Diario de Carmen García, Madrid
El teléfono sonó justo a mediodía, cortando la espera tiesa como las camisas de domingo. Con mano temblorosa, levanté el auricular, intentando disimular una arruga imaginaria sobre el mantel bordado de la mesa.
¿Iván? ¿Hijo?
Mamá, hola. Felicidades.
La voz de Iván llegaba lejana, cansada, como si hablara desde la sala de máquinas de un barco en alta mar.
Mamá, no te enfades. No podré. De verdad.
Me quedé callada. Mis ojos se fijaron en la fuente de ensaladilla rusa con gambas sobre la que había estado entretenida toda la mañana.
¿Cómo que no puedes? Iván, que son setenta. Mi aniversario.
Lo sé. Pero esta vez es una urgencia, mamá. Entrega de proyecto, los jefes están encima, no puedo faltar. Me han dejado todo el marrón a mí.
Pero lo prometiste
Mamá, esto es trabajo. No es un capricho. No puedo soltarlo todo y dejar tirada a la gente. No puedo.
En la línea sólo quedaba un chisporroteo, un ruido blanco entre nosotros.
La semana que viene paso. Nos tomamos algo tú y yo. Seguro, mamá. Un beso.
Y se cortó la llamada.
Dejé el teléfono sobre la base, despacio.
Setenta años.
Plazos urgentes.
La tarde se disolvió como la niebla en la sierra. Vino la vecina, Pilar, con una tableta de chocolate Valor. Nos sentamos con un par de copas de coñac, “para animar el cuerpo”. Hablamos de novelas y culebrones. Pero la celebración encogió hasta el tamaño diminuto de mi cocina y se apagó antes de empezar.
Ya tarde, enfundada en mi bata de felpa vieja, cogí la tablet y, por puro vicio, abrí el Facebook.
Aparecían campos de Castilla, gatitos y recetas.
Y de repente un relámpago en el timeline.
El perfil de Verónica, mi nuera.
Publicación nueva, hacía veinte minutos.
Restaurante. Algo tipo “Casa Lucio” o “La Bola”. Dorados, camareros de chaqué, música en vivo, copas de cristal resplandecientes.
Verónica. Su madre, Matilde Sánchez, brillante con perlas y un ramo de rosas rojas.
Y Iván.
Mi Iván. De camisa clara, abrazando a su suegra.
Sonríe.
El mismo Iván para el que había “urgencia” en el trabajo y jefes “fieras”.
Agrandé la foto; los rostros radiantes, celebrando.
La leyenda: “Celebrando el cumpleaños de la mejor madre del mundo. 65 años. Lo pospusimos para el finde, ¡así podíamos estar todos!”
“Para que todos pudieran.”
Yo sabía perfectamente cuándo era el cumpleaños de Matilde. La semana pasada. Martes.
Lo habían pospuesto. Justo a mi aniversario.
Repasé las fotos.
Iván levantando su copa, haciendo el brindis.
Todos juntos, riendo a carcajadas, la mesa llena de ostras y tapas.
Miré la cara relajada de mi hijo.
No era cuestión del restaurante ni del ramo, que era más grande de lo que nadie me había regalado jamás.
Era la mentira.
Sosegada, ordinaria, una mentira cómoda.
Cerré la tablet.
La habitación, perfumada por las tapas apenas tocadas, parecía ajena.
Mi setenta cumpleaños, un incordio; un día fácilmente desplazable para celebrar el de la suegra.
El lunes amaneció con olor propio.
Ese olor agrio del festín fallido.
El consomé que tanto cuidé ya no tenía buen aspecto. La ensaladilla lloraba su mayonesa. El redondo de cerdo comenzaba a sudar.
Saqué la bolsa de basura más grande.
Uno a uno, plato por plato, fui deslizándolo todo en la bolsa. Mi aniversario, mi trabajo, mi ilusión.
Por ahí se fueron los canapés de berenjena, que tanto gustaban a Iván. El último trozo de milhojas.
Cada pedazo, al caer, me martilleaba la boca del estómago.
Más que tristeza, era anulación.
Simplemente me habían ignorado. Educadamente, con la excusa de la urgencia.
Fregué los platos. Saqué la basura.
Y me puse a esperar.
Había prometido venir.
El teléfono no sonó hasta el miércoles.
Hola, mamá. ¿Qué tal? He ido liado
La misma voz, apresurada.
Bien, Iván.
Oye, traigo tu regalo. Paso un momento, que Verónica me recoge después, tenemos teatro.
¿Teatro?
Sí, lo de ese nuevo. Verónica consiguió entradas. Ya sabes.
Llegó en menos de una hora.
Dejó una caja pesada y brillante en el recibidor.
Ahí tienes. Felices setenta, mamá.
Examiné el dibujo. Un purificador-humidificador de aire, con luz y todo.
Gracias dejé la caja en la entrada.
Lo eligió Verónica. Es estupendo, muy sano.
Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua del grifo.
¿No tienes nada para picar, mamá?
Tiré todo. El lunes.
Frunció el ceño.
Podías haberme avisado, lo habría recogido
Le miraba la nuca.
Siempre he buscado excusas para él. Es Verónica quien manda. Él no quería. No lo sabía.
Pero ahí estaba. Mintiendo aún.
Iván.
¿Sí?
He visto las fotos.
Se quedó helado, el vaso en la mano.
¿Qué fotos?
Del restaurante. El sábado. En el Face de Verónica.
Su cara se endureció, con irritación.
Ah, ya. Pues nada, empieza.
Dijiste que estabas trabajando.
Mamá, da igual, ¿qué más da?
Da que me mentiste.
Dejó el vaso con fuerza, el agua saltó.
¡No mentí! ¡Trabajé hasta el viernes, no pegué ojo!
¿Y el sábado?
El sábado Verónica organizó lo de su madre. Ya la conoces, todo tiene que ser perfecto. ¿Qué iba a hacer yo?
Levantaba la voz.
¿Es que tenía que dividirme? ¡No quería ir a ningún sitio! ¡Estoy agotado!
Miraba fijamente.
Mi Iván, cuarentón.
Gritaba porque le descubrí mintiéndome.
Solo podías haberme dicho la verdad, Iván. Decir: Mamá, vamos a celebrar lo de Matilde.
¿Eso de qué hubiera servido? Para que me des la brasa toda la semana luego, ¿no?
“Esa” era su única motivación.
Mamá, es mi familia. Yo tengo que estar con ellos. ¿Quieres que con Verónica estemos mal por esto?
Me miró casi con odio.
Me culpaba él a mí.
Sonó el timbre.
Verónica. Tengo que irme.
Cogió la cazadora.
Mira el manual del aparato. Es buenísimo.
Se marchó corriendo.
Miré el cerco húmedo sobre la mesa.
Ya no valía de nada hablar. Había elegido la mentira como método.
Mi aniversario era solo un estorbo.
La semana pasó pesada.
Al final abrí la caja. “Cosa útil.”
Intenté montarla. Eché agua en el depósito, la enchufé.
Se iluminó una luz azul. Un zumbido monótono llenó la estancia.
No era un aroma, era ausencia.
Mi casa, siempre con olor a libros, hierbas secas y mi colonia Maderas de Oriente, se volvió aséptica.
De hospital.
Ajena.
Como si alguien la fregara con lejía, borrando mis huellas.
La máquina seguía zumbando e iluminando, y yo notaba cómo me faltaba aire.
Abrí la ventana, pero el frío solo hacía la atmósfera aún menos viva.
El domingo, limpiando el mueble del salón, di con una foto.
Tenía cincuenta ahí. Iván, estudiante, me abrazaba sonriente.
En la parte de atrás, su letra: Para la mejor mamá del mundo. Tu hijo.
Me senté en el sofá.
Le miré sonreír.
Escuché el zumbido del purificador.
Ese era mi Iván. El que me escribía notas y traía ramos de mimosas.
Y ese otro era el que trajo un aparato, por compromiso.
Un regalo para apartarme.
Se me cayó el último ideal.
Vi el panorama con claridad quirúrgica.
Cogí el móvil.
Iván, hola.
¿Mamá? ¿Pasa algo?
Sí. Ven. Y llévate el regalo.
Pausa.
¿Qué significa eso?
Eso. Que lo recojas, no lo quiero.
Colgué.
Tardó cuarenta minutos. Nervioso, rojo.
¿Pero qué es esto? ¿Cómo que lo devuelves?
Le señalé el aparato.
No lo quiero, Iván. Llévatelo.
Pero si es caro, para que estés bien
Mi salud es cuando mi hijo no me miente en mi aniversario.
Se apartó, como si le hubiera dado un golpe.
Otra vez Si ya te lo expliqué.
No. Gritaste y te fuiste.
¡Qué manía con tu cumpleaños! ¡Solo fue una cena!
El problema es mentir.
¡Mentí para que no te enfadaras!
Mentiste para no tener que dar explicaciones. Para que te fuera fácil.
Diana.
Abrió la boca. Y sonó su teléfono: Niki.
Dudó, contestó:
Sí, Nika Estoy en casa de mi madre. Sí, otro numerito por el regalo
¡No sé lo que quiere! ¡Ya voy!
Colgó.
Y me miró.
Por primera vez, vi en sus ojos algo de vergüenza.
Quedó entre las dos mujeres: una tranquila, que le dijo la verdad; otra que le esperaba con entradas de teatro.
Mamá, yo esto no es se atrancó.
Vete, Iván. Te espera Verónica.
Fui a la ventana.
Él tiró la chaqueta, se fue de un portazo.
Desenchufé el aparato.
De pronto, volvió a mi casa el olor de siempre.
Pasaron dos días.
La caja seguía en la entrada, muda acusadora.
Iván no llamó. No pasó. Esperaba que yo cayera, como siempre.
Pero no.
Llamé a una empresa de mensajería.
Di el despacho de Iván, calle de Serrano.
Pagada la entrega, dos chicos se llevaron la caja pesada.
Cerré la puerta.
Era más que un objeto: les devolvía su mundo inerte, su mentira, su transacción.
Por la noche, sonó el fijo.
Reconocí la voz crispada de Verónica.
¿Señora Carmen? ¿Me puede explicar? La caja en la oficina, todos mirando
No lo quiero.
¡Nos costó doscientos euros! ¡Era un regalo!
El regalo tiene que salir del corazón. No para alguien con quien estás saldando cuentas.
Silencio, atónita.
¡Pero qué egoísmo! Iván va a dejarlo todo por usted, y usted siempre igual, amargada
Siempre ha sido una egoísta.
Buenas noches, Verónica.
Colgué.
Sabía qué pasaba en su casa.
Sabía el broncazo.
Por primera vez, no me importó. Corte el hilo podrido.
Él vino, casi a medianoche. Solo.
Un golpecito en la puerta, discreto.
Abrí.
Iván. No el airado del otro día, sino mi hijo. Demacrado, con los ojos rotos.
Fue a la cocina, se sentó en el taburete.
Me quedé cerca, luz apagada.
Me ha dicho que si venía que no volviera.
Miraba la mesa.
Mamá, perdóname.
Alzó los ojos.
No quería mentirte.
Pero mentiste.
Nika decía que si te decíamos la verdad, te ibas a enfadar igual. Que era más fácil mentir, se te pasaría pronto. Más fácil.
Callé.
La telaraña de manipulación.
Nika dijo que tu aniversario no era nada especial. Que el de su madre sí: invitados, importancia. Que tú solo Pilar, la vecina.
¿Y tú? pregunté despacio. ¿Tú pensabas igual?
Tardó en responder.
Estoy cansado, mamá. Muy cansado.
Se tapó la cara.
Solo quería que todos estuviesen bien. He fallado a todos.
Sollozó. Seco, contenido.
Siento no haber venido. Tenía que hacerlo. Me siento fatal.
Vi sus hombros caídos.
Aún era mi hijo, solo que se había perdido.
Me acerqué, apoyé la mano en su hombro.
No para perdonar ya. Sino para dar descanso.
Ahora tú decides, Iván. Tu vida, tú eliges.
No lo sé.
Conmigo, sólo sinceridad.
Asintió, sin levantar la cabeza.
¿Puedo quedarme un rato?
Claro.
Saqué la vieja tetera y dos tazas.
Voy a hacernos un té.
Han pasado seis meses.
En casa ya no huele a esa máquina extraña. Sigue oliendo a mis libros, algo a valeriana y cuece hierbas secas.
Tras aquella noche, todo cambió.
Iván no se separó de Verónica. No esperaba otra cosa. Comparten hipoteca, rutinas.
Las manipulaciones no sueltan fácil a su presa.
Pero Iván es otro.
Ahora viene de verdad.
Sin las prisas de antes.
Cada sábado, por la tarde. Me trae requesón del mercado, u hojaldre de cereza, mi favorito.
Nos sentamos en la cocina.
Me habla del trabajo, de cambiar el coche, de algún compañero nuevo.
Nunca más se quejó de Verónica.
Y nunca más me mintió.
Yo también cambié.
La fe ciega en mi hijo se esfumó.
Ya no espero sus llamadas como sentencias. Sigo con mi vida.
Veo ante mí a un hombre cansado, simplemente, que busca su equilibrio.
Nuestra relación es más compleja, pero más limpia.
Recuperé mi dignidad, no solo a mi hijo.
Y un sábado, mientras tomábamos té y pastel, sonó su móvil.
Vi el nombre: Cari.
Me puse tensa, pero removí el azúcar.
Iván suspiró y descolgó.
Sí, Nika.
Su cara quedó gris, como esa noche.
Sí Estoy en casa de mamá No, en sábado no. Lo hablamos Verónica, he dicho que los sábados estoy con ella. Tal cual. Llegaré luego, como siempre.
Colgó, puso el móvil boca abajo.
Quedó un silencio denso.
Perdona, mamá.
No pasa nada, hijo le respondí tranquila. Sírvete más pastel.
Me miró.
En sus ojos había gratitud.
No pedía ayuda ni explicaciones.
Simplemente había elegido: estar ahí, conmigo, tomando té en la cocina.
Y yo miraba su mano alcanzar el pastel y supe que aquella noche no fue un final. Fue el principio.
Mi setenta aniversario, al que él faltó, fue su puerta a la madurez.
El hijo que tanto amé, por fin, dejaba de ser un niño.





