¿Otra vez has escatimado en sal? ¡Pero cuántas veces te lo tengo que decir, que está soso como el agua de fregar! dijo Ricardo, apartando su plato humeante de estofado y estirándose para coger el salero. Mira, mi madre siempre dice: La comida desabrida, alma perdida, pero ella, Alba, tiene mano ligera, cocina y siente el plato. Tú en cambio tiras la sal según la receta, como una autómata, sin pasión.
Alba clavó los ojos en él mientras veía cómo arrojaba sal sin medida sobre las verduras que había estado guisando durante más de una hora. Por dentro, una tensión familiar volvía a apretarse, la que llevaba tensando desde hacía tres años de matrimonio. Tomó aire, intentando no delatar su irritación, y se giró hacia la ventana, donde la tarde otoñal de Madrid encendía los faroles del Paseo de la Castellana.
He cocinado como recomendó el digestólogo, Ricardo respondió ella, apilando tazas ya relucientes en el escurridor. La semana pasada te pasaste toda la noche con ardores.
¡Déjate de médicos! soltó él, masticando una pieza de carne. Admítelo: cocinar no es lo tuyo. ¿Te acuerdas del domingo en casa de mi madre? ¡Menudos pimientos rellenos hizo! Todos iguales, un primor. Y la salsa: nata fresca de pueblo, pasta de tomate que compra en el mercado, no ese ketchup del súper que tú usas. Mi madre sí sabe dar calidez hogareña, aquí tu casa huele siempre a productos de limpieza.
Alba apretó la mandíbula. El aroma a detergente era resultado de la limpieza a fondo tras el desastre de Ricardo friendo huevos y bacon, tras dejar grasa hasta en la lámpara de techo. Pero, decírselo no servía de nada; Ricardo tenía la habilidad innata de pasar por alto sus errores mientras convertía cualquier pequeña falta de Alba en una falta capital.
La cena siguió bajo el murmullo del televisor y los comentarios de Ricardo sobre cómo gestionar una casa “con cabeza”. Alba asentía distraídamente, pensando en el informe mensual que debía entregar al día siguiente en la empresa de logística en la que era responsable de cuentas. Aquel final de trimestre la dejaba agotada. Solo soñaba con un poco de paz al llegar al piso que había heredado de su abuela. Pero en vez de eso, recibía comparaciones y reproches continuos con la santa y perfecta señora Carmen Gutiérrez.
Carmen, su suegra, era una mujer de carácter arrollador y, hay que reconocerlo, muy organizada, aunque su orden era como un tifón: muebles movidos, polvo eliminado hasta de las rendijas imposibles. Ricardo creció inmerso en ese culto a la dedicación materna y no entendía por qué Alba no se entregaba en cuerpo y alma a la casa.
El silencio nocturno no aliviaba el ambiente. Ricardo se acomodó en el sofá con la tableta, y Alba aprovechó para plancharle las camisas de la semana. Preparó la tabla, el vaporizador y sacó una camisa azul. El tejido era de calidad, pero resistía a la plancha.
¿Otra vez planchando mal? espetó Ricardo a su espalda, haciéndola sobresaltarse. Así no se plancha, Alba, ya has dejado marcas. Mi madre siempre empieza por las mangas, luego la espalda, y el cuello al final, ¡y siempre con un paño húmedo! Tú, en cambio, le das vapor directamente y luego brilla la tela. Vas a estropear la camisa.
Alba puso la plancha sobre la base despacio. El vapor se escapó con un siseo, como un suspiro de rabia contenida.
Si sabes tanto, podrías planchar tú respondió Alba sin subir el tono.
Él bufó con hastío.
En cuanto te digo algo, te pones a la defensiva. Lo hago por tu bien, para enseñarte. Mi madre siempre dice que una mujer debe cuidar el armario del marido, que es la imagen de la familia. Pero tú, con el trabajo, los informes… siempre ocupada. Y la casa, hecha un desastre.
¿Desastre? repitió Alba, mirando el salón reluciente. Está limpio, recogido, la ropa hecha y la comida servida. Trabajo igual que tú, de hecho, gano más. ¿Por qué debería apuntarme cada noche al máster de ama de casa en la Universidad de tu madre?
¡Otra vez con el dinero! Ricardo hizo mueca, dolido. No se trata de euros. Hablo de cariño, de cómo llevas la casa. Mi madre fue bibliotecaria toda la vida, pero siempre había sopa, segundo plato y tarta casera. Mi padre siempre iba impecable. Pero tú Ay, Alba. Anda, plancha como quieras, total, ya iré arrugado mañana y que todo el mundo vea qué mujer tengo.
Se fue al dormitorio dejando a Alba en la cocina, con la plancha apagada y un nudo helado en la garganta. Por un instante, le asaltó la tentación: coger la maleta, marcharse. Pero no tenía sentido; el piso era suyo, heredado y pagado antes del matrimonio. Ricardo llegó con un par de maletas y su viejo portátil, pero en tres años se había adueñado de la casa como si fuera el duque de Alba, insatisfecho con su doncella.
Los días siguientes fueron una guerra fría. Ricardo suspiraba ruidosamente si veía un grano de polvo; añadía sal antes de probar cualquier cosa. Alba se refugió en el trabajo. El sábado los esperaba: comida en casa de su suegra, como marcaban las costumbres familiares.
El sábado empezó con prisas. Ricardo corría de aquí para allá.
¡Venga, Alba, que llegamos tarde! A mamá no le gusta esperar. Y ponte el vestido azul, no esos vaqueros. Dice que vas en plan chiquilla, y ya tienes treinta y ocho. Vístete seria.
Alba, que se abrochaba el pantalón cómodo, se detuvo en seco.
Voy como me siento cómoda, Ricardo. Es un almuerzo familiar, no una audiencia real.
¡Es una cuestión de respeto a los mayores! insistió él. Mi madre se lo ha currado para la comida y tú vas a parecer una andrajosa.
Al final Alba se puso vaqueros y una blusa blanca. Todo el camino a Chamberí, Ricardo apareció tenso, tocando el volante con los dedos de forma ostentosa en el coche, cuyo préstamo, dicho sea de paso, pagaba sobre todo Alba.
El piso de Carmen los recibió con el aroma a rosquillas y guiso. Carmen, mujer robusta, cabello recogido, abrió la puerta secándose las manos en un impoluto delantal.
¡Pero hombre, por fin! Ricardo, hijo, ¡qué flaco, no te da de comer tu mujer! le abrazó efusiva, saludando a Alba de pasada. Pasa, Alba, las zapatillas allí, que he fregado el suelo hace un rato.
En la mesa, siempre la misma función: Carmen servía a Ricardo los mejores trozos y se lamentaba de lo demacrado que se le veía.
Toma, prueba este cochinillo. Lento, con manzana, como Dios manda. Nada de esos guisos de olla rápida. Eso no es comer. ¿Verdad, Alba?
Cada uno tiene su ritmo, Carmen sonrió Alba, picando lechuga. La olla ahorra tiempo, que es oro.
¡El tiempo! Carmen se llevó las manos a la cabeza. ¿Para qué? ¿Para mirar el móvil? Antes dábamos abasto: trabajo, hijos, casa. Ahora tenéis robots limpios y nada de calor de hogar. Vine a tu casa la semana pasada… esas cortinas grises, ventanas enturbiadas. Qué vergüenza, hija, la ventana es la cara de la mujer.
Ricardo asentía, la boca llena de cochinillo.
¡Eso mismo le digo, mamá! Le propongo limpiar juntos: lavamos cortinas, limpiamos ventanas. Y ella: Ya llamaré a una empresa de limpieza. Imagínate, ¡extraños paseándose por la casa por dinero!
¡Empresa de limpieza! Carmen puso cara de espanto. ¡Eso es un despilfarro! La energía ajena en casa trae desgracias. Por eso no tenéis hijos, seguro… y siempre discutiendo.
Ese cuchillo buscaba herir. El tema de los hijos era doloroso para Alba; lo intentaban sin éxito, bajo tratamientos médicos. Carmen lo sabía y lo usaba.
No discutimos por eso, Carmen replicó Alba firme. Discutimos porque Ricardo me compara con usted cada día.
Silencio de suspense, crujiente. Ricardo se atragantó con el vino.
¿Y qué hay de malo en aspirar a lo mejor? Carmen sonrió ufana. Ricardo está orgulloso de su madre, quiere una esposa a la altura. Deberías anotar las recetas mientras pueda enseñarte. Él necesita cuidados de nivel, a lo que está acostumbrado.
¡Eso! corroboró Ricardo, limpiándose con la servilleta. Alba, no empieces. Mamá tiene razón. Podrías ser más dulce, más dedicada. Mira qué limpio lo tiene todo. Y el polvo en nuestro rodapié lleva días ahí.
En ese instante, dentro de Alba se soltó un resorte silencioso, como si alguien apretara un botón de emergencia. Miró a su marido, satisfecho, convencido de tener el derecho de exigirlo todo.
Gracias por la comida, estaba deliciosa dijo Alba alzándose de la mesa.
¿Ya te vas? preguntó Carmen. ¡Quédate al café! Hice tarta de Santiago.
No, no me voy. Me quedo. El que se queda eres tú, Ricardo. Te vendrá bien estar en tu ambiente natal.
¿Qué haces, Alba? susurró él, apretándole el brazo en el pasillo. Siéntate, ¡no me fastidies delante de mi madre!
Me vuelvo a casa, Ricardo. Me duele la cabeza. Vuelves en taxi, en metro, como quieras. Tienes las llaves.
Bajó la escalera, respirando el aire de octubre, experimentando un alivio inesperado. El plan nació perfecto y simple en su mente, como si lo hubiera estado gestando durante meses.
Esa noche la dedicó a organizar. Sacó del trastero las maletas grandes, las de aquel viaje a Tenerife. Abrió el armario de Ricardo: dobló camisas, vaqueros, jerséis, ropa interior, sus vinilos y hasta la taza que tanto le gustaba. Sin dramas ni llantos, con meticulosidad. El traje que hay que planchar con paño húmedo lo enrolló en su funda.
Ricardo volvió sobre las once, oliendo a empanadillas de su madre y con aire altanero.
¿Qué numerito has montado antes? Mamá tiene la tensión por las nubes. Por tu culpa he tenido que comprarle valeriana. Lo tuyo es el colmo.
Entró en el dormitorio y se paró en seco. Tres enormes maletas y varias cajas esperaban. El armario, vacío.
¿Nos vamos de viaje? balbuceó.
Alba, sentada en el sofá con un libro, alzó la mirada.
No nos vamos nosotros. Te vas tú.
¿Cómo? ¿De trabajo? Yo no…
No. Vuelves a casa de tu madre.
Él rió nervioso.
No tiene gracia, venga, guarda todo. Estoy cansado.
No bromeo. Está todo recogido: ropa, zapatos, papeles, vinilos, hasta tu taza favorita. Mañana viene la furgoneta de Mudanzas del Retiro a las nueve.
La cara de Ricardo cambió de color.
¿Me echas? ¡¿De MI casa?!
De MI casa, Ricardo. No olvides los términos. El piso es mío por herencia. Llevamos tres años conviviendo, pero según parece a ti te va fatal aquí.
¿Ah, sí? ¡Me esfuerzo por ti! ¡Solo quiero lo mejor!
Para ti, aquí todo es peor. La comida sosa, la limpieza cutre, la plancha mal. Yo no concursaré por el trono de doña Carmen. No quiero ni puedo competir.
¡Somos una familia! le temblaba la voz.
Familia es apoyo, no competir ni comparar. Aquí eres desdichado, yo tampoco soy feliz. Así que toma la solución: vuelve a tu hogar ideal. Allí tendrás croquetas sabrosas, limpiezas a fondo y la dedicación que ansías. Yo solo deseo paz.
Se levantó, miró las maletas.
A partir de mañana, regresas a tu paraíso. No te preocupes. Vivirás entre aromas de bizcochos y golpes de trapo en los muebles.
Ricardo la miraba boquiabierto. Al fin gruñó:
¿Y la vivienda? ¡He invertido en esta casa! ¡Reformé el baño, puse papel en las paredes! ¡Te enfrasco a pleitos!
Alba sonrió con tristeza.
Eres abogado. Sabes el procedimiento. El piso es propiedad privativa mía. Los arreglos, mínimos: tengo facturas de todo. El papel de la pared, lo admito, lo compraste tú: seis rollos a quince euros. ¿Te hago una transferencia ya? Si quieres, te lo doy en mano. El trabajo hecho no cuenta como inversión de propiedad. Un juicio te costaría más.
Ricardo se desinfló. Alba siempre había afrontado los gastos grandes. Él, como gestor comercial medio, solo alcanzaba para gasolina y menudencias.
¿En serio vas a destruir el matrimonio por unos comentarios sobre cocido?
No es la comida, ni la sal, ni el polvo en las repisas. Es que no has crecido. Eres el hijo de tu madre, no el compañero que quiero. Yo quiero a alguien adulto, igual, que no me examine cada noche.
Esa noche dormieron en habitaciones separadas. Por la mañana, la furgoneta descargó las maletas.
Ricardo, apoyado en la puerta, se veía desorientado y pequeño en su abrigo.
Alba, no hagas esto. Mamá se va a volver loca si aparezco con todo. ¿Qué le digo?
Di la verdad: que tu esposa no está a la altura de sus estándares y has vuelto a casa. Se sentirá orgullosa. Siempre dijo que no era suficiente para ti. Ya tiene lo que quería.
Alba cerró la puerta, pasó el pestillo, apoyó la frente en el frío metal y se echó a reír. No un llanto histérico, sino un alivio limpio, hondo. En casa no había nadie susurrando reproches.
Pasó una semana. Disfrutó del silencio. Pidió limpieza profesional y nadie habló de energías negativas, cenó comida preparada o en bares con amigas. Por las noches leía en la bañera, veía series, sin el agobio de las camisas por planchar.
El jueves sonó el móvil. En pantalla: Carmen Gutiérrez. Alba contestó con resignación.
¡Alba! ¿Pero qué tontería has hecho? ¡Has echado a mi Ricardo! ¡Me tiene frita!
Buenas noches, Carmen. No le he echado, le he devuelto a su hogar. Ustedes siempre decían que aquí nada estaba bien. Allí encontrará el cuidado que merece.
¡No me vaciles! Él ahora no para de pedirme comida, de dejar los calcetines por todos lados. ¡No me deja descansar! ¡Me está matando! Le digo que te llame y dice que tú no le valoras.
Es exactamente lo que le enseñó. Yo no puedo con ese nivel de asistencia, trabajo muchas horas.
¿Trabajo? ¡Una mujer ha de estar con el marido! ¡Ven a por él! ¡Ayer se atrevió a decirme que esta vez mi tortilla estaba salada! ¡A MÍ!
Alba casi estalló en carcajadas.
Lo siento, Carmen. No puedo volver con él. Vamos a pedir el divorcio. Puede vivir con usted o aprender a vivir solo.
¿Divorcio? ¡Alba, por Dios, recapacita! ¿Quién te va a querer a los cuarenta? ¿Y Ricardo, tan apuesto?
Perfecto. Un hombre tan apuesto y con una madre perfecta será el gran premio para otra afortunada. Yo estaré bien sola. Buenas noches, Carmen.
Colgó con pulso firme y bloqueó el número. Poco después, lo hizo con el de Ricardo también.
Un mes después, la cita fue ante el juez. Ricardo, deslucido, camisa mal planchada, ojeroso.
Alba, ¿podemos volver a intentarlo? Vivir con mamá es insufrible. Todo lo critíca, manda y ordena, me da órdenes a cada paso. Creía que en nuestra casa estaba peor, pero allí ni paz ni cariño Me he dado cuenta de lo tranquila y bien que vivía contigo. Vale, tu estofado soso, pero nadie me martilleaba el cerebro
Ricardo, solo lo entiendes porque ahora sufres en tu propia carne. Pero tú no quieres amor, buscas comodidad. No soy tu atmosfera, soy una persona.
¡Me alquilo un piso! ¡Me ocupo yo solo!
Aprende. Madura. Pero ya no conmigo. Me acostumbrado a que nadie me compare y no pienso renunciar a ello.
Salieron del tribunal siendo ya dos extraños. Ricardo se marchó cabizbajo, mientras Alba subía a su coche. En el asiento, un folleto de una agencia de viajes. Por fin iría a Italia; Ricardo siempre decía que era un lujo absurdo y que donde estuviera el campo de Toledo y el potaje de la madre
No más potajes ni comparecencias. Solo ella y su vida, a su ritmo. Encendió el motor, puso la radio. Por delante tenía una nueva vida, que prometía estar llena de sabor, aunque a alguien alguien que ya no importaba le faltase sal.





