Mi madre tiene 89 años. Hace dos años se mudó a vivir conmigo. Cada mañana la oigo levantarse sobre …

Mi madre tiene ya 89 años. Hace un par de años, decidió mudarse conmigo, algo que en mi familia se considera un plan estratégico para mantener la casa bien recogida y a los vecinos entretenidos. Cada mañana la oigo levantarse a eso de las 7:30, como si el reloj biológico de los abuelos españoles viniera programado de fábrica. Lo primero que hace es charlar en voz baja con su veterana gata, Reina, y servirle su desayuno como si fuera la duquesa del piso.

Después, prepara su desayunoun café bien cargado y una tostada con aceite de oliva, porque dice que eso le da glamour ibéricoy se sienta en la terraza soleada a despertarse del todo. Cuando ya está bien consciente, agarra la fregona y se recorre los 240 metros cuadrados del piso, que dice que es su rutina deportiva, mucho más eficaz que cualquier zumba de YouTube.

Si le da por ahí, cocina algo sabroso, acomoda la cocina y se pone con sus ejercicios de estiramiento, que a veces parecen una coreografía de ballet y otras un simulacro militar. Por la tarde llega su ritual de belleza, tan variable como el tiempo en Burgos. A veces revisa su armario gigantescohay cosas que podrían estar en el Museo del Traje de Madridy según el día decide que alguna prenda va para mí, otra para alguna amiga y, de vez en cuando, vende alguna en Wallapop como una verdadera emprendedora. Yo le digo:

Mamá, si en vez de comprar ropa hubieras invertido esos euros, ahora serías millonaria.

Ella se ríe y contesta:

A mí me gustan mis vestidos. Además, algún día todo esto será tuyo. Tu hermana, pobre, tiene menos gusto que comer paella con ketchup.

Para despejarnos la cabeza, cinco días a la semana vamos a caminar tres kilómetros junto al lago (bueno, el lago, que es más bien el estanque del parque, pero le ponemos imaginación). Una vez al mes tiene noche de chicas con sus amigas, plan sagrado. Lee muchísimo y está siempre rebuscando en mi bibliotecapor si algún libro nuevo ha emigrado de la estantería.

Todos los días habla por teléfono con su hermana mayor, Carmen, que tiene 91 años y vive en Barcelona. Viene a vernos dos veces al año y, por si fuera poco, sigue trabajando como contable privada, que ese gen de curranta nunca lo jubiló.

Aparte de la gata, el gran amor de mi madre es el tablet que le regalé la última Navidad. Allí devora biografías de todos sus escritores y músicos favoritos, cotillea las noticias, ve ballets, óperas y cualquier cosa que le pique la curiosidad. Hacia la medianoche, la oigo decirse en voz baja:

Debería dormir ya, pero el YouTube se me ha puesto solo a cantar Plácido Domingo.

Mi madre y su hermana debieron sacar doble premio en la lotería genética, aunque ella siempre protesta:

¡Estoy horrible! me dice.

Y yo intento animarla:

Mamá, a tu edad la mayoría ya estarían disfrutando el menú del cielo y tú aquí, dando guerra.

En fin, el drama con muchas risas, el arte de vivir a la española.

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MagistrUm
Mi madre tiene 89 años. Hace dos años se mudó a vivir conmigo. Cada mañana la oigo levantarse sobre …