Mi vida estuvo marcada desde el principio por la ausencia de mi padre. A medida que pasaban los años, crecía en mí un anhelo profundo de conocerlo y de hallar respuestas a las preguntas que nunca me dădeau pace. Mi madre estaba embarazada de mí cuando él la abandonó, dejándola sola ante las dificultades de criarme. Durante meses escondió su embarazo; temía el qué dirán y la vergüenza en nuestro pequeño barrio de Salamanca. Mi padre eligió huir de sus responsabilidades en lugar de enfrentarlas y asumir el papel que le correspondía como padre.
Con el tiempo, aprendí a apreciar con ternura los recuerdos de mi madre: una mujer trabajadora e incansable, que no dejó nunca de cuidar de mí. Su amor se presentaba en los pequeños detallesen las dulces rosquillas que traía los domingos de la plaza, en los besos suaves que depositaba en mi frente cada noche antes de cerrar la puerta de mi habitación. Cuando alcancé cierta edad, la curiosidad acerca de mi padre se hizo más fuerte, pero el temor de herir a mi madre me impidió siempre sacar el tema con ella.
Pasaron muchos años en esta incertidumbre hasta que me decidí a buscarlo. Rebuscando entre los papeles antiguos de mamá, hallé por casualidad unos documentos donde aparecían su nombre y apellidosLuis Gálvezy una antigua dirección en Madrid. No supe muy bien cómo seguir, así que lo intenté buscando por las redes pero fue en vano. Sin embargo, la fortuna me puso en contacto, a través de internet, con una muchacha de mi edad, llamada Inés, que vivía precisamente en aquel barrio madrileño. Ella no dudó en ayudarme, y movido por una mezcla de esperanza y miedo, me animé y viajé hasta Madrid para buscarlo.
Al llegar a la dirección señalada, no tuve suerte: mi padre estaba de vacaciones con su nueva familia. Aun así, Inés se mostró insistente y, preguntando entre los vecinos, logró confirmar que vivía allí con su nueva mujer y un hijo pequeño. Esperamos unos días, hasta que regresaron de viaje, y entonces Inés intentó ponerse en contacto con él en mi nombre.
Lamentablemente, la respuesta fue una punzada fría en el corazón: mi padre se negó a verme, argumentando que había rehecho su vida y que no quería alterarla con la presencia de un desconocido, incluso si ese desconocido era su propio hijo. La contundencia de su rechazo me dejó marcado, y por primera vez comprendí la prudencia de mi madre y la sabiduría escondida en sus silencios.
Ahora, cuando lo rememoro tras tantos años, entiendo que mi error fue buscarlo sin pensar en las posibles consecuencias. La negativa de mi padre solo amplió aquel vacío que sentí desde niño. Tal vez había llegado el momento de aceptar la realidad y de hallar serenidad en el amor y el apoyo constante de mi madre Mercedes, que nunca me ha faltado, ni en los días de sombras ni en los de sol.




