Mi marido trajo a casa a un amigo para quedarse “solo una semanita”, así que hice la maleta en silen…

Nada, pasa, hombre, siéntete como en tu casa me llegó la voz alegre de mi mujer desde la entrada, y enseguida escuché el ruido sordo de algo pesado dejándose sobre el suelo. Margarita está poniendo la mesa, hemos llegado justo a tiempo.

Margarita se quedó petrificada, con el cucharón en la mano. No esperaba visitas, mucho menos esa noche, que la teníamos reservada para una tranquila cena de viernes frente al televisor, el único invitado deseado era el ansiado descanso después de otra semana infernal en la gestoría. Dejó el cucharón en el soporte, se secó las manos en el paño y salió al pasillo.

La escena que presenció no auguraba nada bueno. Ricardo, mi marido, lucía una sonrisa de oreja a oreja mientras ayudaba a quitarse la chaqueta a un hombre corpulento de rostro abotargado y nariz colorada. En un rincón, una bolsa enorme de deportes luchaba por contener su contenido; la cremallera parecía a punto de reventar.

¡Ah! ¡Marga! me vio Ricardo y su sonrisa se ensanchó aún más. Te he traído una sorpresa. ¿Recuerdas a Salvador? ¡Íbamos juntos a la facultad, hombre! El que tocaba la guitarra mejor que nadie.

Margarita recordaba vagamente a Salvador: aquel chico ruidoso del fondo del aula, siempre pidiendo cigarrillos o los apuntes ajenos. De aquel estudiante quedaba poco: ahora Salvador se había ensanchado, lucía una panza considerable y la calvicie le coronaba la cabeza, mientras sus ojos recorrían el piso con una perspicacia inquieta.

Buenas, señora gruñó el invitado tirando sus zapatos de cualquier manera hacia la estantería de calzado. Vaya pisito tenéis aquí, espacioso, ¿eh?

Buenas noches respondió Margarita con frialdad, mirando a su marido. En sus ojos brillaba una pregunta muda que a Ricardo le destrozó la espalda de inmediato.

Mi marido se me acercó apresurado, me pasó el brazo por los hombros y susurró, bajando la voz para que Salvador, que iba ya al lavabo, no oyera:

Marga, mira, es que… Salvador está fatal, tía. Su mujer, una bruja, lo ha echado de casa. Directamente a la calle, ¿te lo puedes creer? El piso era de ella, bueno, de la suegra, y ni siquiera estaba empadronado ahí. Está sin blanca, no tiene a dónde ir. ¿Puede quedarse con nosotros una semanita mientras encuentra algo o se arregla con la mujer? No podía dejarle tirado, tú me conoces.

Margarita conocía a Ricardo demasiado bien. Era muy buena persona, pero esa bondad suya a veces rozaba la ingenuidad, incapaz de decir que no a un amigo cuando le tocaban la fibra o tiraban de recuerdos universitarios.

¿Una semana? repitió ella en voz baja. Ricardo, vivimos en un piso de dos habitaciones. ¿Dónde va a dormir? ¿En el salón? ¿Y nosotros, dónde nos sentamos por las tardes?

Va, Marga, no exageres respondió él restando importancia. Una semana tomando el té en la cocina tampoco es para tanto. Es muy buen tipo, te prometo que ni lo notarás. Silencioso y formal.

El silencioso y formal acababa de salir del lavabo, secándose las manos con nuestra mejor toalla de invitados, recién puesta aquel mismo día.

¿A qué hora cenamos? preguntó Salvador con desparpajo, asomando la cabeza a la cocina. No he probado nada desde el desayuno, entre recoger las cosas y venir para acá, menuda mañana…

La cena fue, para Margarita, como un monólogo de un solo actor: Salvador comía como si se le acabase el mundo. La sopa desaparecía a ritmo inhumano, las croquetas volaban una tras otra. Todo aderezado con comentarios.

La sopita no está nada mal, con sustancia, aunque le falta un toque de ajo. La mía, la que hacía mi ex, Lucía, era de esas que se queda la cuchara de pie. Aquí está un poco aguada, algo light, ¿no?

Margarita apretó los labios, pero no dijo nada. Ricardo, avergonzado, solo sabía servirle otra ración.

Tú disfruta, Salva, que Margarita cocina de maravilla.

No lo dudo dijo Salvador, rellenándose una copa de orujo que traía él mismo. Para una señorita fina de ciudad está bien. Los de pueblo, ya sabes, somos de comida recia. Ricardo, ¿no tendrás una cerveza? Esto con vodka no pega.

El resto de la noche, la tele en el salón rugía con una película de acción; Salvador espatarrado en el sofá, comentando hasta los golpes, y Ricardo sentado al lado, asintiendo y corriendo a buscar más aperitivos y tazas de té. Para Margarita no había hueco en su propio salón. Se marchó a la habitación, cerró la puerta e intentó leer, pero el jaleo traspasaba las paredes.

Por la mañana todo seguía igual. Margarita entró a la cocina para prepararse un café antes del trabajo y se topó con una montaña de platos sucios en el fregadero. Migas y manchas sobre el mantel, una botella vacía. Salvador dormía en el sofá-cama, roncando como una máquina de tren. El olor a alcohol y pies sucios lo invadía todo.

Ricardo, despeinado y medio despierto, salió del baño.

Perdona, Marga. Ayer se nos fue la hora, no recogimos nada. Lo hago por la tarde, lo prometo.

¿Esta tarde? miró ella el reloj. ¿Y de qué vais a desayunar si no hay ni un plato limpio?

Me lavo dos en un momento

Margarita se bebió el café sin dirigir la mirada adonde Salvador dormía, se vistió y se fue. Todo el día en la oficina pensando que no le apetecía volver a casa. Ese rincón acogedor, tan suyo, había dejado de serlo.

Por la tarde, sus temores se confirmaron. Los platos estaban “limpios”, pero aceitosos, y la casa apestaba a grasa. Salvador fumaba en la cocina, ventana abierta, a pesar de mis infinitas advertencias a Ricardo de que jamás se fumara dentro.

¡La señora de la casa! dijo Salvador lanzando una bocanada de humo al techo. Hemos hecho patatas fritas, con grasa de cerdo. Como no teníais, fui a la tienda, le pedí a Ricardo, que yo tengo la tarjeta bloqueada.

Margarita miró la encimera salpicada de grasa y las cáscaras de patata en el suelo.

No tengo hambre respondió cortante. Ricardo, ven un segundo.

Me llevó a la habitación, cerró la puerta y soltó:

¿Pero esto qué es? ¿Por qué fuma aquí y este desastre? Dijiste que ni lo notaría y me tiene desalojada.

Marga, por favor, está disgustado, se está relajando… Recogeremos todo. Solo es una semana y ya va buscando piso.

¿Buscando? ¿Desde el sofá con una cerveza?

Te lo juro, llamó a gente. No seas aguafiestas, que para eso están los amigos.

Los siguientes tres días fueron un infierno: Salvador estaba siempre en casa (“con permiso del trabajo, que no le pagan esos días”), se zampaba todo lo que cocinaba Margarita y se paseaba en calzoncillos. Monopolizaba el baño y lo dejaba hecho unos zorros.

Pero el viernes colmó el vaso.

Margarita llegó pronto a casa, soñando con un baño caliente y cama. Al abrir la puerta oyó risas y música. En el pasillo había más zapatos: además de Ricardo y Salvador, unos tacones rojos y otros zapatos de hombre.

Fue al salón. Allí estaban Salvador, un desconocido, y una mujer supermaquillada. Ricardo, rojo como un tomate, hecho un ovillo en una banqueta. En la mesa, una alineación de botellas y comida directamente sobre su apreciada mesa baja de roble.

¡Mira quién ha llegado: la jefa! gritó Salvador. Ricardo, echa otro chupito. Margarita, te presento a Paco y Loli, celebramos el viernes culturalmente.

Margarita miró el redondel húmedo en la mesa de roble, a la colilla que Loli apagaba en la bombonera de cristal, a su marido encogido en la esquina.

No montó escándalo, ni gritó ni echó a nadie. Solo sintió una calma helada y lúcida.

Buenas noches, no quiero interrumpiros.

Se giró, fue al dormitorio y cerró con llave. El ruido bajó, pero al rato volvió la música, aunque más baja.

Margarita abrió el armario y sacó la maleta grande. Empacó con método: bata, zapatillas, bañador, vestidos, pantalones cómodos, cosméticos, y los libros que tenía pendientes. Pensó agradecida en las dos semanas de vacaciones que le quedaban por tomar y en el pequeño ahorro personal al que Ricardo no tenía acceso.

Encendió el portátil, reservó una semana en un balneario de la Sierra de Madridhabitacíon “suite con vistas al parque”, pensión completa, spa, masajes; reservó, pagó y guardó el comprobante.

Acabó de hacer la maleta, se tumbó con tapones. La fiesta se fue apagando.

Al despertar, la casa estaba en silencio muerto. Los invitados habrían salido de madrugada; Ricardo y Salvador dormían como troncos. Margarita se duchó, cogió la maleta y salió. Dejó una nota en la mesa de la cocina, entre los restos de la juerga: Me voy al balneario. Vuelvo en una semana. No hay comida en la nevera. Este mes pagas tú el alquiler.

El taxi la esperaba abajo. Al arrancar, Margarita se sintió tremendamente ligera.

Los primeros días en el balneario fueron puro olvido. Caminaba por los jardines, tomaba zumos, nadaba, leía… Apagó el móvil, solo lo miraba una vez al día.

Las llamadas de Ricardo empezaron la primera tarde. Primero perdidas. Luego mensajes.

Marga, ¿dónde estás?

Marga, esto no tiene gracia. ¿A dónde has ido?

Nos hemos despertado y no estás.

Marga, no hay comida. Podrías haber dejado hecha una sopa antes de irte.

Leyó, sonrió y se fue directa al tratamiento de chocolaterapia.

El tercer día, nuevo tono en los mensajes.

Marga, ¿dónde están los calcetines limpios?

¿Cómo funciona la lavadora? Parpadea y no arranca.

Salva pregunta por toallas de repuesto, la suya está sucia.

Nos hemos quedado sin detergente ni papel higiénico. ¿Dónde está el repuesto?

Respondió solo a uno: Las instrucciones de la lavadora están en internet. El detergente y el papel se compran. Dinero tenéis: si encontrasteis para orujo…”

El cuarto día, llamada de Ricardo. Estaba yo en la cafetería del balneario; decidí contestar.

¡Por fin! exclamó él histérico. ¿Cuándo vuelves? ¡Es imposible estar así!

¿Qué pasa ahora, Ricardo? Estoy en pleno tratamiento.

¡Esto es un desastre! Salvador ha traído a otra gente para ver el fútbol y han estado gritando hasta las dos; la vecina de abajo llamó a la policía, ¡me han puesto una multa!

Bueno, dijiste que había que ayudar a los amigos respondí con calma. Ya ves, ahora puedes ayudarlo de verdad. No eres el jefe de la casa?

Marga, no hay nada qué cenar. Llego reventado del trabajo y me toca recoger, limpiar, organizárselo todo a Salva, que encima me exige la cena. ¡Me dice que soy mal anfitrión!

¿Y a mí qué me cuentas? Según tu amigo, cocino mal y soy una pija de ciudad. Que te enseñe él, fríeos algo.

No me atrevo a echarle, es feo… es mi amigo…

Tú decides: tu amigo, tu piso, tus normas o ninguna. El domingo vuelvo. Y si la casa no está como la dejé, y si queda el menor olor a Salvador, me voy a casa de mi madre y tramito el divorcio. No es amenaza: es una decisión.

Colgué y fui a mi masaje facial. Era curioso: después de tanto tiempo temiendo poner límites, temiendo parecer la mala o herir a Ricardo, aquel infierno doméstico me demostró que la paciencia no siempre es virtud. A veces solo sirve para consentir que te pisoteen.

El resto de las vacaciones pasaron volando. Margarita por fin durmió bien, volvió radiante, sin esa arruga de estrés que la acompañaba desde hacía años.

El domingo regresé a casa. Subí en el ascensor con mariposas en el estómago, pero ya sin miedo. Lista para lo que fuera.

Abrí la puerta.

La casa olía a lejía, limón… y pollo asado. En el aire flotaba limpieza.

El pasillo estaba vacío. Ni rastro de la bolsa gigante ni chaquetas ajenas. Los zapatos de Ricardo perfectamente alineados.

Ricardo asomó desde la cocina, ojeroso, pero recién afeitado y con camisa limpia.

Hola susurró.

Fui al salón: todo en orden, sofá recogido, alfombra aspirada, ni un vaso fuera de sitio. Ventanas abiertas, adiós al olor a tabaco.

Pasé por la cocina; los platos relucían. El pollo dorándose en el horno.

¿Y Salvador? pregunté, quitándome el abrigo.

Ricardo suspiró, apoyándose en el marco.

Le eché el jueves, después de tu llamada.

¿Ah, sí? ¿Y no era feo echar a un amigo?

Mira, Marga… Cuando me pidió que bajara a por cervezas porque empezaba el fútbol, justo al llegar del trabajo y tirando yo de fregar por él… Se me cruzaron los cables. Le dije que hiciera su maleta y se largara.

¿Y qué dijo?

Buf, me gritó de todo: que era un calzonazos, que por tu culpa traicionaba la amistad, que si la falda, que si los hombres de verdad… incluso me pidió dinero por el perjuicio moral. Le di veinte euros para el taxi y su bolsa fuera. Le quité las llaves. Dos días limpiando la casa, bajando bombones a la vecina de abajo, pidiendo perdón.

Ricardo vino hasta mí y me agarró las manos, ásperas por tanto limpiar.

Perdona, de verdad. Di por hecho que esto funcionaba solo, que cuidabas de todo porque sí… Y en cuatro días, ¡casi enloquezco! ¿Cómo lo aguantas además de trabajar?

Miré a Ricardo; en sus ojos no era solo arrepentimiento, sino un respeto nuevo y otra comprensión.

No lo aguanto, Ricardo. Cuido de nuestro hogar, pero de parásitos caraduras no estaba contratada.

Nunca más invitados a dormir. Jamás. Salvador me siguió mandando mensajes, pero le he bloqueado.

Siéntate, que se va a quemar el pollo.

Cenamos en silencio, un silencio tranquilo. Ricardo se desvivió por atenderme.

¿Y el balneario? ¿Te ha gustado? preguntó tímido.

Mucho. Voy a ir cada seis meses, una semana se me hace poco. Tú deberías aprender a cocinar algo más que un huevo frito, nunca se sabe si me vuelvo a escapar.

Lo haré, te lo prometo.

Al día siguiente me enteré, por una amiga en común, de que Salvador había vuelto arrastrándose a casa de la suegra, había montado numerito y ahora su ex le demandaba para echarlo y repartirse las deudas: resulta que llevaba un mes sin trabajo por borracho y lo de mi mujer me echó de repente era un cuento. Solo quería piso gratis y orejas complacientes.

Cuando Ricardo lo supo, solo negó con la cabeza y me abrazó fuerte. Aquella experiencia le enseñó algo: en esta casa los límites son sagrados, y no se consienten intromisiones.

Puede que Ricardo aún no sea el perfecto amo de casa, pero ya nunca da por sentado mi labor. Y, sobre todo, ha aprendido a decir no. Cuando al mes su primo le pidió pasar la noche porque venía de paso, le dio tranquilamente los teléfonos de un par de hostales cercanos.

Yo lo escuché desde la cocina mientras removía la sopa y sonreía. Los balnearios están bien, sí, pero el mejor sitio del mundo es un hogar donde te valoran y te respetan.

Gracias por haber llegado hasta el final. Si te ha gustado la historia, no te olvides de dejar un me gusta y seguirme para no perderte nuevas vivencias.

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MagistrUm
Mi marido trajo a casa a un amigo para quedarse “solo una semanita”, así que hice la maleta en silen…