Mi hijo siempre tuvo una memoria prodigiosa. Allá en la guardería, se aprendía al dedillo todos los versos y diálogos de las fiestas escolares, así que hasta el último día resultaba un enigma saber qué disfraz le tocaría, pues los peques caían malos y él podía cubrir cualquier papel sin titubear, conocía todas las frases de memoria.
En aquel lejano festival de Navidad, cuando mi chiquillo tenía cinco años, le tocó interpretar ¡un pepino! Yo me enteré de su papel justo la víspera, durante mi turno de guardia, así que esa misma tarde me acerqué al mercado, compré una camiseta verde, algo de cartulina de colores y, déjame decirlo, con toda la ilusión del mundo pasé la noche cosiendo unos pantaloncitos verdes y fabricando un gorrito de cartulina color lechuga, coronado con un rabito hecho de alambre forrado en tela verde.
Al festival tenía que acudir su padre, y aquello no me daba mucha confianza, para ser sincera. Por eso, a primera hora, antes de irme al hospital, le di unas instrucciones detalladas de cómo vestir al niño y cómo sujetarle el gorro.
En lo más animado de mi guardia, me llamó la maestra de la guardería, con la voz temblorosa, avisándome que se había puesto enfermo el niño que hacía el papel principal. Así que mi hijo debía ser ¡el Roscón! Al preguntar, ya con los nervios a flor de piel, si acaso el Roscón podía ir disfrazado de pepino, la única respuesta fue un silencio cargado de significado.
Llamé enseguida a mi marido al trabajo para contarle el contratiempo. Con una felicidad desbordante que debió haberme hecho sospechar me dijo que no había problema ninguno, que iba a llevarse a un par de amigos cirujanos, y que entre los tres pues tres cirujanos es un equipo de élite arreglarían cualquier embrollo. No sé dónde andaría mi instinto materno ese día, pero le creí.
Entre las idas y venidas del hospital, a las nueve de la noche llamé a casa. Mi hijo me contestó: habían comprado una camiseta blanca, papá estaba pegando cartulina amarilla; tío Diego cocinaba, y tío Tomás se reía a carcajadas.
Una hora después, de nuevo el niño: se iba a la cama; tío Tomás recortaba un enorme círculo amarillo y dibujaba sus ojos, Diego abría un tarro de pepinillos y papá tenía un ataque de risa.
A medianoche, llamé otra vez. Mi marido comunicó, muy serio, que Diego y Tomás se habían agotado creando el Roscón y habían caído rendidos en el sofá. Y que había algunos matices.
Resulta que, por descuido, Diego había pegado el círculo amarillo (con superpegamento) torcido en la camiseta blanca. Y al intentar despegarlo, Tomás rasgó la tela. Decidieron entonces coser la creación, con hilo de suturar, sobre la camiseta verde del pepino.
Al parecer, quedó precioso, aunque yo ni me atrevía a imaginarlo. Para colmo, le pusieron treinta dientes al Roscón, dibujados uno a uno. Eso sí, les faltó cartulina blanca para dos, así que la sonrisa tenía dos huecos.
No pasa nada les tranquilicé, con treinta dientes no se notará.
Reconfortada, pensé que podía dejar de preocuparme: mi hijo iba a tener el disfraz más original del festival. Y aquel que roncaba en el fondo era Tomás, que después de tanta precisión recortando dientes, se quedó dormido en la butaca.
No obstante, durante toda la noche, tuve esa inquietud que te remueve por dentro. Al terminar la guardia, rogué al director del hospital que me dejase salir un rato para ir al festival de mi hijo.
Llegué un poquito tarde Desde el salón de actos del colegio llegaban risas y hasta algún que otro sollozo. Abrí la puerta muy despacio
Allá, junto al árbol de Navidad, saltaba mi hijo. En su pecho, un enorme círculo bien amarillo tan ancho que iba del mentón hasta las rodillas, decorado con unos ojos estrábicos; tres costuras largas de sutura, horizontales, encima de los ojos hacían el efecto de arrugas en la frente, como si el Roscón hubiera vivido mil vidas y pasado todas las penas.
La sonrisa faltaba de dos dientes: los dos de arriba, en el centro. Allí estaba, un Roscón muy mayor, con la vida marcada en el rostro, con aire de pícaro y hasta de exconvicto, si se quiere. Rematando el conjunto: el alegre gorro de cartulina lechuga del disfraz de pepino, con su rabito de alambre envuelto en verde.
Entonces, mi hijo declamó con toda solemnidad, empezando: “¿Dónde vais a hallar uno igual que yo?” (La rima seguía diciendo que sólo en los cuentos y los festivales de invierno, pero pocos ya podían atenderla; la maestra se dejó caer de rodillas conteniendo la risa)
El salón rompió a reír y aplaudir, y todavía hoy, mirándolo atrás, sé que aquel fue el mejor disfraz que un niño tuvo jamás.







