Mi marido sugirió que nos demos un tiempo para poner a prueba nuestros sentimientos, así que cambié las cerraduras — ¿Sabes, Elena? Creo que nos hemos vuelto unos desconocidos. La rutina nos ha devorado. Estaba pensando… necesitamos vivir separados una temporada. Sergio lo dijo tan tranquilamente, como quien decide comprar barra de pan de trigo en vez de centeno para la cena. Ni siquiera apartó la mirada del plato de cocido madrileño en el que mojaba un trozo de tocino. Elena se quedó paralizada, con el cazo en la mano, sintiendo cómo una gota de caldo le quemaba la muñeca, sin apenas notarlo. De fondo, el ruido en los oídos era como si el aspirador estuviera a máxima potencia. — ¿Cómo que separados? —repitió ella, intentando no delatar el temblor de su voz. Dejó el cazo en la olla para evitar que se le cayera. — ¿Te mandan a una reunión fuera? — No, mujer, ¿qué dices? —Sergio por fin alzó la vista. Sus ojos estaban cansados y algo molestos, como quien le explica lo obvio a un alumno despistado—. Hablo de tomar un descanso, de poner a prueba los sentimientos. ¿Sabes? Se ha perdido la chispa. Llego a casa y… me agobio. Todo igual: trabajo, cena, tele, dormir. Quiero saber si realmente te echo de menos o es solo costumbre. Elena se sentó despacio frente a él. Veinte años de matrimonio. Dos hijos ya mayores y viviendo fuera. La hipoteca, liquidada hacía tres años. Las reformas hechas con sus propias manos. Y ahora… “¿agobio?” — ¿Dónde piensas vivir mientras… te aclaras? —susurró. — He alquilado un estudio para un par de meses, cerca del trabajo, así evito los atascos —respondió rápido, como si lo esperara—. Las cosas ya las tengo a medio hacer en el dormitorio. O sea, que lo tenía decidido desde hace tiempo. Mientras ella pensaba en comprar bulbos para plantar en el jardín o escogía jersey nuevo en las rebajas, él buscaba piso. Alquilaba, pagaba la fianza. Y callaba. — ¿Y mi opinión no cuenta? —buscó en el rostro de su marido a aquel chico del que se enamoró. Pero ante ella solo había un hombre ajeno, con cara de fastidio y ojos huidizos. — Elena, no empieces el dramón —Sergio dejó la cuchara—. No estoy pidiendo el divorcio. Solo un descanso. Eso es normal, lo recomienda hasta el psicólogo. Así vemos si no podemos vivir sin el otro y tenemos una segunda luna de miel. Y si no… pues al menos seremos sinceros. Se levantó y fue al dormitorio. Elena lo oyó revolver en el armario, arrastrar bolsas. En la cocina, la sopa, su favorita —con alubias, como le gustaba—, se quedaba fría mientras una enorme y gélida nada iba creciendo dentro de ella. La tarde pasó envuelta en niebla. Sergio se movía trajinando maletas al recibidor. Se llevó el portátil, su cafetera preferida (que fue un regalo para Elena, pero solo él la usaba), la ropa de abrigo. —Bueno, me voy —anunció, ya con el abrigo puesto—. No me llames. Mejor un mes de silencio, por si acaso. Para que el experimento sea puro. —¿Y si se estropea algo? —preguntó, inútilmente. —Llama al fontanero, mujer. Sabes apañarte sola. Me quedo mi copia de las llaves, por si acaso. Bueno, hasta luego. No te aburras. Portazo. Clic de cerradura. Elena se quedó sola en un piso, de pronto enorme y aterradoramente silencioso. Tres días estuvo sin hacer nada, solo agua y baño. La vida, pensaba, se había acabado. Daba vueltas a los últimos meses buscando qué hizo mal. ¿Demasiado gruñona, más kilos, rutina? Pero al cuarto día apareció su hermana, Tatiana, arrasando con bolsas de la compra y una botella de vino. Al ver a Elena, derrumbada, ni se inmutó. —Venga, arriba, directa a la ducha. Yo me encargo del picoteo—. Y, al cabo de una hora, copa en mano, Elena le contó la escena. —¿“Comprobar sentimientos”? ¿Que le “agobia” la casa? Lenita, hija, eres contable, haces ecuaciones en la cabeza… ¿y esto no lo ves? Tiene otra. —Anda ya —Elena negó—. Con 52 años, con lumbago y gastritis, ¿a quién le va a interesar? —El amor no entiende de lumbagos. “Alquilé un estudio, ¡no me llames en un mes!” Mira, quiere probar a vivir con la otra, pero manteniendo puente seguro. Por si no le saben hacer cocido o lavar calcetines. Si le va mal vuelve con flores, y si le va bien, divorcio. Es el manual de siempre. Las palabras de Tatiana cayeron como losas. Elena quiso protestar, defenderlo, pero en su interior ya lo sabía: Tatiana tenía razón. cuadraba todo: el móvil con nueva clave, retrasos en la oficina, camisa nueva que se compró él. —¿Y qué hago? —preguntó Elena, la rabia enterrando la tristeza. —¿Qué haces? ¡Vivir! —Tatiana dio un manotazo en la mesa—. Ve a la pelu, cómprate algo. Y sobre todo, deja de esperarle. ¿La casa es tuya? —Mía. Herencia de mis padres. Él solo está empadronado con su madre, nunca lo cambiamos. —Perfecto. Legalmente tienes el poder. Así que ponte firme, no llores en la almohada. Sorpréndele. Cuando Tatiana se fue, Elena no pudo dormir. Vagó por la casa encendiendo todas las luces, hasta que, en el baño, vio la crema de afeitar olvidada de Sergio. La cogió y la tiró con fuerza a la basura. El golpe resonó como un disparo. El primero de su nueva guerra. Las siguientes dos semanas fueron un poco surrealistas. Elena volvió al trabajo. Notaron que había adelgazado y estaba apagada, pero lo achacaron a la primavera. Y ella empezó a notar detalles: la casa, sin Sergio, estaba más limpia. Nadie dejaba migas, ni vaqueros en la silla. La comida duraba más y con una ensalada le bastaba para cenar. Las noches eran libres de nuevo. Sacó las agujas y volvió a tejer después de años. El silencio de la casa curaba en vez de asustar. Pero seguía dudando. ¿Y si Tatiana se equivocaba? ¿Y si Sergio realmente reflexionaba solo? El viernes, de regreso del trabajo, paró en el centro comercial a por más lana. Y los vio. Sergio, en la joyería. Del brazo de una chica de unos treinta, con abrigo llamativo. Sonreía con aquella sonrisa que un día le dedicaba a Elena, le mostraba una pulsera mientras la chica reía encantada. Parecían felices. Elena se refugió tras un hombre corpulento, el corazón desbocado. Vio a su esposo, el mismo que había “perdido la chispa”, abrazar y cortejar a otra. Y entonces, dentro de ella, algo acabó de morir. Pero también nació otra cosa: fría, firme y zen. No montó ninguna escena, ni le siguió. Se fue a casa, agarró los papeles de la vivienda: en su nombre, con la donación, solo ella y los hijos en el libro de familia. Sergio nunca hizo el cambio. Ella buscó en internet el número de los cerrajeros. —Buenas tardes, necesito cambiar la cerradura. Sí, tengo papeles de propiedad. ¿Hoy mismo? Perfecto. El cerrajero, fornido y silencioso, llegó puntual. Solo preguntó qué tipo de cerradura. —La mejor, por favor. Que nadie pueda abrir con llaves viejas. —Hecho, jefa. Le pongo la “Mottura”, nivel caja fuerte. El sonido del taladro fue música para Elena. La viruta caía al suelo, la vieja cerradura sonaba sorda: así se iba el pasado, el hábito de ser la mujer servicial. Cuando el cerrajero se fue, entregándole su flamante juego de llaves, Elena cerró la puerta a cal y canto, cuatro vueltas. Cuatro paredes de su castillo. Empaquetó las pertenencias de Sergio: abrigos, zapatos, cañas de pescar, herramientas. Todo en bolsas negras de basura, cinco en total, y las puso en el portal junto a su puerta. Pasó otra semana. Silencio de Sergio. “La prueba de sentimientos” iba viento en popa. Elena se tranquilizó y pidió el divorcio online. Fue sorprendentemente fácil. El sábado sonó el timbre. Insistente, exigente. Miró por la mirilla. Sergio, algo desaliñado pero con una bolsa de compras y un ramo de claveles. No abrió. Apoyó la frente en la puerta, esperando. Intentó la llave: encajó y fracasó, metió más fuerza. Nada. Volvió a probar varias veces, sin éxito. —¡Elena! ¿Qué pasa con la cerradura? Ella callada. —¡Elena, abre! ¡Sé que estás! ¡El coche lo he visto ahí! Empezó a golpear la puerta. —¿Qué broma es esta? ¡He vuelto! ¡Con flores! Dijimos un mes y ya he venido antes. ¡Te he echado de menos! Inspirando hondo, Elena contestó alto, nítida: —Tus cosas están en las bolsas negras del lado de la puerta. Llévatelas. Silencio intenso. Luego oyó cómo Sergio las escudriñaba. —¿Estás loca? ¿Qué es esto? ¡Abre ahora mismo! ¡Soy tu marido! ¡Tengo derecho a entrar en mi casa! —No es tu casa —replicó serena Elena—. Es mi piso. Ni siquiera estás empadronado. Querías vivir aparte, ahí lo tienes. Para siempre, Sergio. —¡¿Has cambiado la cerradura?! ¿Cómo te atreves? ¡Voy a llamar a la policía! ¡Que vengan los bomberos! —Llámales —aprobó Elena—. Enséñales tu empadronamiento. Y explícales cómo te fuiste con otra a “probar los sentimientos”. El agente se reirá contigo. —¡¿Cómo que otra?! ¡He vivido solo! —Te vi en el centro comercial, Sergio. Joyería, abrigo rojo. Deja de mentir. El experimento ha acabado. Resultado: negativo. Truena un insulto. Patea la puerta. —¡Te vas a arrepentir! ¡Te quedarás sola, vieja! ¡Venía a perdonarte! ¡Te quitaré la mitad de todo: coche, la casa de campo…! —Eso se discute en el juzgado. La vivienda ni la sueñes. Márchate, o aviso a la policía y digo que un desconocido agresivo intenta entrar. Sergio pataleó, chilló, maldijo. Arrojó el ramo al suelo, intentó recoger las bolsas. Un último grito: “¡Brava bruja!” Sonido de ascensor, bolsas arrastrando. Y silencio. Elena se dejó resbalar al suelo. Las piernas le temblaban. Las lágrimas rodaron… pero no eran de pena, sino del estrés que por fin la abandonaba, gota a gota. Pasados unos minutos se lavó la cara y se miró en el espejo: la mujer de rostro cansado pero mentón en alto era otra. Mensaje de Tatiana: “¿Qué, cómo va nuestro Don Juan? Le vi el coche.” Respuesta: “Se ha ido. Con las cosas. Los nuevos cerrojos van genial.” “¡Bravo! Esta noche lo celebramos con tarta. Orgullosa de ti. ¡Nueva vida!” Elena fue a la cocina, puso la tetera. Vio los claveles en el zaguán –por la mirilla–. Menos mal que no abrió. Claveles. Veinte años juntos y aún no sabía que Elena odiaba los claveles. Le encantaban los tulipanes. Un mes después, juicio rápido; el divorcio fue sencillo. Vendió la casa de campo, repartieron el dinero, Sergio se quedó el coche y le pagó la mitad (Elena se fue de vacaciones con ese dinero). Pronto le llegó el chisme: la “nueva musa” dejó a Sergio al quedarse sin piso propio y con el patrimonio a repartir. No pudo permitirse ni el estudio y tuvo que volver a casa de su madre, al extrarradio, donde aún consta en el registro. Elena ya no le daba importancia: volvía de Turquía, bronceada y estrenando vestido alegre, con posible romance con un alemán encantador. Nada serio, solo coqueteo, pero le recordaba que todavía era una mujer atractiva. Una tarde, en el portal, la abordó Sergio, flaco, desmejorado y con una chaqueta arrugada. —¿Elena? ¿Podemos hablar? Fui un idiota, la cagué. Mi madre me amarga la vida. Echo de menos tu casa, tu cocido… ¿Le damos otra oportunidad? Veinte años no se borran… Elena lo miró, sintiendo nada: ni rabia, ni pena, ni nostalgia. Como a un desconocido pidiendo limosna. —Tienes razón: veinte años no se borran. Pero el pasado es pasado: empieza una nueva vida, Sergio. Y ya no hay hueco para los viejos errores. Y tampoco para ti. —¡He cambiado! ¡Lo entiendo ahora! —Yo también he cambiado —sonrió ella—. He aprendido que vivir sola no me asfixia. Me da libertad. Sacó sus llaves nuevas y relucientes y entró con seguridad. Portero, pitido, cerradura… dejando fuera a Sergio y sus remordimientos. Subiendo en el ascensor pensó que ya era hora de empapelar el recibidor. Quizá en melocotón, o beige. O un sillón cómodo para tejer por las tardes. Su vida solo estaba comenzando. Y las llaves… las tenía solo ella.

¿Sabes, Inés? Creo que nos hemos vuelto unos desconocidos. La rutina nos ha devorado. He estado pensando… necesitamos vivir un tiempo separados.

Miguel lo dijo con una naturalidad pasmosa, como si sugiriera comprar pan gallego en vez de barra para la cena. Ni siquiera levantó la vista de su plato de cocido madrileño, en el que mojaba un trozo de chorizo. Inés se quedó quieta, cuchara en mano, notando cómo una gota caliente de caldo le corría por la muñeca, pero apenas sentía el ardor. En sus oídos retumbaba un zumbido, como si alguien hubiera encendido la aspiradora a máxima potencia.

¿A qué te refieres con “separados”? logró preguntar, haciendo un esfuerzo para que no se le quebrara la voz. Dejó la cuchara de servir en la olla, temiendo que se le resbalara de los dedos entumecidos. ¿Te vas de viaje de trabajo?

No, nada de eso Miguel frunció el ceño y por fin la miró. Tenía la mirada cansada, un punto irritada, como de profe harto de explicar la misma lección. Hablo de tomarnos un respiro. Probar nuestros sentimientos. Ya no siento chispa. Vuelvo a casa y me siento ahogado. Siempre igual: trabajo, cena, tele, dormir. Quiero saber si te echo de menos o si es solo costumbre.

Inés se dejó caer en la silla de enfrente, herida. Veinte años casados. Dos hijos ya universitarios, en otras ciudades. La hipoteca liquidada hacía tres años. La reforma del piso, sudando juntos los fines de semana quitando gotelé. ¿Y ahora… “asfixiado”?

¿Y dónde piensas vivir ese tiempo? preguntó apenas en un susurro.

He alquilado un estudio un par de meses. Cerca del bufete, para ahorrarme atascos respondió Miguel demasiado deprisa, como si lo llevara ensayado. Ya empecé a prepararme la maleta, está en la habitación.

Así que lo tenía decidido desde hacía tiempo. Ella planeando qué plantar en la huerta de la casa del pueblo, eligiéndole un jersey rebajado, mientras él buscaba piso de alquiler. Firmando un contrato, pagando fianza. Y callado.

¿Y mi opinión no cuenta? Inés lo miraba, buscándole las facciones de aquel chico del que se enamoró. Pero tenía delante a un hombre ajeno, algo barrigón, con la mirada insegura.

Inés, no empecemos con la tragedia Miguel dejó la cuchara en el plato. Aparentemente el apetito se le fue. Yo no hablo de divorcio. Por ahora. Solo un descanso. Es normal, mucha gente lo hace. Los psicólogos lo recomiendan. Quizá descubramos que no podemos estar separados y tengamos una segunda luna de miel. O… bueno, si no, al menos seremos honestos.

Se levantó, tiró la servilleta sobre la mesa y se fue al dormitorio. Ella oía abrir armarios y bolsas. Seguía allí, en la cocina, mirando el cocido que a él tanto le gustaba con garbanzos, como pedía, sintiendo un vacío frío y enorme expandirse por dentro.

El resto de la tarde pasó en una niebla. Miguel fue y vino recogiendo maletas, moviéndose por el piso con eficiencia. Se llevó el portátil, la cafetera que las amigas de Inés le habían regalado pero que él usaba más, ropa de abrigo.

Me voy dijo junto a la puerta, con una solemnidad algo culpable. No me llames durante un mes. Así todo será más limpio, más científico.

¿Y si se rompe una tubería? preguntó Inés, sintiéndose idiota.

Llama al fontanero. Eres una mujer hecha y derecha, sabrás apañarte. Y mira, los llaves me los quedo, por si tengo que pasar a recoger algo de urgencia. Bueno, hasta luego. Que no se te haga largo.

La puerta se cerró. El clic de la llave retumbó en el aire. Inés se encontró sola en un piso que, de golpe, pareció demasiado grande y silencioso.

Tres días enteros pasó apenas levantándose de la cama. Solo para beber agua o ir al baño. Creía que su vida había terminado. Repasaba mentalmente los últimos meses, buscando sus errores. ¿Demasiado protestona por los calcetines tirados? ¿Engordó? ¿Se volvió rutinaria y gris?

Al cuarto día, su hermana Carmen apareció con bolsas repletas de comida y una botella de vino. Al ver a Inés, llorosa y con bata, negó con la cabeza.

Bueno, esto no puede seguir así. Venga, date una ducha; yo parto un poco de manchego.

Una hora después, sentadas en la cocina con un vaso de vino, Inés le contó la conversación. Carmen se cruzó de brazos, entrecerrando los ojos.

¿”Revisar sentimientos”? ¿Que le “agobia” la rutina? Inés, con lo que tú vales. Eres contable, te sabes todos los números y no ves dos y dos. Miguel tiene otra.

Venga ya protestó, ¿otra? ¡Si tiene cincuenta y dos, lumbago y es un maniático! ¿Quién lo aguantaría?

¡Por favor! El amor ignora los achaques, y a cierta edad el demonio mete baza. Que si un estudio, que si silencio y no me llames… De manual. Quiere probar a vivir con ella pero mantiene la puerta abierta, por si la nueva no sabe hacer cocido o lavar ropa. Tú eres el plan de emergencia. Si aquello sale mal, volverá con flores diciendo: “He descubierto que eres el amor de mi vida”. Y si cuaja, papeleo y adiós.

Las palabras de su hermana cayeron como piedras en el alma de Inés. Trató de defenderlo, pero la lógica de Carmen era irrefutable: la clave cambiada en el móvil hacía un mes, las horas extra, la camisa nueva que se compró solo…

¿Y qué hago, Carmen? preguntó, sintiendo cómo la ira desplazaba a la pena.

¡Vivir! exclamó la hermana, dando un golpe en la mesa. Y bien. Vete a la peluquería, cómprate algo bonito. Y deja de esperarle. ¿El piso a nombre de quién está?

Mío, es de mis padres. Él sigue empadronado en casa de su madre; nunca llegamos a cambiar los papeles.

Mejor para ti. Tú mandas aquí. No te quedes esperando, ni llores. Ahora mismo él piensa que estás hecha polvo, suspirando por él. Sorpréndele.

Cuando Carmen se marchó, Inés no pudo dormir. Recorría la casa encendiendo luces. En el baño, vio la crema de afeitar de Miguel. La agarró y la tiró de golpe a la basura. El golpe sonó como un disparo inicial.

Las dos semanas siguientes fueron extrañas. Obligó a su cuerpo a ir a la oficina. Los compañeros notaron que había adelgazado y se la veía más seria, pero lo achacaron a la astenia primaveral. Inés empezó a notar pequeños cambios.

El piso estaba más limpio. Nadie dejaba migas, ni tiraba tejanos en el sofá. La compra duraba más y ya no cocinaba a diario, una ensalada le bastaba. Las tardes se le hacían largas, así que sacó las agujas y volvió a tejer, como solía hacer años atrás, mientras veía una serie.

La soledad, al principio atroz, empezó a curarla. Nadie la molestaba hablando de política, nadie le cambiaba el canal cuando veía una película.

Aunque una vocecilla molesta seguía picándole. ¿Y si Carmen se equivocaba?

Todo se resolvió aquel viernes por la tarde. Volviendo del trabajo, Inés decidió entrar en El Corte Inglés a buscar lana. Subiendo la escalera mecánica, los vio.

Miguel estaba junto al escaparate de una joyería. A su lado, colgada de su brazo, una chica de no más de treinta años, en un abrigo fucsia. Miguel le sonreía como le sonreía a ella, dos décadas atrás. Le señalaba una pulsera y la chica reía despreocupada. Parecían completamente felices.

Inés se apartó, quedando tras un hombre corpulento. El corazón le martilleaba las sienes. Miró, petrificada, cómo su marido el mismo que necesitaba “tiempo” rodeaba la cintura de otra y salían juntos.

Fue entonces cuando algo en Inés murió para siempre… y algo nuevo nació: frío, firme y tranquilo.

No se acercó. No los siguió. Bajó al garaje, subió a su coche y volvió al piso.

Lo primero fue coger los papeles de la vivienda. Escritura a su nombre. Donación de su madre. Certificado de empadronamiento: solo ella y sus hijos. Miguel, nada. Él siempre decía: “Para qué líos, ya estoy empadronado en casa de mi madre”.

Inés buscó por internet una empresa de cerrajería.

Buenas tardes, ¿pueden cambiar el bombín de mi puerta? Sí, tengo los papeles. ¿En una hora? Estupendo.

El cerrajero, un hombre recio de monos azul, llegó enseguida. No preguntó, solo pidió qué modelo poner.

El mejor que tenga. Que ni con el antiguo saco entren.

¡Hecho, señora! Pongo un Ezcurra de seguridad, ni un ladrón se atreve, menos uno con copia.

El zumbido del taladro fue música celestial. Las virutas de metal iban al felpudo, el viejo bombín cayó al suelo con estrépito. Con él, se iba el dolor, la dependencia, la costumbre de ser la sumisa.

Cuando el cerrajero le entregó un manojo de llaves reluciente, Inés cerró la puerta a cal y canto. Click-click-click-click. Cuatro vueltas. Cuatro muros para su fortaleza.

Recogió las cosas de Miguel: las chaquetas de invierno, los zapatos, las cañas de pescar del trastero, las herramientas. Todo cuidadosamente embolsado en bolsas negras grandes de basura. Cinco en total. Las colocó en el portal.

Una semana después, Miguel seguía sin dar señales. La “prueba de sentimientos” se alargaba. Inés ya estaba serena. Ingresó la demanda de divorcio por internet, a través de Mi Carpeta Ciudadana. Más fácil, imposible.

El timbre sonó el sábado por la mañana, insistente.

Inés miró por la mirilla. Miguel estaba ahí, algo desaliñado pero sonriente. Llevaba una bolsa de víveres y un ramo de claveles.

No abrió. Apoyó la frente en el metal y esperó.

Miguel trató de meter su llave. Scrcchhhh. No entraba. Probó con fuerza, otra vez. Sacó la llave, la miró, sopló. Intentó de nuevo.

¡Inés! gritó. Inés, ¿estás? ¿Qué pasa con la cerradura?

Silencio.

¡Inés, abre! Sé que estás, vi tu coche abajo.

Golpeó la puerta.

¿Pero esto qué es? ¡Si vengo con flores! Dijimos un mes, vengo antes. ¡Te echaba de menos!

Inés respiró hondo. Contestó, alta y clara:

Tus cosas están en las bolsas, a la izquierda de la puerta. Llévatelas y márchate.

Silencio. Después, ruidos: encontró las bolsas.

¡Estás chalada! su tono se agudizó. ¿Qué bolsas? ¡Abre ahora mismo! Soy tu marido, tengo derecho a entrar en mi casa.

Esta no es tu casa, Miguel repuso Inés con voz calmada. Este piso es mío, ni estás empadronado aquí. Querías irte solo. Perfecto. Vive solo. Para siempre.

¿Cambiaste la cerradura? parecía por fin entender. ¡Cómo te atreves! ¡Llamo a la policía, y a los bomberos! ¡Tendrás que abrir!

Adelante aceptó Inés. Enséñales el DNI. Cuéntales cómo dejaste a tu mujer para “probar sentimientos” con otra. El agente se morirá de risa.

¿Otra? ¡Estoy solo!

Os vi en la joyería. Abrigo fucsia. Basta de mentir, experimento terminado. Resultado negativo.

Miguel soltó un montón de improperios. Pateó la puerta.

¡Te vas a arrepentir, amargada! ¡Nadie te soportará con cuarenta y cinco! ¡Volvía porque me dabas pena! ¡Te voy a quitar la mitad de todo! ¡El coche, la casa de Ávila!

El coche y la finca, que los reparta el juez contestó con calma. El piso no es tuyo. Vete ya o llamo diciendo que un desconocido agresivo intenta entrar.

Un minuto más de amenazas, más golpes y gruñidos. Tiró el ramo al suelo, remoloneó con las bolsas y chilló:

¡Eres una bruja! ¡Una bruja!

Puerta del ascensor, bolsas arrastradas. Silencio.

Inés se sentó tras la puerta, temblando. Lloró, pero esas lágrimas sabían a alivio.

Diez minutos después, se lavó la cara, se miró al espejo: una mujer con ojeras, sí, pero la barbilla en alto.

El móvil pitó. Mensaje de Carmen: “¿Qué tal el Don Juan? Le vi el coche en la calle”.

Respondió: “Se fue. Con sus cosas. Los nuevos cerrojos funcionan de maravilla”.

“¡Eres mi ídola! Esta noche voy y celebramos con tarta el inicio de tu vida nueva”.

Inés fue a la cocina; puso agua para un té. Por la mirilla vio los claveles, tirados en el rellano. Ni eso sabía: después de veinte años, no recordaba que odiaba los claveles. Siempre prefería tulipanes.

Un mes después el tribunal dictó sentencia. El divorcio fue rápido, los hijos ya adultos. Tuvieron que vender la finca y repartir euros; el coche se lo quedó Miguel, previo pago de compensación (que Inés usó para viajar).

La “compañera joven” dejó a Miguel en cuanto se enteró que no tenía piso donde quedarse, solo papeles de divorcio y deudas. No pudo mantener ni el estudio; regresó al piso de su madre, en un bloque viejo de las afueras.

Inés lo supo gracias a conocidos. Le dio igual. Acababa de regresar de unas vacaciones en Canarias, la primera vez que viajaba sola desde hace décadas. Volvió bronceada, con vestido nuevo y tal vez un breve romance con un turista alemán. Nada serio, solo un flirteo, pero le recordó que seguía siendo atractiva.

Una tarde, saliendo de la oficina, la abordaron en el portal.

¿Inés?

Miguel, más delgado, chaqueta vieja, aspecto derrotado.

Hola dijo ella sin detenerse, solo aminoró el paso.

Inés, ¿podemos hablar? Fui un idiota. Me equivoqué… Mi madre no para de darme la lata, aquello es un infierno. Echo de menos todo: la casa, tu cocido… ¿Damos otra oportunidad? Veinte años no se pueden olvidar…

Inés lo miró. Sorprendida, se percató de que no sentía nada. Ni ira, ni pena. Solo indiferencia.

Veinte años no se borran admitió. Pero el pasado es pasado. Tengo una vida nueva. En ella no hay sitio para errores viejos. Ni para ti, Miguel.

¡He cambiado! ¡Lo he entendido todo!

Yo también he cambiado sonrió Inés. Y he descubierto que no me ahoga la soledad. Me libera.

Sacó las nuevas llaves relucientes y caminó al portal. El portero automático pitó, la dejó pasar. La puerta se cerró, dejando fuera a Miguel y a sus remordimientos.

Subiendo en el ascensor, pensó que debía cambiar el papel de la entrada: algo claro, quizá melocotón. Y buscar un sillón cómodo para tejer por las noches. Su vida apenas comenzaba. Y solo ella tenía la llave de su futuro.

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MagistrUm
Mi marido sugirió que nos demos un tiempo para poner a prueba nuestros sentimientos, así que cambié las cerraduras — ¿Sabes, Elena? Creo que nos hemos vuelto unos desconocidos. La rutina nos ha devorado. Estaba pensando… necesitamos vivir separados una temporada. Sergio lo dijo tan tranquilamente, como quien decide comprar barra de pan de trigo en vez de centeno para la cena. Ni siquiera apartó la mirada del plato de cocido madrileño en el que mojaba un trozo de tocino. Elena se quedó paralizada, con el cazo en la mano, sintiendo cómo una gota de caldo le quemaba la muñeca, sin apenas notarlo. De fondo, el ruido en los oídos era como si el aspirador estuviera a máxima potencia. — ¿Cómo que separados? —repitió ella, intentando no delatar el temblor de su voz. Dejó el cazo en la olla para evitar que se le cayera. — ¿Te mandan a una reunión fuera? — No, mujer, ¿qué dices? —Sergio por fin alzó la vista. Sus ojos estaban cansados y algo molestos, como quien le explica lo obvio a un alumno despistado—. Hablo de tomar un descanso, de poner a prueba los sentimientos. ¿Sabes? Se ha perdido la chispa. Llego a casa y… me agobio. Todo igual: trabajo, cena, tele, dormir. Quiero saber si realmente te echo de menos o es solo costumbre. Elena se sentó despacio frente a él. Veinte años de matrimonio. Dos hijos ya mayores y viviendo fuera. La hipoteca, liquidada hacía tres años. Las reformas hechas con sus propias manos. Y ahora… “¿agobio?” — ¿Dónde piensas vivir mientras… te aclaras? —susurró. — He alquilado un estudio para un par de meses, cerca del trabajo, así evito los atascos —respondió rápido, como si lo esperara—. Las cosas ya las tengo a medio hacer en el dormitorio. O sea, que lo tenía decidido desde hace tiempo. Mientras ella pensaba en comprar bulbos para plantar en el jardín o escogía jersey nuevo en las rebajas, él buscaba piso. Alquilaba, pagaba la fianza. Y callaba. — ¿Y mi opinión no cuenta? —buscó en el rostro de su marido a aquel chico del que se enamoró. Pero ante ella solo había un hombre ajeno, con cara de fastidio y ojos huidizos. — Elena, no empieces el dramón —Sergio dejó la cuchara—. No estoy pidiendo el divorcio. Solo un descanso. Eso es normal, lo recomienda hasta el psicólogo. Así vemos si no podemos vivir sin el otro y tenemos una segunda luna de miel. Y si no… pues al menos seremos sinceros. Se levantó y fue al dormitorio. Elena lo oyó revolver en el armario, arrastrar bolsas. En la cocina, la sopa, su favorita —con alubias, como le gustaba—, se quedaba fría mientras una enorme y gélida nada iba creciendo dentro de ella. La tarde pasó envuelta en niebla. Sergio se movía trajinando maletas al recibidor. Se llevó el portátil, su cafetera preferida (que fue un regalo para Elena, pero solo él la usaba), la ropa de abrigo. —Bueno, me voy —anunció, ya con el abrigo puesto—. No me llames. Mejor un mes de silencio, por si acaso. Para que el experimento sea puro. —¿Y si se estropea algo? —preguntó, inútilmente. —Llama al fontanero, mujer. Sabes apañarte sola. Me quedo mi copia de las llaves, por si acaso. Bueno, hasta luego. No te aburras. Portazo. Clic de cerradura. Elena se quedó sola en un piso, de pronto enorme y aterradoramente silencioso. Tres días estuvo sin hacer nada, solo agua y baño. La vida, pensaba, se había acabado. Daba vueltas a los últimos meses buscando qué hizo mal. ¿Demasiado gruñona, más kilos, rutina? Pero al cuarto día apareció su hermana, Tatiana, arrasando con bolsas de la compra y una botella de vino. Al ver a Elena, derrumbada, ni se inmutó. —Venga, arriba, directa a la ducha. Yo me encargo del picoteo—. Y, al cabo de una hora, copa en mano, Elena le contó la escena. —¿“Comprobar sentimientos”? ¿Que le “agobia” la casa? Lenita, hija, eres contable, haces ecuaciones en la cabeza… ¿y esto no lo ves? Tiene otra. —Anda ya —Elena negó—. Con 52 años, con lumbago y gastritis, ¿a quién le va a interesar? —El amor no entiende de lumbagos. “Alquilé un estudio, ¡no me llames en un mes!” Mira, quiere probar a vivir con la otra, pero manteniendo puente seguro. Por si no le saben hacer cocido o lavar calcetines. Si le va mal vuelve con flores, y si le va bien, divorcio. Es el manual de siempre. Las palabras de Tatiana cayeron como losas. Elena quiso protestar, defenderlo, pero en su interior ya lo sabía: Tatiana tenía razón. cuadraba todo: el móvil con nueva clave, retrasos en la oficina, camisa nueva que se compró él. —¿Y qué hago? —preguntó Elena, la rabia enterrando la tristeza. —¿Qué haces? ¡Vivir! —Tatiana dio un manotazo en la mesa—. Ve a la pelu, cómprate algo. Y sobre todo, deja de esperarle. ¿La casa es tuya? —Mía. Herencia de mis padres. Él solo está empadronado con su madre, nunca lo cambiamos. —Perfecto. Legalmente tienes el poder. Así que ponte firme, no llores en la almohada. Sorpréndele. Cuando Tatiana se fue, Elena no pudo dormir. Vagó por la casa encendiendo todas las luces, hasta que, en el baño, vio la crema de afeitar olvidada de Sergio. La cogió y la tiró con fuerza a la basura. El golpe resonó como un disparo. El primero de su nueva guerra. Las siguientes dos semanas fueron un poco surrealistas. Elena volvió al trabajo. Notaron que había adelgazado y estaba apagada, pero lo achacaron a la primavera. Y ella empezó a notar detalles: la casa, sin Sergio, estaba más limpia. Nadie dejaba migas, ni vaqueros en la silla. La comida duraba más y con una ensalada le bastaba para cenar. Las noches eran libres de nuevo. Sacó las agujas y volvió a tejer después de años. El silencio de la casa curaba en vez de asustar. Pero seguía dudando. ¿Y si Tatiana se equivocaba? ¿Y si Sergio realmente reflexionaba solo? El viernes, de regreso del trabajo, paró en el centro comercial a por más lana. Y los vio. Sergio, en la joyería. Del brazo de una chica de unos treinta, con abrigo llamativo. Sonreía con aquella sonrisa que un día le dedicaba a Elena, le mostraba una pulsera mientras la chica reía encantada. Parecían felices. Elena se refugió tras un hombre corpulento, el corazón desbocado. Vio a su esposo, el mismo que había “perdido la chispa”, abrazar y cortejar a otra. Y entonces, dentro de ella, algo acabó de morir. Pero también nació otra cosa: fría, firme y zen. No montó ninguna escena, ni le siguió. Se fue a casa, agarró los papeles de la vivienda: en su nombre, con la donación, solo ella y los hijos en el libro de familia. Sergio nunca hizo el cambio. Ella buscó en internet el número de los cerrajeros. —Buenas tardes, necesito cambiar la cerradura. Sí, tengo papeles de propiedad. ¿Hoy mismo? Perfecto. El cerrajero, fornido y silencioso, llegó puntual. Solo preguntó qué tipo de cerradura. —La mejor, por favor. Que nadie pueda abrir con llaves viejas. —Hecho, jefa. Le pongo la “Mottura”, nivel caja fuerte. El sonido del taladro fue música para Elena. La viruta caía al suelo, la vieja cerradura sonaba sorda: así se iba el pasado, el hábito de ser la mujer servicial. Cuando el cerrajero se fue, entregándole su flamante juego de llaves, Elena cerró la puerta a cal y canto, cuatro vueltas. Cuatro paredes de su castillo. Empaquetó las pertenencias de Sergio: abrigos, zapatos, cañas de pescar, herramientas. Todo en bolsas negras de basura, cinco en total, y las puso en el portal junto a su puerta. Pasó otra semana. Silencio de Sergio. “La prueba de sentimientos” iba viento en popa. Elena se tranquilizó y pidió el divorcio online. Fue sorprendentemente fácil. El sábado sonó el timbre. Insistente, exigente. Miró por la mirilla. Sergio, algo desaliñado pero con una bolsa de compras y un ramo de claveles. No abrió. Apoyó la frente en la puerta, esperando. Intentó la llave: encajó y fracasó, metió más fuerza. Nada. Volvió a probar varias veces, sin éxito. —¡Elena! ¿Qué pasa con la cerradura? Ella callada. —¡Elena, abre! ¡Sé que estás! ¡El coche lo he visto ahí! Empezó a golpear la puerta. —¿Qué broma es esta? ¡He vuelto! ¡Con flores! Dijimos un mes y ya he venido antes. ¡Te he echado de menos! Inspirando hondo, Elena contestó alto, nítida: —Tus cosas están en las bolsas negras del lado de la puerta. Llévatelas. Silencio intenso. Luego oyó cómo Sergio las escudriñaba. —¿Estás loca? ¿Qué es esto? ¡Abre ahora mismo! ¡Soy tu marido! ¡Tengo derecho a entrar en mi casa! —No es tu casa —replicó serena Elena—. Es mi piso. Ni siquiera estás empadronado. Querías vivir aparte, ahí lo tienes. Para siempre, Sergio. —¡¿Has cambiado la cerradura?! ¿Cómo te atreves? ¡Voy a llamar a la policía! ¡Que vengan los bomberos! —Llámales —aprobó Elena—. Enséñales tu empadronamiento. Y explícales cómo te fuiste con otra a “probar los sentimientos”. El agente se reirá contigo. —¡¿Cómo que otra?! ¡He vivido solo! —Te vi en el centro comercial, Sergio. Joyería, abrigo rojo. Deja de mentir. El experimento ha acabado. Resultado: negativo. Truena un insulto. Patea la puerta. —¡Te vas a arrepentir! ¡Te quedarás sola, vieja! ¡Venía a perdonarte! ¡Te quitaré la mitad de todo: coche, la casa de campo…! —Eso se discute en el juzgado. La vivienda ni la sueñes. Márchate, o aviso a la policía y digo que un desconocido agresivo intenta entrar. Sergio pataleó, chilló, maldijo. Arrojó el ramo al suelo, intentó recoger las bolsas. Un último grito: “¡Brava bruja!” Sonido de ascensor, bolsas arrastrando. Y silencio. Elena se dejó resbalar al suelo. Las piernas le temblaban. Las lágrimas rodaron… pero no eran de pena, sino del estrés que por fin la abandonaba, gota a gota. Pasados unos minutos se lavó la cara y se miró en el espejo: la mujer de rostro cansado pero mentón en alto era otra. Mensaje de Tatiana: “¿Qué, cómo va nuestro Don Juan? Le vi el coche.” Respuesta: “Se ha ido. Con las cosas. Los nuevos cerrojos van genial.” “¡Bravo! Esta noche lo celebramos con tarta. Orgullosa de ti. ¡Nueva vida!” Elena fue a la cocina, puso la tetera. Vio los claveles en el zaguán –por la mirilla–. Menos mal que no abrió. Claveles. Veinte años juntos y aún no sabía que Elena odiaba los claveles. Le encantaban los tulipanes. Un mes después, juicio rápido; el divorcio fue sencillo. Vendió la casa de campo, repartieron el dinero, Sergio se quedó el coche y le pagó la mitad (Elena se fue de vacaciones con ese dinero). Pronto le llegó el chisme: la “nueva musa” dejó a Sergio al quedarse sin piso propio y con el patrimonio a repartir. No pudo permitirse ni el estudio y tuvo que volver a casa de su madre, al extrarradio, donde aún consta en el registro. Elena ya no le daba importancia: volvía de Turquía, bronceada y estrenando vestido alegre, con posible romance con un alemán encantador. Nada serio, solo coqueteo, pero le recordaba que todavía era una mujer atractiva. Una tarde, en el portal, la abordó Sergio, flaco, desmejorado y con una chaqueta arrugada. —¿Elena? ¿Podemos hablar? Fui un idiota, la cagué. Mi madre me amarga la vida. Echo de menos tu casa, tu cocido… ¿Le damos otra oportunidad? Veinte años no se borran… Elena lo miró, sintiendo nada: ni rabia, ni pena, ni nostalgia. Como a un desconocido pidiendo limosna. —Tienes razón: veinte años no se borran. Pero el pasado es pasado: empieza una nueva vida, Sergio. Y ya no hay hueco para los viejos errores. Y tampoco para ti. —¡He cambiado! ¡Lo entiendo ahora! —Yo también he cambiado —sonrió ella—. He aprendido que vivir sola no me asfixia. Me da libertad. Sacó sus llaves nuevas y relucientes y entró con seguridad. Portero, pitido, cerradura… dejando fuera a Sergio y sus remordimientos. Subiendo en el ascensor pensó que ya era hora de empapelar el recibidor. Quizá en melocotón, o beige. O un sillón cómodo para tejer por las tardes. Su vida solo estaba comenzando. Y las llaves… las tenía solo ella.