Mi jefe fue quien me abrió los ojos y me contó que mi marido me estaba engañando.
Por aquel entonces yo estaba casado y trabajaba en una pequeña empresa en Valladolid. Mi jefe, don Javier Martínez, llevaba tiempo divorciado y siempre andaba echándome miraditas. Intentaba coquetearme, aunque yo nunca fui borde con él, siempre marqué mis límites. Le dejé claro en más de una ocasión que tenía pareja, que su actitud me incomodaba y que incluso los del despacho empezaban a notarlo. Él dijo que lo entendía y seguimos trabajando como siempre, en apariencia.
Un día, me llamó a su despacho. Cerró la puerta y, con gesto serio, me dijo que teníamos que hablar de algo personal. Me preguntó si mi marido seguía yéndose de viaje los fines de semana. Le respondí que sí, que últimamente salía mucho por trabajo.
Entonces soltó sin rodeos:
He visto a tu marido con otra mujer.
Me explicó que su subdirector, en una salida con amigos a un bar de la Plaza Mayor, reconoció a mi marido. Javier también fue al rato y ambos lo vieron claro: él y la otra mujer se estaban besando.
No le creí. Pero entonces sacó el móvil y me enseñó un vídeo.
No era muy nítido, estaba oscuro y la música sonaba tan fuerte que casi no se podía distinguir nada. Sin embargo, reconocí perfectamente a Antonio, mi marido, tanto por la ropa como por la forma de moverse y el perfil de su cara. No había duda. Sentí rabia, vergüenza y una impotencia brutal. Salí del despacho y me fui a casa, intentando ordenar mis pensamientos.
Esa misma tarde le encaré. Primero lo negó, pero luego, viendo que no le quedaba escapatoria, murmuró que “solo había sido un error”. No se fue de casa.
Los seis meses siguientes fueron un auténtico infierno. Ya no quería estar con él, pero se negaba a irse. El piso estaba alquilado y él insistía en que tenía todo el derecho del mundo a quedarse. Se dedicó a hacerme la vida imposible: ponía música a todo volumen por las mañanas, invitaba a gente sin avisar, dejaba todo hecho un desastre, decía cosas ofensivas y se burlaba de mí. Cada discusión acababa peor que la anterior. Dormía mal y la ansiedad me devoraba.
Un día, revisando el contrato de alquiler, vi que quedaban pocas semanas para que venciera. Entonces me di cuenta de algo muy sencillo: ese piso no era mío, no tenía por qué aguantar aquello. Busqué un estudio para mí, recogí mis cosas y firmé un nuevo contrato. Me fui sin despedirme, llevándome solo lo imprescindible y cerrando definitivamente esa etapa.
Durante todo ese tiempo, Javier estuvo ahí, al principio solo en calidad de apoyo. Me preguntaba siempre cómo estaba, si necesitaba algo. Poco a poco empezamos a hablar fuera del trabajo: primero mensajes, luego cafés. Yo no quería nada por aquel entonces, solo deseaba paz. Y él lo respetaba. Pasaron meses antes de que nuestra relación cambiara de rumbo.
Más adelante encontré otro trabajo. No lo hice por él, simplemente surgió una oferta mejor, con un salario más decente y un puesto más interesante. Al dejar la empresa, nuestra relación pasó a otro plano: ya no era mi jefe, ya éramos solo dos personas compartiendo sus días.
Hoy hacemos un año juntos.
Mi exmarido ha desaparecido de mi vida. Perdí un matrimonio pero gané tranquilidad y a un buen hombre. Lo que aprendí es que soportar lo insostenible solo nos roba tiempo y felicidad; merecemos rehacer nuestra vida en paz.







