Mi hijo tiene una memoria prodigiosa: en infantil se sabía de carrerilla todos los papeles de las fu…

Hoy he recordado lo extraordinaria que es la memoria de mi hijo. En la guardería, siempre se aprendía al dedillo todos los diálogos de las funciones, así que hasta el último momento nunca sabíamos qué papel le tocaría los niños se ponían malos constantemente y él podía sustituir a cualquiera, porque sabía todos los papeles.

Para la función navideña, a mi pequeñín de cinco años le tocó ser ¡un pepino! Me enteré de rebote la tarde antes y, tras dejar el hospital ya que estaba de guardia esa semana, me fui corriendo a comprarle una camiseta verde y cartulina de colores. Con mucho entusiasmo, pasé toda la noche cosiendo unos pantalones cortos a juego y fabricando un gorrito verde de cartón, rematado con un rabito de alambre envuelto en tela esmeralda.

El día de la función, fue su padre quien le acompañó algo que nunca me ha dado mucha confianza, así que por la mañana le leí la guía del traje como si fuera una receta médica: cómo vestir al niño, cómo abrochar el gorrito.

A mitad de la guardia, me llama la profesora voz temblorosa para decirme que el protagonista, el de la función más importante, se ha puesto malo y mañana mi hijo tendrá que hacer ¡de Ruedita! (El típico bollito de los cuentos). Nerviosa, pregunto: ¿Y no puede ser un Ruedita disfrazado de pepino?. Silencio absoluto al otro lado.

No veía la solución, así que llamé a mi marido al trabajo y le expliqué el desastre. El hombre, más contento que unas castañuelas (todavía no sé por qué no sospeché nada), me dice: Ningún problema. Me llevo a Paco y a Rodrigo, los dos cirujanos del hospital, y lo arreglamos en casa entre los tres. ¡Somos el trío maravilla!. Me viéndolo tan confiado y con esa intuición maternal dormida, concedí.

A las nueve de la noche, con media sala de partos patas arriba, llamé para saber cómo iba la cosa. Mi hijo me contó que habían comprado una camiseta blanca, que papá pegaba cartulina amarilla, que tío Paco cocinaba y que tío Rodrigo no paraba de reírse.

Una hora más tarde, vuelve a coger el teléfono: él se iba a dormir, tío Rodrigo estaba recortando un gran círculo amarillo para hacer la cara y pintándole ojos, tío Paco abría un bote de pepinillos y papá no paraba de hipar de tanto reírse.

A medianoche, llamé de nuevo. Tío Paco y tío Rodrigo estaban dormidos, derrotados por el esfuerzo de hacer el Ruedita y había pequeños detalles. Resulta que el rostro de Ruedita, recortado por tío Paco, se pegó con superglue sobre la camiseta blanca, de manera tan torcida que al despegarlo tío Rodrigo rompió la tela y acabaron cosiéndolo, muy orgullosos, a la camiseta verde de pepino con hilo quirúrgico. El resultado era tan fabuloso que no podía ni imaginármelo. Eso sí, al Ruedita le salieron treinta dientes, pintados con esmero, aunque no tuvieron suficiente cartulina blanca para dos de ellos.

Pensé para mis adentros: Bueno, no se notará mucho entre treinta dientes. Menos mal que, según mi marido, podía irme tranquila a trabajar, que el disfraz era el mejor de todos. Y los ronquidos del fondo eran tío Rodrigo, dormido sobre el sillón tras tanta precisión con los dientes de cartulina.

Hasta la mañana siguiente me torturaron las dudas. Nada más salir del hospital tras rogar al jefe de guardia que me dejara escaparme un rato, fui directa a la guardería, aunque llegué tarde. Desde el pasillo, llegaba una carcajada colectiva interminable. Asomé la cabeza

Debajo del árbol de Navidad, mi hijo saltaba disfrazado de Ruedita. Del cuello a las rodillas, una carota redonda y amarilla pegada, descomunal, con los ojos mirando en direcciones opuestas y tres costuras horizontales, hechas de hilo quirúrgico, que parecían las arrugas de un Ruedita muy vivido. La boca, llenísima de dientes menos dos, los dos incisivos de arriba del todo, ¡justo los que le faltan a la abuela Carmen!

Parecía un Ruedita ya mayor, curtido en mil batallas, medio jubilado y con fama en el bar del barrio. Y, para rematar el tipo, sobre la cabeza lucía el gorrito verde de pepino, con su rabito de alambre. Entonces mi hijo empezó a recitar su poema: ¿Dónde más veréis alguien como yo?…, pero la sala entera ya era un mar de carcajadas y lágrimas incorporadas. La profe tuvo que sentarse de la risa.

Y así terminó la función más inolvidable y el disfraz más surrealista jamás creado por tres cirujanos.

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MagistrUm
Mi hijo tiene una memoria prodigiosa: en infantil se sabía de carrerilla todos los papeles de las fu…