¿Sabes, Lucía? Creo que nos hemos vuelto unos extraños. La rutina nos ha devorado. Estaba pensando necesitamos vivir separados un tiempo.
Gonzalo lo dijo con la naturalidad de quien sugiere comprar pan de centeno en vez de barra tradicional para la cena. Ni siquiera levantó la vista del plato de cocido que mojaba en un trozo de chorizo. Me quedé congelada, con el cucharón en la mano, sintiendo cómo una gota ardiente de caldo escurría por mi muñeca; pero casi no sentí el dolor. Un zumbido llenó mis oídos, como si hubieran encendido una aspiradora antigua a mi lado.
¿Qué quieres decir con vivir separados? pregunté, procurando que mi voz no temblara. Devolví el cucharón a la cazuela, con miedo de que me cayera de los dedos.
No es por trabajo ni nada así bufó Gonzalo, al fin alzando la vista. Sus ojos estaban cansados, un poco irritados, como los de un maestro repitiendo lo evidente a un alumno despistado. Hablo de darnos un respiro. De poner a prueba los sentimientos. Se nos ha apagado la chispa. Llego a casa y me asfixio es lo mismo de siempre: curro, cena, tele y dormir. Quiero saber si me atraes aún o si esto es sólo costumbre.
Me senté despacio frente a él. Veinte años de matrimonio. Dos hijos universitarios, cada uno ya en su ciudad. Una hipoteca que terminamos de pagar hace tres años. La casa que reformamos juntos, empapelando entre risas los domingos. ¿Y ahora asfixia?
¿Y dónde piensas quedarte mientras experimentas? pregunté apenas audible.
He alquilado una buhardilla cerca del trabajo, así evito los atascos respondió demasiado rápido, como si se lo hubiera preparado. Ya estoy guardando mis cosas. Están en el dormitorio.
Lo tenía todo decidido desde hace tiempo. Mientras yo elegía esquejes para el jardín y buscaba rebajas para regalarle un jersey, él buscaba piso. Alquilaba. Pagaba fianza. Y callaba.
¿Y mi opinión? le pregunté, buscando todavía en su rostro al joven por quien me casé. Pero sólo veía a un hombre ajeno, envejecido, con la mirada esquiva.
Por favor, Lucía, no montes escenas dejó la cuchara en la mesa. Ya no tenía hambre, al parecer. No estoy pidiendo el divorcio. Sólo una pausa. Ahora lo hace mucha gente, lo recomiendan los psicólogos. Quizá nos demos cuenta de que no podemos estar el uno sin el otro, y tengamos como una segunda luna de miel. O quizá al menos entonces podremos separarnos con la conciencia tranquila.
Se levantó, lanzó la servilleta al plato y fue al dormitorio. Desde la cocina oía cómo rebuscaba en los armarios, el rumor de las bolsas. Yo miraba el cocido su preferido, con garbanzos y todo, como siempre le gustaba y sentía crecer dentro de mí una niebla fría, pesada.
El resto de la tarde pasó como en sueños. Gonzalo iba y venía haciendo la mudanza de sus maletas al recibidor. Se llevó su portátil, la cafetera que le regalaron a mí en el trabajo pero que sólo usaba él, y su ropa de abrigo.
Me voy ya anunció en la puerta, con el rostro solemne y un leve asomo de culpa. No me llames. Quedamos así: un mes sin contacto para que sea limpio.
¿Y si revienta una tubería? pregunté tontamente.
Llamas a un fontanero. Ya eres mayor, puedes con eso. Me llevo mis llaves por si acaso necesito entrar a buscar algo, nunca se sabe. Cuídate.
Portazo. El cerrojo chirrió. Me quedé sola en una casa súbitamente demasiado grande, irracionalmente silenciosa.
Los primeros tres días sólo yacía. Me levantaba para beber agua o ir al baño. Creía que la vida, la mía, se había terminado. Repasaba una y otra vez los últimos meses, buscando mi error. ¿Demasiados reproches por sus calcetines tirados? ¿Engordé? ¿Me volví aburrida?
Al cuarto día vino mi hermana, Pilar, como un vendaval con bolsas llenas y una botella de vino. Cuando me vio hecha un mar de lágrimas, en bata y desaliñada negó con la cabeza.
Esto no puede seguir así. Al baño. Yo corto el queso.
Una hora después, en la cocina, con una copa de vino en mano, le conté la historia. Pilar escuchaba frunciendo el ceño.
Que si quiere probar los sentimientos, dices. ¿Que se siente ahogado? Lucía, tú eres contable, sumas y cuadras cifras como quieres ¿y aquí no ves la cuenta? Aquí hay gato encerrado, hermana.
¡No digas tonterías! ¿Una amante? Pero si Gonzalo tiene cincuenta y pico, le duele la espalda y tiene acidez crónica ¿quién querría?
¡Por favor! A esas edades el amor no entiende de achaques. Lo de que ha alquilado una buhardilla y dame un mes sin mensajes lo he visto mil veces: está probando a vivir con otra. Pero no quiere perder la base de operaciones por si la chica no le friega los calcetines o le sale el cocido peor que el tuyo. Si ahí hay lío, vuelve a verte y te dice no era lo mismo, sólo te amo a ti, pero si sale bien, te pide el divorcio.
Las palabras de Pilar me pesaban como piedras. Intentaba defender a Gonzalo, pero por dentro sabía que Pilar tenía razón. Todo encajaba: la contraseña nueva de su móvil, las reuniones que le hacían llegar tarde, la camisa nueva que compró solo.
¿Y qué hago pregunté, y sentí que la rabia iba ganando espacio a la pena.
¿Qué vas a hacer? ¡Vivir! y Pilar golpeó la mesa con fuerza. Hazte las mechas, cómprate algo bonito, y sobre todo: deja de esperar su llamada como si fuera la lotería. ¿La casa de quién es?
Mía. Era de mis padres contesté. Él sigue empadronado con su madre, nunca hicimos el cambio de papeles.
Pues ya sabes. La ley está de tu parte. No te quedes ahí sentada llorando. Él apuesta a que te quedarás esperando. Sorpréndele.
Esa noche no pude dormir. Recorrí la casa encendiendo todas las luces. En el baño, vi su antigua colonia de afeitar olvidada. Cogí el frasco y lo tiré con fuerza al cubo. Sonó como primer cañonazo en mi propia guerra.
Las dos semanas siguientes transcurrieron extrañamente. Volví a trabajar. Me notaron más delgada y apagada, pero achacaron el cambio a la primavera. Por mi parte, fui descubriendo que la casa, sin Gonzalo, se mantenía más limpia; nadie dejaba migas, los jeans no acababan tirados en la butaca. La compra duraba más y no hacía falta cocinar todos los días una ensalada bastaba.
Las tardes empezaron a dejar de dar miedo. Volví a coger las agujas de punto y bajo las series, empecé a tejer de nuevo. La soledad, lejos de asustar, resultaba sanadora. Nadie protestaba por la tele ni cambiaba el canal.
Sólo un punto de duda persistía: ¿y si Pilar estuviera equivocada?
Hasta que un viernes al salir del trabajo decidí pasar por el centro comercial a comprar lana. Subiendo las escaleras mecánicas les vi.
Gonzalo estaba apoyado frente al escaparate de una joyería. Junto a él, una mujer joven como mucho de treinta lucía un abrigo fucsia. Gonzalo le sonreía igual que me sonreía a mí hace décadas. Mientras señalaba una pulsera, la otra reía tirando la cabeza hacia atrás. Se veían radiantes.
Me escondí tras un hombretón. El corazón me latía en las sienes. Miré cómo mi marido, ese que buscaba aire, abrazaba a esa mujer y la guiaba hacia la salida.
En ese instante, algo murió en mí para siempre. Al mismo tiempo, surgió una certeza fría y tranquila.
No discutí ni hice escenas. Regresé a casa, cogí del cajón los papeles de la vivienda: escritura a mi nombre, contrato de herencia, certificado del registro; sólo mi nombre y el de los niños.
Busqué por internet un cerrajero para cambiar la cerradura.
Buenas tardes, necesito cambiar el bombín urgentemente. Tengo la documentación a mano. ¿Pueden venir en una hora? Perfecto.
El cerrajero, un hombre robusto de mono azul, fue directo al grano.
Póngame el más seguro le pedí. Que no se abra con ninguna llave vieja.
Entendido, señora. Le pongo el mejor del mercado. El sonido del taladro era música para mí. Con cada vuelta de destornillador, caía al suelo la dependencia de antes, el dolor, la costumbre de ser complaciente.
Cuando se fue, me dio el llavero brillante y nuevo. Cerré la puerta a conciencia. Cuatro vueltas de llave: cuatro muros de mi fortaleza.
Reuní todas las cosas de Gonzalo: los abrigos, los zapatos, la caña de pescar, sus herramientas. Lo empaqueté en bolsas grandes y las dejé en el portal.
Pasó otra semana. De Gonzalo, ni rastro. La prueba con su musa se estaba alargando, por lo visto. Yo, ya casi en paz, presenté la demanda de divorcio. Fue sorpresivamente sencillo.
El sábado por la mañana sonó el timbre, insistente.
Vi por la mirilla: allí estaba Gonzalo, algo desaliñado pero seguro de sí mismo, con una bolsa de la compra y un ramo de claveles.
No abrí. Apoyé la frente en el metal de la puerta y esperé.
Intentó abrir con su llave. Escuché el roce del metal. No encajaba. Volvió a intentarlo, frustrado.
¡Lucía! ¿Estás? ¿Qué le pasa a la cerradura?
Guardé silencio.
¡Lucía, venga, abre! Sé que estás, el coche está aquí. Son bromas, mujer. He vuelto antes de tiempo, tenía ganas de verte.
Respiré hondo y pronuncié fuerte, lo justo para que escuchara:
Tus cosas están en las bolsas negras a la izquierda. Llévatelas y lárgate.
Silencio. Él debió ver las bolsas.
¿Te has vuelto loca? la voz le salió chillona. ¡Abre ahora mismo! ¡Soy tu marido, tengo derecho a entrar!
No, Gonzalo. Nunca estuviste empadronado aquí. Esta siempre fue mi casa. Tú querías espacio. Pues aquí lo tienes. Vívelo le respondí serena.
¿Has cambiado la cerradura? ¿Pero cómo te atreves? ¡Llamaré a la policía! ¡Te romperán la puerta!
Adelante. Enseña tu DNI sin dirección. Cuéntales que te fuiste con otra, por si sentías algo. Igual hasta se ríen los guardias.
¡¿Qué otra?! ¡No digas chorradas! ¡Vivía solo!
Os vi en el centro comercial. Joyas, abrigo fucsia. No mientas más. El experimento ha terminado. Resultado: negativo.
Insultó por lo bajo, pateó la puerta, habló solo. Escuché cómo arrastraba las bolsas, frustrado.
¡Eres una mala bruja! ¡Mala, mala! gritó antes de bajar por el ascensor.
Me dejé caer sentada tras la puerta. Las rodillas me temblaban. Lloré, pero esas lágrimas no eran de pena, sino de alivio.
Al rato, me lavé la cara. Frente al espejo, vi a una mujer cansada pero con la barbilla en alto.
El móvil sonó: era Pilar. ¿Qué, ya vino el Don Juan?
Respondí: Ya se ha ido. Las cerraduras, perfectas.
¡Ole tú! Esta noche llevo tarta. Celebramos nueva vida.
Cogí la tetera y pasé por el recibidor. Los claveles, tirados junto a la alfombra. Veinte años y nunca supo que odiaba los claveles. A mí me gustaban los tulipanes.
Un mes después se celebró el divorcio. Fue rápido: hijos mayores, todo claro. La casa para mí, la finca se vendió y el dinero se reparte, el coche para él (pagó su parte), y esa compensación la usé para irme de viaje.
Pronto supe por conocidos que su joven musa le dejó tan rápido como le vio sin piso propio y sin colchón económico. Ni pudo mantener la buhardilla y acabó en el piso de su madre, en la periferia de Madrid, donde seguía empadronado.
Yo, mientras, acababa de volver de Andalucía. Por primera vez en años viajé sola, bronceada, vestida de colores, y hasta me permití un breve romance de vacaciones con un alemán muy simpático. Nada serio, pero me recordó que aún era y soy una mujer atractiva.
Una tarde, al volver del trabajo, le vi sentado en un banco frente al portal.
¿Lucía?
Gonzalo había perdido peso, vestía una cazadora vieja, la mirada derrotada.
Hola dije, sin pararme, aunque bajando el paso.
¿Podemos hablar? Fui un idiota. Me equivoqué. Echo de menos todo: la casa, tu cocido ¿Podemos volver a empezar? Veinte años juntos
Le miré y me sorprendió sentir nada. Ni enfado, ni pena. Solo vacío. Como a un desconocido.
Veinte años no se borran asentí. Pero el pasado es pasado. Tengo una nueva vida y no hay sitio para errores antiguos. Ni para ti.
He cambiado lo he entendido todo.
Yo también sonreí. Y aprendí que sola, ya no me asfixio.
Saqué mis nuevas llaves brillantes y entré. El telefonillo me dio paso. La puerta se cerró dejando fuera a Gonzalo y sus remordimientos.
Subiendo en el ascensor, pensé que quizás debería empapelar el recibidor con tonos melocotón y comprarme un sillón cómodo para tejer. La vida empezaba de nuevo y ahora, por fin, todas las llaves estaban en mis manos.







