Esta situación es muy habitual aquí. Me casé cuando tenía veinticinco años, en Madrid. Un año después, nació mi hija, Inés. Todo entre nosotros iba bien al principio. Sin embargo, pasado un tiempo, mi marido, Javier, empezó a llamarme vaga. Decía que estaba de baja por maternidad y apenas hacía nada, y luego, cuando regresé al trabajo, cobraba mucho menos que él, aunque tampoco era tanta la diferencia.
Se dice que, tras la boda, solo ves la sombra de la suegra sobre el hijo. Debería haber sospechado entonces que algo no iba bien, pero yo estaba ciega y sorda.
Javier siempre mencionaba a su madre, Carmen, como ejemplo. Decía que ella se ocupaba de todo: el jardín de la casa de Toledo, las cuentas familiares, los dos hijos… Todo lo podía. ¿Y yo? Me tocaba trabajar a turnos, a jornada completa y, además, cuidar de la niña.
Me esforzaba por parecerme a Carmen, mi suegra: le ayudaba en casa, acompañaba en la huerta, limpiaba. Cuando Inés empezó el colegio, la ayudaba con los deberes. Pero las preocupaciones cada vez eran más. En la oficina, las exigencias aumentaban, el sueldo era bajo. Hacía horas extra. Aguantaba. Seguía dependiendo de Javier económicamente. Él se burlaba de mí y yo fingía no escuchar. No quería divorciarme, ni que mi hija creciera sin un padre.
Pero todos saben que cuanto más permites, más se suben a la chepa. Le dije a Javier que estaba agotada en el trabajo y no podía seguir a ese ritmo. Me contestó que, si era así, solo aportaría a los gastos lo mismo que yo, y que el resto de su salario lo guardaría para él. Decía que eso era lo justo. Nuestra relación estaba ya al límite, y entonces… sucedió una ruptura.
Me di cuenta de que no podía seguir así. Estaba harta de sus quejas, de sus sermones, de que siempre me comparara con su madre. El colmo fue cuando me dijo que, si no buscaba un trabajo de verdad, se iría a vivir con Carmen. Me aferré a esa idea, pero tardé tres años en atreverme a mandarlo de vuelta con su madre. Encontré, gracias a una amiga, un trabajo nuevo y bien pagado en Valencia. Prefiero no recordar todo lo que tuve que soportar. Me divorcié. Empezó la guerra para repartir el piso en Lavapiés. Discutimos, nos lanzamos reproches.
Ahora, por fin, vivo tranquila. Con mi hija Inés, en paz y feliz, sin Javier.
Tengo mi propio piso, mi trabajo favorito. Quizás no sea el sueño de mi vida, pero no me falta de nada. Solo mi familia insiste en buscarme pretendientes. Algunos creen que soy una divorciada infeliz, que solo otro hombre me hará feliz. ¿Para qué necesito eso? Ya tuve uno A veces pienso que debería llevar un cartel en la frente: Joven, guapa y sin interés en citas. Soy feliz con mi hija. No quiero estropearlo todo con otro matrimonio. Javier, por su parte, ahora vive contento con Carmen.





