Esta tarde estuve en casa de Celia, justo cuando llegó su padre. Traía unas bolsas de comida y nos encontró sentados en el salón. Nada más verme, alzó la barbilla y se le notó enseguida que no le hacía ninguna gracia mi presencia allí. Celia se lo llevó a la cocina, pero pude escuchar cómo ese hombre hablaba mal de mí, llamándome el chico del pueblo en un murmullo bastante poco discreto, insinuando que yo estaba detrás del piso de su hija. Decía que me había visto rondando su casa más de una vez, casi acusándome de ser un acosador.
Lo que más me sorprendió fue que Celia le respondió igual, diciéndole que simplemente trabajábamos juntos en la biblioteca de la universidad, y por eso andábamos por allí alguna vez. Y lo cierto es que llevamos saliendo dos meses, pero solo me dio tiempo de contarle a Celia que, aunque mis padres tienen una casa en las afueras, no significa que seamos del campo. Vivimos muy cerca del centro de Madrid, tenemos un chalet bonito de dos pisos y mi padre se dedica a los negocios. Es cierto que no conduzco coches extranjeros de lujo, ni grito a los cuatro vientos que vengo de familia adinerada, pero creo que así es como debe ser. De este modo, gente como Celia y su familia no te juzga por lo material.
No es casualidad que mi madre me aconsejara que nunca hablase de dinero, porque la persona que ames no debería valorar sólo eso. Y, desde luego, nunca debería avergonzarse de mí, aunque al principio no parezca que tengo mucho. Hoy he aprendido que el orgullo, la ignorancia y los prejuicios pueden oscurecer incluso las relaciones más sinceras. Y que la verdadera riqueza está en lo que somos, no en lo que aparentamos.







