Mira, Carmen, yo creo que nos hemos vuelto como dos extraños. Se nos ha comido la rutina. He estado pensando necesitamos vivir separados una temporada.
Lo dijo Julián como si estuviera sugiriendo comprar una barra de pan integral en vez de una de pan blanco para la cena. Ni siquiera levantó la mirada del plato de cocido madrileño, mientras mojaba un trozo de chorizo. Carmen se quedó congelada, con el cazo en la mano, sintiendo cómo una gota de caldo le resbalaba por la muñeca cual gota ardiente, pero casi ni lo notó. Por sus oídos retumbó un zumbido como si hubiesen encendido la aspiradora a máxima potencia.
¿Qué significa eso, separados? preguntó intentando que no le temblara la voz. Dejó el cazo en la cazuela, temiendo soltarlo por la flojera de las manos. ¿Te mandan de viaje de trabajo?
No, mujer, ningún viaje de trabajo, Julián resopló por la nariz y, por fin, le levantó la vista. Tenía esa cara de cansancio y cierta irritación de quien explica unas matemáticas sencillas al alumno más torpe de la clase. Me refiero a darnos un tiempo. Poner a prueba lo nuestro. Es que ya no hay chispa. Llego a casa y se me hace todo bola. Siempre lo mismo: curro, cena, tele y a dormir. Necesito saber si me apetece estar contigo o si lo nuestro es pura costumbre.
Carmen se desplomó en la silla de enfrente, atónita. Veinte años de matrimonio. Dos hijos ya estudiantes, cada uno en una ciudad. Una hipoteca que terminaron felizmente hace tres años. Un piso decorado a mano los fines de semana, entre risas y sudores. Y ahora, resultaba, se le hace bola.
¿Y dónde tienes pensado vivir mientras haces el experimento? preguntó bajito.
Me he alquilado un estudio. Un par de meses. Cerca del trabajo, para evitarme atascosrespondió demasiado deprisa, como si ya lo tuviera ensayado. Mi ropa ya la he empezado a sacar, está en el dormitorio.
O sea, que todo esto hacía tiempo que estaba decidido. Mientras ella fantaseaba con qué árboles plantar en la casa del pueblo o buscaba gangas en rebajas para regalarle un jersey calentito, él andaba buscando piso. Alquilaba, pagaba la señal. Y callando, claro.
¿Y a ti no te importa mi opinión? le preguntó Carmen, intentando encontrar en la cara de Julián aquel chico delgaducho del que se enamoró. Pero lo que veía era a un hombre barrigón de mirada huidiza.
Mira, Carmen, no empieces con el melodrama dejó la cuchara. Que no es que te pida el divorcio. Todavía. Es un parón, un reset. Lo hace mucha gente. Los psicólogos lo aconsejan. Capaz que nos damos cuenta de que no podemos vivir el uno sin el otro y renovamos votos. O igual bueno, al menos nos separamos honestamente.
Se levantó, tiró la servilleta a la mesa y fue al dormitorio. Carmen escuchaba cómo abría puertas, trasteaba con bolsas. Ella se quedó sentada mirando aquel cocido madrileño que a él tanto le gustaba, con su garbanzo y todo, como había pedido. Por dentro, la atmósfera se volvía tan gélida como una nevera.
El resto del día pasó como si alguien hubiese bajado una niebla espesa. Julián pululaba por la casa organizando maletas en la entrada. Se llevaba el portátil, la cafetera de cápsulas (la que, por cierto, le regalaron a Carmen en la oficina, pero que usaba sobre todo él), ropa de abrigo.
Bueno, pues nada, me voy dijo, ya en la entrada con la parka puesta. Llevaba una expresión solemne y algo de culpabilidad. Mejor no me llames. Vamos a poner de nuestra parte y estar un mes sin contacto, a ver qué tal sale el experimento.
¿Y si se estropea una tubería? preguntó Carmen, por decir algo.
Llamas al fontanero, mujer. Que eres adulta, sobrada de recursos. Eso sí, me quedo una copia de la llave, por si acaso necesito coger algo. Ale, buen experimento. Y no te pongas nostálgica.
Puerta, portazo, clic del cerrojo. Carmen se quedó en el piso, ahora súbitamente enorme y alarmantemente silencioso.
Los tres primeros días no fue persona. Solo se levantaba para ir al baño o echar un trago de agua. Se convencía de que la vida se le había acabado. Repasó, una y otra vez, los meses anteriores en busca de su gran error: ¿Demasiadas quejas por los calcetines tirados? ¿Habría engordado? ¿Estaría demasiado aburrida?
Al cuarto día, llegó su hermana, Pilar, cual borrasca gallega, acarreando bolsas de compra y una botella de Ribera del Duero. Al ver a Carmen desencajada, en bata y con greñas, solo meneó la cabeza.
Bueno, bonita, esto no puede seguir así. A la ducha, que yo me encargo de cortar un poquito de queso.
Una hora más tarde, Carmen, copa en mano, relataba la escena cumbre con su marido. Pilar entrecerró los ojos, analítica como buena matrona.
¿Un parón para valorar los sentimientos”, dices?bufó Pilar. ¿Está agobiado, eh? Mira, Carmen, que eres contable y te bailan los números, pero aquí no has sumado bien dos y dos: a Julián le ha salido novia.
No digas tonterías, balbuceó Carmen . Pero si tiene cincuenta y dos años, lumbalgia y úlcera. ¿Quién iba a quererlo?
¡Anda ya! Las úlceras nunca han parado al amor, sobre todo si se le ha soltado el muelle de la crisis de los cincuenta. Que si estudio alquilado, que si no me llames son clichés. Se va a probar cómo le va con la otra, pero no se atreve a quemar el puente del todo. Por si la susodicha ni sabe hacer cocido ni le lava los calzoncillos. Quieres ver, si le va mal, vuelve con ramo de flores: Carmen, solo te quiero a ti. Y si no, pide el divorcio.
Las palabras de Pilar cayeron como losa. Carmen quiso defender a Julián, pero ya sabía la verdad: todo cuadraba. Hasta el nuevo PIN en el móvil y esas reuniones de trabajo cada jueves. Incluso, la camisa de rayas que se compró solo (Con lo que odia el ir de tiendas, pensó Carmen).
¿Y ahora qué hago? preguntó Carmen, sintiendo que la rabia le iba empujando la tristeza hacia un rincón.
¿Qué vas a hacer? ¡Vivir, leche! Pilar pegó una palmada. Pásate por la pelu, cómprate algo bonito. Y, sobre todo, deja de esperar su llamada como si fuera el gordo de la Lotería. ¿El piso de quién es?
Mío. Lo heredé. Él sigue empadronado en casa de su madre. Nunca cambiamos los papeles.
Pues ya está. Tienes la sartén por el mango. Hazme caso: no te encierres a llorar esperando a que vuelva. Vamos a sorprenderle.
Aquella noche Carmen apenas durmió. Deambuló por la casa, encendiendo todas las luces. En el baño encontró la espuma de afeitar de Julián. Cogió el tubo y, sin pararse a pensarlo, lo tiró al cubo de basura. Aquel golpe seco sonó como el primer cañonazo en una rebelión.
Las dos siguientes semanas fueron raras. Carmen volvió al trabajo, más delgada. Sus compañeras achacaron su mal aspecto a la estación de las alergias. Y fue entonces cuando empezó a notar detalles antes invisibles.
Sin Julián, la casa estaba reluciente. Nadie dejaba migas de pan, ni tiraba pantalones sucios sobre la butaca. La nevera se mantenía ordenada, y por las noches le bastaba una ensalada. Por fin, podía permitirse las tardes libres. Se acordó de que le encantaba tejer. Sacó las agujas y la lana, y con la serie de fondo, iba dándole vida a una bufanda.
El silencio pasó de ser angustioso a reconfortante. Nadie le daba la tabarra con los debates, ni le quitaba el mando mientras veía su peli.
Pero aún tenía la duda: ¿y si Pilar exageraba? ¿Y si Julián realmente necesitaba estar solo?
La realidad se impuso un viernes. De camino a comprar lana, Carmen entró en un centro comercial. Y ahí estaban.
Julián, frente al escaparate de una joyería, del brazo de una chica jovencísima treinta años, y le sobraban tres, con un abrigo fucsia que clamaba atención. Julián le sonreía de esa forma que, veinte años antes, fue solo para Carmen. Le explicaba algo del escaparate, ella se reía echando la cabeza hacia atrás, sus risas iluminaban más que la tienda. Ambos desprendían plenitud.
Carmen se escondió tras un señorón rechoncho. El corazón se le salió del pecho, palpitando en las sienes. Miraba cómo su marido, aquel sin chispa, abrazaba por la cintura a otra y se iban al parking como si la vida empezase hoy.
En ese instante algo murió en Carmen y, a la vez, nació algo nuevo: frío, firme, inamovible.
No fue a montar escándalo. Tampoco a espiarlos. Dio media vuelta, fue al parking y condujo a casa.
Ya en casa, lo primero, papeles: escrituras a su nombre, donación de su madre, padrónsolo ella y los niños. Julián, ni rastro. El qué pereza hacer papeles ahora tenía sentido.
Buscó en internet quién cambiaba cerrojos.
Buenas tardes, necesito cambiar el bombín, es urgente. Tengo los papeles. ¿En una hora? Perfecto.
El cerrajero llegó puntual: bajito, barrigón, de azulón. Sin preguntas. Solo quería saber qué cerradura poner.
La más segura, pidió Carmen. Que aunque tengan la llave antigua, ni de broma la abran.
Pues le pongo una Ezcurra blindada, señora. Eso no lo abre ni el de Oceans Eleven.
Mientras la radial cortaba el pasado, las virutas caían al felpudo marcando el fin de una era: la de ser la buena de costumbre.
Cuando el cerrajero se fue entregándole las nuevas llaves, Carmen cerró con determinación. Uno, dos, tres, cuatro vueltas. Cuatro muros de su fortaleza.
Recogió lo que quedaba de Julián: la parka, sus botas de montaña, la caña de pescar, las herramientas. Todo a grandes bolsas de basura, plastificada la venganza. Cinco bolsas que plantó como trampa moral en el rellano.
Pasó una semana. De Julián ni WhatsApp. Debía de estar muy entretenido reforzando sentimientos con su veinteañera. Carmen se serenó. Solicitó el divorcio por internet a través de Mi Carpeta Ciudadana. Más sencillo imposible.
El sábado por la mañana, por fin, timbrazo enérgico.
Miró por la mirilla. Era Julián: más arrugado, sonriente y con bolsas de la compra y un ramo de claveles.
No abrió. Se pegó a la puerta, esperando.
Julián probó la llave: ras, ras, nada. De nuevo. Resopló sobre ella. Nada.
¡Carmen! gritó. ¿Qué has hecho con el cerrojo?
Silencio.
Carmen, sé que estás ahí. ¡La coche está abajo!
Empezó a golpear la puerta.
¿Esto qué es, una broma? ¡He venido antes del mes, con flores! ¡He decidido volver!
Carmen asesinó el suspiro y replicó alto y claro:
Tus cosas están a la izquierda de la puerta en bolsas negras. Recógelas y vete.
Silencio absoluto. Luego, ruiditos: debía estar revisando las bolsas.
¿Pero se te ha ido la cabeza? gritó en tono chillón. ¿Pero tú quién te crees que eres? ¡Abre ya! ¡Soy tu marido y este es mi hogar!
No es tu hogar, Julián contestó Carmen, firme. Este piso es mío. Ni estás empadronado. Tú querías probar lo de vivir separado. Pues ahora, vas a vivirlo. Siempre.
¿Has cambiado la cerradura? ¿Pero tú de qué vas? ¡Como llame a la policía y los bomberos, verás tú!
Llama, aceptó Carmen. Enséñales el DNI. Les cuentas a todos que has dejado a tu mujer para revaluar sentimientos con una chica nueva. Seguro que el poli se lo pasa pipa.
¡Qué chica ni qué niña! Si he estado solísimo.
Te vi en la joyería, Julián. Abrigo rosa. Basta de excusas. El experimento, oficialmente, ha salido rana.
Maldiciones por el pasillo. Golpes a la puerta.
¡Te vas a arrepentir! Te quedarás sola, vieja ¡Nadie te va a querer con cuarenta y cinco años! ¡Iba a volver por ti, por compasión, y mira! ¡Te pienso reclamar medio piso y la casa del pueblo!
La casa y el coche se dividen en juzgado, como manda la ley dijo Carmen. El piso, ni lo sueñes. Vete, Julián, o llamo a la poli y denuncio que un desconocido agrede mi puerta.
Aún pataleó, bufó, pisoteó las bolsas y lanzó el ramo al suelo. Se le oyó forcejear y luego el ascensor. Cero romanticismo.
Carmen se dejó caer. Le temblaban las piernas. Lloró sin saber si era risa o presidio. Era, en realidad, alivio salado.
Diez minutos después se lavó la cara y se miró en el espejo. La saludaba una mujer más flaca y cansada, pero con un mentón desafiante.
El móvil pitó. Mensaje de Pilar: ¿Y el Don Juan de extrarradio? He visto su coche
Carmen contestó: Se fue. Con sus cosas. Fantástico el cerrojo.
¡Crack! respondió Pilar. Esta tarde te llevo tarta, celebramos comienzo de nueva vida.
Carmen fue a la cocina. Puso la tetera. Por la mirilla vio rodar los claveles por el felpudo. ¿Claveles? En más de veinte años, ni se aprendió que odia los claveles. Ella es de tulipanes.
Un mes después, juicio express. Les divorciaron sin drama: los hijos, ya mayores. La casa del pueblo, vendida y repartido el dinero. Julián se quedó el coche pagando a Carmen la mitadque ella invirtió en unas vacaciones.
Y, sí, la joven musa dejó a Julián en cuanto vio que no había piso de diseño, ni muchos ahorros. El estudio se le fue de presupuesto y acabó volviendo con la madre a la típica vivienda del extrarradio de Madrid.
Carmen lo supo a través de amigas comunes. Le daba igual. Acababa de regresar de unas vacaciones en Canarias. Bronceada, estrenando un vestido verde, hasta había tenido un sex-appeal de piscina con un alemán entrañable (nada serio, solo para saberse viva).
Un día, volviendo del trabajo, la llamó alguien desde el banco del portal.
¿Carmen?
Julián. Demacrado, chaqueta de mercadillo. Mala cara.
Hola dijo Carmen, sin detenerse, apenas bajando el paso.
Carmen, ¿podemos hablar? Fui idiota. Me equivoqué. Mi madre es insoportable. Echo de menos la casa, tu cocido… ¿No podríamos volver a empezar? Veinte años, ¿eh?
Carmen le miró y, para su sorpresa, no sintió ni ira, ni pena. Nada. Como ver llover o a un pajarillo piando.
Veinte años, sí asintió. Pero el pasado, pasado está. Tengo una vida nueva, Julián. Y en ella, no repito errores. Ni contigo.
¡Eres cruel! ¡He cambiado!
Yo también he cambiado sonrió ella. Ahora, vivo bien sola. Me gusta mi espacio.
Sacó sus llaves relucientes, las de mujer con nuevos comienzos, y entró segura en su portal. El portero automático pitó, aislándola de lamentos viejos.
Al subir en el ascensor, pensó que tenía que empapelar la entrada, algo en tonos melocotón. Y buscar otra butaca, de las cómodas, para tejer. La vida empezaba. Las llaves eran suyas y de nadie más.







