¿Lo dices en serio, Diego? Dímelo, por favor, que esto es una broma de mal gusto. ¿O quizá he entendido mal con el ruido del grifo?
Almudena cierra el agua, se seca las manos con el paño de la cocina y gira despacio para mirar a su marido. En la cocina huele a verduras cocidas, eneldo fresco y naranjas olores de la fiesta que se avecina. Faltan solo seis horas para que sea Nochevieja. En la mesa se acumulan montones de ingredientes picados para la ensaladilla rusa, en el horno se asa ya el pato con manzanas, y en la nevera cuaja un aspic de carne que lleva cocinando toda la noche.
Diego está plantado en el umbral, cambiando el peso de un pie a otro con expresión culpable, jugueteando con el botón de la camisa, señal inequívoca de que sabe que es un disparate pero no piensa dar marcha atrás.
Almu, no empieces, por favor su voz suena suplicante, casi infantil. A Teresa se le ha inundado la casa. Bueno, exactamente no, pero no tiene agua ni calefacción. Ya me dirás, estar en Nochevieja con los niños, muertos de frío… No podía negarme. Son mis hijos, después de todo.
Los niños, sí, son tus hijos Almudena intenta contenerse, aunque la indignación le tiembla en la voz. ¿Pero Teresa? ¿Acaso también es tu hija? ¿Por qué no se va a casa de su madre, o con alguna amiga? ¿O a un hotel, que a fin de cuentas la pensión que pagas le da para un cinco estrellas?
Su madre en el balneario, las amigas fuera… Diego esquiva la mirada. Además, es una fiesta familiar. A los críos les hace ilusión la Nochevieja con su padre. Solo vamos a cenar, ver las uvas, los fuegos artificiales… No es para tanto. El piso es enorme, cabemos de sobra.
Almudena recorre la cocina con la vista. Sí, la casa es grande, pero es SU casa, la de Diego y ella. Ha estado días limpiando, decorando el árbol, eligiendo servilletas que combinan con las cortinas, comprando ese perfume caro que él tanto quería. Ha soñado este momento todo el año: velas encendidas, la luz de las guirnaldas, música suave y ellos dos. Su primera Nochevieja a solas en tres años de matrimonio, sin viajar ni recibir visitas. Ahora su ilusión se tambalea como un castillo de naipes.
Diego, lo hablamos le recuerda suave. Dijimos que esta noche sería solo para nosotros. No tengo problema con tus hijos, lo sabes. Los recibo siempre de buen gusto cuando vienen los fines de semana. Pero Teresa… has invitado a tu exmujer a nuestra mesa. ¿No ves lo absurdo que es?
Exageras él intenta sonar firme. Somos personas civilizadas, Almudena. Teresa es una buena mujer, es solo la madre de los niños. No seas egoísta. No se puede ser así en estas fechas. Llegan en una hora.
Da media vuelta y sale a toda prisa, como si temiera que su mujer le lanzase la sartén. Almudena se queda quieta, apoyada en la encimera. El pato crepita en el horno, pero el apetito ha desaparecido. No seas egoísta. Aquello dolía más que nada. Tres años esforzándose por ser la esposa perfecta, hacer que la casa funcionara, nunca impedía a Diego estar con los niños, soportaba los antojos de Teresa a todas horas que si arreglar la cisterna, que si llevar el gato al veterinario. ¿Y este es el agradecimiento?
Vuelve a picar las patatas automáticamente, confiando en que la rabia se pase. Quizá no sea para tanto, quizá Teresa se porte bien. Al fin y al cabo, es Nochevieja, tiempo de milagros.
El milagro, sin embargo, no ocurre. El timbre suena exactamente cincuenta minutos después. Almudena a duras penas ha podido cambiarse a un vestido elegante y maquillarse ligeramente. Diego abre la puerta reluciente como una copa de cava.
La comitiva entra armando alboroto. Los primeros en irrumpir son los niños el mayor, Guillermo, de diez años, y Jaime, de siete, que cruzan el recibidor corriendo, dejando huellas sobre el parquet recién fregado. Detrás entra Teresa, imponente como un trasatlántico.
Viste un vestido rojo escotado y arrastra bolsas enormes. Su perfume empalaga enseguida toda la casa, compitiendo con el aroma de las naranjas.
¡Ay, por fin! proclama alto. ¡Menudo atasco, el taxista casi me obliga a bajarme para empujar! Diego, coge las bolsas, que ahí van los regalos de los niños y el champán. Champán bueno, no lo que compras tú normalmente.
Almudena sale al pasillo con una sonrisa forzada.
Buenas noches, Teresa. Hola chicos.
Hola, Almu responde Teresa con desdén, observando su sencillo vestido negro. Esto está cargadísimo, habría que abrir la ventana. ¿Y mis zapatillas rosas, las que dejé aquí la última vez que vine por la pensión? Diego, ¿sabes dónde están?
Ahora las busco, Tere Diego se pone a rebuscar entre los zapatos del armario.
Tere. Almudena siente cómo se le revuelven las tripas. ¿En su casa hay zapatillas especiales para la exmujer? ¿Y Diego sabe dónde?
Ya en el salón, los niños encienden la tele a todo volumen y brincan sobre el sofá nuevo, ese que ella cuida como oro en paño.
Guillermo, Jaime, por favor, con cuidado intenta que suene amable.
Déjales brincar, si son niños interviene Teresa. Tanta energía hay que sacarla. Diego, tráeme agua, me muero de sed.
La siguiente hora se convierte en el show de Teresa. Habla de todo, inspecciona el árbol (Qué aburridos los adornos, en mis tiempos los poníamos divertidísimos), cuestiona la mesa (¿Tantas copas, qué nos creemos, en el Palacio Real?), alterna regañinas a los niños con mimos, y Diego, obediente, cumple todos sus caprichos: sube y baja el volumen, busca cojines, el cargador del móvil. Evita cruzar la mirada con Almudena.
Almudena pone la mesa en silencio. Lleva platos, distribuye copas, sintiéndose una camarera en su propia casa.
Almu grita Teresa desde el salón, ¿has hecho ensaladilla rusa con mortadela? Vaya, eso es más antiguo que la tos. A Diego le gusta con ternera, ¿no lo sabías? Siempre la hicimos así.
Lleva tres años comiendo la mía tan feliz responde Almudena, dejando el bol en la bandeja con fuerza.
Será por educación ríe Teresa. Mi Diego, qué apañado, se lo come todo, aunque sea a disgusto.
Diego, junto a la puerta, sonríe forzado y calla. No la defiende. No dice: Déjalo, Almudena cocina genial. Simplemente consiente, por no disgustar a su exmujer.
Eso fue la primera alarma. La segunda, cuando Almudena sirve el pato, dorado y brillante, una obra de arte. Lo coloca con mimo en medio de la mesa.
Ahí tenéis. Pato con reineta y ciruelas.
Los niños se acercan y ponen cara de asco.
¡Puaj, está quemado! protesta Jaime. ¡No pienso comer eso! Papá, queremos pizza.
No está quemado, es la costra intenta explicar Almudena.
Ay, por favor, los niños eso ni lo prueban se queja Teresa, pinchando sin ganas el pato. Todo tan graso y eso negro, ¿ciruelas? ¿A quién se le ocurre echar mermelada a la carne? Diego, pide una pizza. Bueno, para mí también, no me la juego con ese pato. Tengo el estómago delicado.
Diego mira a Almudena pidiendo perdón.
Almu, ¿verdad que sí? Para los niños es un día especial. No tardo nada en pedirla.
¿Hablas en serio? la voz de Almudena tiembla. Llevo cuatro horas con este plato. Un día entero de adobo. Es lo mejor que sé hacer.
No te disgustes intenta abrazarla, pero ella se aparta. Cada uno tiene sus gustos. Cenamos todos: pollo y pizza. Así hay variedad.
Agarra el móvil y, mientras Teresa le indica, pregunta: ¿Con champiñones o barbacoa, Tere?
Almudena se sienta. Todo parece irreal. Su casa, su mesa, su noche, y ella una extra en la película, mientras Diego discute el relleno de la pizza con su ex, que encima crítica su comida.
Por cierto Teresa cobra energía y se sirve cava por su cuenta, Diego, ¿te acuerdas la Nochevieja de 2015? En el pueblito de la sierra. Te tocó disfrazarte de Papá Noel, y se te cayó la barba delante de todo el mundo. ¡Qué risa!
¡Claro que me acuerdo! Diego se afloja, se ríe. ¡Tú ibas de Reina Maga y rompiste el tacón en la nieve!
Recuerdos y anécdotas fluyen: el primer coche, las vacaciones que compartieron, las primeras palabras de Guillermo. Se ríen, se miran, todo un mundo del que Almudena queda fuera. Siente que en esa mesa no pinta nada. Es invisible.
Los niños, al alboroto, tiran una copa de vino tinto. Cae sobre el mantel blanco que Almudena había estado planchando toda la tarde. La mancha se expande como una herida.
Uy, mira eso chilla Teresa. Diego, haz el favor, limpia eso. Y no pongas más copas tan a la orilla, que aquí corren los críos. Almudena, ¿tienes sal? Para echarle, aunque total el mantel tampoco es una maravilla…
Almudena se levanta. Solo oye un zumbido y las risas de fondo. Mira a Diego: está a sus pies, cubriendo la mancha de sal, siguiendo las órdenes de Teresa. No la mira, no pregunta si está bien. Solo existe la otra familia.
En ese instante, Almudena lo ve claro: está de cuerpo presente, pero para Diego, aquí y ahora, es nada. Solo existe esa culpa por su pasado. Ella, un decorado útil, ni siquiera un ser humano. Una asistente, una sombra.
Sale del salón. Nadie la nota. Teresa sigue contando batallas a carcajadas, Diego corre asegurándose de que no falte de nada.
Entra en el dormitorio. Dentro reina la calma, solo una luz de la calle la ilumina. Saca una bolsa de viaje del armario. No tiembla, todo es frío y lúcido. Ropa interior, vaqueros, jersey de lana, el neceser, el cargador, el DNI.
Se cambia, se quita con rabia el vestido. Se pone botas cómodas y se mira en el espejo. Desde el cristal la observa una mujer cansada, pero firme.
Cruza el pasillo y escucha el timbre: han traído la pizza.
¡Pizza! gritan los niños.
Diego, paga tú, que yo tengo billetes grandes ordena Teresa.
Aprovecha el barullo para coger la puerta, salir y cerrar quedamente tras de sí. Llama al ascensor y ya dentro, respira hondo por primera vez en toda la noche.
En la calle cae una nevada densa. Madrid reluce bajo los petardos y la música de fondo. Almudena marca un teléfono.
Susi, ¿estás despierta? pregunta en cuanto la oyen responder.
¿Despierta? ¡Pero si son las diez! Estamos Paco y yo abriendo el cava, ¿qué pasa? Te noto rara.
Me he ido de casa. ¿Puedo ir contigo?
¡Por favor! Paco, pone otro cubierto, que viene Almu. ¿Dónde estás? ¡Ahora mismo te pido un Cabify!
En cuarenta minutos Almudena está sentada en la cocina de Susi, rodeada de olor a canela y tranquilidad. Paco, discreto, se encierra a poner la tele. Susi le sirve un té humeante con limón.
Vale, cuéntamelo todo. ¿Qué ha hecho esta vez tu idiota?
Almudena lo suelta todo: el grifo, la ensaladilla, la historia del pato.
No es tanto que vinieran ellos confiesa, aferrada a la taza. El problema es Diego. Se volvió un mayordomo. Me olvidó. Yo estaba allí, sirviendo la comida únicamente, invisible. ¿A qué seguir, si sigue atado a su ex?
Menudo prenda resopla Susi. De esos que quieren quedar bien con todo el mundo y al final te pisan. Hiciste bien en largarte. Si te quedabas, lo tomaría por costumbre. Y tú no eres el felpudo de nadie.
El móvil de Almudena sigue mudo hasta pasada una hora. Por fin descubren que falta la anfitriona.
Llama Diego. Almudena cuelga.
Llama de nuevo. Y otra vez.
Luego llegan mensajes:
Almudena, ¿dónde estás? No te vemos.
¿Has bajado al súper? Que la pizza se enfría.
Cógeme el móvil, de verdad. Los invitados preguntan.
¿Te has enfadado? ¿De verdad te has ido? Almu, esto es de chiquillos. Vuelve ya, que Teresa empieza a poner caras…
Almudena lee, se le escapa una sonrisa amarga. Teresa dolida, no él. Como si su dignidad no importara.
No respondas aconseja Susi. Que se las apañe. Que vea lo que es complacer a esa Tere suya.
Apaga el móvil.
Esa Nochevieja Almudena no pide ningún deseo a las campanadas. Sólo brinda con Susi y Paco, ve Amanece que no es poco y nota una ligereza extraña, como si tras años llevando una mochila, por fin pudiera dejarla caer.
El uno de enero amanece soleado y helado. Almudena se despierta sobre el sofá, oliendo a café. Enciende el móvil: cincuenta llamadas perdidas, una veintena de mensajes, pasando de la angustia a la amenaza y después a la súplica.
Los niños han roto el jarrón. El que te gustaba. Perdona.
Teresa se ha puesto hecha una furia; dice que el sofá es incómodo.
Se han ido. Almu, esto es un desastre. No sé ni por dónde empezar.
Almudena, cariño, perdóname. He sido un imbécil. Llámame, por favor.
A mediodía tocan a la puerta de Susi. Es Diego, visiblemente derrotado, la camisa arrugada y un ramo de rosas, comprado a saber dónde y carísimo, chorrea agua por el pasillo.
Susi abre la puerta cruzada de brazos.
Ya era hora, campeón. ¿Qué quieres?
Susi, llama por favor a Almudena. Sé que está aquí, necesito hablar con ella.
Almudena entra en el recibidor. Al ver a Diego, no siente ni pena ni rabia. Solo cansancio.
¡Almu! Diego intenta acercarse, pero ella le frena con la mirada. Por favor, perdóname. Me he dado cuenta de todo. Ha sido un infierno. En cuanto te fuiste, todo salió mal. Teresa ordenando, los niños revolviendo todo, tiraron el árbol… Yo intentaba calmar, y ella que si soy mal padre y les arruino la fiesta. Les pedí un taxi a las tres y los largué.
Respira hondo, buscando sus ojos.
Lo entiendo ahora, Almu. Te herí de verdad. Me porté de cobarde. Por querer contentarles a ellos, te destrocé a ti. Eres mi familia. Solo tú. Quédate, por favor. Sin ti, la casa es un desierto. He limpiado… bueno, casi todo.
Almudena observa las rosas, de las que gotea agua encima de la consola.
No solo me heriste, Diego. Me mostraste cuál era mi sitio: entre la chacha y el perchero. Dejaste que una extraña mandara en mi hogar, que desprecien mi comida y mis gestos.
Te lo juro, nunca más. Teresa bloqueada en todas partes. Hablaré con ella solo por los niños y en un bar. Nada de visitas, ni llamadas a deshoras. Cambio todo, te lo prometo.
Almudena calla. Ve sinceridad, miedo verdadero. Pero ¿se puede olvidar esa soledad frente a la mesa?
Hoy no vuelvo, Diego. Necesito tiempo. Me quedaré con Susi unos días. Vete a casa y piensa. No en cómo recuperarme, sino en cómo pudiste ponerme por detrás de tu pasado.
Esperaré lo que haga falta. Te quiero, Almu, de verdad.
Deja las flores en el mueble y sale, encorvado.
En la cocina, Susi sirve más té.
¿Le vas a perdonar? pregunta.
No sé, ya veremos. Es buena persona, solo que… perdido. Pero si vuelvo, será para vivir de otra manera. Nunca más seré secundaria, ni permito que me humillen.
Almudena se asoma a la ventana. Madrid luce limpio, nevado. Todo parece nuevo. Y en ese momento lo sabe: la historia de su vida la tiene que escribir ella. No los fantasmas de nadie.
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