Diario personal, 17 de abril
Llevo diecisiete años casada con Alfonso. Nos conocimos siendo muy jóvenes, cuando trabajábamos en aquel despacho en el centro de Madrid, soñando con el futuro, saliendo juntos por Malasaña, hablando de todo, planeando nuestro propio piso, unos veranos en la costa. Al principio Alfonso era atento, divertido, cariñoso. No era perfecto, pero sentía que estábamos realmente ahí el uno para el otro.
Después llegaron la boda, las nuevas responsabilidades, el trabajo más serio, el piso en Chamberí, los recibos que pagar, los horarios apretados Todo fue cambiando, casi sin darme cuenta y sin saber cuándo exactamente. No hubo una traición concreta, ni mensajes sospechosos, ni una mujer que apareciera por sorpresa. Simplemente, un día me di cuenta de que Alfonso ya no me miraba de la misma manera.
Nuestras conversaciones se resumían en lo imprescindible: la compra del supermercado, la factura de la luz, a qué hora salimos mañana. Dejamos de preguntarnos el uno al otro cómo estábamos. Si le contaba algo, asentía con la mirada pegada al móvil o al telediario. Si yo callaba, él tampoco preguntaba nada.
La cercanía se fue desvaneciendo poco a poco, sin hablarlo siquiera. Primero pensé que era el estrés. Luego, que sería el cansancio. Más tarde, el simple hábito. Pasaban las semanas sin que ocurriera nada entre nosotros. Dormíamos en la misma cama, pero cada uno pegado a su lado. Yo intentaba acercarme, proponer una charla, hacer nuevos planes. Pero él siempre estaba cansado, agobiado por el trabajo o respondía con un:
Lo hablamos mañana.
Ese mañana nunca llegaba.
Con el tiempo comprendí que Alfonso ya no era mi marido. Era mi compañero de piso. Compartíamos gastos, rutinas, compromisos familiares. En casa de mis padres o entre amigos daba la imagen de esposo ejemplar: tranquilo, trabajador, educado. Nadie habría imaginado lo que ocurría tras nuestra puerta. Nadie se da cuenta del silencio, nadie nota la ausencia cuando es emocional.
Intenté hablar con él muchas veces. Le dije que me sentía sola, que le echaba de menos, que necesitaba algo más que convivir. No se enfadaba nunca. No alzaba la voz. Me contestaba siempre con frases cortas:
Estás exagerando.
Así son los matrimonios largos.
¿No estamos bien así?
Eso era lo que más me confundía. No había grandes peleas que justificaran irme. No hubo infidelidad. Solo ya tampoco quedaba amor. Me sentía invisible dentro de mi propio matrimonio.
Los años fueron pasando. Dejé de insistir. Dejé de esforzarme por él. Dejé de contarle mis cosas. Empecé a guardar mis pensamientos solo para mí. Me acostumbré a no esperar nada. A vivir como si todo diera igual. Hubo días en los que pensé si el problema era mío, que quizá esperaba demasiado.
Hoy me doy cuenta de que no todos los abandonos llegan con maletas.







