Querido diario,
Hoy no puedo quitarme de la cabeza la discusión que tuve con Fernando sobre el piso que le dejó en herencia su tía Pilar. El piso es pequeño, está en pleno centro de Madrid, pero necesita una reforma a fondo porque así no hay quien viva ahí. Fernando y yo tenemos tres hijos: nuestra hija mayor, Inés, tiene diecinueve años y estudia en la universidad; Diego, el mayor de los chicos, tiene doce, y el pequeño, Mateo, cinco. Vivimos en un piso de tres habitaciones bastante amplio, así que de momento no tenemos problemas de espacio.
El tema es el siguiente: yo le propuse a Fernando que Inés se fuera a vivir al piso de la tía. Ya es toda una mujer, y no sería raro que pronto decida independizarse o incluso casarse. Fernando opina que sería injusto con sus hermanos, y cree que lo mejor sería vender el piso, repartir los euros a partes iguales entre los tres y guardarlo para cada uno. Sinceramente, pienso que es una tontería. Con ese dinero, cuando llegue el momento, no se podrían comprar ni un estudio de segunda mano en las afueras.
Si hacemos lo que Fernando quiere, el dinero se quedaría en sus cuentas hasta que los niños fuesen adultos, y al final Inés solo podría usarlos para un coche barato o alguna cosa así. Sigo pensando que más vale pájaro en mano que ciento volando: por lo menos uno de los hijos tendría una vivienda asegurada, y con el tiempo quizá pudiéramos ayudar a los chicos a resolver lo de la casa cuando fueran mayores.
Fernando está convencido de que si le damos el piso a Inés, sus hermanos lo verían como una injusticia y eso acabaría dañando su relación para siempre. Yo creo que ahora mismo los niños ni lo entienden del todo, así que hay margen para pensar también en su futuro cuando sea el momento.
A Inés todavía no le hemos contado nada porque preferimos aclarar nuestras propias ideas antes de empezar a hablar. Además, con el piso como está, nadie puede mudarse, y ahora no tenemos dinero para meternos en una reforma.
No dejo de preguntarme quién tiene la razón, si Fernando o yo. ¿Debería seguir insistiendo en mi punto de vista? ¿O sería mejor asumir la postura de Fernando? ¿O quizás existe alguna solución intermedia que no hemos sabido ver todavía? A veces me siento un poco perdida con estos dilemas familiares que nunca parecen tener una respuesta correcta.





