¿Y por qué las albóndigas están tan secas? ¿Has empapado bien el pan en leche? ¿O, como siempre, solo has echado un chorro de agua a la carne picada? Javier pellizcó con disgusto la superficie dorada de la albóndiga, como si en vez de carne estuviera buscando una trampa.
Beatriz se quedó quieta, el paño de cocina apretado entre las manos. En el estómago notó esa tensión vieja y conocida, ese resorte preparado para romperse. Terminaba de fregar la sartén y había deseado, ingenua, que la cena de aquel día pasara en paz. La esperanza se disolvió antes siquiera de nacer.
Javi, es ternera. Ternera buena, comprada hoy en el mercado al salir del despacho. Le puse cebolla, especias, huevo. No están secas, son de carne, respondió con voz templada, dándose la vuelta solo a medias.
Eso, carne magra corrigió, levantando el dedo mientras masticaba. Pero mi madre siempre añade un poco de panceta. Y pan. Pero del duro, bien empapado en nata. Así sí, se te deshacen en la boca. Esto… parece una suela, Bea. De verdad. Entiéndeme, que ya llevamos quince años casados. Algo de mano tendrías que haber cogido, por lo menos con lo básico.
Beatriz dejó con calma la esponja, cerró el grifo y se secó las manos. Quince años. Quince años oyendo el mismo tema: Es que mi madre, Lo de mi madre, Mi madre lo hace distinto. Primero, tímidos comentarios. Después, consejos. Ahora, comparación directa, donde Beatriz siempre llevaba las de perder.
Le miró desde la cocina. Javier estaba sentado, cara de mártir culinario ante comida de carcelario. Camisa perfectamente planchada por Beatriz, mantel limpio por Beatriz, casa reluciente por Beatriz. Pero todo eso no contaba: la albóndiga no era como las de mamá.
Mira dijo conteniendo el temblor. Si no te gustan, no las comas. Tienes croquetas en la nevera.
Otra vez te ofendes puso los ojos en blanco y soltó el tenedor. Si te lo digo es por tu bien. Quiero que mejores como ama de casa. La crítica te hace crecer. Si me quedo callado, pensarás que esto es alta cocina. Mi madre siempre dice: La verdad pica, pero cura.
Tu madre, Carmen Jiménez Beatriz dio un paso al frente, lleva treinta años sin trabajar. Puede dedicar el día entero a mojar el pan en nata, hacer tres tipos de mezcla y encerar el suelo. Yo llevo todo el día haciendo informes como responsable de contabilidad. He llegado a las siete y media y a las ocho cenabas caliente. ¿Podrías, al menos una vez, agradecerlo y no buscar la panceta perdida en la albóndiga?
Venga ya zanjó Javier, gesticulando. Yo trabajo, yo me canso. Todo el mundo trabaja. Mi madre también lo hacía, y aun así, en casa no faltaba nunca ni la sopa, ni el segundo, ni el postre. Las camisas parecía que andaban solas de lo bien que las planchaba. Simplemente tenía manos de oro y amor por la familia. Tú, en cambio, haces las cosas por cumplir. No tienes ese calor, ese toque hogareño.
Las palabras cayeron como piedras en la cocina silenciosa. No tienes chispa de mujer. Por cumplir. Beatriz miró a su marido y vio, de pronto, no a alguien con quien compartía la vida, sino a un niño consentido, mayorcete ya, que no había salido de los pantalones cortos de mamá pero exigía de otra un trato real.
La copa de la paciencia, colmada a lo largo de años un calcetín mal doblado, un cocido raro, el polvo hallado con un pañuelo blanco en lo alto del armario; sí, a Javier le encantaba ese número teatral, rebosó.
¿Soy mala ama de casa? preguntó con extraña tranquilidad, como si la tormenta ya hubiese pasado dejando frío y sótano.
Hombre, mala Javier aflojó el tono, viendo sus ojos, pero volvió a su canción favorita. Digamos que eres del montón. A mejorar. Mi madre, a tu edad…
Se acabó levantó la mano, interrumpiéndole. No pienso escuchar ni una vez más lo de tu madre. Ya lo he captado. No llego a tu nivel. No puedo darte el confort ni la experiencia culinaria a la que te malacostumbraron de pequeño. Y sinceramente, nunca lo lograré. No tengo fuerzas, ni ganas.
¿Y qué propones? ironizó Javier. ¿El divorcio por unas albóndigas? No digas bobadas.
No. Todavía no. Te propongo otro experimento. Si doña Carmen es el modelo insuperable, ¿por qué tienes que estar aquí, pasándolo mal con una inútil como yo? No es justo para ti, tan sensible y exigente.
¿Por dónde vas? ya sospechaba.
Por esto, Javier, deberías vivir donde sí te valoran, comprenden y, sobre todo, te alimentan como es debido. En casa de tu madre.
Javier soltó una carcajada.
¡Esta sí que es buena! ¿Ahora me echas? ¿De mi piso?
Recuerda, el piso lo compramos juntos, pero la hipoteca la pagué con mis primas y el adelanto vino de mis padres dijo en frío. No te echo. Te ofrezco unas vacaciones. Cuidado termal en el Hotel mamá. Según tú, allí es la gloria. Pues adelante. Por un mes. Te libras de mis albóndigas, de mis sábanas sin almidonar. Y yo pensaré si aprendo a remojar pan en nata.
¿Vas en serio? se le borró la sonrisa.
Totalmente. Estoy agotada de rivalizar con el fantasma de tu madre en nuestra casa. Quiero volver y no preocuparme si el tenedor está un milímetro desviado. Prepara la maleta.
Javier se levantó, arrastrando la silla.
¡Ah, así estamos! ¡Perfecto! ¿Crees que me va a faltar algo? Allí voy a vivir como un rey. Mi madre estará encantada. Siempre dijo que no me cuidabas bien, que estoy flaco, desmirriado. Ya verás cómo florezco. Tú aquí sola te las verás negras. A ver quién te cambia la bombilla o arregla el grifo
Llamaré al fontanero respondió con un encogimiento de hombros. Por veinte euros me lo arregla y no da la lata.
La recogida fue de teatro. Javier metía camisas en la maleta dando portazos y murmurando sobre la ingratitud y la estupidez femenina. Beatriz se sentó con un libro en la sala, sin leer palabra, escuchando el ruido. Tenía miedo, sí, pero por encima sentía una extraña y serena sensación de alivio.
¡Me voy! gritó Javier con dos maletas en el recibidor. Ni sueñes con que volveré a la primera de cambio. Cuando te des cuenta de lo que has perdido, tendrás mucho que suplicar.
Deja las llaves en la entrada dijo sin levantarse.
Se cerró la puerta. El silencio. Beatriz lo escuchó: era suave, no pesaba. Bajó a la cocina, miró la albóndiga a medio comer, la tiró a la basura. Después, abrió una botella de vino blanco, se sirvió una copa y, por primera vez en años, disfrutó cenando lo que le apetecía: un poco de queso con miel, sin importar si eso no alimenta a un hombre.
La primera semana pasó para Beatriz como un sueño plácido. Nadie la despertó en domingo exigiendo desayuno. Nadie dejaba calcetines tirados. Nadie le quitó su serie favorita para poner un partido. Volvía del trabajo y llenaba la bañera cuanto quería, sin oír: ¿Te has dormido ahí? ¡Que quiero entrar al baño!.
La vida de ensueño de Javier, en cambio, comenzó con sorpresas.
Carmen Jiménez recibió a su hijo con los brazos abiertos.
¡Javicho! ¡Hijo mío! ¡Al fin! ¿Te ha echado esa cualquiera? Siempre lo dije: no era para ti. Tranquilo, cariño, aquí te va a mimar tu madre como Dios manda.
Los dos primeros días, realmente disfrutó. Desayuno de churros recién hechos, comida con guiso y albóndigas rebosantes de tocino, cena de pimientos rellenos. Madre revoloteando, sirviendo el mejor trozo, escuchando sus lamentos y asintiendo.
Pero al tercer día, llegaron los matices.
Javier, adaptado a su libertad matrimonial, quiso dormir hasta tarde en sábado. A las nueve, la puerta de su cuarto su habitación de niño, intacta desde el instituto voló abierta.
¡Javicho, venga arriba! ¡Se enfría la leche! ¿Qué haces en la cama a estas horas? ¡Así no se prospera! Carmen descorrió las cortinas, entrando el sol a raudales.
Mamá, es sábado… Deja dormir susurró, tapándose.
¡Nada de dormir! El orden es salud. He hecho torrijas, hay que comerlas calientes. Y luego, nos vamos a limpiar el trastero, que me hace falta una mano.
Arrastrando los pies, Javier llegó a la mesa. Las torrijas, sabrosas, sí, pero la programación cultural arrancó nada más acabar.
Mira, hijo, aquí tienes las revistas, hay que elegir: unas al contenedor, otras a la sierra. Luego baja por patatas: cinco kilos, sola no puedo.
Que me duele la espalda…
A todos. Bewegung ist Leben, dicen los alemanes. ¿Ves esa barriguilla? Eso te lo ha hecho tu mujer, que te daba comida empaquetada. Yo te pongo en forma.
Por la tarde, Javier quiso ver un thriller en la tele.
¡Javicho, baja el volumen! ¡Tengo jaqueca! ¿Y qué porquería ves ahí? Todo son muertes. Pon Aquí no hay quien viva, o el concierto de pasodobles.
Mamá, quiero una peli…
Cuando tengas casa, mandas. Aquí, yo. Un respeto. Te crié, no dormía, y mira cómo pagas.
Javier masculló y apagó la tele. Se metió en el cuarto, cogió el móvil. Le picaba llamarle a Beatriz, preguntar cómo estaría, pero no lo permitió el orgullo. Ya se arrepentirá, seguro que está llorando sola, se repitió.
La segunda semana fue peor. Descubrió que su madre no solo cocinaba rico, sino que controlaba el 100 % de su existencia.
¿Dónde vas? quiso saber Carmen, cuando el martes anunció que quedaba en un bar con los amigos.
A tomar una caña con los chicos.
¡Nada de cañas! Mañana es miércoles, hay que madrugar. El alcohol es veneno. A las diez en casa, que cierro con llave y no voy a abrir a deshora.
¡Mamá, que tengo cuarenta y dos años! explotó Javier. ¡No soy un niño!
Y para mí lo serás. Nochebuena, tus normas; aquí, las mías. Aquí no hay desenfreno. Tu mujer te hacía el gusto, por eso se ha roto el matrimonio, pero yo soy seria.
Se quedó en casa, escuchando cómo su madre, a voces al teléfono, lo criticaba a él, el desastre de matrimonio y la vaga de su nuera.
Sí, Pili, volvió el chico. Flaco, sin color, nervioso. ¡Claro, la otra lo tenía abandonado! Nada, ni barrer, ni guisar. Pero yo lo arreglo…
Javier, incómodo, recordó algo: Beatriz nunca le prohibió salir con amigos. Es más, le decía Ve, pásalo bien, pero vuelve entero. Nunca le despertó en domingo si no hacía falta. Cocinaba lo que pedía, sin trucos de madre, pero con su cariño, sin lecciones.
Por cierto, la comida también dio problemas. Los platos de mamá, riquísimos, sí, pero mortales para el estómago: grasa, mayonesa, aceites a litros. Su estómago, acostumbrado a cenas ligeras y guisos saludables de Beatriz, empezó a rebelarse: acidez y pesadez.
Mamá, ¿y si haces solo pollo hervido hoy? susurró una tarde.
¿Te pasa algo? saltó Carmen. Eso es de enfermos. ¡Un hombre necesita fundamento! Venga, come estofado, que le puse manteca.
Al final de la tercera semana, Javier estaba al límite. Llegó a una conclusión terrorífica: mejor amar a mamá y sus guisos desde lejos. Vivir con el ideal era una dictadura. El ideal exigía sumisión total, justificarse a cada paso y agradecer por respirar.
Entre tanto, Beatriz florecía. Se apuntó a yoga, salió con amigas, cambió el dormitorio y sacó el sillón enorme (el favorito de Javier), ese que siempre cogía polvo. Empezó a ver que la soledad no es miedo. Es paz.
El viernes, llamaron a la puerta. Esperaba a un carpintero para montarle una estantería; abrió sin preguntar.
Allí estaba Javier, maletas en mano, ojeroso, ramo de crisantemos mustios.
Hola… musitó, sin atreverse a pasar.
Beatriz se apoyó en el marco, brazos cruzados.
Hola. ¿Te has dejado algo?
Bea… ¿Podemos hablar?
Creo que ya lo hablamos. El mes no ha pasado. ¿Qué tal tus vacaciones? ¿Te alimenta bien tu madre?
Javier hizo una mueca.
Bea, ya vale… Quiero volver.
Esta no es tu casa, Javier. Tu hogar es donde está el ideal: albóndigas con panceta y sábanas almidonadas. Yo no doy la talla. ¿Por qué volverías aquí a este infierno culinario?
Javier dejó las maletas y suspiró hondo.
Perdóname. He sido un imbécil. De verdad. No supe valorar lo que teníamos.
Eso parece asintió Beatriz. ¿Y qué ha cambiado? ¿Te echó tu madre?
No. Me escapé yo. No se puede, Bea. Lo controla todo. Ni tele puedo ver, me hincha a grasa, sigo con ardor. ¡Hasta me critica cómo me lavo los dientes! Me he dado cuenta… eres una santa, por aguantarme. Cocinas de maravilla, en serio. Llevo toda la semana soñando con tu sopa, simple, sin panceta.
Beatriz lo vio sincero. La dulzura maternal había arrasado con sus costumbres de adulto.
¿Así que ya te gustan mis albóndigas? rió.
¡Las mejores! Bea, déjame volver. Te lo juro, ni una palabra de mi madre. Ya sé la diferencia: visitas y vivir no es lo mismo. Ya veo tu esfuerzo. Me malacostumbré…
Él intentó abrazarla, pero Beatriz levantó la mano.
Espera. Las disculpas están bien. El aprendizaje, mejor. Pero aquí nada volverá a ser igual, Javier. No quiero que dentro de un mes se te olvide la lección y vuelvas con el polvo bajo la alfombra.
¡No se me olvidará! Lo prometo.
Las palabras vuelan. Vamos a acordar algo: vuelves, pero a prueba. Tres meses. Ni un solo comentario de comparaciones. Si no te gusta la comida, te cocinas tú solito, en silencio. No te agradan las camisas, usas tú la plancha. No soy tu criada ni el sustituto de tu madre. Soy tu compañera. Los dos trabajamos, los dos nos cansamos. Así que el reparto, por igual. O, al menos, respeto.
Javier asintió rápido.
¡Lo acepto! Cocino los domingos, hago incluso paella. Pero déjame volver, por favor.
Y una cosa más: cada semana llamas a tu madre y le dices la suerte que tienes de tener esta mujer a tu lado. Que vea que aquí hay familia, no trabajo forzoso.
Eso va a costar… Ella sigue pensando que me está salvando.
Eso es tu problema, Javier. Tú permitiste que pensara mal de mí; ahora, te toca arreglarlo.
Javier le miró con respeto nuevo. Beatriz era otra, o quizá siempre lo fue y él no quiso ver aquella fortaleza.
Lo haré. De verdad, Bea. Te quiero. No sabes cuánta suerte tengo contigo.
Beatriz suspiró y, sonriendo, se apartó del marco.
Pasa. Pero que sepas: las maletas no te las pienso deshacer. Y no hay cena. Si tienes hambre, hay huevos y tomates en la nevera. ¿Te haces una tortilla?
¡Perfectamente! Javier entró volando. Con tomate, lo que sea. ¡Lo mejor del mundo!
Por la noche, compartían la cocina. Javier devoró una tortilla que él mismo había hecho (salada en exceso, pero no dijo nada) y ya se reía contando las normas de su madre.
Imagínate: me obligó a ponerme bufanda para sacar la basura ¡Con quince grados! Decía que la meningitis no perdona.
Beatriz sonreía. Veía que Javier, por fin, había aprendido la lección. Carmen Jiménez, sin saberlo, había puesto el límite que salvó su matrimonio: mostrarle a su hijo cómo es convivir en el paraíso ideal… y no soportarlo ni un mes.
El domingo, Javier aspiró la casa él solo y sin comentarios tipo mi madre lo hace en cruz. Cuando Beatriz hizo sopa para comer, repitió dos platos y le dio las gracias.
Al mes, Carmen llamó.
¿Ya se te ha pasado la tontería, lagartona? preguntó sarcástica. ¿Ha vuelto mi niño?
Lo he aceptado de vuelta yo, Carmen contestó Beatriz tranquila. Y, por cierto, te manda recuerdos. Dice que allí en casa, bien, pero aquí ya está como en su sitio. Aquí hay democracia, no estado policial.
La suegra colgó, pero Beatriz sonrió. Sabía que acabaría llamando otra vez. Al fin y al cabo, Javier era su hijo. Pero entre la familia y el influjo de la madre, ahora había un muro: el respeto mutuo y la lección aprendida en el edén materno.
La vida volvió poco a poco. Javier cumplió su palabra: no volvió a comparar. Alguna vez se le escapaba un es que, pero paraba al ver la mirada de Beatriz. Empezó a ver el hogar y el cariño que hay tras cada detalle, y no magia gratuita. Beatriz entendió que, a veces, para salvar algo hay que dejar de aguantarlo todo y plantar límites claros. Porque solo al comparar, se valora de verdad lo que uno tiene, y no siempre gana ese pasado ideal.
La moraleja: a veces, hay que perder lo que se tiene para aprender a valorarlo, y solo así se aprende que el verdadero hogar no es donde huele a comida de la infancia, sino donde hay respeto y amor presente.







