Pues mira, te voy a contar lo que me pasó el otro día, porque aún lo recuerdo y no sé si reírme o llamar a un notario.
Imagínate a Jaime, otra vez gritando desde el pasillo: “¡Otra vez pelos! ¡Mira cómo me has dejado la chaqueta, Carmen! ¡Que la recogí ayer mismo de la tintorería y hoy parece que me he pasado la noche durmiendo entre gatos callejeros! ¡Esto no hay quien lo aguante!”
Y ahí estaba yo, dándole la vuelta a unas torrijas en la sartén, suspirando, apagando el fuego y girándome con calma hacia él. Jaime plantado en medio del pasillo, con los brazos estirados, la chaqueta azul marino colgando y tres pelillos blancos como si fueran la gran plaga.
“Jaime, ¿pero de qué vienes gritando así? Si te he dicho mil veces que no dejes la ropa en la silla del salón. Que sabes de sobra que Donato duerme ahí porque le encanta. Guardas la chaqueta en el armario y te prometo que ni un solo pelo. Espera, que te lo limpio”, le dije mientras cogía el rodillo quita-pelusas que tengo fijo en la entrada para esos casos. Dos pasadas y la chaqueta como nueva, vamos. Pero él, nada, que ni una sonrisa; me soltó la chaqueta casi como si le hubiera dado un calambre.
“¡El problema no es el armario, Carmen! Es que en este piso no se puede vivir. Está infestado de tus bichos ¡No puedo ni sentarme en el sofá ni pisar la alfombra tranquilo! Llego cansado del trabajo y esto es una gincana entre comederos, arenas y rascadores. ¡Has convertido mi casa en un zoo!”
Y yo ahí, apretando los labios para no contestar a la primera. “Mi casa”, dice, qué gracia. Que este piso grande de Chamberí, con las molduras y los techos de tres metros, era herencia de mi abuela. Jaime se mudó aquí con una maleta y el portátil hace cinco años, poco después de casarnos. Al principio, ni los pelos de Donato ni la cobardía de Chispa, mi gata tricolor, le importaban. Hasta decía que los gatos le daban mucha paz.
Pero se acabó la luna de miel, y con el tiempo demostró ser maniático de la limpieza y aún más de que toda la atención girase en torno a él.
“Jaime, que son dos gatos sólo”, le recordé mientras le ponía el café. “Y viven aquí desde antes que tú. Son familia”.
“¡¿Familia?!”, bufó, sentado ruidosamente. “¡Son parásitos! ¿Te has fijado cuánto cuesta su pienso? Ayer vi el ticket que dejaste encima de la mesa. ¡Treinta euros! ¡Treinta euros en serrín de gato! Y luego quieres que ahorremos en las vacaciones”.
“Es pienso especial. Donato tiene problemas de riñón, ya lo sabes. Y lo pago con mi sueldo, Jaime. No toco tu dinero”.
“¡Pero si tenemos una cuenta común!”, dio un golpe en la mesa, haciendo saltar la cucharilla. “Si gastas tu parte en los gatos, tengo que ser yo el que compre la carne, las frutas ¡No es tan difícil de entender!”
Y yo sin reconocer al hombre que recitaba poemas y me mandaba flores hace mil años. Ahora era un quejica amargado y, aunque sabía que lo estaban puteando en el trabajo por los despidos, la pagaba conmigo y con los pobres gatos.
Justo en ese instante, entró Donato en la cocina. Tan tranquilo, enorme y peludo, rozándose contra mi pierna y maullando bajito para pedir el desayuno.
“¡Fuera!”, gritó Jaime, pegando un zapatazo.
Donato dio un salto asustado, resbalando en el parqué y, en la confusión, enganchó la pernera del pantalón de Jaime. Se oyó un chirrío y ¡zas!, la tela rajada.
Se hizo un silencio de hielo. Jaime miró sus pantalones y vio el roto en la lana gris de los buenos.
“Esto era lo que faltaba”, murmuró, tan frío que me puso la carne de gallina.
Se levantó de golpe, volcó la silla y se puso rojo de furia: “¡Cinco años aguantando pelos, olores y gatos corriendo por la casa de noche! ¡Pero que me destrocen la ropa ya es el colmo! Carmen, o estos gatos o yo. Cuando vuelva del trabajo, que no quede ni rastro. Dáselos a tu madre, llévalos al refugio, me da igual. Pero con ellos ya no convivo. ¡Exijo respeto!”
“¿Me estás planteando un ultimátum… por los pantalones?”, pregunté sin creérmelo.
“¡No es por los pantalones! ¡Es por tu actitud! Los quieres más a ellos que a mí. Demuéstrame lo contrario. Esta noche lo vemos”.
Y salió dando un portazo tan fuerte que casi se cae el calendario de la pared.
Me quedé plantada en la cocina, con la cabeza a punto de explotar. Colgué el calendario, me senté y rompí a llorar, pero más de la rabia y el agotamiento que de pena. ¿Cómo puede uno exigir que abandones a seres indefensos? Donato, con doce años, es un abuelo que necesita medicina; Chispa es tan asustadiza que se moriría en la calle.
Entonces Donato salió con sigilo y, viendo que el gritón se había ido, apoyó las patas delanteras en mis rodillas, mirándome como un sabio. Se acurrucó ronroneando fuerte, como sólo lo hacen los gatos cuando quieren decir que todo irá bien.
“No os pienso abandonar jamás”, le susurré. “Ni loca”.
Llamé al trabajo y pedí el día por indisposición. No podía concentrarme y daba vueltas a todo. Recordaba aquella vez que Jaime le dio una patada a Chispa porque se cruzó en el pasillo de noche. Y luego prohibió que los gatos entrasen en el dormitorio; se quedaban arañando la puerta sin entender nada. Y los reproches por el dinero, cuando resulta que la casa es mía y yo pago la luz.
Por la tarde, la niebla mental se disipó y de pronto tuve una extraña claridad. Me di cuenta: ese ultimátum de Jaime no era un arrebato, era una prueba. Si alguien es capaz de ponerte a elegir entre él y tus responsabilidades con quien depende de ti, no merece ni a una ni a otra.
Miré el reloj: las cuatro. Jaime vuelve a las siete. Tiempo de sobra.
Fui a la habitación, abrí el armario y saqué la maleta grande, la de las ruedas, la de cuando fuimos a Málaga hace dos veranos. Abrí la cremallera y empecé a meterle su ropa: trajes, camisas, jerséis, vaqueros, calcetines. Preparé hasta el neceser con su colonia cara y su cepillo de dientes, todo cuidadosamente puesto.
A mitad, me entró el miedo. ¿Y si era una crisis más? ¿Y si merece la pena hablarlo, encontrar un entente? Pero recordé su mirada esa mañana. No, no se negocia con el egoísmo.
De pronto timbran a la puerta. Me asusté, pero era la vecina del quinto, Maruja. Siempre viene con algún cotilleo o una bolsa de magdalenas.
“¿Todo bien, Carmen? Que hoy tu marido ha salido gritando que casi tiemblan los muros…”
“Sí, Maruja, estamos reorganizando la casa”, le contesté sonriendo lo justo. “Gracias por preguntar. Luego bajo a tomar un café”.
Seguía recogiendo: su estantería en el baño, los zapatos, las zapatillas del Atleti, todo fuera. A las seis y pico ya tenía todo listo en la entrada; dos maletas y una bolsa deportiva. El piso parecía más grande, aunque raro, como si se hubiera curado de una enfermedad.
Me hice una infusión de poleo, le llené el comedero a los gatos y me senté en el sofá. Donato a mis pies, Chispa rondando por el reposabrazos.
A las siete y cuarto escuché la llave. Jaime resollando porque el ascensor no va.
“Bueno, ¿qué? ¿Has madurado, cariño? ¿Dónde están esos sacos de pelos? Supongo que los habrás largado ya, ¿no?”
Entró, ni se descalzó, y se quedó helado al ver la escena: yo con mi taza y los gatos tan tranquilos.
“¿Pero qué es esto? ¿Estás sorda? ¡Dije o yo o ellos!”
“Te escuché perfectamente. Y he decidido”, solté mientras dejaba la taza en la mesa.
“¿Dónde está mi sitio, entonces? ¿Por qué siguen aquí?”
“Porque esta es su casa. En el pasillo está tu elección”.
Corrió a la entrada y vio las maletas. Volvió blanco de susto.
“¿Me has echado mis cosas? ¿Que me echas de casa por los gatos?”
“No, Jaime. Te vas porque si apuestas todo a un ultimátum, pierdes. El que quiere no impone, busca soluciones. No te voy a hacer el favor de elegir entre el cariño y la dignidad. Has perdido ambas”.
Se puso a gritar, insultar, decir que a mi edad nadie me va a querer, que me iba a arrepentir.
“Mi piso, mi trabajo, mi dinero” le respondí. “Y ya no tengo que limpiar después de ti ni aguantar malas caras. Voy a estar estupenda”.
El muy imbécil hizo amago de acercarse, pero Donato se erizó y gruñó tan fuerte que Jaime dio un bote hacia atrás.
“¡Que te den! ¡Te quedas sola con tus pulgosos! Yo me busco una de verdad. ¡A ver cuánto duras!”, gritó, y se fue arrastrando las maletas. Hasta preguntó dónde estaba su portátil y sus papeles. Y le dije, con la voz más tranquila del mundo, que todo estaba en su sitio, hasta su taza del Atleti.
Cerró de golpe, creyendo que iba a salir a pararle. Pero no lo hice. Oí cómo bajaba arrastrando el equipaje por el portal.
Me quedé en el sillón, esperando sentir pánico o pena. Pero qué va. Era alivio puro. Como dejar una mochila llena de ladrillos en el suelo después de años.
Donato me miró y se dejó caer en mis piernas. Chispa, ya sin miedo, se acurrucó también.
Llamó luego por móvil, me puso “Amor” en pantalla, pero lo bloqueé y le cambié el nombre a “Jaime Exmarido”. Al rato pensé: ni eso, y lo borré.
En la cocina me serví un Rioja y un trozo de queso, y por primera vez en años cené en paz. Sé que lo peor puede venir después, pero para sacar a un fantasma de casa, hay que abrir la puerta.
Al rato timbran otra vez. Era Maruja, con un plato de empanada recién hecha.
“¿Ya se ha ido tu marido? ¿Otra vez de viaje?”
“No, Maruja. Esta vez, se ha mudado. Permanentemente. Vente a tomar algo; ahora tengo mucho sitio y está la casa en calma”.
Y de verdad, fue la mejor tarde en mucho tiempo. Hablamos, merendamos, y Donato y Chispa por ahí ronroneando, tan a gusto. Y entonces lo supe: la soledad no es estar en casa con gatos. Soledad es tener que traicionarte cada día para gustarle a alguien que no te respeta.
Ah, y al día siguiente llevé a los gatos a la peluquería felina del barrio. Que se merecen ir bien peinados, porque gracias a ellos saqué lo peorcito de mi vida.
¿Ves? Si aguantas hasta aquí, es porque sabes que, a veces, hay que limpiar bien la casa, pero sobre todo el corazón.





