Mi marido me dejó por otra mujer, y cuando tuvo un accidente, mi suegra me dijo que debía volver a acogerlo en la familia.

Mi marido, Juan, se desvaneció del horizonte un año atrás, llevándose consigo el eco de una mujer nueva que, según él, le había robado el corazón. Declaró que nunca me había amado de verdad y que ahora, bajo la luz de una luna extraña, sentía por fin un cariño genuino y una familia auténtica.

Yo, atrapada en un sueño donde mi hijo pequeño, Mateo, apenas tenía un año y medio, y mi hermano mayor, Pablo, jugaba entre nubes de guardería, no podía volver a trabajar. La única rama que me sostenía era mi hermana Carmen, que vive en una Barcelona que flota sobre el mar.

«No te preocupes, que el techo de tu piso sigue sobre tu cabeza», musitó mi suegra, mientras las paredes se convertían en alfombras de nubes. «Al menos tienes un techo y mi hijo te envía una pensión: un cuarto de su sueldo, como si fueran monedas de plata que caen del cielo».

Él no presentó el divorcio; yo no encontraba tiempo entre los dos niños, un trabajo remoto que parecía un hilo de luz y el constante peso de la incertidumbre. Cada mes la suegra descendía del cielo para ver a los nietos, a veces trayendo una cesta de frutas que brillaban como luciérnagas.

Juan no participó en la crianza. Afirmó que ahora tendría otros niños, como si sus pasos se alejaran en otra dimensión. Así pasamos un año en una casa que se balanceaba entre la realidad y la niebla, luchando por cada aliento.

Al final del año, un cupo se abrió en la guardería y Mateo fue aceptado; pude volver a trabajar y la carga se volvió un poco más ligera. Entonces, la suegra, con voz de campana, anunció por teléfono: «¡Mi Juan será padre pronto!». Añadió, casi susurrando, que debía presentar el divorcio rápidamente, que no quería que mi nieto naciera fuera de matrimonio.

Descubrí que la amante de Juan estaba en la octava semana de embarazo, y presenté la demanda de divorcio. Una semana después, Juan sufrió un accidente de coche; amaba la velocidad como quien persigue cometas en una tormenta, y esa vez la suerte le dio la espalda.

El coche que habíamos comprado durante el matrimonio se convirtió en un montón de metal destrozado, y Juan quedó en el hospital, cubierto de heridas, con médicos que decían que jamás volvería a caminar. Mi suegra lloraba al otro lado del teléfono, y sentí compasión: Juan seguía siendo mi marido, al menos en el sueño.

«Debes sacarlo del hospital y cuidar de él», exigió ella. «¿Yo? ¿Por qué yo?», protesté, temblando como una hoja en el viento. «Porque aún no estáis divorciados», respondió, «su amante abortó ayer; no quiere un hijo con un padre discapacitado. Y tú, como esposa, eres la responsable».

El proceso judicial se había quedado suspendido por la hospitalización, así que la sentencia aún no era firme. Le dije a mi suegra que mis obligaciones como esposa terminaron cuando él nos abandonó sin mirarnos, que nos dejó, a mí y a los niños, sin sustento. «Me ha engañado, me ha dejado», dije, «el hecho de que no estemos divorciados es un azar desgraciado que pronto aclararé. Juan aún tiene a su madre, que lo adora como a un tesoro».

«¿Esperas que yo cuide de mi hijo?», replicó ella, con una voz que resonaba como un eco en una caverna. «Yo cerré esa puerta cuando él era un niño. Ahora la carga recae en la esposa. Eres despótica y desagradecida; contaré a mis nietos que su madre abandonó a su padre cuando quedó inválido».

Parecía que ahora yo era la que había dejado a Juan, no él a nosotros hace un año. Finalmente, la suegra recogió a Juan del hospital; su cuerpo empezaba a sanar lentamente, y los médicos, ahora menos sombríos, hablaban de posibilidades. El divorcio se finalizó al fin.

En la Sevilla que ahora flota sobre una colina dorada, mi exsuegra cuenta a todos: «¡Ahora debo cuidar a mi hijo enfermo! Su mujer lo ha dejado, los niños también. ¡Qué mujeres son hoy! Mientras el hombre esté sano y gane, es bienvenido; pero si queda discapacitado, lo expulsan!». La gente asiente, sacudiendo la cabeza con compasión, sin notar que fue Juan quien nos abandonó cuando estaba fuerte.

Una amiga me aconseja vender el piso flotante y mudarme a un lugar lejano, donde el horizonte sea diferente. Mi hermana Carmen, en la Barcelona que se mece sobre el mar, me ha invitado a quedarse allí. Creo que aceptaré, dejando atrás la casa de nubes y el eco de aquel sueño desgarrador.

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MagistrUm
Mi marido me dejó por otra mujer, y cuando tuvo un accidente, mi suegra me dijo que debía volver a acogerlo en la familia.