Querido diario,
Mi mujer fue mi mayor sostén hasta que nuestro hijo cumplió tres años. Entonces se marchó.
Me casé con María del Rosario cuando tenía dieciocho años. Ella tenía veinte años más que yo, y esa diferencia me resultaba atractiva porque percibía en ella una madurez que yo anhelaba. En el primer año de matrimonio nació nuestra primera hija, Lucía, y después llegó Alejandro. María siempre estuvo a mi lado, ayudándome en todo. Gracias a su apoyo logré levantarme, terminar mis estudios y hallarme en el mercado laboral. Pero cuando Alejandro cumplió tres años, empacó sus pertenencias y desapareció de nuestras vidas para siempre.
Pasé largas noches llorando, sin poder imaginar cómo sobreviviría solo con dos niños. No tenía a quién dejarlos, así que no podía buscar empleo.
Los ingresos de la pensión alimenticia eran escasos; apenas bastaban para cubrir lo esencial. Luché con todas mis fuerzas, y poco a poco Alejandro consiguió plaza en una guardería y yo conseguí un puesto en una fábrica de tejidos en Sevilla. Fue entonces cuando María volvió a aparecer, pidiendo perdón y queriendo regresar al hogar. Yo le respondí:
Nos hemos acostumbrado a vivir sin ti. Nunca pensaste en los niños. ¿Ahora te arrepientes? Vete y no vuelvas a interponerte en nuestra vida.
Un mes después me citó al juzgado con la esperanza de recuperar la custodia. Por supuesto, la justicia estuvo de mi lado; los niños permanecieron conmigo.
Seis meses más tarde descubrí la verdadera razón de su intento de reconciliación: el padre de María había redactado un testamento en favor de nuestros hijos. Al fallecer, la herencia quedó sin dueño y se la quedaron los niños. Hoy ya todo está resuelto, pero no olvido los tiempos en que compartíamos el último trozo de pan y pasábamos semanas sin comida para que mis hijos no pasaran hambre.
Lección personal: la resiliencia y la determinación son las únicas aliadas que nos permiten superar la adversidad y proteger a los que amamos.





