Mira, te tengo que contar algo muy personal, casi como si estuviéramos tomando un café en una terraza en Salamanca. Resulta que Diego, mi marido, y yo ya nos habíamos hecho a la idea de que no podríamos tener hijos llevábamos diez años casados y nada. ¡Pues anda que no fue sorpresa cuando, de repente, salí embarazada!
La madre de Diego, mi suegra Rosario, siempre encontraba ocasión para soltar algún comentario delante de toda la familia, rollo: Yo creo que ya no voy a ver nietos de mi hijo Diego, porque a mi nuera parece que no se le da esto de traer niños al mundo. Y eso pese a que ya era abuela por parte del hijo mayor, Juan, que tiene una niña pequeñita. De verdad que me fastidiaba oír eso una y otra vez, pero tenía que aguantar.
Quiero mucho a mi marido y él me quiere a mí, hemos sido siempre un equipo. Hemos pasado por médicos, por pruebas, noches de desvelo y hasta él se preocupaba más que yo. Pero mira, al final, después de tanto, el milagro llegó y estoy embarazada, ¡no nos lo podíamos creer! A veces pienso que la Virgen del Rocío se acordó de nosotros.
La nieta de Rosario, la hija de Juan, tuvo una niña preciosa el año pasado, y yo di a luz a nuestro hijo varón hace cuatro meses. Aunque todos los médicos decían que, en teoría, no había ningún problema con nosotros dos, Diego y yo aún a veces nos pellizcamos para creérnoslo.
Lo sorprendente es que después de que naciera nuestra sobrina-nieta, mi abuela Carmen empezó a comportarse de lo más raro. Fíjate que, después de esperar tantísimo tiempo a Diego (su nieto) y a mí para que fuéramos padres, casi ni nos hace caso. Pero por la sobrina-nieta, la niña de Juan, se le cae la baba, la adora, todo el día está hablando de ella.
Cuando nos juntamos toda la familia, solo se habla de la niña: que si qué mayor está, que si ya dice palabras, que si le han salido dientes Y mi hijo parece que ni existe para ellas, como si no fuera suficiente para la abuela. Es como si desde el primer día ya no diera la talla.
No consigo entender a Rosario, la suegra, de verdad. Diez años estuvo metiéndose conmigo porque pensaba que yo era la rara, que en su familia todas las mujeres salían embarazadas enseguida. Y ahora que por fin llegó mi niño, no se ha dignado ni a cogerlo en brazos. Pero con la otra nieta, la colma de vestidos de El Corte Inglés, montones de juguetes y hasta alguna medallita de oro. Así es mi familia, chica, ¡tela!






