Mi madre bloqueó mi número un martes por la tarde. De repente, en vez del tono habitual, escuché una voz robótica diciendo: “el usuario no está disponible”. Aquello no fue una lección al estilo de los libros de psicología; fue pura desesperación. Simplemente se cansó de escuchar mi habitual “échame aunque sea un poco, para llegar a lunes” cada mes.
Tengo veintidós años y pensaba que la vida me debía algo. No quería trabajar por un sueldo normal, esperaba ese “gran golpe de suerte” y, mientras tanto, vivía de las transferencias de mi madre. El dinero se iba en tonterías: videojuegos, fiestas, comida a domicilio, porque me daba pereza cocinar.
Cuando el propietario del piso vio que no pagaría, me señaló la puerta sin miramientos. Me quedé con el viejo Seat León de la familia y con mi perro, Alonso, un braco alemán. Para mí, solo era un amigo fiel que aguardaba pacientemente mi regreso tras cada juerga.
La primera noche en el coche aún creía que era algo temporal. Pero en la tercera, ya comprendí que no quedaba comida. Solo tenía algunas monedas en el bolsillo. Compré unos fideos instantáneos para mí y el pienso más barato para Alonso en el estanco. Al amanecer, el perro apenas podía levantarse. Su organismo, acostumbrado a una dieta especial, falló. Alonso yacía en el asiento trasero, respirando con dificultad y mirándome con una tristeza que parecía de despedida. Los bracos tienen el estómago delicado, y yo, egoísta, no quise gastar dinero en buen pienso una semana antes.
Fui hasta el pueblo de mi madre. Solo quería que nos calentaran y nos dieran de comer a ambos. Pero habían cambiado la cerradura. Permanecí bajo la ventana y llamaba su número silencio total. Escribí por el móvil, pero ninguna respuesta.
Me senté en el bordillo, sintiéndome completamente impotente. Una vecina del primer piso salió y me entregó un paquete.
Laura pidió que te lo diera.
Dentro había pienso especial y medicamentos para Alonso. Ni un euro, ni una nota. Solo ese paquete, para mostrar que le preocupaba el perro, aunque conmigo ya no tenía nada que decir.
Quise llevar a Alonso al veterinario, pero el coche no arrancó la batería finalmente murió. No tenía dinero para taxi, ni conocidos que me pudieran ayudar. La clínica quedaba a varios barrios de distancia.
Cogí a Alonso en brazos. Treinta kilos. Nada bonito, como en las películas. Jadeaba, sudaba, tuve que parar varias veces porque las piernas me fallaban de la fatiga. La gente me esquivaba, como si fuera un vagabundo. Cuando al fin llegué a la puerta de la clínica, me desplomé en el banco, con mi perro sobre las rodillas.
El veterinario, viejo conocido por mi padre, examinó a Alonso y luego me miró intensamente:
¿Lo has traído a cuestas?
No arrancó el coche, le respondí hecho polvo.
¿Buscas trabajo? Mi primo necesita peones para el almacén de metales. No es fácil, pero pagáis bien y limpio. Si lo intentas, lo conseguirás. Si no, le adoptaríamos nosotros, porque tú no puedes cuidarle.
Acepté ese trabajo. No porque me volviera un héroe, sino porque sentí verdadero miedo. Trabajé hasta tarde en el almacén, me acostumbré a la dureza, dormí en el coche hasta reunir lo suficiente para alquilar una habitación en un hostal.
Cambié. Se fue la despreocupación juvenil. En el espejo veía a un hombre, cansado pero sereno, con manos agrietadas por el trabajo. Finalmente fui consciente del valor de cada euro.
Medio año después volví a casa de mi madre. No para pedirle nada. Entré, puse dinero sobre la mesa y arreglé el grifo de la cocina y la puerta de la habitación, los cuales había dejado años sin tocar.
Mi madre estaba cerca. No reprochó nada. Solo apoyó su mano en mi hombro. Por primera vez en mucho tiempo sentí que ya no era un hijo consentido, sino un hombre hecho y derecho.
No me bloqueó porque dejara de quererme. Lo hizo porque le dolía verme tan débil. A veces tienes que llevar a tu perro en brazos por toda la ciudad para entender que nadie va a vivir tu vida por ti.




