Quiero mucho a mi hijo, y desde el instante en que nació he hecho todo lo posible por ofrecerle lo mejor que tenía entre las manos.
Junto a mi esposa, hemos cumplido todos sus caprichos. Siempre ha ido vestido con ropa impecable, ha asistido a talleres y cursos de pintura y guitarra, y pese a tener de todo, jamás le faltó el respeto ni a mí ni a su madre.
Trabajo día y noche, a menudo en los despachos sombríos de la comisaría, para sacarlo adelante, pero no me pesa. Siempre consigo encontrar un hueco para estar con él cuando más me necesita.
Mi hijo siempre fue un muchacho extraordinario, y sabíacomo quien espera a que madure el membrillo, tarde o tempranoque pronto empezaría a interesarse por las chicas. Mi mujer y yo esperábamos ese momento, y por fin llegó, como quien despierta en mitad de una siesta de agosto. No imaginábamos que sería tan pronto, pero recibimos a su nueva novia con los brazos abiertos, como si abriésemos una ventana para que entrase la brisa de junio. Solo pedimos una cosa: que la trajera a casa una noche, a cenar con nosotros. Mi hijo no pareció molestarse por la propuesta y enseguida se ofreció a invitarla la próxima vez que nos viéramos.
A mi mujer le pareció estupendo. Teníamos la seguridad de que habría elegido bien, pero queríamos conocerla para reafirmarnos, pues al fin y al cabo sigue siendo un chaval.
Cuando mi hijo nos la presentó, la realidad fue extraña, vaporosa, como si la escena flotara en el aire de nuestra casa en el Madrid antiguo. Al principio parecía encantadoracortés, simpática, ligera como una pluma de golondrinapero cuanto más la conocíamos, más notábamos un regusto amargo en su voz y en su gesto. Era, sin duda, una embustera; danzaba por la sala dejando a su paso huellas de mentira, y bajo esa sonrisa dulce, no le importaba nadie más que ella misma.
Yo, inspector de policía en la capital, recordé de pronto un expediente con su nombreun sumario borroso por estafas. Era fácil reconocer los detalles: contactaba con chicos por internet, decía ser huérfana, les pedía euros para salir adelante, y cuando lo conseguía, les bloqueaba en todas partes. Tenía una lista larga de nombres engañados, retenidos en papeles amarillentos de la comisaría de Chamberí.
Se lo conté todo a mi hijolas carpetas, los informes, las historiaspero él no me creyó. Me chilló que lo había inventado todo solo para destrozar su alegría, su primer amor. Recogió sus cosas deprisa y se marchó a la casa de la novia.
Desde hace un mes, vivimos en una especie de túnel onírico donde no hemos vuelto a saber nada de él. Y ahora, por las noches, cuando la ciudad es un ramo de sombras y el reloj repica lento, me pregunto si tal vez me equivoquéquizás ella ha cambiado, o simplemente alguien la puso en el punto de mira.
En este sueño borroso, en este Madrid difuso, ¿qué haríais vosotros en mi lugar?





