Podrías al menos mirarte al espejo antes de sentarte a la mesa la voz sonó fría y despectiva. Esa bata sin forma, el pelo como lo llevas ¿Tanto te cuesta, aunque sea por tu marido, arreglarte un poco?
Carmen se quedó inmóvil, con el cazo de sopa suspendido en el aire, sin llegar a llenar el plato. Desvió la mirada lentamente hacia Javier. Él estaba sentado en la mesa de la cocina, absorto en la pantalla de su carísimo móvil, sin siquiera molestarse en mirarla. Llevaba puesta una camisa recién planchada color salmón, el pelo peinado con esmero y un perfume caro lo envolvía suavemente.
En los últimos meses Javier era otro. Tras casi treinta años de matrimonio y un hijo ya independizado, Carmen había acabado viviendo con un extraño en su propia casa. De pronto, su marido se apuntó al gimnasio, renovó el vestuario, empezó a cuidar la alimentación y puso una contraseña imposible en el móvil. Pero lo más difícil era soportar sus críticas constantes: no le gustaba cómo cocinaba, ni cómo hablaba, ni cómo vestía, ni siquiera cómo respiraba.
Acabo de llegar del trabajo intentó Carmen mantener la calma. He terminado mi turno en la farmacia, he pasado por el supermercado, he subido con las bolsas, y me he puesto enseguida a prepararte la cena. ¿Querías que me pusiera un vestido de fiesta y me pintara para servirte el cocido?
Siempre con el papel de víctima Javier dejó el teléfono y puso cara de hastío. Todas trabajan, y parecen mujeres, no vendedoras de mercados. En mi oficina, las chicas de tu edad van en tacones y bien arregladas. Tú, en cambio, te has abandonado. Me da vergüenza salir contigo.
Carmen puso delante de él el plato humeante y se sentó al otro lado. Por dentro se le revolvía la rabia, pero no pensaba llorar más. Ya había agotado sus lágrimas aquellas noches en las que él, pensando que dormía, susurraba mensajes a alguien en el móvil.
Si es tan vergonzoso estar conmigo, ¿por qué sigues aquí? preguntó en voz baja pero firme.
Javier sonrió, seguro de sí mismo, y empezó a comer pan negro despacio. Recién cumplidos los cincuenta y cinco, se veía todavía estimable, jefe de logística, seguro y realizado.
Pues igual no sigo mucho más dijo mordaz, con la cuchara en la sopa. No vayas a pensar que no tengo opciones. Las jóvenes no me quitan ojo. Inteligentes, guapas, activas Saben que el hombre necesita que le admiren. Sin ir más lejos, Beatriz del departamento de marketing. Veintiséis años. Me mira de una forma que tú nunca lo has hecho.
Carmen sintió un escalofrío. Una cosa era sospechar, otra oírlo tan claro en su propia cocina.
¿Y qué te retiene? la voz le tembló un poco, pero le sostuvo la mirada.
Javier interpretó ese temblor como miedo. Estaba convencido de que su mujer no soportaría quedarse sola a esas alturas. ¿Quién querría a una mujer apagada y vulgar?
La costumbre, Carmen. Y un poco de pena dijo, apartando el plato casi lleno. Pero se me acaba la paciencia. Si no cambias tu actitud, si no te arreglas más y dejas de poner esa cara de eterna resignación, haré la maleta y me iré con quien sí me valore. No me faltarían pretendientes, y Beatriz no deja de invitarme a su piso. Tú verás: o cambias, o me voy con la joven.
Se levantó de la mesa, se arregló el cuello de la camisa y se fue al salón, subiendo el volumen de la tele. Esperaba que ella corriera tras él, llorando y prometiendo dietas y peluquerías, dejando que él saboreara la victoria.
La cocina quedó en silencio.
Carmen miró el cocido enfriándose. El ultimátum retumbaba en su cabeza. Humillarse y esforzarse por no perderlo, o prepararse para el abandono. De repente, al mirar por la ventana y contemplar el anochecer madrileño, una extraña claridad reemplazó su tristeza.
Aquella vivienda, luminosa y en buen barrio, no la pagaron ni la buscaron entre deudas: una década atrás, sus padres vendieron su casa de Villalba para mudarse a la costa por la salud de su padre. La mayoría del dinero se la regalaron a la única hija, firmando ante notario un documento de donación destinado a adquirir ese gran piso en propiedad sólo de Carmen. Nunca fue de los dos. Javier no había aportado ahorros, y solo figuraba en el empadronamiento por cortesía.
Ahora ese hombre, que vivía gracias a la generosidad de su familia, la amenazaba con marcharse.
Algo en Carmen se quebró, liberando una serenidad cristalina: no le asustaba perderle. Vivir entre desprecios, olores de perfumes ajenos y camisas que ya no eran para ella, sí daba miedo; vivir sola en lo suyo, no.
Se levantó tranquila, tiró el resto del cocido por el fregadero, lavó los platos y fue al salón.
Javier la esperaba, tumbado en el sofá y sonriendo con suficiencia.
He sacado mis conclusiones, Javier anunció ella serenamente desde el reposabrazos.
¿Sí? ¿Te has apuntado ya a la peluquería o al gimnasio? ironizó.
No. He decidido que no voy a fastidiarte la vida. Un hombre como tú, tan atractivo y de puesto importante, no debería cargar con una mujer como yo. Ve con Beatriz.
La sonrisa se le borró lentamente. Se enderezó, sin entender. En la voz de Carmen no había rabia ni súplica, sólo una gélida indiferenza.
¿Hablas en serio? ¿Vas de dura ahora? Mira que me voy, Carmen. No repito dos veces. Me largo y te quedas sola con tus ollas. ¡Ya verás cuando me eches de menos!
No, no te voy a echar de menos. Tienes razón, lo nuestro ya acabó. Es hora de que sigas tu camino.
Javier se incorporó de un salto, visiblemente furioso. No esperaba esto. La idea era otra: que ella suplicara, no que le señalara la puerta.
¡Ah, estupendo! ¡Genial! vociferó, ajustándose el cinturón. Mañana hago la maleta. Que tu orgullo te abrigue. ¿Crees que voy a hundirme? ¡Me sobran ofertas!
No lo dudo respondió Carmen girándose hacia el dormitorio. Pero no tardes en recoger. Mañana tras el trabajo no estaré, quedé en ir al teatro con una amiga. Procura tenerlo todo listo para la tarde.
Javier se quedó sin palabras; pensó que por la noche ella recapacitaría, lloraría y por la mañana le rogaría. Escogió dormir en el sofá, teatralizando su desdén.
El siguiente día transcurrió en un casi silencio. Carmen, serena, tomó su café, se arregló y fue a trabajar sin mirar hacia el salón. Javier, molesto por el portazo de salida, pensó en su venganza: por la tarde, se llevaría sus cosas, y ella le suplicaría con mil llamadas.
En la oficina, Javier pasó el día intercambiando mensajes con Beatriz, quien, emocionada, le escuchaba presumir de independencia y de la inminente separación.
A eso de las seis, recogió su portafolio, se ajustó la corbata y se fue al puesto de Beatriz.
Cariño, tengo una sorpresa le susurró apoyado en su mesa. He dejado a mi mujer. Desde hoy podemos vivir juntos todo el tiempo que quieras. Esta noche llevo mis cosas a tu casa, y el fin de semana lo celebramos como merecemos.
Los ojos de Beatriz brillaron, pero enseguida vaciló.
Ay, Javi Está genial, pero ¿a mi piso? Es que sabes que es un estudio minúsculo, la cama es de noventa Pensé que iríamos a tu casa o que alquilarías algo mejor. ¡Eres jefe y puedes permitirte un buen piso en Chamberí!
Javier titubeó. No había considerado alquilar caro; prefería gastar en trajes y relojes, no en alquileres. De todos modos, estaba convencido de que Carmen acabaría llamándole, rogando reconciliación.
Es temporal, cielito. Unas semanas juntos y yo lo gestiono. Voy a por mis cosas, sobre las ocho llego.
Se marchó satisfecho, deseando verla llorar ante la casa vacía.
Aparcó al llegar, subió tarareando alguna copla, hurgó las llaves y trató de abrir.
La llave solo entró a la mitad.
Probó otra vez; el mecanismo del bombín era otro. El brillo del aceite indicaba que aquel candado era nuevo.
Al echar un vistazo a la entrada, vio tres grandes bolsas de cuadros y su maleta de cuero al lado. En una bolsa transparente estaban sus zapatos y deportivas. Encima, un folio sujeto con celo.
El corazón le palpitó desbocado. Retiró el papel y leyó la letra ordenada de Carmen:
Tus cosas están fuera. Los nuevos cerrojos me costaron 300 euros, considéralo mi regalo de despedida. Iniciaré el trámite del divorcio la semana que viene. Si no quieres darte de baja del padrón voluntariamente, lo haré por vía judicial. Que seas muy feliz con Beatriz.
El suelo se tambaleó. Ni siquiera le había dejado empaquetar. Había arrojado sus camisas de marca a los mismos zurrones de plástico del mercado.
Montado en cólera, golpeó la puerta, aporreando el timbre.
¡Carmen! ¡Abre ahora mismo! ¿Qué has hecho? ¡Te lo digo en serio!
Se oyeron pasos. Se abrió la puerta justo lo que permitía la cadena de acero. Y al otro lado, Carmen, con un vestido elegante y el pelo bien peinado, sosegada y más distante que nunca.
¿Por qué armas tanto escándalo? le preguntó bajito. Vas a desvelar a los vecinos.
¿Te has vuelto loca? ¡Estos bultos! ¡Ese candado nuevo! ¡Es también mi piso! ¡Estoy empadronado! ¡No puedes echarme!
Ella alzó levemente la ceja.
Javier, eres adulto, deberías saber leyes. Estar empadronado no te da la propiedad. Esta casa está comprada con el dinero que mis padres me donaron legalmente. Por ley es solo mía. Si has decidido irte con otra, no hago más que adelantarte el camino. Tienes todas tus cosas, incluso tus pesas.
¡No puedes hacerme esto! ¡Llevamos treinta años juntos! ¡He invertido dinero en esta casa! ¡Contribuí a las reformas!
Las reformas son gastos corrientes, no te hacen copropietario le interrumpió imperturbable. Las reglas las pusiste tú. Dijiste que hacías la maleta. Solo lo he hecho más fácil. Ve con tu admiradora. Mañana tengo que madrugar.
Empezó a cerrar la puerta.
¡Carmen, espera! la voz de Javier perdió la fanfarronería y se volvió suplicante. ¿Y a dónde voy yo con todo esto a estas horas?
Eso ya no es problema mío. Adiós.
Encajó el cerrojo y apagó la luz del recibidor.
Javier se quedó, solo y encogido, sobre su vieja maleta. Las paredes grises, la ventana sucia y el olor a basura llenaban el descansillo. Tenía toda su vida metida en bolsas de cuadros y ningún lugar adonde ir. Llamar a amigos sería humillante, y no le quedaba saldo en la cuenta para ni siquiera una pensión: el sueldo llegaría en una semana y la tarjeta, agotada en relojes y detalles para Beatriz.
Con los dedos temblorosos, sacó el teléfono y llamó a Beatriz. Tardó en contestar; de fondo, música alta.
¿Sí, Javi, vienes ya? le saludó con alegría.
Beatriz mira mi mujer me ha echado de casa, ha cambiado el bombín. Ha dejado mis cosas en la puerta Necesito ir a tu piso ya, con todo. Es mucho equipaje.
Silencio. Luego:
¿Qué quieres decir con que ha cambiado la cerradura? Me habías dicho que venderías la casa y habría dinero para alquilar algo a los dos.
Es que la casa está a su nombre, por la donación de sus padres no quedará nada para mí. Pero yo gano bien, ya lo arreglaremos. ¿Puedo ir a tu estudio esta noche?
Otra pausa incómoda.
Mira, Javier su voz se volvió fría. Lo he pensado bien y no me interesa tener a un hombre con bolsas de cuadros en el piso. Soy joven, busco a alguien que resuelva problemas, no que los traiga a mi puerta. Ya hablaremos, cuando encuentres un sitio propio. Hasta luego.
Colgó.
Javier miró estupefacto la pantalla. Su joven admiradora se desvaneció antes que el humo del cigarro, al ver que no tenía ni hogar ni recursos. Solo le interesaba el espejismo, el traje y los aires de jefe.
Miró su alrededor: paredes sucias, bolsas de mercado, el olor agrio del bloque. La vida empaquetada a ras de suelo, y ningún sitio a dónde ir. Buscar refugio en un hostal barato era la única opción.
Al otro lado de la puerta, Carmen, en su hogar luminoso y sólo suyo, se preparó una taza de té con hierbaluisa. Sentada ante la ventana abierta de la cocina, escuchaba la ciudad y sonreía. Ya no sentía aquella opresión en el pecho. El aire era fresco y distinto. Por fin comenzaba una nueva etapa, hecha de dignidad y serenidad, donde no había espacio para el miedo ni la humillación.
Porque en la vida, a veces, perder a quien te desprecia es el primer paso para recobrar el respeto por ti misma.





