Querido diario:
A veces siento que mi marido vive como si solo él existiera. En casa tengo que esconder comida si no quiero que a nuestro hijo le falte algo. Hoy otra vez, el mismo problema.
Jaime, ¿dónde han ido a parar los plátanos? le pregunté.
Me los he comido, se me antojaron.
¿No podías haber dejado al menos uno para la merienda de nuestro hijo?
Qué exageración, mujer. Como si no vendieran plátanos en el supermercado.
Pues vete y compra unos cuantos.
Ahora no, que tengo partido de fútbol con los amigos. ¿Cómo quieres que salga?
Esto ya es rutina en esta familia: yogur, galletas, manzanas… Siempre tengo que vigilarlas, esconder porciones, porque con un padre así mi niño corre el riesgo de quedarse sin nada.
Llevamos cinco años casados y nuestro hijo, Mateo, va a cumplir dos pronto. Nos compramos el piso hace poco con una hipoteca, así que ya sabes que no estamos precisamente sobrados de euros. Y Jaime se cree el gran proveedor solo porque aportó la entrada vendiendo su antiguo estudio. Por supuesto, mis padres también pusieron de su parte, pero parece que eso se olvida. Mi madre siempre dice que Jaime es un egoísta. Y, en muchas cosas, no puedo evitar darle la razón.
El otro día, mientras preparaba todo para el cumpleaños de Mateo, la situación fue de traca. Yo en la cocina, cocinando para los invitados, y Jaime pululando, llevándose comida cada vez que tenía oportunidad. Hasta el pastel dejó de estar a salvo. Lo tuve que dejar en la terraza porque en la nevera no cabía; cuando fui a cortarlo, vi que solo quedaba una esquina de chocolate decorada. Me entró una vergüenza tremenda, imagínate.
Esto es constante. Él trabaja, sí, pero se podría organizar mejor, pensar más en los demás. Siempre sale con lo mismo: Pues se compra más, ¿cuál es el problema?. Ya no es que no tenga en cuenta mis necesidades, pero ¿cómo puedes no pensar siquiera en tu propio hijo? Y encima, con lo ajustados que vamos de dinero, da rabia ver cómo la compra de comida apenas dura ni una semana y yo que cuento cada euro.
Su madre, mi suegra, siempre le echa un capote:
No seas exagerada, hija. Déjale al chiquillo que coma. Bastante trabaja para traerte dinero a casa. Si quieres que sobre comida, haz más.
Pero da igual lo que cocine o compre, él se lo va a acabar, siempre. Y tampoco puedo gastarme más en la compra; además del préstamo hipotecario, hay ropa, gastos del hogar
Al final, ya saturada, le avisé: o esto cambia o nos separamos. Dividimos el piso y hacemos vidas separadas. Se ofendió, fue corriendo a contárselo a su madre. Ahora, su madre ni me habla. Pero yo sigo pensando que tengo razón y que alguien tiene que frenar esto. ¿Me estaré equivocando?







