Me llamo Carmen López. A mi hijo Javier le acaban de cumplir 27 años. Hace medio año se casó con una chica llamada Lucía. Es inteligente, guapa y bien educada. Está terminando el sexto año de medicina, pronto será doctora. En teoría todo debería ir bien, pero no puedo quedarme tranquila: algo me dice que las cosas no son como deberían.
Javier tiene gastritis crónica desde pequeño. Es herencia de su padre. No es solo un “problemilla digestivo” como piensa mucha gente, sino una enfermedad que, cuando se agudiza, puede hacer la vida imposible. En primavera y otoño lo pasa mal: acidez, dolor, náuseas, noches sin dormir. Yo sé por qué pasa porque lo he cuidado toda la vida. Cuando vivía conmigo, vigilaba su alimentación como un halcón: dieta estricta, nada frito, nada de comida basura, comidas a horas fijas, purés, carnes cocidas, sopas y gelatinas. No solo lo alimentaba, lo protegía.
Antes de la boda, le advertí a Lucía:
—Javier tiene el estómago delicado. Hay que tener cuidado, sobre todo en los cambios de estación. Por favor, cocina para él como es debido.
Ella sonrió y me prometió que todo estaría bajo control. Confié en su palabra.
Pero un mes después fui a visitarlos y casi me da un soponcio. La cocina estaba llena de platos sucios, la nevera solo tenía kétchup, cerveza y un pan duro como una piedra. En la basura, cajas de pizza y envoltorios de comida rápida. Y los fogones, más limpios que un espejo. Le pregunté:
—¿Y Javier dónde está?
—En el trabajo, llegará pronto —respondió Lucía con toda la tranquilidad del mundo.
—¿Al menos ha comido hoy?
—Pues… algo habrá picado esta mañana…
Sentí un escalofrío. Sabía cómo acabaría esto. Y no me equivoqué. Tres meses después: urgencias. Crisis aguda. Suero, dieta blanca, dolor. Me pasé casi todo el tiempo a su lado en el hospital. Lucía aparecía una horita, dos como mucho, y luego se iba porque tenía que “estudiar para un examen”. Me entró el miedo.
Cuando lo dieron de alta, les llevé un buen conejo, de los de verdad, comprado en el mercado de abastos. Le pedí que le hiciera un caldo suave. Asintió con la cabeza. Pasó más de una semana. Abrí el congelador y allí seguía el conejo, intacto, ni siquiera descongelado. Y del caldo, ni hablar.
Le ofrecí ayuda:
—Lucía, déjame cocinar yo. Sé que andas liada con la carrera, los exámenes…
—¡No hace falta! —cortó ella—. Yo me encargo.
Pero está claro que no se encarga. Y me duele ver cómo mi hijo, al que cuidé tantos años, va empeorando poco a poco. Y él calla. No quiere ofender a su mujer. No quiere problemas. Pero adelgaza, está irritable, no duerme.
Y yo no puedo callarme. No puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo su salud se va al garete. No quiero pelearme con Lucía, ni arruinar su matrimonio. Pero no voy a permitir que mi hijo acabe otra vez en el hospital por pura negligencia.
Estoy pensando en hablar con su madre. A lo mejor ella puede hacer que entienda que cuidar de un marido no es solo decirlo, sino hacerlo. Que ser esposa no es compartir cama y cocina, sino apoyar, curar, cuidar cuando el otro lo necesita. Y más si, encima, estudias medicina.
No soy su enemiga. Solo soy una madre. Quiero que mi hijo esté sano. Y si tengo que meterme donde no me llaman, lo haré. Cocinaré yo, llevaré tuppers todos los días si hace falta. Pero no voy a quedarme quieta viendo cómo palidece, se debilita y sufre. No callaré mientras lo descuidan. Porque lo quiero. Y lucharé por él, aunque a algunos les parezca mal.




