Diario personal, 10 de marzo
Hoy ha sido un día que quedará grabado en mi memoria para siempre. Mi hijo Javier y su mujer, Lucía, vinieron a verme y, de forma inesperada, me entregaron unas llaves. Apenas podía articular palabra de la emoción. Me llevaron al notario y me dejaron atónita. Sólo pude susurrar, casi sin voz:
¿Pero por qué me hacéis un regalo tan grande? De verdad, ¡no lo necesito!
Es un detalle por tu jubilación, mamá respondió Javier con una sonrisa. Puedes alquilarlo y tener unos ingresos extra.
En ese momento, ni siquiera había tramitado los papeles de la Seguridad Social. Apenas llevaba dos días jubilada, después de tantos años de trabajo en la oficina. Tenían todo preparado, sin consultarme. Temí rechazar el piso, pero insistieron en que no diera más vueltas ni discutiera.
No siempre he tenido la mejor relación con Lucía, la verdad sea dicha. A veces los días transcurrían en calma y, sin aviso, surgía una tormenta. Su carácter fuerte y el mío chocaban. Nos costó tiempo aprender a entendernos y evitar peleas innecesarias. Pero gracias a Dios, llevamos años viviendo en armonía. He aprendido a apreciar la paz que hemos construido juntas.
Mi cuñada, Carmen, se enteró del regalo por teléfono. No tardó en llamarme para darme la enhorabuena, y de paso, atribuirse el mérito: Eso es que he educado bien a mi hija, si ha aceptado que te hagan ese regalo. Después me dijo que, en su caso, nunca habría aceptado y preferiría ahorrar ese piso para su nieto.
Esa noche apenas pude dormir, dándole vueltas a la pensión, pensando si podría arreglármelas sólo con lo que ganara. Por la mañana, llamé a mi nieto Alejandro. Está a punto de cumplir dieciséis y pronto irá a la universidad. Le planteé, con mucho tacto, si le gustaría que le preparase el piso para él. Pronto tendrá pareja, y no me parece bien que tenga que llevar a su novia a casa de sus padres.
Abuela, no te preocupes, que yo quiero aprender a valerme por mí mismo me respondió sonriente.
Nadie quiso aceptar el piso: Lucía, Alejandro, ni mi propio hijo. Todos renunciaron en mi favor.
Recordé entonces el caso de mi hermana Pilar. Su cuñada vendió la casa familiar y acabó teniendo que irse a vivir a un piso compartido, agarrándose a ese diminuto cuarto como a un clavo ardiendo. Y nuestro tío Antonio… Hace quince años que se fue, pero sus herederos aún se pelean por el piso y los ahorros. Nunca llegaron a un acuerdo y la familia se llenó de rencores.
Vi en la televisión, hace años, un reportaje sobre una pareja mayor a la que su hijo despojó de la casa, y acabaron en la calle. Aquel recuerdo me hiela la sangre.
Hoy he llorado, no sabría decir si por gratitud o por orgullo de ver cómo han salido mis hijos. Fui finalmente a la oficina de la Seguridad Social y me han confirmado que mi pensión será de 2.000 euros. Javier encontró un inquilino y alquiló el piso por 3.000 euros al mes. Ahora entiendo lo valioso que es este regalo. Mis hijos me han dado mucho más que un simple piso. Me han regalado tranquilidad y una vejez cómoda. Verdaderamente, este es un presente digno de una reina.







