Dicen por aquí que si eliges como marido a un hombre muy inteligente, jamás te será infiel y siempre será leal a su esposa, porque además entiende realmente lo que son el amor y el cuidado. Eso mismo me repetían siempre mi madre y mi abuela. Por eso, cuando llegué a una edad ya bastante madura, ni siquiera contemplé la posibilidad de casarme con un hombre con intereses dudosos; no veía para qué empezar algo así, simplemente, ¿para qué? Y entonces, de manera casual, a través de unos amigos, conocí a Felipe.
Felipe había estudiado en una universidad politécnica, un joven muy inteligente y ambicioso, siempre con los pies en la tierra y objetivos claros. Yo también me había licenciado, aunque en Filología Hispánica. Sin embargo, nos gustaba conversar, teníamos temas de sobra de los que hablar. Al principio solo intercambiábamos mensajes, luego empezamos a quedar más seguido. Era evidente que sentía una gran atracción por aquel hombre y era muy feliz a su lado. Un año después, cuando me pidió matrimonio, acepté sin dudarlo.
Vivíamos en el piso que me había dejado mi abuela en Madrid. Un pequeño apartamento de una habitación que para dos no estaba nada mal. Al poco tiempo me quedé embarazada, tuvimos un hijo, y al año nació nuestra hija. Pronto el espacio empezó a apretarse y el dinero tampoco nos sobraba. Entonces Felipe decidió meterse en el mundo de los negocios. Yo no trabajaba, me dedicaba en cuerpo y alma a nuestros hijos, pero siempre le apoyé en todo. A veces llegábamos a tenerlo todo justo, ni un euro para nada. Pero seguíamos intentándolo, convencidos de que tarde o temprano podríamos lograr la vida que soñábamos.
Después de varios años de esfuerzo, poco a poco nuestra empresa empezó a ir bien. Pudimos respirar tranquilos, nuestros hijos fueron a los mejores colegios de Madrid y, más tarde, a universidades de renombre. Yo podía permitirme mil aficiones, talleres, excursiones. Mi marido también tenía su espacio: a menudo se iba de escapada con sus amigos. Eso nunca me importó; cumplía su papel de cabeza de familia y era justo que también tuviera tiempo para sí mismo. Nuestra relación era estable, llena de cariño y respeto. Resumiendo, todo marchaba bien. Jamás imaginé que algo pudiera torcerse tan bruscamente.
Un fin de semana, Felipe se puso enfermo. Llamamos al Samur y se lo llevaron en ambulancia. Solo unas horas después, falleció. Así, de repente, como si nunca hubiera estado. Lo que vino después de ese golpe fue incomprensible por partida doble. Aquel mazazo de perderle a él se sumó el descubrir algo que ni yo ni nuestros hijos esperábamos. Resulta que durante cinco años, Felipe había tenido una aventura con una chica joven, lo bastante joven como para ser su hija. De hecho, allí era a donde viajaba tanto, en supuestas vacaciones con amigos. Y por si fuera poco, le dejó todo a ella: la empresa, el piso, el coche, incluso la casa de campo en Segovia. Nosotros nos quedamos en la calle, sin nada, ni siquiera un techo propio.
No encuentro palabras para describir el tamaño de mi estupor. ¿Cómo pudo hacerme esto, cómo pudo hacerlo a sus propios hijos? Mientras vivía y caminaba por las calles de Madrid, sabía perfectamente que nos estaba dejando en la miseria a su propia familia. Ahora me encuentro perdido, no sé cómo seguir adelante. Pero, escribiendo estas líneas, comprendo que uno nunca termina de conocer al ser humano que tiene a su lado, y que la confianza es algo que hay que cuidar y revisar, más allá de la inteligencia o del amor que se pueda compartir.






