvil, sólo lo consultaba una vez al día, por si los alienígenas invadían Madrid.
Los intentos de contacto de Juan empezaron el primer día. Un par de llamadas, algunos mensajes:
Claudia, ¿dónde estás?
En serio, no tiene gracia, ¿dónde te has metido?
Nos hemos despertado y nada
No hay qué comer, ¿no podías haber dejado una ensalada hecha?
Claudia leyó, sonrió y se fue al masaje de chocolate caliente.
Al tercer día, el mensaje tenía un tono más angustiado.
Claudia, coge el móvil. ¿Dónde están los calcetines limpios?
¿Cómo demonios se enciende la lavadora? Hace luces raras y no arranca.
Fermín pregunta por toallas de repuesto, ha ensuciado la suya.
No queda lavavajillas ni papel del váter. ¿Dónde está el alijo?
Claudia sólo contestó uno: La lavadora: tutorial en YouTube. El resto, compra en el súper. Si hay para cervezas, para Fairy también.
Al cuarto día, llamada directa. Claudia justo estaba en el bar saludable tomando infusión de hierbas, así que contestó.
¡Claudia! Por fin… la voz de Juan era la de quien ha visto la Virgen del Rocío de cerca. ¿Cuándo vuelves? Esto es una locura.
¿Qué pasa, Juan? Yo estoy de cura termal y barros. ¿Algún problema?
¡Esto es un desastre! Fermín se ha pasado: ayer trajo a un regimiento de colegas a ver el fútbol, gritaban tanto que la vecina, doña Rosario, llamó a la policía. ¡He tenido que firmar un parte y pagar treinta euros de multa!
Bueno, tú decías que había que ayudar a los amigos… musitó Claudia sin poder evitar ese tono de madre vestida de Super Woman. A arreglarlo, jefe. Eres el dueño, ¿no?
Claudia, ¡que no podemos más! No hay nada de cena, llego molido del trabajo, la casa huele a sobaco, Fermín reclama cena y me llama mal anfitrión.
Y yo, ¿qué pinto? Tú peor que yo, porque según tu amigote, yo soy una pijita que no vale para los guisos del pueblo. Que te enseñe él, haced chuletas.
No puedo echarle, me da corte Es mi amigo, lo está pasando fatal.
Eso ya es decisión tuya, Juan. Tu casa, tus reglas, tus consecuencias. Vuelvo el domingo por la noche. Si al llegar veo la casa hecha unos zorros o rastro de tu amigo, me doy la vuelta y me instalo con mi madre. Y pido el divorcio. No es una amenaza. Es el menú de hoy.
Colgó y se fue a la exfoliación facial, sintiéndose leve e invulnerable. Antes se hubiera sentido la peor bruja de Zamora sólo por plantear un ultimátum. Pero convivir con Fermín le enseñó que la paciencia no siempre es virtud, a veces es dejar que te pisoteen.
El resto de la semana voló. Claudia dormía mejor que en tres lustros, hasta le relucían los ojos y la expresión de ánimo perpetuo había desaparecido.
El domingo cogió el taxi de vuelta. En el ascensor no sentía miedo, pero sí la calma de los que ya han aceptado cualquier riesgo con altura.
Abrió la puerta.
Olía a lejía, a limón y… a pollo asado. Y olía bien.
Por el pasillo, ni rastro de maletas ni indeseados. Los zapatos de Juan estaban colocados como soldados.
Él asomó por la cocina con cara de exorcismo, ojeras como cuevas, afeitadito y camisa planchada.
Hola… musitó.
Claudia inspeccionó sin disimulo: el salón como nuevo, alfombra limpia, sofá reconstruido, la mesa relucía, ventanas abiertas, la peste tabacazo erradicada.
En la cocina, la vajilla brillando y el horno perfumando el piso. Era un milagro.
¿Y Fermín? preguntó sacándose el abrigo.
Juan suspiró, medio arrepentido y medio liberado.
Le eché. El jueves, en cuanto hablamos.
¡Qué dices! ¿Sin traumas?
Cuando me dijo que me fuera a por cerveza que pa eso mando yo, yo recién llegado de una paliza en el curro y fregando su sartén asquerosa Se me fue la cabeza. Le dije que recogiera y desapareciera.
¿Y él?
Insultó, gritó, me llamó calzonazos y vendido a las faldas. Incluso me pidió pasta por daños emocionales. Le di cincuenta euros para el taxi y le tiré la bolsa al rellano. Cambié la cerradura. Después, dos días limpiando a fondo. Fui a casa de doña Rosario a pedir disculpas y regalarle bombones.
Juan se aferró a las manos de Claudia, ásperas del trabajo pero cálidas.
Perdóname. He sido un zote. Pensaba que no era para tanto. No veía… Me acostumbré a que todo estuviera hecho, a tener la casa lista, la comida puesta. Estos cuatro días casi me hundo. ¿Cómo lo soportas? Y encima, trabajando fuera…
Claudia notó en su mirada otra cosa, algo parecido a haberse quitado las gafas del machismo blando y ver la luz verdadera.
No lo soporto, Juan. Cuido de nosotros, pero no me apunté para mantener parásitos de gran tamaño.
Prometido. Nunca más invitados a dormir. Y Fermín, menos aún me ha llenado el móvil de mensajes, está bloqueado. Jamás le abro la puerta.
Siéntate, campeón, que si no el pollo se te carboniza.
Cenaron en silencio gustoso. Juan la servía, se esmeraba, hasta puso la mejor parte de la pechuga en su plato.
¿Y el balneario? ¿Te ha gustado? preguntó tímido.
Mucho. De hecho, he decidido ir cada seis meses. Una semana me sabe a poco. Y, entre nosotros, deberías aprender a cocinar algo más que huevos fritos. Por si acaso vuelvo a fugarme.
Me apunto a YouTube ya mismito seriote, prometió Juan.
Al día siguiente, una amiga común le contó a Claudia que Fermín había vuelto con la madre de su ex, en plan camorrista, y encima le estaban echando vía legal porque tenía más deudas que principios. Resulta que hacía un mes que le echaron del trabajo por borracho, y lo de la expulsión sorpresa era purita excusa para buscar pensión gratuita.
Cuando Juan se enteró, sólo meneó la cabeza y abrazó a Claudia como si abrazara su propio colchón. Había aprendido la lección: las fronteras familiares son sagradas y jamás se vuelven a franquear a la ligera. Claudia comprendió que para que te escuchen, a veces, basta con el portazo silencioso y dejar que la vida le explique al otro las consecuencias de sus actos.
Aquello les cambió la vida, no de golpe, pero lo suficiente. Juan no se volvió el amo de casa, pero ya no daba por hecho el esfuerzo invisible. Y por fin aprendió a decir no. Cuando un primo tercero le pidió pasar un par de noches de paso, Juan le recitó amablemente la lista de hostales económicos del barrio.
Claudia, desde la cocina, removiendo la sopa, sonreía feliz. Un balneario es gloria bendita. Pero un hogar donde te valoran y te respetan no tiene precio.
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