Mi esposo me dejó por mi hermana. Se fue a vivir con ella. Y tres años después, la abandonó también, pero esta vez por su mejor amiga.
Estuvimos casados siete años. Nuestro matrimonio no era perfecto, pero tampoco malo. Llevábamos una vida normal: trabajo, casa, familia, reuniones los domingos. Mi hermana venía a menudo a nuestra casa. Siempre estaba cerca de nosotros. Nunca noté nada raro. Al contrario, me parecía natural que se llevaran bien. A veces se quedaba a comer, otras le llamaba para que me ayudara con algo, ya que trabajaba todo el día. Jamás sospeché nada.
Un jueves cualquiera, él salió temprano diciendo que iba al trabajo. No volvió para comer. Tampoco apareció por la noche. Ni al día siguiente. Al tercer día, cuando por fin respondió al teléfono, ni se disculpó ni dio explicaciones. Simplemente dijo: «No voy a volver. Necesito distancia». Pensé que sería una crisis, que se habría ido a casa de algún amigo. Pero esa misma semana, uno de mis familiares me soltó lo que nadie se atrevía a decir: él estaba viviendo con mi hermana.
El rumor se convirtió pronto en realidad. Mis padres lo supieron, los tíos, los vecinos. Mi hermana dejó de contestar al teléfono. Él tampoco se acercaba por el barrio. Pocos días después, ella vino a recoger su ropa mientras yo no estaba. Nadie ofreció una explicación. Parece que todos asumieron que ya no había nada más que decir.
Se instalaron juntos en otro barrio. Luego empezaron a aparecer en las reuniones familiares, a las que yo ya no iba. Mi hermana repetía que «el amor no se elige» y que las cosas simplemente pasan. Él aseguraba que ya no era feliz conmigo. Yo me quedé sola, con vergüenza y dolor. Por suerte no teníamos hijos, de lo contrario la herida habría sido aún mayor.
Pasaron tres años. Seguí adelante como mejor pude. Ellos seguían juntos, o eso creía. Hasta que, otra vez por boca de terceros, supe que ya no vivían juntos. Él se había marchado. Y no estaba solo: ahora estaba con la mejor amiga de mi hermana, una mujer que siempre estuvo ahí desde el principio, que conocía toda la historia, que fue confidente y testigo de todo.
Mi hermana se hundió. Una vez más, él cambiaba de casa, versión y justificaciones. Ahora decía que tampoco era feliz con mi hermana, que la culpa era de ella, que estaba confundida. Pero ya nadie le creía.
Hoy nuestra familia sigue rota. Yo no tengo relación con mi hermana, ella tampoco con la que fuera su mejor amiga. Y él jamás pidió perdón. Nunca asumió la responsabilidad.
¿Será esto el destino?







