Recuerdo que mi madre se marchó de nuestra casa cuando yo tenía apenas once años. Una mañana, sin apenas decir palabra, recogió sus cosas y se fue.
Mi padre, entonces, me explicó que ella necesitaba poner en orden su vida y que durante un tiempo no tendríamos noticias suyas. Ese tiempo acabó convirténdose en muchos años.
Me quedé viviendo con mi padre. Cambiamos de ciudad, de colegio, de costumbres. Su nombre dejó poco a poco de pronunciarse en voz alta.
Durante toda mi adolescencia, desconocía por completo su paradero. No había llamadas, ni cartas, ni siquiera alguna explicación. Cumpleaños, graduaciones, fechas importantes nunca volvió a aparecer. Mi padre jamás hablaba mal de ella, pero tampoco la buscaba. Cuando le preguntaba, me decía que fue una decisión suya marcharse y que yo debía asumirlo.
Crecí sin madre. Sin recordar cómo sonaba su voz. Sin un recuerdo nítido que no fueran un par de fotografías antiguas.
Cuando cumplí veintiocho años, decidí buscarla. No porque nadie me animara, sino porque yo necesitaba entender.
Le pregunté directamente a mi padre si sabía dónde estaba. Me dijo que sí, que siempre había sabido en qué pueblo vivía. Me confesó que de pequeña había tenido su dirección, y con los años, por gente del lugar, había sabido que seguía allí. Me apuntó la dirección en un viejo cuaderno y me avisó de que no sabía si aún seguiría viviendo allí.
Fui a aquel pueblo un fin de semana. Pregunté en varias tiendas y en una panadería, hasta que alguien me indicó la casa. Era pequeña, con rejas blancas y una puerta de metal.
Toqué el timbre.
Ella abrió. No preguntó quién era; simplemente me miró y esperó a que yo hablara. Dije mi nombre y le recordé que era su hija. No mostró sorpresa ni emoción alguna. Me pidió que no entrara y que habláramos en el umbral.
Le expliqué que solo quería entender, verla, saber por qué se marchó. Ella me dijo que no deseaba retomar el contacto ni que la buscara más. Me contó que su propia madre también la abandonó cuando ella tenía once años, y que aprendió entonces a marcharse antes de encariñarse demasiado. Confesó que nunca había deseado ser madre, que quedarse con mi padre y conmigo fue una decisión para la que no estaba preparada, y que marcharse fue lo único que supo hacer llegado el momento.
Le pregunté por qué nunca me buscó ya de adulta. Contestó que mi padre siempre había sabido dónde dar con ella, y que nunca la llamó para animarla a intentar acercarse a mí. Según ella, eso fue suficiente señal de que era mejor mantenerse lejos. Me dijo que no quería abrir viejas heridas ni forzar un vínculo ahora, tantos años después.
La conversación no duró ni un cuarto de hora. No hubo abrazos. Tampoco despedidas largas. Me dijo que esperaba que pudiera comprender su decisión y cerró la puerta.
Ese mismo día me marché de aquel pueblo.
Nunca más la busqué. No le escribí. No he vuelto a saber nada de ella hasta hoy.
¿Creéis que hice mal al buscarla?







